El fin y el principio (M. 5) 1944 #5
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1944 #5

El viejo matón callejero del Ticinese se ha impuesto a pesar de la inspección del comisario de policía Gino Gallarini, enviado por el Ministerio del Interior, que concluyó con un informe para Mussolini en el que se estigmatizaba a los legionarios como «proxenetas, explotadores de mujeres, culpables de fraude y robo, y dedicados al mercado negro», y a su comandante como aventurero, fanfarrón, estafador y ladrón.

Colombo se ha impuesto porque, tras el fallido atentado contra el comisario de policía Camillo Santamaria Nicolini del 3 de febrero, el jefe de la manada soltó a su jauría para desencuevar a los partisanos por toda la ciudad.

La caza letal a la «fiera partisana» estalla por todas partes, por las calles y murallas de Milán, sin reglas, sin cuartel, sin piedad, en busca de presas humanas.

Redadas, registros, detenciones, palizas, torturas, ejecuciones sumarias, en un aquelarre infernal en el que cazador y presa intercambian con frecuencia sus papeles, siempre con el frenesí de agarrar, tocar y desgarrar el cuerpo del enemigo invisible.

No faltaron los resultados: se consigue localizar y desarticular a numerosas células de los GAP, su comandante Egisto Rubini se quita la vida en prisión para escapar de la tortura, la ciudad de Milán se degrada a jungla, bosque, selva oscura.

A principios de la primavera, los legionarios de la Muti pudieron desfilar por sus calles como vencedores, con sus uniformes de batalla, bajo estandartes con calaveras y tibias cruzadas.

Con todo, a Franco Colombo, el viejo proletario de los barrios populares, no le basta con infundir terror.

También pretende ser amado. Por lo tanto, hace toda clase de esfuerzos para encubrir su feroz Legión bajo el aura de una organización benéfica y asistencial.

Envía a sus secuaces a hacer guardia en los almacenes de trigo, distribuye gratuitamente a familias necesitadas productos alimentarios robados por sus atracadores profesionales y, para la epifanía fascista de mil novecientos cuarenta y cuatro, organiza un espectáculo de marionetas para setecientos niños hijos de Osados.

Sueña incluso con colonias veraniegas con piscinas, pistas de tenis y de patinaje, que lleven el nombre de su madre, Irene, y con bodas colectivas.

Sueña con la Legión como una gran familia ampliada.

Y de esta manera se reparten entre los niños de Milán juguetes, chocolate y mandarinas en el cuartel de via Rovello, junto a las salas donde Ampelio Spadoni arranca las uñas del quinto dedo del pie con unos alicates, desgarra los tejidos anales con una porra, y otros carceleros con predilección por las mujeres alternan las palizas con horribles abusos sexuales.

Por otro lado, en esta primavera sangrienta, todo Milán se ha convertido en una ciudad de torturadores.

Los de la Muti no son los únicos, en efecto, que practican sistemáticamente este preludio gratuito a la muerte.

Cada una de las diversas fuerzas policiales, más o menos autónomas, más o menos ilegales, tiene su propio sótano enlodado de sangre y sus propias escuadras de sádicos.

Se tortura en via Rovello y en la sede de la Muti en el cuartel Salines (inyecciones, apaleamientos, palizas), pero también se tortura en las lujosas habitaciones del Hotel Regina o en la « ratèra » de San Vittore, donde la Gestapo se ensaña (fracturas de miembros, descargas eléctricas, enemas envenenados).

Asimismo torturan rutinariamente los especialistas de la oficina de investigación política de la Guardia Nacional Republicana en via Copernico 32, donde el tristemente famoso director de la sección supervisa personalmente las torturas (alfileres bajo las uñas, latigazos, quemaduras en los pezones), e incluso en las oficinas de la inspección especial de la policía antipartisana del cuerpo de policía republicana, en la jefatura de via Fatebenefratelli.

Bajo todo tipo de uniforme se cela la sádica ferocidad de los torturadores.

En via Pace 10 se halla un cuartel independiente de la aviación, donde los hombres del IX Batallón Antiparacaidista de los Osados, el llamado Batallón Azul, emplean sistemáticamente la tortura en los interrogatorios de los combatientes de la resistencia, e incluso los «heroicos» infantes de marina de la X Flotilla MAS desgarran los cuerpos de sus enemigos en las salas más oscuras del cuartel de piazzale Fiume cuando consideran que han de arrancarles una confesión.

Por último, en el barrio de San Siro, oculto entre via Paolo Uccello y via Masaccio, se encuentra un elegante y discreto chalecito modernista de dos plantas.

Desde sus sótanos se alzan día y noche los gritos desgarradores de hombres y mujeres atormentados con sopletes, duchas hirvientes, garrotes de acero, violados con porras, látigos y nudos malayos.

