El fin y el principio (M. 5) 1943 #11
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1943 #11

Los únicos que tienen peso son cuatro individuos muy diferentes y contrapuestos.

Rodolfo Graziani, antiguo héroe de las guerras coloniales, convertido en asesino en masa de civiles y rescatado tras la desastrosa derrota militar sufrida por los británicos en el norte de África, atrapado entre dos traiciones, tras haber jurado lealtad tanto al rey como a los alemanes.

Guido Buffarini Guidi, el sombrío príncipe de los conspiradores, ministro del Interior durante diez años, que desde hace mucho tiempo se avasalló a los nazis, el más inteligente, astuto, el más inmoral y peligroso.

Renato Ricci, sansepolcrista, legionario de Fiume, escuadrista, posteriormente ministro de las Corporaciones y ahora comandante general de la Milicia Voluntaria para la Seguridad Nacional, presidente durante mucho tiempo de la Opera Nazionale Balilla, forjador de jovenzuelos criados en el culto fanático del fascismo, obsesionado con la urgencia de enviar al frente a chicos de entre dieciséis y dieciocho años.

Alessandro Pavolini, secretario del recién formado Partido Fascista Republicano, hijo de un glotólogo de renombre internacional, y sin embargo escuadrista violento en tiempos de la crisis Matteotti, animador cultural en su Florencia natal durante los años del régimen, a la vez que voluntario en Etiopía, adonde siguió a su amigo y protector Galeazzo Ciano, brillante periodista, intelectual refinado, amigo de antifascistas y de numerosos judíos, que se convirtió sin embargo en un fanático servidor de los ocupantes nazis después del 8 de septiembre, cuando el trágico derrumbe de la nación italiana lo envenenó literalmente, transformándolo en el abanderado de la pureza depuradora, del odio homicida, de la venganza despiadada.

Con ese cúmulo de derelictos, la reunión, concebida por Mussolini como una simple ratificación de una ley ya escrita, se convierte de inmediato en una escaramuza y al poco rato en un encarnizado conflicto.

Alessandro Pavolini y Renato Ricci plantan batalla: la Milicia Voluntaria debe mantener su autonomía; la naturaleza apolítica del ejército implicaría renunciar a todo aquello por lo que se lucha y, por lo tanto, destruir el fascismo.

Graziani se mantiene firme, pero luego, cuando el conflicto se convierte en un drama de cámara, lleno de gritos y amenazas, accede a derogar los artículos 19 y 20, que prohibían a los soldados en activo participar en actividades políticas y a los oficiales afiliarse al partido.

A las 13:00 se detienen para la comida. Durante el descanso, el general Canevari, responsable de reconstituir el ejército en las negociaciones con los alemanes, protesta violentamente ante Graziani.

Todos, de un bando y del otro, amenazan con dimitir.

Buffarini se lava las manos, dando la razón a unos y a otros, a la espera de obtener el control total de las fuerzas de policía.

El mariscal de Italia solicita que el Consejo reanude la reunión por la tarde.

Al final del día, se restablecen los artículos 19 y 20.

Se alcanza un acuerdo, pero a todos les parece provisional, precario y efímero.

Pavolini y Ricci se marchan, reiterando que no permitirán la destrucción del fascismo.

Graziani está furioso. Buffarini Guidi espera, complaci do, poder aprovechar las ventajas de su puesto.

Todos los demás, los figurantes en su primera actuación oficial, se dejan arrastrar por la consternación: el Duce ha asistido con indiferencia al desacuerdo interno entre sus subordinados, a veces parece casi que está aburrido.

La impresión no es errónea. Al final del día, su secretario personal, Giovanni Dolfin, a solas con Mussolini, anota sus impresiones: se están perdiendo en charloteos, mientras la monarquía avanza y la república retrocede.

Han luchado durante veinte años por ser fascistas, y ahora deben renunciar a ser ellos mismos simplemente porque los acontecimientos no les son favorables.

De acuerdo, ya no se exige que nadie jure fidelidad al Fascio; solo se les pide que se entreguen a Italia.

Pero llegar al punto de tener que renegar de uno mismo ¡sería un acto de suprema cobardía!

Dolfin, como los demás figurantes que lo han precedido, siente que la tierra se derrumba bajo sus pies ante la inercia resignada de Mussolini, ante sus arrebatos melancólicos, dignos de un gran actor.

Al fin y al cabo, ¿cómo no darse cuenta de que ha sido el propio Duce quien ha decidido renunciar al fascismo en el nombre de su nuevo Estado?

Cuando Hitler sugirió llamarla República Fascista, Mussolini replicó con una fórmula menos comprometida: República Social.

En Italia, aparte de figuras envenenadas como Ricci y Pavolini, ya nadie quiere oír hablar de fascismo.

