El fin y el principio (M. 5) 1944 #7
40%

1944 #7

El anciano, encorvado sobre su escritorio, con las gafas de presbicia inseguras en el puente de la nariz, se dedica, solitario y silencioso, a examinar atentamente la foto.

Es evidente que busca algo, pero el desenfoque de la reproducción impresa del original se lo dificulta.

El buscador blande un lápiz rojo de punta cuadrada como un bisturí.

Escudriña la superficie visual sometida a su mirada meticulosa con obsesiva paciencia; luego, cada vez que logra divisar entre la multitud el rostro de una mujer que abraza a un soldado, reanimado por una sacudida histérica, con un gesto rotundo, preciso, casi violento, lo rodea con un círculo rojo.

A principios de junio de mil novecientos cuarenta y cuatro, en el curso de tres días, el destino del nazifascismo queda sellado.

La mañana del domingo 4 de junio, el Quinto Ejército estadounidense entra en Roma.

La capital de Italia ha sido liberada. La capital del fascismo ha sido conquistada.

Apenas cuarenta y ocho horas después, al amanecer del martes 6 de junio, las infanterías aliadas desembarcan en cinco playas de la costa normanda.

La mayor invasión anfibia de la historia ha dado comienzo.

En Gargnano sul Garda, Benito Mussolini se pasa el día estudiando recortes de prensa extranjera.

Las ediciones ilustradas del Daily Sketch y del Daily Mail están cuidadosamente apiladas sobre el escritorio del Duce.

Él las hojea de forma obsesiva, las recorta con tijeras, las cataloga siguiendo un orden inescrutable, luego pone una marca con un lápiz rojo: traza un círculo en los rostros de las jóvenes romanas que confraternizan con los soldados estadounidenses.

Es difícil determinar si con ese signo está dibujando una diana alrededor de sus rostros, si empieza a preparar un castigo futuro o si pretende señalar una abominación al distraído dios del fascismo.

Los negros desfilan en el Coliseo. Las jóvenes romanas los abrazan.

Esta, de todas las múltiples caras de la catástrofe, parece ser la más angustiosa para Benito Mussolini.

El trauma es enorme, no cabe duda: la Ciudad Eterna, capital y símbolo de la Italia fascista, ya no le pertenece.

Ni siquiera estos acontecimientos definitivos, sin embargo, conmueven al jefe de la República Social Italiana.

Incluso en la prensa fascista, renombrados periodistas del régimen se atreven a apostrofar con dureza al Duce, con la esperanza de espabilarlo.

Concetto Pettinato, director de La Stampa , publica un artículo de elocuente título: «Si estás ahí, haznos una señal».

Barna Occhini, director de la revista Italia e Civiltà , publicada en Florencia bajo la ocupación nazi, se atreve a enviarle una contundente acusación privada: «No tenéis nada que decir, permanecéis oculto e inaccesible en un misterioso rinconcito de Italia».

Con todo, el Duce no reacciona; el Duce se deja llevar por la despiadada corriente.

En junio, el ala escuadrista se impone dentro del Partido Fascista Republicano.

Mientras el ejército nacional de Graziani se desmorona antes siquiera de llegar a su bautismo de fuego, un decreto legislativo firmado por Benito Mussolini instituye el Cuerpo Auxiliar de las Escuadras de Acción de los Camisas Negras.

El partido se militariza: cada hombre, un soldado; cada afiliado, un miliciano armado.

Otros veinte mil fanáticos con licencia para matar, torturar y estuprar.

La confirmación definitiva de que el fascismo siempre ha sido esencialmente escuadrismo.

Mussolini no solo se deja llevar por la corriente, sino que la aprovecha.

Su único arrebato de vitalidad se manifiesta en la furia con la que incita a los escuadristas a exterminar a los «rebeldes», las formaciones partisanas que, con el apoyo del pueblo, controlan gran parte del territorio nacional.

Esta ferocidad fratricida queda patente en el decreto con el que la RSI condena a muerte mediante «fusilamiento por la espalda» a los jóvenes italianos que se niegan a ser reclutados.

Esta infame directiva está siendo difundida durante esos mismos días entre los comisarios de las distintas prefecturas por Giorgio Almirante, periodista e hijo de artistas de teatro, jefe de gabinete del Ministerio de Cultura Popular.

Mientras tanto, desde su lánguido, desolado y desesperado exilio lacustre, mientras los Aliados invaden la «fortaleza Europa» tanto desde Occidente como desde Oriente con la Operación Bagration, los soviéticos, tras entrar en Bielorrusia, se preparan para atacar Alemania, mientras todo se desmorona, Mussolini establece personalmente los criterios para las redadas.

Estos prescriben el fusilamiento inmediato de los «partisanos capturados durante o después del combate» y de los «dispersos capturados con armas».

Los combatientes de las brigadas antifascistas deben ser abatidos como animales rabiosos.

