1943 #16
En la Arena Civica de Milán, la tarde del 19 de diciembre de mil novecientos cuarenta y tres, víspera del entierro de Aldo Resega, tiene lugar el brutal acto de represalia por su asesinato.
Carmine Capolongo, Fedele Cerini, Giovanni Cervi, Luciano Gaban, Alberto Maddalena, Carlo Mendel, Amedeo Rossin y Giuseppe Ottolenghi: ocho antifascistas, elegidos al azar entre los numerosos reclusos de la prisión de San Vittore, son atados a ocho sillas de taberna y fusilados por la espalda.
Las autoridades de la ciudad, el prefecto Oscar Uccelli y el comisario de policía Camillo Santamaria Nicolini presencian la masacre desde la tribuna de honor diseñada por Luigi Canonica, inspirada en los frontones de los templos griegos.
Pavolini, el secretario del partido, llega tarde y se queja al comandante del pelotón de la Muti por no haberlo esperado.
No soporta el haberse perdido el espectáculo.
Algunas de las víctimas son partisanos capturados con las armas en la mano durante los enfrentamientos de mediados de noviembre con unidades nazifascistas; otros son antifascistas involucrados en actividades conspirativas contra los ocupantes alemanes; dos de los ejecutados son nada menos que miembros expulsados de grupos partisanos de la montaña por conspirar con los fascistas.
Ninguno de ellos tiene la menor conexión con el asesinato de Aldo Resega, han sido condenados en virtud de un monstruoso sistema legal que los considera culpables de ser los «instigadores indirectos del crimen» por ser antifascistas.
La masacre de la Arena Civica no es el único caso en el que, en estas horas, la venganza ciega se disfraza vilmente de justicia.
Según la aciaga narración fascista. Los justicieros disfrazados de jueces atribuyen la responsabilidad de los atentados a cualquiera que tenga cierta afinidad ideal con quienes los realizan.
La aniquilación de personas y cosas se inserta a la fuerza en un relato más prolongado, en un discurso más amplio que, buscando justificar, motivar e incluso valorizar la venganza bárbara, no solo destruye cuerpos, sino también los conceptos básicos sobre los que se fundamenta la civilización humana —justicia, derecho, legalidad—, y no solo arrasa la vida, sino también la propia idea de la vida.
En la mañana del 20 de diciembre, en la pequeña ciudad de Erba, un conocido miembro escuadrista local, el guardia municipal Germano Frigerio, mientras se disponía a marcharse a Milán para asistir al funeral de Resega, es abordado en un bar por un desconocido y asesinado a tiros.
Los fascistas locales claman venganza; sus jefes acceden, pero deciden disfrazarla de justicia.
Se organiza de buenas a primeras un tribunal militar especial, se realiza un juicio farsa en plena noche.
Dado que tanto los asesinos de Resega como los de Frigerio siguen sin ser localizados, también en este caso se saca de la cárcel a todos los antifascistas disponibles.
El deseo de los fascistas es fusilar a treinta, uno por cada uno de sus camaradas asesinados en la zona por los partisanos, pero tuvieron que conformarse con ocho reclusos.
También, en este caso, completamente ajenos a los sucesos.
Entre ellos se encuentra Giancarlo Puecher, ardiente patriota, hijo de la burguesía local, que se alistó voluntario en la Fuerza Aérea como piloto cadete, promotor de una célula partisana antifascista desde el 8 de septiembre.
Puecher es un crío de apenas veinte años que, junto con otros críos, se ha dedicado a repartir panfletos, a servir de enlace entre los partisanos de la montaña y los de la llanura —les han proporcionado armas y medios de transporte, una camioneta robada y un par de mulas— y a pequeños sabotajes.
Fue capturado en un puesto de control a mediados de noviembre.
Ni Puecher ni los demás imputados están acusados de asesinato ni de ningún otro delito de sangre.
Sin embargo, él reivindica abiertamente la responsabilidad de sus actos, orgulloso de haber servido en el único «verdadero y auténtico ejército de la patria».
Antes de la hora del almuerzo, el tribunal dicta siete sentencias de muerte.
El juicio es tan grotesco y patético que lleva al juez presidente, de acuerdo con el abogado defensor, a negociar con el prefecto la reducción de las condenas a cuatro, luego a tres y por último a una sola.
Puecher no es más culpable que los demás, pero ha declarado abiertamente su antifascismo y por ello debe morir.
