El fin y el principio (M. 5) 1944 #6
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1944 #6

En Roma, en represalia por un ataque de los GAP contra soldados alemanes, por orden del comandante de la Gestapo Herbert Kappler y con la colaboración de los fascistas, las SS realizan una matanza de más de trescientos italianos: civiles, soldados, presos políticos, judíos e incluso reclusos comunes.

Una ejecución masiva mediante disparos en la nuca.

Todos los cuerpos son apilados en una sola fosa en las antiguas canteras de puzolana, cerca de via Ardeatina.

En Campo Reatino, al final de una vasta redada antipartisana ordenada por Kesselring, llevan al paredón a quince partisanos desarmados, sacados de las cárceles locales.

En el Monte Tancia, los alemanes hicieron cosas aún peores.

Tras incendiar casas y matar hasta a los animales domésticos, fusilaron a dieciocho civiles, entre ellos mujeres y niños, lanzándolos al aire y usándolos como tiro al blanco.

Se llamaban Aldo Bonacasata, de seis años; Angelo Bonacasata, de nueve años; Arnesina Bonacasata, de dos años; Ersilio Capparella, de cuatro años; Dina Valentini, de once años; Domenico Valentini, de seis años; y Nello Valentini, de tres años.

Ni siquiera frente a horrores semejantes el Duce del fascismo esboza apenas una reacción: escribe cartas, numerosas cartas, al embajador Rahn, al general Kesselring y a otros comandantes del aparato de ocupación nazi.

No amenaza con romper la alianza, no se rebela contra su cruel amo, se limita a quejarse de que en Poggio Mirteto las represalias contra civiles habían afectado también a buenos fascistas; se limita a denunciar la inadecuación de las masacres respecto a su propósito: «Las represalias indiscriminadas contra la masa de la población no logran los efectos deseados».

El padre de la nación fascista no condena la masacre cotidiana en sí, cuestiona su eficacia.

Luego, tras resaltar la palabra «indiscriminada» en cursiva, Mussolini vuelve a sumirse en el letargo.

En sus cartas, Clara Petacci sigue intentando espabilarlo: «¡Libérate!

Libérate, despéjate, vuelve a ti mismo: solo, fuerte, maravilloso, como el 28 de octubre irremediablemente perdido».

Lo pone frente a un espejo de claridad cegadora: «A veces tengo la impresión de verte tras el cristal de una escafandra de buzo: arrebujado, inmóvil, agobiado, y lo único que se mueve son tus ojos, que observan, observan con desesperación mientras jadeas en busca de aire».

La amante niña, a la que la tragedia ha convertido en mujer, llega incluso a apelar al orgullo viril de su amante senil con un lenguaje vulgar: «Lo que importa hoy es demostrar que eres el único, el único que puede salvar la patria, que no te has comido tus propios atributos».

A finales de abril, Mussolini se reúne con Hitler.

En vísperas del viaje de Benito a Salzburgo, solicitado por el Duce ante la insistencia de su amante, Clara lo insta a tratar a Hitler como a un igual, a destacar con dignidad las «innumerables, profundas y a veces aterradoras dificultades» con las que se ha topado.

Al llegar al castillo de Klessheim el 22 de abril, sin embargo, como señala el propio mariscal Graziani, tampoco esta vez es capaz Benito Mussolini de «hablar con claridad» a Adolf Hitler.

Deteniéndose con frecuencia para consultar sus notas, el Duce del fascismo pronuncia un largo discurso en alemán sobre el destino de los soldados italianos internados en Alemania y sobre las enormes dificultades de gobernar la República Social Italiana.

Hitler lo escucha distraído, evidentemente aburrido.

Bosteza sin parar y rumia las pequeñas pastillas reconstituyentes que el doctor Morell le ha preparado.

Todas las cuestiones problemáticas se dejan de lado.

La conferencia termina con la delirante certeza hitleriana de estar a punto de ganar la guerra gracias a ciertas «armas secretas» nuevas.

El único acceso de vitalidad que manifiesta Mussolini es una diatriba racista frente a los soldados italianos de la División de San Marcos, que se entrenan en el campo de Grafenwöhr, al este de Núremberg. Y eso es también, presumiblemente, un extremo e inútil acto de vasallaje hacia su amo aliado.

De vuelta a Gargnano, el Duce del fascismo sucumbe una vez más a la depresión: al sur, los angloamericanos marchan hacia Roma; al este, los soviéticos marchan hacia Alemania; y en Gargnano, sus amos alemanes le han negado el tan ansiado traslado a otra localidad menos aislada, menos marginada.

Los obreros comunistas han vuelto a organizar huelgas en las fábricas, los «negros» pisotean el suelo de su patria, los italianos son un pueblo enfermo, un «pueblo de esclavos».

Benito Mussolini tira la toalla. El hilo de su desaliento se devana en rencorosas invectivas antitalianas vomitadas durante agradables días de jubilado lacustre.