La furiosa impotencia ante el enemigo invasor —los «perros americanos»— se desahoga en la violencia fratricida.

El 25 de junio de mil novecientos cuarenta y cuatro, Mussolini envía una circular telegráfica a los jefes provinciales.

Solicita las estadísticas de las ejecuciones llevadas a cabo durante los nueve meses de existencia de la República.

Las solicita para poder presumir de ellas ante el ala escuadrista, para poder restregárselas en la cara a quienes lo critican.

Al hacerlo, redescubre incluso un atisbo de su antiguo talento periodístico para la definición mordaz, para los eslóganes memorables.

Lo dirige contra quienes se atreven a cuestionar su autoridad, contra quienes rugían, pero no mordían: «Dado que ciertos leones vegetarianos no dejan de hablar de una excesiva indulgencia por parte del gobierno de la República, se solicita que se nos telegrafíen los datos sobre las ejecuciones de civiles y soldados, ya sea sumarias o tras juicios, a partir del 1 de octubre».

La expresión «leones vegetarianos» se hará proverbial.

Y eclipsará el hecho de que, con tal de prevalecer en las polémicas internas, el Mussolini del verano de mil novecientos cuarenta y cuatro lo reivindica todo, incluso la ejecución de civiles, incluso los juicios sumarios.

Incapaz de luchar contra los soldados del ejército extranjero, exige que sus fascistas exterminen «a sangre y fuego» a los italianos que luchaban por una Italia libre, una Italia sin él.

Invoca el infierno en la tierra. Y el infierno llega.

En Parma, el secretario federal fascista Pino Romualdi, acérrimo antisemita y defensor de los campos de concentración para antifascistas, venga la muerte de dos escuadristas en un enfrentamiento con partisanos a cara descubierta en el centro de la ciudad, sacando a siete presos políticos inocentes, ya sometidos a torturas prolongadas, del cuartel de las Brigadas Negras.

Los manda fusilar en la plaza pública, y presencia personalmente la matanza.

En Forno di Massa, la compañía operativa O de la X MAS rastrea a combatientes partisanos y civiles, exterminándolos en masa, incluyendo mujeres y niños.

En Capolapiaggia, en la provincia de Macerata, se fusila a cuarenta prisioneros, diecinueve en Pozzolo y otros pueblos cercanos.

El 12 de julio, soldados de la RSI fusilan a sesenta y siete internos en el campo de Fossoli por orden de las SS.

Unos días después, en Tavolicci di Verghereto, unidades mixtas de la policía alemana y la Milicia fascista reúnen a mujeres, niños y ancianos postrados en cama, los encierran en una casa, los ametrallan y luego prenden fuego al edificio.

Cuarenta y dos desgraciados que sufren una muerte atroz.

La lista de horrores podría continuar largo rato.

De hecho, continúa durante el sangriento verano de mil novecientos cuarenta y cuatro, esa estación calurosa y árida que Benito Mussolini, que goza de mejor salud que en invierno, dedica a jugar al tenis, a descansar en su finca de Rocca delle Caminate, a protestar débilmente ante el embajador alemán por el hecho de que, en su frenesí homicida, los nazis exterminen a veces incluso a las familias de los fascistas, y a concederse la debilidad de firmar algunos de sus artículos para la revista Libro e Moschetto con el stendhaliano seudónimo de «Fabrizio del Dongo», el inolvidable personaje novelesco que fue un ídolo de su lejana juventud.

En la segunda quincena de julio, Mussolini parte de Gargnano rumbo al Reich en un tren blindado alemán.

Durante tres días, inspecciona los campamentos donde las tropas italianas reciben un adiestramiento interminable e infructuoso.

Aunque a esas alturas ya está seguro de que esos soldados nunca se incorporarán al frente, pronuncia pomposos discursos sobre una victoria en la que ya no cree y se deja aclamar.

Cuando el tren blindado parte de nuevo el 20 de julio hacia el cuartel general del Führer en el bosque de Rastenburg, su viaje hacia el este se ve otra vez interrumpido por sorpresa.

De repente, a pocos kilómetros de la Guarida del Lobo, el convoy se detiene en campo abierto.

Puertas y ventanas son bloqueadas rápidamente.

Poco después, llega la noticia: Adolf Hitler acaba de escapar a un atentado con bomba.

Al parecer, la conjura ha sido urdida por miembros de alto rango de la jerarquía militar alemana.

El Führer solo ha sufrido heridas leves y, al final del día, ya había aplastado a los conspiradores.

Pese a todo, la reunión tiene lugar, aunque entre las ruinas del edificio de ladrillo y madera donde había explotado la bomba.

Hitler, sentado en una caja destartalada con el brazo derecho en cabestrillo, encuentra incluso tiempo para soltar una larga diatriba al Duce sobre «premoniciones de peligro inminente».