1944 #4
Renato Ricci, aún al frente de su milicia de camisas negras a pesar de la feroz aversión de Graziani, enfervo rizado ante la idea de tener que enviar al frente incluso a muchachos de dieciséis años, proclama ante los jóvenes niños soldados de la Opera Nazionale Balilla que «a la sombra de nuestros banderines es hermoso vivir, pero, si es necesario, aún más hermoso es morir».
El Mosquetero de Vanguardia nació en 1926-27; desde sus primeros años, ha sido objeto de nuestros cuidados y encontró en las unidades de los balilla el clima entusiasta que forjó desde las primeras formaciones su carácter y sus sentimientos; se convirtió en vanguardista mientras la Patria vive sus horas de guerra […
]; no cree más que en una sola victoria: la de la Italia de Mussolini.
La renacida Opera Balilla vuelve a acoger al joven en sus brazos, lo encuadra en sus filas, otorga propósito y seguridad a su espíritu de niño, convertido en hombre y con ansias de combate.
Mañana le entregaremos el mosquete por el honor y la salvación de Italia […
]. Habremos cumplido plenamente con nuestro deber solo cuando estemos seguros de que el Mosquetero de Vanguardia que trajimos al batallón de asalto sepa, como nosotros, como todos los gloriosos caídos de Italia, que «a la sombra de nuestros banderines es hermoso vivir, pero, si es necesario, aún más hermoso es morir».
Renato Ricci, «El Mosquetero de Vanguardia»,
Bollettino dell’Opera Balilla , 15 de enero de 1944
Yo cuento menos que una moneda de chocolate. No soy yo quien gobierna Italia. Yo sirvo de «fachada», como dijo alguien en Villa F[eltrinelli]. El pueblo me menosprecia y me odia. Al cabo de un mes, no he sido capaz de llevar ni un solo soldado a Roma.
Adónde iré, no lo sé, pero es indudable que yo dejaré pronto este pueblecillo.
Quiero volver a tomar contacto con el mundo: en un lugar con servicio de tren, si no, estoy muerto porque soy inalcanzable […
]. Estoy realmente aburrido y cansado de todo esto; estamos a medio camino entre la tragedia y un manicomio. Me iré solo, y pronto […].
Resumiendo la situación: estoy insatisfecho con todos, con todo, y sobre todo conmigo mismo.
Sin embargo, seguiré soñando. Es inevitable. ¡Soñar! ¡Soñar!
Benito Mussolini, cartas a Clara Petacci,
16, 21 y 24 de febrero de 1944
Estás abrumado por los acontecimientos: no puedes controlarlos.
Te sientes asfixiado en el marasmo, perdido en la niebla de una serie de chismorreos, juicios mal enfocados, declaraciones infundadas, empobrecido en un entorno que consideras inadecuado para tu espíritu de mando y que, en lugar de provocar en ti una reacción justa, serena, fría y decidida, te abruma y desestabiliza tu sistema nervioso.
Clara Petacci, carta a Benito Mussolini,
26 de febrero de 1944
CONSEGUIDME CINCO EJEMPLARES DEL PERIÓDICO SUIZO LIBERA STAMPA , NÚMERO 24, DEL UNO DE FEbrERO.
Benito Mussolini, telegrama manuscrito al jefe de la provincia de Como,
3 de febrero de 1944
Los reclutas enrolados y soldados de permiso que, durante un estado de guerra y sin motivo justificado, no se presenten a las armas en un plazo de tres días sucesivos a la fecha prevista, serán considerados desertores ante el enemigo, de conformidad con el artículo 144 del Código Penal Militar de Guerra, y serán castigados con la muerte por fusilamiento al pecho.
Decreto Legislativo n.º 30, firmado por Benito Mussolini y promulgado por Rodolfo Graziani, ministro de Defensa de la República Social Italiana,
18 de febrero de 1944
Via Rovello 2
Via Copernico 32
Piazza Gaetano Filangieri 2
Via Paolo Uccello 19, esquina con via Masaccio
Milán, primavera-verano de 1944
Se desconoce quién sacó la foto y el porqué. Por lo general, los perpetradores tienden a no documentar sus actos de violencia. Son las víctimas quienes buscan justicia, venganza o acaso refugio en el testimonio.
Lo cierto es que, a primera vista, es la persona torturada, no el torturador, quien llama la atención.
En la esquina inferior izquierda de la imagen se ve un cuerpo joven, de sexo masculino, completamente vestido con ropas holgadas y andrajosas — los pantalones de lona tosca le cuelgan de las caderas— e incluso calzado.
Tiene el pelo despeinado, el mentón cubierto por una barba descuidada, los ojos entrecerrados en un limbo de semiinconsciencia, indeciso entre el sueño y la muerte.
Pero esos son detalles que lo esencial de ese cuerpo declara insignificantes.
Lo esencial es su rigidez. Sin duda. Un rigor de las extremidades que no podemos evitar describir como antinatural, que no se opone a la naturaleza, pero que, trágicamente, no encuentra su lugar en ella.