Incapaz ya de montar a caballo, intenta contrarrestar el declive de su tono muscular pedaleando en bicicleta.

Los veteranos del cuerpo de guardia alemán, supervivientes del frente oriental, observan con incredulidad cómo el anciano dictador rodea Villa Feltrinelli en pantalones cortos y camiseta.

Por las noches, antes de acostarse, Mussolini hace que le proyecten una película en el pequeño cine instalado en la planta baja de la mansión requisada a los industriales madereros.

La mayoría son largometrajes de actualidad, pero de vez en cuando el Duce se concede una película de ficción sobre la antigua Roma o las gloriosas hazañas de Italia en África.

Al fin y al cabo, hay que seguir soñando.

Por último, el prisionero del lago ha retomado también su antigua pasión por el tenis.

El ansia por conectar su famoso golpe de derecha ya no es la de antaño, pero Benito aún sigue disfrutando, en esta desastrosa primavera, cuando juega algún set con el ex zaguero de la selección nacional y dos veces campeón mundial de fútbol Eraldo Monzeglio, su entrenador personal.

Y aún sigue disfrutando con la ilusión de creerse un excelente tenista cuando el maestro, de vez en cuando, le deja ganar.

A finales de la primavera de mil novecientos cuarenta y cuatro, en previsión de los torneos veraniegos, la secretaría personal del Duce redacta un pedido de doce quintales de polvo rojo destinados a la pista de juego.

Anoche, mis gritos en sueños despertaron a todo el mundo. Todo estaba a oscuras. Grité: «¡Luz!», y nadie me contestó. Si hubieras estado a mi lado, me habrías despertado con el beso que Ben te devuelve ahora.

Benito Mussolini, carta a Clara Petacci, 7 de marzo de 1944

Ben, alma mía […], si hubiera estado durmiendo contigo, no habrías gritado, te habría cerrado la boca con un beso y, conmigo en tus brazos, no habrías tenido pesadillas.

Clara Petacci, carta a Benito Mussolini,

8 de marzo de 1944

Todo me es indiferente. Yo soy inexistente.

Benito Mussolini, frases escritas de través

en una carta a Clara Petacci, marzo de 1944

Redundaría en interés nuestro apoyar un poco más el deseo de independencia de los italianos y mitigar las recurrentes tendencias depresivas del Duce con algunas satisfacciones personales.

Rudolf Rahn, carta a Hitler informándole de la solicitud de reunión por parte de Benito Mussolini, marzo de 1944

Se habla de él con terror, y tal impresión envuelve también al jefe provincial, quien lo protege y lo utiliza.

Emilio Bigazzi, cónsul de la Milicia, comisario de policía de Gargnano y responsable de la seguridad del Duce, informe a Benito

Mussolini sobre las fechorías de la banda

del capitán Mario Carità

Lo cierto es que este pueblo está enfermo.

Para empezar, en el sur de Italia triunfa el bolchevismo.

Ello tampoco pasa desapercibido en el norte.

Roma, con sus —dicen— tres millones de habitantes, está al borde del caos.

Nunca, «en la Historia», ha habido más destrucción de veinte años de trabajo y creatividad.

No es de extrañar que la locura desesperada devaste los cerebros.

Demasiados italianos tienen alma de esclavos. Hay poco que hacer. He soñado. Sueños terribles.

Benito Mussolini, cartas a Clara Petacci,

9 y 11 de abril de 1944

Todo lo que he hecho está destinado a derrumbarse […].

Hace seis años: ¡qué ímpetu, qué esplendor! ¡El Imperio que renacía al cabo de quince siglos! Hoy, miseria moral y material, y nuestra hermosa tierra pisoteada por hombres de todas las razas, ¡no europeos incluso! ¿Y yo? Confinado en el rincón de un lago, bloqueado […].

La noche es particularmente oscura para mí.

Benito Mussolini, cartas a Clara Petacci,

8 y 9 de mayo de 1944

La vergüenza de la traición no puede borrarse más que volviendo a luchar contra el invasor que contamina el suelo sagrado de la Patria.

Más allá del Garigliano, no vivaquea únicamente el cruel y cínico británico, sino también el estadounidense, el francés, el indio, el sudafricano, el canadiense, el australiano, el neozelandés, el marroquí, el senegalés, el negro y el bolchevique.

Viviréis, pues, el júbilo de abrir fuego contra esta mezcla de razas bastardas y mercenarias que en la Italia invadida no respetan nada ni a nadie.

Benito Mussolini, discurso a las tropas de la división

de San Marcos, campo de entrenamiento de Grafenwöhr,

24 de abril de 1944

Benito Mussolini

Gargnano sul Garda, junio de 1944

Rastenburg, Guarida del Lobo, julio de 1944

La fotografía retrata a una muchedumbre eufórica. Una multitud de mujeres y hombres que, presa de una alegría convulsiva, se abrazan jubilosos, desenfrenados, libres. Libres por fin.