Los fascistas de Erba exigen que su sangre sea derramada justo cuando se celebra el funeral de Aldo Resega en Milán. El chico ha de ser sacrificado.
El hombre que firma y refrenda la sentencia es un teniente coronel, militar de carrera y comandante del distrito militar de Como.
Su sentencia alcanza tal grado de injusticia e ilegitimidad que fue desautorizada incluso por Piero Pisenti, ministro de Justicia de la República Social Italiana, quien decretará la nulidad del juicio y la arbitrariedad de las sentencias y ordenará la liberación de los demás acusados.
El caso es que, mientras tanto, Giancarlo Puecher muere, clamando su amor por su patria italiana, al amanecer del 21 de diciembre.
Deja una última carta en la que perdona a sus verdugos. Otros no lo harán.
El funeral de Resega se celebra en Milán la tarde del 20 de diciembre.
Asisten las más altas autoridades municipales, provinciales y regionales, junto con la cúpula del Partido Fascista Republicano y cientos de escuadristas llegados desde todo el norte de Italia.
El féretro de Resega y los de otros dos fascistas caídos son trasladados desde piazza San Sepolcro hasta el Cementerio Monumental, escoltados por una multitud de escuadristas con fusiles y ametralladoras al hombro.
Durante la parada en piazza Duomo, alguien oye disparos contra el cortejo desde los edificios frente a la catedral.
Algunos hablan de disparos de pistola, otros de fusil, hay quien menciona incluso una ráfaga de ametralladora.
Nadie lo sabe con certeza. Y nadie lo sabrá jamás.
Lo cierto es que, desde la plaza, una multitud de fanáticos abre fuego contra el fantasma de un enemigo invisible.
Se disparan más de cinco mil tiros, y el tiroteo contra el cielo dura más de un cuarto de hora.
Antes de que se reanude la procesión, el pavimento de piazza Duomo está cubierto por una alfombra de casquillos.
Faltan cinco días para Navidad. Milán está sumida en una pesadilla.
Aldo Resega ha sido asesinado porque representa al fascismo, y el fascismo debe morir. Quien lo reemplace correrá la misma suerte.
Llamada de reivindicación atribuida a Corrado Bonfantini, jefe de las Brigadas Matteotti milanesas,
18 de diciembre de 1943
No se dispara a los hombres, sino a los uniformes.
De las memorias de Bruno Spampanato,
director de Il Messaggero
Somos nosotros, los de la Muti, los que no queremos nada de ti. Nosotros nos quedamos aquí; tú puedes irte .
Franco Colombo a Aldo Resega en vísperas de su asesinato, testimonio de Vincenzo Costa
A partir de hoy, los escuadristas tomaremos el mando en Milán.
Franco Colombo a Vincenzo Costa tras
el asesinato de Resega
1. Las escuadras de acción, lejos de estar disueltas, están en pleno funcionamiento.
2. Las escuadras, allá donde existen, dominan plenamente la acción política del Partido y son decisivas para su éxito.
3. El Partido se ve imposibilitado para actuar con el fin de aplastar, contener y controlar su actividad.
Informe de Guido Buffarini Guidi
a Benito Mussolini,
21 de diciembre de 1943
Desenvainad vuestros puñales, afiladlos y tenedlos a mano. Son sacrosantos y benditos.
Armando Wender, futuro comandante de la
XXX Brigada Negra «Amos Maramotti»,
Diana Repubblicana ,
20 de diciembre de 1943
Ninguna represalia desordenada, irreflexiva e individual […]. Todo el Fascismo permaneció en su lugar, vigilante y firme, confiado en que los órganos del Estado llevarían a cabo su obligada labor de justicia contra los sanguinarios perturbadores del orden y destructores de la Patria.
Corriere della Sera , 20 de diciembre de 1943
(comentario sobre los fusilamientos de la Arena Civica).
Más allá del dolor, nuestra fe en la victoria permanece pura e intacta.
Telegrama de la viuda de Resega a Benito Mussolini,
21 de diciembre de 1943
Amé demasiado a mi patria; no la traicionéis, y todos vosotros, jóvenes de Italia, seguid mi camino y seréis recompensados por vuestra ardua lucha por reconstruir una nueva unidad nacional.
Perdono a quienes me ejecutan porque no saben lo que hacen.
Giancarlo Puecher, carta a su familia antes de su ejecución,
21 de diciembre de 1943