El fin y el principio (M. 5) 1944 #2
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1944 #2

¡Es realmente singular mi destino, ser traicionado por todos, incluso por mi hija!

Benito Mussolini a Giovanni Dolfin,

11 de enero de 1944

Decidle que solo hay dos soluciones posibles que lo rehabilitarían ante mis ojos: la fuga o el suicidio.

Edda Ciano Mussolini al padre Giusto Pancino, quien le había enviado a Suiza mensajes afectuosos y desesperados de parte de su padre Benito

Estación Central, andén 21

Cárcel de San Vittore, Quinta Ala,

Milán, 29-30 de enero de 1944

La Estación Central de Milán es la más grande de Europa.

Fue inaugurada en mil novecientos treinta y uno en presencia del ministro de Comunicaciones, Costanzo Ciano, padre de Galeazzo, y fervientemente deseada por Benito Mussolini como símbolo enfático del Milán fascista.

Su monumental fachada tiene doscientos metros de ancho, y en ella sobresalen dos gigantescos caballos alados de mármol, alegorías del Progreso guiado por la Voluntad y la Inteligencia.

Sus imponentes arcos de hierro y cristal, que cubren nada menos que veinte vías, son una obra maestra de ingeniería aérea que rivaliza con las agujas del Duomo: el más grande mide 33,5 metros de altura y tiene un ojo de 72 metros. El ojo que vigila el mundo.

Sin embargo, también hay un andén número 21. En la sombra.

El andén número 21 se construyó en el lado derecho, en via Ferrante Aporti, a la altura de via Pergolesi; está situado a nivel de calle, a un nivel inferior respecto al de los destinados al tráfico civil; está diseñado, en efecto, para el transporte de mercancías, sacas de correo y ganado.

Los vagones destinados a tal vil carga se colocan sobre un carretón transportador, luego en un gigantesco montacargas, se hunden en la oscuridad subterránea y se almacenan.

Solo entonces pueden volver a ascender a la luz, al aire libre.

Emergen lejos de las cabeceras de los andenes, entre el 18 y el 19, al resguardo de las miradas de los milaneses dinámicos, modernos y elegantes, que se dirigen al este, al norte o al oeste a través de las rutas europeas, en viajes de negocios, aventura o placer.

Este es el propósito del ingenioso sistema del andén 21: evitar que se perturbe el tránsito humano.

La penitenciaría de San Vittore, construida inmediatamente después de la unificación italiana para dotar a la nueva nación de una infraestructura moderna digna de su prometedor futuro, es el único edificio de Milán concebido específicamente como prisión.

Hasta esa fecha, a los reclusos se les encerraba en instalaciones no equipadas para tal fin (en su mayoría antiguos conventos que el paso de la historia había vaciado de sus reclusos voluntarios).

El objetivo de quien la proyectó —Francesco Lucca, jefe del cuerpo de ingeniería civil del Reino de Italia— era dotar al poder represivo del Estado moderno de un dispositivo capaz de ver a todos sus súbditos mientras permanecía invisible.

Ese era el propósito del diseño radial de las seis alas de tres pisos cada una: permitir que un solo guardia mantuviera a todos los internos bajo observación sin que ellos pudieran saber cuándo estaban siendo vigilados.

Convertirlos, en definitiva, en esclavos de la mirada, sometidos a este gigante invisible de cien ojos.

En enero de mil novecientos cuarenta y cuatro, el primer año nazi de Milán, la refinada e incruenta ortopedia política del utilitario panóptico era solo un vago recuerdo de una época más apacible.

Tres de las seis alas se hallan, en efecto, bajo el control absoluto de las SS.

En la quinta están encerrados los «combatientes de la resistencia» y los judíos en tránsito hacia los campos de exterminio.

Celdas individuales de dos por cuatro metros, dormitorios abarrotados por docenas de cuerpos malolientes, inodoros inexistentes, un solo cubo para los excrementos de todos, ventanas sin cristales, frío glacial, nada de hora de patio, comida escasa y mohosa, enfermedades infecciosas, dientes y huesos nasales destrozados, genitales sádicamente atormentados.

Algunos prisioneros han apodado la Quinta Ala con el altivo nombre de «círculo infernal», mientras que otros, pensando en los muchos que prefirieron la muerte a esa vida horrenda, la llaman «el ala de los ahorcados».

En este territorio nazi autónomo, dentro de la ciudad principal de la República Social Italiana, reina el cabo mayor Franz Staltmayer, «un coloso deforme», que ya ha ejercido de carcelero en Varsovia.

Mide más de dos metros, tiene la apariencia de «un sapo gigantesco», empuña una fusta de criador de cerdos en la mano derecha y, en la izquierda, sostiene la correa de un perro lobo que azuza contra los judíos.

