1943 #12
Me dice que siempre ha pensado en mí, a cada hora, a cada momento, a cada minuto […]. Dice que no podría prescindir de mí, que soy su alma, que nuestro porvenir depende de la guerra, al igual que el porvenir del país.
Del diario de Clara Petacci,
29 de octubre de 1943
Via Silvio Pellico 7, Hotel Regina en piazza Fiume se encuentra el grupo milanés del Partido Nazi y la sección local de las Juventudes Hitlerianas; en la residencia para músicos retirados en piazza Verdi tiene su sede la Feldgendarmerie, la policía militar alemana; toda el área comprendida entre via Digione y via Washington, entre via Pallavicino y via Pagano, y toda la Feria de Muestras están ocupadas por depósitos de combustible, municiones y armas, intransitables para los civiles italianos, incluidos los fascistas; la Organización Todt, el sistema que recluta mano de obra esclavizada para la Europa hitleriana, se ha instalado en el hospital militar de Baggio; el parque móvil de los Mercedes está en piazza Cordusio, la cantina en via Meravigli, y las cervecerías y burdeles esparcidos por toda Brera, Porta Venezia y via Disciplini; las tropas están acuarteladas en piazza Sant’Ambrogio, en via Monti, antiguo cuartel general del Savoia Cavalleria, e incluso dentro de la antigua fortaleza del Castillo Sforzesco, ya utilizada por los Habsburgo en el siglo anterior y de la que los nuevos invasores alemanes han retirado el viejo cañón capturado por los italianos a sus padres en la Gran Guerra.
El corazón oscuro del poder nazi, sin embargo, late en los lujosos salones de un magnífico, fatuo hotel, el Albergo Regina unos son antiguos antifascistas inofensivos; otros, administradores que se unieron al gobierno de Badoglio tras la caída del régimen; nada menos que cuatro son judíos.
Sus cadáveres permanecen expuestos durante toda la noche y la mañana siguiente junto al parapeto del foso del Castillo Estense, a la vista de la ciudadanía, custodiados por un grupo de camisas negras armados con mosquetes.
A los consternados ferrareses que los observan desde lejos, desde las mesas de los cafés, ni siquiera les parecen cuerpos humanos, sino más bien «harapos, pobres trapos o fardos, tirados allí, al sol, sobre la nieve empapada».
Por la tarde, cuando los asesinos, bajo la insistente presión del arzobispo de la ciudad, monseñor Ruggero Bovelli, acceden por fin a que se retiren los cuerpos, será necesario «poner boca arriba a los que yacían boca abajo, así como separar a los que, al caer abrazados, aún formaban una apretada maraña de miembros rígidos».
Es el 16 de noviembre de mil novecientos cuarenta y tres.
La guerra civil italiana ha dado comienzo.