El fin y el principio (M. 5) 1944 #3
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1944 #3

Inventario de bienes muebles propiedad de Weinberger Malvine, hija de Giuseppe y de Carlotta Spitz, nacida en Viena el 26 de octubre de 1881, ama de casa, judía, residente en Gussago (Brescia), via Pedelosso 43, embargados el 12 de febrero de 1944 por el subteniente Alfonso Bertolucci, comandante de la estación de policía de los carabineros de Gussago Del Arma, el sargento Augusto Carrella y el cabo Francesco Beccaria.

Una cama de hierro con somier metálico de una plaza

Dos armarios de madera

Una cocina económica

Un enrejado de madera

Dos cubos de esmalte blanco

Dos jarras de esmalte […]

Un camisón

Un colchón de plumas

Tres manteles pequeños

Cinco cortinas

Una alfombrilla de cama

Una mochila

Una caja con utensilios de labores femeninas

Dos taburetes de madera

Una estantería

Una caja de cartón con libros de lectura

Lista de objetos confiscados a Malvine Weinberger, refugiada vienesa de sesenta y dos años, detenida el 3 de diciembre de 1943 en Gussago, deportada a Fossoli

y asesinada al llegar a Auschwitz

Benito Mussolini

Gargnano sul Garda, febrero de 1944

«La atmósfera que me rodea es turbia. Mis días son cada vez más duros y áridos. No hablo con nadie, me siento rodeado, vivo solo. Pero, a fin de cuentas, ¿estoy de verdad vivo?».

El invierno de mil novecientos cuarenta y cuatro es, en la memoria reciente, el más nevado que se recuerda.

En Milán, los padres de familia agarran sus bicicletas y recorren todo el día los campos abarrotados de damnificados para volver a casa con apenas unas cuantas ramitas esmirriadas y un puñado de harina de maíz.

Luego, por la noche, con la complicidad de la abundante nieve que amortigua el ruido, talan los plátanos centenarios a lo largo de las avenidas para que sus hijos, que han sobrevivido al tifus y a las bombas, no mueran congelados.

En Cisterna di Latina, miles de rangers estadounidenses, procedentes de Arizona o Kentucky, tras desembarcar en Anzio con el objetivo de rodear la línea defensiva alemana en el Garigliano y despejar así el camino hacia Roma, son aniquilados por las unidades de la Panzer-Division Hermann Göring.

En Ucrania, arrollados por los soviéticos que ya han llegado a las orillas del Dniéper, los soldados de Hitler que han sobrevivido a dos años en el frente oriental mueren por decenas de millares en la Bolsa de Korsun, en un vano intento de romper el cerco y detener el avance del Ejército Rojo hacia el oeste.

Es esas mismas horas, en Gargnano sul Garda, Benito Mussolini se hunde en el desaliento.

No se compadece, sin embargo, de los soldados de Hitler o de los padres milaneses. Se compadece, una vez más, de sí mismo.

En la orilla lombarda del gran lago brumoso, los días transcurren en una alucinante vacuidad crepuscular.

Prisionero de los alemanes, del pasado, de su propio mito exhausto, el Duce del fascismo los llena de conversaciones estériles, reuniones pletóricas, papeleo por despachar, carente de propósito, convicción o garra.

El resto, todo lo demás, son largas horas muertas.

Quinto Navarra —el fiel mayordomo y ordenanza, que solo logró reunirse con su Duce a finales de diciembre del año pasado— lo ha visto desplazar transversalmente la mesa de nogal de su estudio a una de las esquinas del salón, en la misma posición en que se hallaba la de la Sala del Mapamundi del Palacio Venecia.

Elena Curti, hija de veintiún años de una antigua amante y empleada en las oficinas ministeriales de la RSI, se reúne con él todos los jueves para informarle sobre el estado de ánimo del partido.

Giovanni Dolfin lo sorprende a menudo encorvado sobre los mapas de los oficiales del Estado Mayor de Hitler, que han venido a informar sobre la situación en los distintos tableros del frente.

A pesar de no tener ningún papel en la planificación de la guerra, como un general en una zona de operaciones, Mussolini los mantiene desplegados sobre la gran mesa, junto con un registro de las intercepciones de radio enemigas, marcadas con grandes garabatos y subrayados meticulosos.

A menudo, mientras despacha gestiones gubernamentales ordinarias, el burócrata se detiene y, como si una voz interior lo llamara, se levanta y vuelve a escudriñar los mapas militares.

Había memorizado los nombres de todos los lugares afectados por los combates, incluso los más insignificantes: Kapitonowka, Krasnosilka, Campoleone, Carroceto.

Los murmura para sus adentros, señalando con el dedo los mapas, con círculos en azul o rojo, deletreándolos como un estudiante de primaria enzarzado con las tablas de multiplicar, para estar listo cuando regresen los oficiales del Oberkommando de la Wehrmacht.