Así pues, al día siguiente, aniversario de la marcha sobre Roma, el hombre que inventó el fascismo renuncia a cualquier conmemoración pública y se repliega en una celebración privada.

Pasará el memorable día reuniéndose en secreto, en una villa escondida entre los parques junto al lago, tras tres meses de separación, con Clara Petacci, la joven amante de sus años seniles, la mujer que en los lejanos tiempos de la marcha sobre Roma era aún una niña.

A las diez de la mañana, el viejo amante confirma telefónicamente el encuentro.

Tenía la esperanza de que la alcoba que está acondicionando para sus encuentros amorosos clandestinos ya estuviera lista, pero llevará tiempo.

Eso lo pone de los nervios. Su mujer e hijos menores siguen en Alemania, pero aun así él está ansioso.

Clara sube al coche del teniente Günther Langes a las seis de la tarde, son dos horas de viaje desde Merano.

El oficial alemán ha encargado unas flores.

Poco después, se detienen para cambiar de vehículo.

El general Karl Wolff sube a bordo. Será nada menos que el jefe de las SS en Italia quien la acompañe a su cita romántica.

Durante el corto trayecto, la clandestina reza el rosario y ora a santa Rita, de quien es devota.

Disfrazada y oculta, entra en Villa Feltrinelli por una puerta lateral.

Una vez a salvo, anuncian su presencia a Benito Mussolini.

Clara lo observa avanzar lentamente entre las sombras. Se siente mareada, a punto del desmayo. Han pasado tres meses y cinco días desde su último encuentro. La chica los ha contado. Son una eternidad, un instante del tiempo, suficientes, en cualquier caso, para haber barrido su mundo.

Él la toma de la mano, la abraza, la mira, se miran, ambos temblando. Entran en silencio en la habitación reservada para los amantes, con las miradas fijas el uno en el otro, expresando su alegría y su tormento sin palabras. Luego se abrazan, permaneciendo entrelazados, sin palabras, enardecidos.

Después de hacer el amor, se sientan en el sofá.

Ahora conversan. Él le cuenta su tormento, su repulsión por esta pobre Italia «crucificada», se queja de esos italianos que han destruido veinte años de trabajo en pocas horas, le habla de su martirio, de las humillaciones que ha sufrido.

Dice estar amargado, dolido, asqueado. Le dice que ya no puede prescindir de ella, que la ama más que nunca, que es su alma.

Los amantes sienten frío, se refugian en la cama y hablan largo y tendido.

Mientras Ben y Clara se prometen amor eterno bajo la luna de este lago remoto, en las calles de Milán resuenan aún los pasos marciales de los hombres feroces y desesperados que marcharon gritando su odio, con los brazos rígidos en el saludo fascista, calaveras y huesos cruzados en las insignias de sus uniformes.

Su eco, sin embargo, se pierde en la distancia. En una voluptuosa indiferencia.

La realidad es que todos creían en la llegada de los ingleses y nadie quería comprometerse.

¿Dónde encontrar hombres dispuestos a colaborar con un cadáver que contaminaba el aire?

El 90, quizá el 95 por ciento, de los italianos de esos días me consideraba difunto.

Y con los muertos solo se colabora para llevarlos al cementerio o para quemarlos en la hoguera.

Mi pequeño barco reanudó su navegación entre los restos de un naufragio.

Benito Mussolini a Carlo Silvestri, periodista,

antiguo camarada socialista y su confidente

durante los meses de la RSI, febrero de 1944

La inmensa tarea de limpiar los escombros ha sido llevada a cabo por grandes grupos de soldados italianos internados en Alemania, tristes hileras —sí, esa es la palabra correcta— que aparecieron en cada calle de la ciudad, poblando las siniestras ruinas con su ya de por sí miserable aspecto.

A cualquiera con un corazón italiano se le encogía el corazón al ver a esos italianos, con uniformes que no eran ni militares ni civiles, sino simplemente miserables, errando por la ciudad devastada […

]. Todos los internados llevaban una pala o una escoba en las manos.

Filippo Anfuso, embajador de la RSI en Berlín,

informe a Benito Mussolini, 10 de diciembre de 1943

El Duce pretende crear un nuevo ejército italiano a partir de los restos del fascismo.

Tengo mis dudas sobre sus posibilidades de éxito […

]. Los italianos no quieren ser una gran potencia.

Esa voluntad les ha sido inculcada artificialmente por el Duce y por el Partido Fascista […

]. Es indudable que el viejo Hindenburg tenía razón cuando dijo que ni siquiera Mussolini sería capaz de convertir a los italianos en algo más que italianos.

Joseph Goebbels, Diario , 23 de septiembre de 1943

El único ejército italiano que no podrá traicionarnos es un ejército que no existe.

Wilhelm Keitel, jefe del mando supremo de la Wehrmacht,

otoño de 1943