El hombre torturado yace en decúbito supino sobre un soporte de madera a pocos centímetros del suelo —un banco tal vez, o una caja de embalaje volcada—, con los brazos en los costados, las manos extendidas, las piernas estiradas fuera del marco, el cuello alineado con el torso, la cabeza pegada al cuello.
La inflexible rigidez de su postura crea incluso la impresión de una ilusión óptica, casi como si la cabeza estuviera suspendida en el vacío, como si un mago de circo estuviera realizando un número de levitación.
En cualquier caso, el cuerpo del torturado reside en una dimensión del ser radicalmente distinta a la de los seres vivos, su separación cercena todo parentesco con ellos.
Está en otro tiempo, central pero ajeno a la historia humana, aunque también a la zoología e incluso a la biología.
En su absoluta, incongruente y antinatural rigidez vuelve, más bien, a la materia inorgánica. Pura horizontalidad.
En la esquina superior derecha de la foto se yergue, en cambio, el torturador, claramente vertical en contraste con su víctima.
Su ademán corporal va ganándose poco a poco la atención del espectador.
No hay en él nada de la omnipotencia burlona del sádico inclinado sobre la carne de su enemigo inerme.
Al contrario: ni siquiera se digna a echarle un vistazo.
Vuelto de espaldas, hacia su izquierda y nuestra derecha, observa a alguien o algo fuera del encuadre.
Es un hombrecillo grácil, calvo, de hombros encorvados y gruesas gafas de miope.
Lleva pantalones holgados, una elegante camisa blanca y una corbata a juego encima.
Da la impresión de acabar de quitarse la chaqueta de un traje a medida.
Los brazos con los que se supone que inflige un dolor extremo son invisibles, entrelazados tras la espalda.
Es inevitable pensar en un contable jubilado.
No hay rastro en él de la furia voraz ante el entregado enemigo que yacía a sus pies y, sin embargo, esa relajada verticalidad que exhibe, esta pose blanda, casi distraída, a despecho de la trágica rigidez del otro, resalta la complacida autoverificación de su propia existencia, de su propio poder maligno.
La víctima retratada en esta foto es anónima.
El verdugo, no. El verdugo se llama Ampelio Spadoni y nació en Romano Lombardo, provincia de Bérgamo, en mil novecientos seis.
Se unió al Partido Nacional Fascista en el año veinticinco, a los diecinueve años, pero nunca participó activamente en la vida política.
En cambio, luchó en la campaña de Etiopía como soldado raso y regresó a Italia en mil novecientos treinta y ocho tras contraer malaria.
Fue llamado de nuevo a la Milicia en el treinta y nueve, aún con el rango de soldado raso.
Sirvió en el frente en Grecia durante dos años, entre el cuarenta y uno y el cuarenta y dos, y al final lo mandaron a Roma como instructor militar.
Después del 8 de septiembre, fue uno de los primeros, junto con Franco Colombo y Aldo Resega, en reabrir la sede del Fascio en Milán.
En el momento en que se toma la foto, Ampelio Spadoni es el subcomandante de la Legión autónoma móvil Ettore Muti, con el rango arbitrario de teniente coronel.
La cámara de tortura que aparece en la fotografía es una habitación de la llamada «oficina política» del cuartel general de la Muti, en via Rovello 2, en pleno centro de Milán.
A pesar de la declarada voluntad de Mussolini de poner fin a la difusión de la violencia y del decreto del ministro Buffarini que disolvía las escuadras de acción, la formación paramilitar encabezada por Franco Colombo no ha dejado de existir en absoluto. Todo lo contrario.
En marzo de mil novecientos cuarenta y cuatro, mediante un decreto gubernamental quedó oficialmente constituida la Legión autónoma móvil Ettore Muti, adscrita al Ministerio del Interior con el título de «fuerza policial armada», pero completamente independiente y autónoma, y bajo el mando de Franco Colombo, nombrado cuestor para la ocasión, un rango equivalente al de coronel del ejército.
El viejo escuadrista y maleante de Porta Cicca se ha salido con la suya.
Cuenta aproximadamente con dos mil hombres, agrupados en cuatro compañías y dos batallones, alojados en seis cuarteles, que reciben una paga seis veces más alta que la de un soldado del ejército (él mismo ganaba un salario mensual de 13.
125 liras, el doble que el de un coronel).
Están armados con mosquetones 91 del regio ejército, subfusiles Mab con cañones perforados, pistolas Walther P39 y granadas de mano de fabricación alemana robadas de los arsenales nazis.
La compañía de vehículos pesadoscuenta incluso con dos tanques L3, camiones equipados con ametralladoras, cañoncitos de montaña y piezas antitanque, así como autocares sacados de los depósitos de la compañía de tranvías de la ciudad.
El parque de vehículos se completa con unas ochenta motocicletas Guzzi, Gilera Saturno, Sertums coloniales de 250 y 500 cc y, sobre todo, con el magnífico Lancia Aprilia diseñado por Bertone, con el que el comandante Colombo recorre engreído las calles a toda velocidad.