1943 #13
EL GOBIERNO [DE LA RSI] ESTÁ FORMADO POR HOMbrES QUE, LES GUSTE O NO, ESTÁN UNIDOS A ALEMANIA […
]. ADEMÁS, TENEMOS REPRESENTANTES EN CADA MINISTERIO, CUYA TAREA ES PRECISAMENTE EXPRESAR NUESTROS DESEOS ANTE LOS MINISTROS Y COMPROBAR SI NOS LOS SATISFACEN […
]. NOS LIBERAREMOS DE UN MONTÓN DE PROBLEMAS SI NOS SERVIMOS DEL GOBIERNO ITALIANO, QUE ESTÁ A NUESTRA DISPOSICIÓN.
Eitel Friedrich Möllhausen, cónsul general en Roma, telegrama al general Albert Kesselring,
6 de octubre de 1943
¡Todos a Ferrara! ¡Ferrara exige ser depurada! ¡Venguémoslo con sangre!
Gritos del público en el Congreso Fascista de Verona tras el anuncio del asesinato de Igino Ghisellini,
secretario federal de Ferrara, 14 de noviembre de 1943
Para evitar vernos obligados a ser verdaderamente sanguinarios, tras los sucesos de Ferrara, creo que debemos proponer el establecimiento de un campo de concentración en cada ciudad.
Gastone Rocca, secretario federal fascista de Belluno, discurso en el encuentro de Verona,
tarde del 14 de noviembre de 1943
Los pertenecientes a la raza judía son extranjeros.
Durante esta guerra, pertenecen a una nacionalidad enemiga.
Manifiesto programático aprobado por el Congreso de Verona a propuesta de Benito Mussolini, punto 7,
14 de noviembre de 1943
Todos los judíos […] sea cual sea su nacionalidad, y en cualquier caso todos los residentes en territorio nacional deben ser enviados a campos de concentración especiales.
Todos sus bienes muebles e inmuebles deben ser embargados de inmediato, a la espera de su confiscación en beneficio de la República Social Italiana.
Guido Buffarini Guidi, ordenanza de policía n.º 5,
30 de noviembre de 1943
La tribu de Israel carga con la mayor parte de responsabilidad de esta guerra […
]. Que el dinero acumulado por todos los medios por los hombres de esta estirpe perversa, mediante la usura y la sistemática explotación de nuestro pueblo, se destine a sanar las heridas infligidas por los terroristas del aire es un acto de justicia humana.
«La detención de todos los judíos», Corriere della Sera ,
1 de diciembre de 1943 (artículo sin firmar en primera plana, atribuible por lo tanto al director del periódico, Ermanno Amicucci)
Benito Mussolini
Gargnano sul Garda, 11 de diciembre de 1943
Nunca tendrán un ejército.
Rudolf Rahn, plenipotenciario del Reich en Italia, presenta oficialmente sus credenciales como embajador ante el gobierno de la República Social Italiana el 11 de diciembre de mil novecientos cuarenta y tres.
Para esa fecha, el prisionero del lago —como él mismo se describe— ya lo sabe: nunca tendrán un ejército.
Antes de que el año llegue a su término, Benito Mussolini cobra conciencia: la única oportunidad de escapar de la tragicomedia de un Estado títere —volver a luchar contra los invasores angloamericanos junto a sus aliados alemanes con la fuerza de un ejército italiano y fascista— le ha sido negada por batallas titánicas perdidas en frentes remotos, y por el mezquino canibalismo entre perros rabiosos en su propio patio trasero.
Se lo niegan la gran Historia y la crónica cotidiana.
Mussolini sabe todo eso. Lo sabe y lo dice.
«No soy más que el primer actor de una vasta comedia que representamos todos juntos.
Los alemanes hacen lo mismo. No nos amamos, pero decimos que sí.
Seguimos llamándonos aliados, conscientes de estar mintiendo».
Son estas las primeras palabras que pronuncia el jefe de Gobierno y de la RSI al subir al lujoso Mercedes que lo lleva desde Villa Feltrinelli a la ceremonia de investidura de Rahn, que va a tener lugar en el convento de las Ursulinas, adonde ha trasladado sus oficinas desde finales de noviembre.
Giovanni Dolfin, su secretario personal, las anota mentalmente con su habitual mezcla de pesar y consternación.
Luego acompaña con la mirada al comediante mientras, desfilando entre los soldados alineados en el piquete de honor, asciende con estudiada lentitud la escalinata de entrada, decorada para la ocasión festiva con una gran alfombra roja.
Dolfin tiene la impresión de que el Duce, frenado por una reticencia hastiada, hace un auténtico esfuerzo físico para controlar la tensión nerviosa, que aumenta escalón a escalón.
Nunca tendrán un ejército porque los alemanes no lo quieren.
Los alemanes observan las convulsiones agonizantes del fascismo y les traen al fresco.
