El fin y el principio (M. 5) 1943 #15
26%

1943 #15

El Ministerio de Defensa Nacional ha ordenado el llamamiento a las armas de los jóvenes nacidos en los años 1923-1924-1925 […

]. Se reputa necesario señalar […] que la Autoridad Militar ha advertido que, en caso de incumplimiento de la convocatoria por parte de los soldados sujetos a dicho llamamiento, además de las sanciones establecidas por las disposiciones vigentes del código de guerra militar, se tomarán medidas inmediatas contra los cabezas de familia.

Primer anuncio del reclutamiento militar obligatorio de la RSI («Bando Graziani»),

9 de noviembre de 1943

Te olvidas de que soy prácticamente inexistente. Que mi autoridad es nula. Mi poder, cero.

Benito Mussolini, carta a Clara Petacci,

5 de diciembre de 1943

Via Fratelli Bronzetti 35

Arena Civica

Taller mecánico Breda y Alfa Romeo

Milán, 18-20 de diciembre de 1943

Aldo Resega es un hombre de costumbres. Sale de casa todas las mañanas alrededor de las ocho y media y va caminando hasta la parada del tranvía número 21 en corso XXII Marzo, que lo lleva directamente a la sede del Partido Fascista en piazza San Sepolcro.

Desde el número 35 de via Fratelli Bronzetti, donde vive, no serán ni diez minutos.

A Resega le gusta recorrer ese corto trayecto solo, como cualquier trabajador en esta ciudad industriosa.

Via Fratelli Bronzetti es una calle residencial, bordeada de elegantes, aunque no señoriles, edificios de finales del siglo XIX , habitada por la pequeña burguesía, justo fuera del anillo de canales que delimitaba el Milán renacentista, ni centro ni periferia.

En el barrio, todos se conocen, y todas las calles llevan el nombre de héroes del Risorgimento, incluyendo via Fratelli Bronzetti, patriotas trentinos que murieron luchando por la libertad de Italia.

La mañana del sábado 18 de diciembre de mil novecientos cuarenta y tres, el secretario federal fascista de Milán cruza el umbral de su casa a las 8:25.

Hace frío, es un invierno poco clemente, una espesa niebla envuelve la gran ciudad enclavada en una vasta depresión orográfica en medio de la llanura aluvial.

Resega saca un par de guantes negros de cuero del bolsillo de su chaqueta y, mientras camina a paso ligero, empieza a ponérselos.

Sus manos grandes y huesudas, entumecidas por las bajas temperaturas, no le facilitan la tarea.

El jefe fascista de la ciudad de Milán tiene, sin embargo, otras cosas en la cabeza.

En la capital de Lombardía, los primeros asesinatos de camaradas empezaron ya a principios de diciembre.

Los GAP carecen de medios, pero no de audacia.

El sicario llega en bicicleta, descarga el cargador sobre la víctima elegida, disparándole a menudo en la nuca, y luego se esfuma.

La población permanece inerte, meros espectadores que permiten al asesino escapar.

Los GAP se mueven rápidamente en líneas horizontales, solitarios, anónimos, materializándose de repente.

Van y vienen, con aceleraciones veloces, incursiones en territorio enemigo, en una ciudad completamente dominada por los fascistas y donde todo fascista es un objetivo.

Los fascistas y sus aliados alemanes. Oficiales de la Milicia, suboficiales de la Wehrmacht, soldados rasos.

Cualquiera que lleve armas y uniforme es el objetivo, sin distinción, sin discernimiento.

No se dispara al hombre, sino al uniforme.

Resega ha logrado ponerse el primero de los dos guantes.

Ahora se dispone a ponerse el segundo. Unos pasos más y estará en la esquina de la avenida.

Hoy le espera otro día difícil. Los de la Muti han dado rienda suelta a la ira ya desde las primeras muertes.

Se han lanzado a represalias indiscriminadas, arrestos ilegales, autoproclamándose guardianes del orden.

Cuando Buffarini Guidi amenazó con disolver las escuadras, Franco Colombo y cincuenta de sus escuadristas irrumpieron en la oficina del secretario federal: «Disolver las escuadras equivale a castrarse», gritó en dialecto, «nos matan todos los días, ¿y quieren que terminemos como las ratas?

¡Desde ahora se encargarán las escuadras milanesas! ».

La situación empeoró aún más cuando, el 12 de diciembre, en las grandes fábricas del anillo industrial empezó el revuelo.

Los escuadristas de la Muti se presentaron primero en Breda y luego en Alfa Romeo, en Portello —enormes catedrales de hierro erigidas en honor al proletariado productivo—, amenazando a los trabajadores con granadas de mano.

Son carne de presidio que nunca han trabajado honestamente en toda su vida y que acorralaron a los obreros para entregarlos a los alemanes con el fin de deportarlos a Alemania.

