El fin y el principio (M. 5) 1944
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1944

Benito Mussolini

«¡Si uno quiere ser sanguinario, que domine por lo menos la técnica!».

La falta de eficacia del pelotón de fusilamiento lo atormenta.

Le han contado que, tras semanas montando guardia ante la celda de Galeazzo Ciano con sus rostros patibularios, armados con pistolas y ametralladoras, los veteranos escuadristas vacilaron.

Parece ser que en el momento de alinear sus mosquetones y apuntar a la nuca de sus víctimas, a diez pasos de distancia, en ese punto donde el cabello ralea, se abre y deja al descubierto la piel, se dice que en ese terrible momento de afinar la puntería, los verdugos perdieron el valor.

Le han contado que esos instantes de suspensión bastaron para que su yerno cobrara conciencia de su insoportable condición.

Hasta ese momento, Galeazzo se había comportado con coherente dignidad.

Había pasado ochenta y cinco días en la prisión de Scalzi en Verona, había asistido imperturbable al juicio, había dedicado su última noche a escribir cartas de despedida, y había afrontado por último su suplicio tal como había vivido, con las manos en los bolsillos y una sonrisa distraída en los labios, como si se tratara de tomar asiento en la enésima cena galante.

Pero esos instantes de vacilación habían quebrado la línea de la continuidad existencial, el tiempo se había dilatado en demasía, y en esa brecha había penetrado el horror supremo de la conciencia.

Parece ser que Ciano, sentado en la silla de espaldas al pelotón de fusilamiento, con los antebrazos apoyados en el respaldo, hasta tuvo tiempo de volverse hacia sus verdugos.

Existe incluso una fotografía, al parecer, en la que ese joven irremediablemente vanidoso dirige a los hombres a punto de dispararle en la nuca una mirada infantil, sorprendida, decepcionada e implorante.

El último vistazo al mundo del padre de sus nietos, que lo ha enviado a la muerte.

Benito Mussolini está abatido, desgarrado, sus últimas ilusiones se han derrumbado, cada día que pasa se acumulan a su alrededor escombros, ruinas y tragedias, y sin embargo insiste en los detalles, quiere conocerlos pormenorizadamente, todos los detalles, solo los detalles.

La pena capital contra los «traidores del Gran Consejo» —los jerarcas que la noche del 25 de julio retiraron la confianza al Duce, decretando la caída del régimen— es ejecutada mediante fusilamiento por la espalda en el campo de tiro de San Procolo, en Verona, a las diez de la mañana del 11 de enero de mil novecientos cuarenta y cuatro; esa misma tarde, Mussolini recibe en audiencia en Gargnano a Sergio Olas, director de la cárcel de Scalzi.

Pero no le basta. En las horas y días siguientes, convoca un encuentro con el abogado Paolo Tommasini, defensor de oficio de Ciano; luego, con Piero Cosmin, prefecto de la ciudad; después, con el padre Giuseppe Chiot, capellán de la prisión; más tarde con el fiscal Francesco Fortunato y el presidente del Tribunal Especial, Aldo Vecchini.

En los intervalos entre una sesión del Consejo de Ministros y una reunión con el embajador japonés, a unos les concede quince minutos, a otros veinte, y al padre Giuseppe veinticinco.

De todos pretende una sola cosa: los detalles de los últimos instantes de vida de Galeazzo Ciano, su antiguo ministro de Asuntos Exteriores, su protegido, el marido de su hija.

El panorama general parece haberse desvanecido o perdido toda importancia. Solo importan —o tal vez persistan— los detalles.

Lo que atormenta a Benito Mussolini son esos breves momentos de vacilación, ese hiato de nada en la alineación entre la mira y la muesca, le molesta que, la noche del 11 de enero, la transmisión radiofónica del juicio termine con la canción Giovinezza («¡De pésimo gusto!

Giovinezza se canta en horas de celebración y victoria, y la ejecución no debería haberse comentado con el verso “¡Por Benito Mussolini, eya, eya, alalá!”»).

Cosas así, sin peso, carentes de interés.

No le atormenta que el juicio en su conjunto haya sido la enésima farsa trágica, que la selección del jurado entre las filas de oscuros militantes fanáticos equivaliese ya a una sentencia de muerte, que durante todo el proceso haya permanecido encerrado en su búnker lacustre esperando a que quién sabe qué dios misericordioso acudiera a su rescate, que su hija Edda, durante su último encuentro, antes de huir a Suiza, lo arrollara con palabras irrepetibles de odio y desprecio; no maldice a Pavolini ni a los demás jerarcas por haber conspirado para impedir que le llegaran las peticiones de clemencia escritas por los condenados en su última y desesperada noche.

No, nada de esto turba a Mussolini. Solo las nimiedades lo conmueven.

Nimiedades y visiones grandiosas y deslumbrantes, siempre que sean inconsistentes.

Mientras en el campo de tiro de San Procolo aún permanecen insepultos los cadáveres de Galeazzo Ciano y de sus cuatro compañeros de viaje —Emilio De Bono, Giovanni Marinelli, Luciano Gottardi, Carlo Pareschi—, Benito Mussolini preside en Gargnano un Consejo de Ministros en el que, «por sugerencia del Duce», se lanza un ilusorio proyecto de retorno al socialismo de los orígenes.