Se dice que una vez le arrojaron como comida a un pobre desgraciado, y que el animal lo descuartizó vivo.

Abundan los apodos para su torturador: algunos lo llaman «el porquero», otros simplemente «la fiera».

Liliana acaba de cumplir trece años y lleva cuarenta días encarcelada en San Vittore. Cuarenta días y cuarenta noches escapando de las fieras. Por suerte, su padre está con ella.

Papá Alberto es un hombre alto, delgado y fuerte con una sonrisa grande y dulcísima.

Liliana no recuerda a su madre porque los dejó cuando solo tenía un año.

Desde ese día, Liliana siempre ha sido «la princesa de su papá».

Siempre ha estado a su lado. Papá Alberto estaba junto a Liliana incluso cuando los fascistas los arrestaron después de que los guardias suizos los obligaran a retroceder hasta la frontera por la que él había intentado que se salvaran.

En la tarde del 29 de enero, un soldado alemán entra en la Quinta Ala con un pequeño fajo de papeles en la mano.

Con un acento marcado, empieza a leer una lista de nombres.

Más que leerlos, los vocifera. La lista es interminable, vertiginosa, los patronímicos se suceden con una cadencia hipnótica.

La declamación es infinita, los nombres sumaban más de seiscientos, y todos los nombrados se preparan para marcharse.

¿Adónde nos llevan? ¿Adónde vamos? ¿Qué destino nos espera?

Se distribuyen cestas de papel con comida. Contienen siete porciones de galletas, siete de mortadela, siete de leche condensada. ¿Por qué siete? ¿Por qué siete? ¿Por qué siete?

La pequeña Liliana no se atreve a preguntárselo a su padre, ni siquiera se permite preguntarle con la mirada, porque ve sus ojos consternados, porque intuye su extravío.

No le preguntará la razón de lo que sucede porque intuye que él no podría darle ninguna explicación.

No someterá a su padre a la humillación de no saber tranquilizar a su pequeña, de no poder protegerla del mal que se cierne sobre todos en esas siete porciones de leche condensada.

Ella es la «princesa de papá» y le concederá a ese buen hombre el pequeño e incalculable don de serlo hasta el último instante de su vida, hasta que la muerte los separe.

Entonces Liliana echa a correr, se aleja de él, corre «como una loca» hasta las grandes celdas comunes del último piso para «ver a todos esos desconocidos, preparándose para marcharse, con gestos idénticos».

A la mañana siguiente, el 30 de enero de mil novecientos cuarenta y cuatro, «una larga fila, silenciosa y doliente» sale de la Quinta Ala hacia el patio de la prisión.

Antes de salir al exterior, los deportados pasan por otro pabellón de reclusos comunes.

Ladrones, proxenetas y estafadores, asomados a los balcones, inundan a los desafortunados con un maná de naranjas, manzanas y galletas.

Y, sobre todo, les lanzan una fina lluvia de «palabras de aliento, solidaridad y bendiciones».

Aparte del que mantendrá con su padre, será el último contacto de Liliana con seres humanos durante su viaje de siete días y siete noches hacia Auschwitz.

Un vagón sellado la espera en el andén 21.

Está oscuro; hay un poco de paja en el suelo y un cubo para las necesidades corporales.

En los subterráneos de la estación, la oscuridad solo se rompe con el barrido de faros cegadores, con los chillidos de los hombres y con los ladridos de los perros, con los gritos de violencia aterradora.

En cuanto el vagón está lleno, se atranca y se eleva hasta el andén entre las vías 18 y 19.

Hasta que los vagones no se acoplan, nadie se da cuenta de la realidad.

La realidad de un vagón de ferrocarril diseñado para transportar mercancías, sacas de correo y ganado es incomprensible para la mente de un viajero humano.

Pero Liliana no le pedirá explicaciones a su padre.

No le infligirá el dolor de no saber qué responder a su princesa.

El tren empieza a moverse…

«Todos los judíos enviados a los campos de concentración».

La Stampa , primera plana, 1 de diciembre de 1943

Artículo 1 – Los ciudadanos italianos de raza judía o considerados como tales […] no pueden, dentro del territorio del Estado:

ser propietarios, total o parcialmente, ni administradores, a ningún título, de negocios de ninguna clase […].

ser propietarios de terrenos, edificios y pertenencias adyacentes; poseer valores, activos, créditos y derechos de copropiedad de ningún tipo, ni ser propietarios de otros bienes muebles de ninguna clase.

Artículo 7 – Los bienes inmuebles y sus pertenencias, los bienes muebles, las empresas industriales y comerciales, y cualquier otro activo existente en el territorio del Estado, propiedad de ciudadanos italianos de raza judía o considerados como tales, […] quedan confiscados en favor del Estado.

Decreto legislativo del Duce, 4 de enero de 1944-XXII, n.º 2