Los gritos de dolor se mezclan con los de placer: las carcajadas de los borrachos, con las gargantas destrozadas por el licor de marca, roncos por la cocaína.

El edificio, construido sobre los terrenos de un antiguo convento con una historia de casi mil años, lleva el nombre de Villa Fossati.

Sin embargo, los milaneses lo han rebautizado como «Villa Triste».

Si no les queda otro remedido que pasar por ahí, los vecinos del barrio caminan veloces, pegados a los muros, por la acera de enfrente.

Vine a Milán para una de mis inspecciones e informé a Mussolini en términos muy severos sobre la actuación de Colombo.

Luego regresé a Gargnano. Estaba esperando con el general Diamanti a ser recibido por Mussolini cuando se abrió la puerta y Colombo salió radiante: había sido nombrado comandante de la Legión autónoma Muti, por sugerencia de Buffarini, al parecer.

De las memorias de Giorgio Pini, exeditor jefe de

Il Popolo d’Italia y subsecretario del Interior de la RSI

Ha quedado constituida la Legión autónoma móvil «Ettore Muti», con sede en Milán, cuyos batallones permanentes y de reserva engloban a los miembros de las antiguas escuadras de acción.

El comandante de las escuadras ha asumido el mando de la Legión.

La Legión preserva y refuerza, en sus formaciones, el espíritu de voluntariado y el sentimiento místico del escuadrismo, consagrados en la lucha contra las fuerzas del desorden y en todos los frentes de guerra.

Los miembros de la Legión «Ettore Muti» están provistos de tarjetas de identificación […

]. Por lo tanto, tienen prohibido realizar cualquier acción u operación que no obedezca a órdenes específicas y estrictas de las autoridades responsables.

También están excluidos de las funciones policiales normales, responsabilidad de la Jefatura de policía republicana.

«La Legión “Muti”. Voluntariado y espíritu de escuadrón. Sin funciones policiales», Corriere della Sera,

16 de marzo de 1944

1. Lucha antipartisana […].

5. Funciones de policía política destinadas a descubrir y reprimir células comunistas o a quienes participen en actividades antinacionales.

Tareas asignadas a la Legión autónoma móvil Ettore Muti, circular interna, marzo de 1944

Le arrancaron las uñas del quinto dedo del pie con alicates.

El profesor B., quien durante trece días de detención en el cuartel de Salines fue sometido a cuarenta agotadores interrogatorios, recibió dos inyecciones de un preparado que cree que era escopolamina, ya que le causó parálisis en el lado izquierdo del cuerpo y una grave pérdida de consciencia con pérdida del equilibrio […

]. R. E. vio a un compañero de detención en los locales de la «Muti», que apenas podía caminar, con las piernas abiertas y sin poder sentarse, debido a una ruptura del tejido anal.

Los métodos de tortura más utilizados eran sacos de arena, fustas, látigos y palos con forma de garrote recubiertos de cuero [… ].

Del fallo del Tribunal de lo Penal del distrito de Milán en el juicio a la Legión Muti,

18 de febrero de 1947

Benito Mussolini

Gargnano sul Garda-Salzburgo, primavera de 1944

Benito Mussolini vocifera en sueños. En Villa Feltrinelli, sus gritos despiertan a todo el mundo. Todo está a oscuras. Grita: «¡Luz!». Pero nadie responde. Ni siquiera tiene a su lado a la dulce Clara para arrullarlo.

Los ecos de la tortura fascista llegan al eremitorio del lago de Garda.

A principios de abril, el cónsul de la Milicia, Emilio Bigazzi, comisario de policía de Gargnano, entrega al jefe de Gobierno de la República Social Italiana un escalofriante expediente sobre las fechorías de la sección política de la Milicia florentina, bajo el mando del capitán Mario Carità.

Carità, oficial de carrera, interroga habitualmente a los prisioneros aplicándoles electricidad en los testículos con un «teléfono de campaña».

El 22 de marzo, él y su banda dispararon personalmente un tiro en la cabeza a cinco evasores del servicio militar frente a cientos de reclutas aterrorizados.

Mario Carità no es un loco ni un sádico.

Es, sencillamente, un acérrimo fascista.

El terror que siembra se extiende, sin embargo, entre los propios fascistas.

Benito Mussolini da señales de querer intervenir por fin.

Convoca a Bigazzi. Explota, se enfurece, se indigna.

Lo ha comprobado, su informe es cierto: «Hay que limpiar este desastre».

Luego, sin embargo, el enésimo arrebato del dictador solitario queda, una vez más, en letra muerta.

Fuera de las ventanas de su despacho, bajo la luz primaveral, el lago de Garda refulge azul, melancólico y triste. Es una primavera de masacres.