El afligido suegro continuará durante semanas llorando públicamente el destino de su yerno y el suyo propio, pero albergará para siempre en sus entretelas la inconfesable verdad: para él, Ciano llevaba ya mucho tiempo muerto.

Si lo hubiera indultado, todo el escaso prestigio que le queda entre los fascistas y los nazis se habría desvanecido, cualquier posibilidad de alimentar con algo de luz a su crepuscular república habría desaparecido.

No le ha venido mal, en el fondo, que lo hayan excluido una vez más de toda decisión, de toda intriga y de toda artimaña.

Podrá alegar que no interfirió en el curso de la justicia, que no participó activamente en esta ultimísima y antiquísima tragedia.

Podrá forjarse el papel de víctima, en la historia del destino, un papel silencioso, sin una sola intervención.

Y, sobre todo, podrá seguir aferrándose a los detalles.

Pasará el resto del tiempo contemplándolos, fascinado: esas manos en los bolsillos, esa sonrisa fatua, esa última mirada infantil.

Cosas mínimas, sin importancia, las minucias a las que queda reducida la vida cuando, en su conjunto, resulta imposible mirarla.

Mi fin se acerca; ya me han dicho que dentro de pocos días se decidirá mi muerte […].

La culpa que expío es haber sido testigo asqueado de los fríos, crueles y cínicos preparativos para la guerra por parte de Hitler y los alemanes. Como único extranjero, vi de cerca cómo esta repugnante pandilla de bandoleros se preparaba para ensangrentar el mundo.

Carta de Galeazzo Ciano a Winston Churchill,

23 de diciembre de 1943

No soy yo quien os habla; por mi boca os hablan los trescientos mil fascistas republicanos que, a pesar de errores, traiciones e incomprensiones, siempre os han seguido ciegamente; en consideración a su lealtad, por razones sentimentales que os conciernen exclusivamente a vos y a vuestra familia, no debéis permitir que los fascistas se vean decepcionados y traicionados una vez más […

]. Si no se hace justicia, os ruego que aceptéis mi dimisión desde este momento.

Alessandro Pavolini a Benito Mussolini

en vísperas del juicio de Verona

No castigar a los miembros del Gran Consejo significaría el descrédito inmediato e irreparable de Mussolini ante todos los fascistas, sin excluir a ninguno, que interpretarían un acto de clemencia como una trivial estratagema para salvar a Ciano.

Alessandro Pavolini a Mario Griffini, presidente del Tribunal Especial para la Defensa del Estado,

en vísperas del juicio de Verona

¡Los alemanes quieren la muerte de Galeazzo, y nosotros tendremos que hacer de figurantes!

Emilio De Bono, gritando durante el juicio de Verona,

8 de enero de 1944

Así he arrojado vuestras cabezas a la historia de Italia. Y aunque fuera la mía, mientras Italia viva.

Andrea Fortunato, fiscal en el juicio de Verona,

alegato final,

10 de enero de 1944

¿Pena de muerte? ¡Estamos locos o qué! Juro que me siento como en un teatro y esta escena no me interesa.

Luciano Gottardi, sindicalista fascista y miembro del Gran Consejo del Fascismo, ante la lectura de la sentencia,

10 de enero de 1944

La responsabilidad de quienes, con su gesto, provocaron el golpe de Estado que dio lugar a la vergonzosa capitulación, los coloca ante la historia junto a Vittorio Emanuele y Badoglio.

La justicia los ha alcanzado y los ha abatido.

Como debe ser. Ahora la nación reanuda su marcha, liberada del peso de la ignominia.

«Suprema necesidad», Il Pomeriggio del Corriere della Sera ,

2-13 de enero de 1944

Veinte años de indulgencia, recompensados a un precio de ingratitud y traición, bastan, o, mejor dicho, son demasiados.

El perdón es un lujo, y la situación del país ya no permite lujos.

Era necesario golpear: se golpeó […]. Cayó el hacha.

La justicia no retrocedió, como tampoco retrocede la historia.

Concetto Pettinato, «La Hora de la Justicia»,

La Stampa ,

12 de enero de 1944

Estáis todos locos. La guerra está perdida; ¡no tiene sentido hacerse ilusiones! Los alemanes resistirán algunos meses como mucho, no más. Sabes bien cuánto yo anhelaba la victoria, pero ahora no queda nada por hacer. ¿Te das cuenta? ¿Y condenáis a Galeazzo en estas condiciones?

Edda Ciano Mussolini durante el último encuentro con su padre,

26 de diciembre de 1943

Duce. He esperado hasta ahora a que me demostraras el más mínimo sentido de humanidad y amistad. Ya basta. Si Galeazzo no está en Suiza en un plazo de tres días, según las condiciones que comuniqué a los alemanes, utilizaré implacablemente todo lo que sé con pruebas irrefutables.

Edda Ciano Mussolini, carta a su padre antes de refugiarse en Suiza,

6 de enero de 1944