Este vano ejercicio mnemotécnico por parte de su fundador es, a fin de cuentas, la única contribución a la guerra que el renacido fascismo de la República Social Italiana ha demostrado ser capaz de hacer.

A despecho de intenciones y proclamas, en febrero del cuarenta y cuatro, aparte de los infantes de marina de la X MAS, que solo responden, sin embargo, a su comandante Junio Valerio Borghese, ni un solo soldado fascista lucha contra los invasores en ninguno de los frentes de guerra.

Cuando no está representando la rutina de un jefe de Gobierno ni fantaseando con mapas militares, Benito Mussolini se dedica exclusivamente a eso: a la autocompasión.

Como suele ocurrir a quienes tienen problemas insalvables con la realidad, lo hace escribiendo.

Le escribe a Clara, su amante, su confidente, su única aliada: «Mi autoridad se desmorona a pedazos día a día.

Mi prestigio también. Yo era alguien. Aunque me hubieran ahorcado en la Torre de Londres, seguiría siendo alguien.

Hoy no soy nada […]. Tengo la boca llena de ceniza y estoy deprimido».

Las cartas se suceden con el mismo cansino empuje que los días, entonando una y otra vez la misma cantilena: solo importa la guerra, todo lo demás es nada; él, al cabo de cinco meses, aún no ha sido capaz de llevar a un solo soldado al frente para defender la capital.

Una vez más ha soñado, su plan ha fracasado, no ha podido alzar su grito.

Incluso países como España y Hungría se niegan a tomarlo en serio, en este crepúsculo de su vida.

Vale menos que una moneda de chocolate. Italia está gobernada por los alemanes; él solo actúa como «fachada».

El pueblo lo menosprecia y lo odia, con razón.

Empezaron entre flores y aplausos, pero nadie sabe dónde han ido a parar.

Todo lo que ha hecho está destinado a derrumbarse.

El mundo está perdido, nunca lo recuperará.

¿Qué queda de esa juventud a la que dedicó tanto esmero?

¿Te acuerdas, Clara, te acuerdas de los preciosos espectáculos en los estadios?

¿Y de los desfiles? Yo te observaba, tú me observabas, todos estábamos maravillados. Pero ¿qué había debajo? Nada. O casi.

Clara, en sus respuestas, se resiste a la voluptuosidad del desastre, se opone al desmayo.

Intenta por todos los medios infundir ánimos a su hombre, a su ídolo, le aconseja que recurra directamente a Hitler para recuperar gracias a él el poder y la autoridad que ha perdido.

La joven espolea, argumenta, incita y apela al orgullo del viejo y decrépito luchador.

Pero él, aniquilado por la constatación de un fracaso devastador, no quiere saber nada.

A principios de febrero, un periódico socialista de Lugano publica un artículo titulado «El cadáver viviente».

El autor, un exiliado antifascista, escribe que Mussolini «ha perdido toda posibilidad de convertirse en héroe porque no ha sabido alcanzar una “hermosa muerte”, como los fascistas afirmaron siempre que querían morir.

Ahora, otras muertes pesan sobre su conciencia».

El dictador, en su crepúsculo, se reconoce de inmediato.

En efecto, solo la autocompasión le ofrece una última y aciaga oportunidad de protagonismo.

Mussolini, histéricamente, anota el artículo, lo recorta y se lo envía a su amante: «Yo no tengo nada, sigo sin tener nada.

Dentro de cuatro meses, las tropas jurarán sin armas […

]. Sí, yo soy un cadáver viviente. He pedido cinco ejemplares del periódico.

Si pudiera, le diría que tiene razón. Yo soy un cadáver viviente y ridículo.

Sobre todo, ridículo». Sobre todo, incluso como moribundo, como no vivo, o tal vez como no muerto, Benito Mussolini no deja de anteponer el pronombre en primera persona del singular en cada frase, de anteponer su ego al mundo.

Entonces, incluso Clara cede al desprecio. Y cuando lo hace, lo hace con la dureza de la que solo son capaces los amantes decepcionados, las mujeres traicionadas: «Te miro: a ti como hombre, a ti como Duce, y digo que te estás precipitando hacia la ruina total».

Entretanto, mientras Benito Mussolini y Clara Petacci se aman y se atormentan recíprocamente en la desalentadora sinceridad de una correspondencia confidencial que, no por casualidad, él le pide con insistencia que incinere («Rompe las cartas», «Destrúyelas siempre», «Una vez más te ruego que quemes lo que escribo»), en el escenario público del fascismo republicano, como marca de una enorme y criminal divergencia con esa melancólica verdad privada, los emisarios del Duce exigen que la juventud italiana decida si vivir o morir por una causa en la que, en cualquier caso, nadie cree ya.

El 18 de febrero de mil novecientos cuarenta y cuatro, Rodolfo Graziani, comandante en jefe de un inexistente ejército de almas muertas, promulga un bando de reclutamiento para los nacidos en mil novecientos veinticinco que condena sin piedad a quienes no se presenten a muerte por «fusilamiento en el pecho».