En Cusano Milanino, un pueblecito de la periferia norte, donde la zona suburbana en constante expansión se encuentra con los últimos confines de la campiña de Brianza, tras el asesinato de un piloto de pruebas fascista de Breda, la banda de la Muti fusiló a dos padres de familia, Abele Merli y Enrico Pedretti, cuya única culpa eran sus simpatías socialistas.

Los colocaron contra la pared de la escuela primaria.

El hijo de Pedretti vio la silueta del cuerpo exánime de su padre en la hierba descuidada del patio.

Verá su huella ensangrentada durante todo el invierno al entrar y salir de clase cada mañana.

Aldo Resega ha llegado a la altura de la Banca Commerciale.

Parece que el segundo guante no quiere saber nada de su mano.

El inconfundible traqueteo del tranvía subiendo por la avenida le advierte que se acerca a su destino.

Como siempre, esa mañana, su ayudante Vincenzo Costa se había ofrecido a recogerlo, pero él declinó cortésmente la propuesta.

Es necesario difundir una sensación de normalidad.

No es solo Colombo quien desafía la autoridad del Fascio milanés; los alemanes también se quejan de su incapacidad para mantener el orden público.

Aldo Resega es un soldado condecorado, maneja habitualmente las armas y sabe usarlas.

Es el jefe de la federación fascista de Milán, la verdadera capital de la República Social Italiana, la ciudad donde nació y renació el fascismo, su ciudad, su barrio, su red de elegantes calles que llevan el nombre de los venerados patriotas del Risorgimento italiano.

El Milán del Fascio de los orígenes, el de piazza San Sepolcro, el de Benito Mussolini.

Aldo Resega no ve la necesidad de una escolta armada en esta ciudad fascista enclavada en medio de una vasta llanura.

Él, el secretario federal fascista de Milán, tampoco ve a sus espaldas al vigía situado frente a su casa, que ya ha dado la señal; no ve al hombre armado que vigila las bicicletas en la acera, no se percata de los dos miembros del GAP que avanzan hacia él con sus pistolas desenfundadas, ocultas bajo periódicos.

Mientras recorre via Fratelli Bronzetti, Aldo Resega no se da cuenta de que está al borde de un abismo porque no percibe la sima que, a estas alturas, separa al fascismo de Milán.

No percibe el fuego que arde en esas figuras de transeúntes anónimos, aparentemente insulsos, aparentemente pacíficos, un fuego sin llamas ni humo, un fuego sin señal.

Resega no repara en los partisanos que han venido a matarlo, porque esos hombres son ya una sola cosa con la ciudad, que los vomita y los oculta a la vez, esa ciudad horrorizada por el regreso del fascismo, que retrocede con repugnancia a cada paso que da, igual que retrocede ante la obscena visión de los escuadristas de Colombo, una ciudad que él se obstina en creer dominar, pero que se le ha vuelto incomprensible, hostil, inhabitable, un territorio ajeno, un desierto, una jungla, un lugar impreciso, distante, totalmente extraño, una tierra inviolable consagrada al culto de la libertad, a un doloroso anhelo de luz.

Los dos partisanos se apartan, dejan que el jerarca pase entre ellos, luego se giran, aparece el arma.

El más rápido de los dos dispara cuatro tiros en la espalda de Aldo Resega.

El secretario federal cae, con las manos hacia delante, una enguantada, la otra desnuda, mortalmente herido.

Las últimas cuatro balas lo atraviesan mientras yace en el suelo, despiadadas, disparadas con odio furioso, reafirmando la muerte ya infligida.

Los asesinos se alejan en bicicleta, luego continúan a pie, mezclándose con los obreros en huelga, acogidos por la ciudad rebelde.

El cuerpo de Aldo Resega permanece sobre el adoquinado, inmóvil, desangrado por ocho disparos, acabado.

Pero para esos miles de trabajadores en lucha, y para otros muchos millones en toda Europa, su muerte significa que aún hay esperanza de vida en el planeta Tierra.

La Arena de Milán es un anfiteatro cerca de la zona renacentista del magnífico Castillo Sforzesco.

Su forma elíptica fue diseñada como una referencia explícita a la tradición de la antigua Roma.

De hecho, se inauguró en mil ochocientos siete con una espectacular naumaquia en presencia de un emperador moderno, Napoleón Bonaparte.

Desde sus inicios, el estadio elíptico fue concebido como un edificio dedicado a la educación lúdica de la población milanesa mediante festivales, espectáculos y celebraciones.

En la Arena Civica actuó el famoso circo de Buffalo Bill a finales del siglo XIX , en la Arena se produjo el debut absoluto de la selección nacional italiana de fútbol a principios del siglo XX y también en la Arena, en los años cuarenta, se celebran partidos de los dos equipos de la ciudad, el Ambrosiana y el Milano.