Ya no creen en la posibilidad de que el traidor italiano haga una contribución válida en el campo de batalla.
Lo juzgan políticamente infiel, militarmente incompetente.
Hostilidad, indiferencia, desprecio. Eso es lo que le reservan.
El destino del medio millón de soldados internados en Alemania parece, por lo tanto, sellado.
La Alemania nazi necesita palas, no «soldados que no luchan».
En consecuencia, se ha hecho necesario recurrir al reclutamiento militar obligatorio, que se quería evitar a toda costa.
El primer bando, firmado por Graziani, se promulga el 9 de noviembre.
Aunque a los reclutas se les exigía prestar un juramento que no mencionaba el fascismo, resulta aun así un desastre.
De los ciento ochenta mil llamados a las armas se han presentado menos de la mitad.
El resto ha desertado, se ha emboscado o se ha unido a las bandas «rebeldes» que proliferan en las montañas.
La culpa —así se justifica el Duce— recae una vez más en los alemanes, que habían impuesto la cláusula del adiestramiento en Alemania. Más palas, más reluctantes a la leva.
Sacrificar el ideal fascista ni siquiera ha servido para crear un ejército nacional único de todos los italianos leales a Mussolini, a la patria o atrapados en los territorios de la RSI.
La controvertida cuestión de la Milicia, tras una serie de acalorados debates, se ha resuelto a favor de las tesis de Ricci y Pavolini, apoyadas por el partido.
El resultado ha sido la creación de la Guardia Nacional Republicana, que ha absorbido en masa a la Milicia, a los carabineros y a la policía del África Italiana, con su propia organización, presupuesto y mandos.
A fin de cuentas, constituye un segundo ejército, con funciones policiales adicionales.
La ironía se extiende, el sarcasmo no tiene límites.
Los maldicientes hablan ya de dos ejércitos: uno «apolítico» de Graziani y otro «político» de Ricci y Pavolini.
Ninguno de los dos es el ejército de Benito Mussolini.
La ceremonia, afortunadamente, es breve.
Rudolf Rahn se presenta con uniforme diplomático de gala, acompañado por el barón Von Reichert, por el coronel Von Veltheim y por el subsecretario de Asuntos Exteriores, Serafino Mazzolini.
Pasa revista a las tropas italo-alemanas formadas en la calle y luego es recibido por el Duce, que lo espera de pie en el centro de la sala.
El comediante se muestra sereno, relajado, estrecha cálidamente la mano del embajador, lee el discurso diplomático con voz firme y se pone a disposición de los fotógrafos del Istituto Luce.
Los destellos de magnesio iluminan la sala, su humo acre lo impregna todo.
Benito Mussolini conversa amablemente con los invitados, sin negar a nadie unos momentos de charla sobre esto y aquello.
El embajador Rahn incluso parece algo conmovido.
El drama se desarrolla entre bastidores.
Los ejércitos de papel se multiplican, pero la guerra no va bien.
La contraofensiva alemana en Yitómir (Ucrania), ha fracasado, y en el sur de Italia, los angloamericanos han forzado la línea Gustav en el río Sangro.
Los soldados de Hitler luchan, como siempre, con disciplinada eficacia, pero ahora parece claro que se retirarán poco a poco hacia el norte, sacrificando Italia con el único fin de ganar tiempo y prepararse para la defensa de Alemania.
Esto significa, para Benito Mussolini, el fin de las pocas ilusiones que le quedan.
Obligados a sufrir sus repetidos arrebatos, sus colaboradores más cercanos están convencidos de que el Duce ya no cree en la victoria alemana. Y de que tal vez ni siquiera la desee.
Luego está esa otra guerra. La guerra civil.
Que promete ser terrible. El congreso de Verona —según afirma el propio Mussolini— ha sido un gallinero, un auténtico gallinero.
Han estallado las tendencias más dispares, propagadas por viejos escuadristas engordados y enfurecidos, algunos a favor de la dictadura del partido, de una nueva ola de violencia que culmine a fuerza de mazazos la revolución incompleta durante veinte años; otros propenden a un giro socialista, algunos incluso comunista, con la abolición de la propiedad privada.
Puro charloteo, puro humo, un ridículo «carnaval democrático» en el que hasta el último idiota se siente ahora «autorizado a repensar el fascismo, a reconstruir el país».
Y, cuando el humo se disipa, en las calles solo quedan las huellas de los cuerpos ensangrentados.
Tras la bárbara matanza de Ferrara, Mussolini convoca a Pavolini, denunciando la masacre como un acto «estúpido y enfierecido».
El secretario del partido, agredido por el Duce, replica con una larga lista de fascistas masacrados en provincias, y desgrana luego una retahíla de consignas belicosas: basta de política edulcorada, que las armas tomen la palabra, ojo por ojo, diente por diente.