El fin y el principio (M. 5) 1943 #14
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1943 #14

Atrapado entre dos fuegos, perdido en la espesura de los tópicos, incapaz de encontrar el camino a casa en la ciénaga de las frases hechas, el hombre que fue en otros tiempos el Duce del fascismo se refugia en una exhortación genérica al sentido común, a la contención de los impulsos homicidas, a la moderación.

Mussolini parece no tener nada que oponer a la «jungla», como él mismo la llama.

Es obvio, no hace falta insistir: primero el gallinero, luego la jungla.

El prisionero del lago se entrega, pues, inerte a la venganza nacional en la que los italianos se harán pedazos unos a otros bajo su frágil supervisión.

Por lo demás, ¿qué podría hacer él, en el estado en que se encuentra?

Su salud, como la guerra, no va bien. Se siente apático, insomne, adolorado.

El aire que lo rodea es mefítico, miasmático; cada mañana, al despertar, «se traga millones de bacilos vivos».

Su estómago ulcerado los rumia todo el día.

No le queda otra que adentrarse en lo desconocido como un submarinista sin sónar, en el abismo de la navegación a ciegas.

La ceremonia de entrega de credenciales ha terminado.

A las 12:00, el Ministerio de Asuntos Exteriores ofrece un almuerzo en Villa Portesina, en Saló.

Asisten todos los ministros y una plétora de funcionarios, tanto italianos como alemanes.

Tras unos cuantos brindis, la alegría se extiende entre los bebedores.

Todos parecen viejos amigos. El almuerzo es excelente; el lago, encantador; la guerra, distante.

Pero Benito Mussolini no bebe; es abstemio. No puede contar con el alcohol para disipar la niebla de melancolía que lo envuelve en este último mes del año mil novecientos cuarenta y tres.

En Villa Feltrinelli le espera la asfixia de la convivencia familiar.

Donna Rachele, de regreso de Alemania con sus hijos menores y exasperada por la reanudación de su contacto con Clara, que ahora vive con sus padres a veinte kilómetros de ellos en una espléndida villa en Gardone Riviera, ha transformado el hogar familiar en un infier no doméstico.

Escenas, celos, paranoia, discusiones violentas que se alternan con contundentes silencios.

Y después está Vittorio, que insiste en que lo nombre secretario político junto con su pandilla de futbolistas famosos y aventureros de todo tipo, y luego el joven Romano, que practica sin parar con su saxofón y, por último, sus nietos, los hijos del difunto Bruno, que se aferran a sus rodillas gritando: «¡Abuelito, abuelito! ».

Peor aún, lo que le espera en Villa Feltrinelli es un drama familiar.

El drama de un «abuelito» que ha condenado a sus otros nietos a crecer sin padre.

El Tribunal especial extraordinario que juzgará a los miembros del Gran Consejo culpables de traicionar al Duce en la sesión del 25 de julio ha quedado establecido por decreto gubernamental el 27 de octubre, una semana después de que Galeazzo Ciano fuera trasladado a Italia desde Alemania, entregado a los italianos y puesto bajo arresto en la cárcel degli Scalzi, en Verona.

Desde entonces, Edda, la favorita, la indómita, la única hija que ha heredado la determinación de su padre, lo atormenta sin descanso para que salve a su marido.

La mujer de Galeazzo Ciano se presenta en Gargnano sin previo aviso, elude con desdén toda vigilancia y lo ametralla con plegarias, insultos, chantajes, ensañamientos, profecías de desventuras y amargas verdades.

Luego se marcha como ha llegado: dando un portazo, furiosa, desesperada.

La única verdad que Edda Ciano Mussolini es incapaz de admitir, en efecto, es que a Galeazzo, aparte de ella y de su muy vilipendiado padre, todos lo quieren ver muerto.

Hitler lo quiere muerto, los alemanes lo quieren muerto, los fascistas lo quieren muerto, incluso las otras mujeres de Benito Mussolini, Rachele y Clara, lo quieren muerto.

Todos creen que su ejecución es necesaria para recuperar un mínimo de credibilidad para el fascismo y su Duce; nadie ha perdonado su traición.

Nadie, excepto el propio Duce. Por otro lado, si su drama personal, que se ha convertido en un drama de Estado, se formulara en tercera persona, sonaría así: si Mussolini se niega a indultarlo, será un hombre sanguinario y vengativo y, retrospectivamente, demostrará que siempre lo ha sido; si Mussolini, en cambio, lo indulta, será el débil, el blandengue, la sombra del hombre que una vez fue.

El suegro, el verdugo, no tiene escapatoria; no puede volver a encajar consigo mismo; su identidad está fuera de su eje.

Y así, en lugar de abandonar definitivamente su papel, en lugar de olvidarse de sí mismo de una vez por todas, Benito Mussolini se mancha con un pecado imperdonable para un estadista en medio de la tragedia de su pueblo: se abandona al arrobamiento de la autocompasión.

Las cartas a Clara de estos fatídicos días revelan sin pudor la escandalosa novedad que atañe a su autor: mientras los soldados alemanes son diezmados en las llanuras ucranianas librando también su guerra, mientras los italianos comienzan a exterminarse mutuamente en el capítulo final de su fascismo, mientras Europa ha quedado reducida a escombros por el último esfuerzo de su astuta voluntad de poder, Benito Mussolini descubre la ternura por sí mismo.

Se confiesa con Georg Zachariae, el médico que le ha asignado Hitler, se confiesa con Giovanni Dolfin, el secretario personal que la casualidad ha puesto a su lado, se confiesa sin freno, inmoderado, desvergonzado, confiesa que realmente no puede concebir el mundo fuera de su propio e ilimitado «ego».

Se confiesa especialmente y de buen grado con su joven amante, cuyo amor obstinado lo sostiene y lo devora, componiendo por vía epistolar una letanía lastimera en su propia memoria: «Me siento rodeado, prisionero del lago […

], ya no existe nada, ni siquiera yo […], no soy más que un esqueleto […

], vacío en la carne y el alma […], completamente inexistente […

], quisiera estar muerto […], ya no creo en nada, no confío en nadie […

], desde hace unos días, una oleada de ternura por mí mismo me recorre la sangre».

¡Ha sido un auténtico gallinero! Mucho charloteo confuso, pocas ideas claras y precisas […]. De todas estas manifestaciones verbosas, es fácil deducir que son pocos los fascistas que tienen ideas claras acerca del fascismo. ¡Decidme si podemos tener así esperanzas de reconstruir el país!

Benito Mussolini a Giovanni Dolfin sobre el Congreso de Verona,

16 de noviembre de 1943

DESDE HACE DEMASIADO TIEMPO HA ARRAIGADO LA COSTUMbrE DEL ARRESTO, O DETENCIÓN O RASTREO DE PERSONAS SIN CAUSA FLAGRANTE, O POR MOTIVOS OBVIOS, Y A MENUDO NADIE SABE QUIÉN DIO TALES ÓRDENES STOP TODO ESO NO ES REPÚBLICA NI FASCISMO SINO CONFUSIÓN, ARBITRARIEDAD Y ANARQUÍA STOP ESTE TIPO DE EPISODIOS DEBEN TERMINAR ABSOLUTAMENTE STOP DE LA EJECUCIÓN DE ESTA ORDEN RESPONSABILIZARÉ PERSONALMENTE A LOS JEFES DE LAS PROVINCIAS STOP ASEGURAD PUNTO MUSSOLINI

Benito Mussolini, telegrama a los prefectos,

23 de diciembre de 1943

El prefecto de Turín […] informa al Duce de que un grupo de la policía federal, es decir, del partido, ha entrado en la sala del Tribunal de lo Penal local a punta de pistola, mientras se juzgaba a un fascista acusado de delitos comunes, con el objetivo de liberarlo […

]. El Duce dicta un telegrama dirigido a los jefes de provincia, en el que somete a las federaciones fascistas al control directo de los prefectos durante «toda la duración de la guerra» […

]. En este momento, ello tiene un claro significado […

] de afirmación explícita del deseo de Mussolini de imponer a todos el retorno a la legalidad.

Por la tarde, el Duce recibe al secretario del partido, quien, impactado por las disposiciones, señala la perjudicial impresión que el telegrama causará entre los secretarios federales y los fascistas en general […

]. El Duce, que esta mañana parecía decidido a acabar con la pluralidad de fuerzas policiales y que repetía que el país se había con vertido en una «jungla», ha permitido a Pavolini llegar a acuerdos con el Ministerio del Interior para dictar de inmediato instrucciones interpretativas, que en la práctica limitan significativamente la eficacia del telegrama.

Giovanni Dolfin, Diario , 1 de diciembre de 1943

Los alemanes nos arrebatan hoy nueve provincias, y entre ellas, dos cuya italianidad, ¡gracias a Dios!

, es indiscutible: ¡Udine y Belluno! Y mientras todo ello sucede, debemos asistir pasivamente a sus flagrantes acciones, destinadas a impedirnos disponer de un ejército propio.

Por fin me he convencido de que nunca tendremos un ejército.

Los alemanes no lo quieren […]. Con las tácticas de dilación que están empleando en nuestro frente, pueden actuar solos, retirándose lentamente, paso a paso, ¡hasta los Alpes! […]

Debemos convencernos de una vez por todas de que no hay absolutamente nada que podamos hacer.

Exclamaciones de desahogo de Benito Mussolini ante Giovanni Dolfin, 1 y 25 de diciembre de 1943

Juro servir y defender a la República Social Italiana en sus instituciones y en sus leyes, en su honor y en su territorio, en la paz y en la guerra, hasta el sacrificio supremo. Lo juro ante Dios y los caídos por la unidad, la independencia y el futuro de la Patria.

Juramento impuesto a los reclutas del

ejército de la República Social Italiana