1943 #10
Es la mañana del 28 de octubre de mil novecientos cuarenta y tres, vigésimo primer aniversario de la marcha sobre Roma, y la escuadra de acción Ettore Muti, con el banderín a la cabeza, la calavera y las tibias cruzadas y el puñal entre los dientes en sus insignias negras, marcha en formación cerrada, en filas apretadas, por las calles del centro de la ciudad.
Las vacaciones del fascismo han durado un par de meses apenas —agosto, ni siquiera septiembre entero— y ya están de vuelta.
No son muchos, por el momento; no tienen adeptos, van mal armados, con mal aspecto —dentaduras estropeadas, barbas mal afeitadas—, bastante ajados, con las señales del tiempo vivido.
Con todo, siguen siendo ellos, los de ayer, los de hace veinte años, los de siempre. Tal vez incluso los de mañana.
Alineados detrás de Franco Colombo, son casi todos veteranos de las escuadras originales.
Coetáneos del siglo, todos desfilaron por estas mismas calles a principios de los años veinte, cuando eran jóvenes, ágiles, vigorosos, espectaculares.
Ahora que el siglo ha envejecido con ellos, partido en dos por la guerra perdida, han regresado para tender un puente hacia su juventud, la primavera de una vida inflamada por las porras, por las canciones revolucionarias y por la violencia en todas sus variedades.
Una sola estrella los guía: la nostalgia, el dolor del retorno, el recuerdo embustero de los buenos tiempos, los días gloriosos, los días de lucha, la confusión vital de las reyertas; los guía el fantasma de la juventud, el más vil de los engaños.
Devorados por el cáncer del tiempo, con sentencia firme de la historia, cristalizados para la eternidad en el gesto homicida, son los réprobos de un infierno anónimo, los peones de la masacre, son los desesperados del fascismo.
Tras consumar en un frenesí asesino el cruel carnaval del asalto al poder, los escuadristas de la Muti pasaron las dos décadas del régimen en un oscuro rincón de frustración, olvido y delitos comunes.
Desmovilizados, pero ineptos como padres y trabajadores después de años en las trincheras, licenciados como vencedores, pero incapaces de conformarse con un puesto fijo en una organización paraestatal, se entregaron en su mayor parte a la delincuencia, la hermana menor de la guerra.
Ladrones, asaltantes, proxenetas, huérfanos de la absolución política por sus crímenes violentos, se refugiaron una vez más en el fraude, en la extorsión y en las mujeres enviadas a rondar las calles.
Son el desecho de la revolución, vistos con desprecio por todos, a veces con horror, escuadristas de segunda y tercera categoría, son los parias, los agresores movidos por el impulso vital y desesperado de los traicionados.
Se jactan de títulos altisonantes —fascistas de antes de la marcha, la vieja guardia, sansepolcristas— y, tras su tercera copa, cuentan una y otra vez la misma historia de siempre, en la misma taberna de toda la vida, alimentándose de resentimiento, de arrepentimiento, de fantasías de venganza.
Ahora que todo se desmorona, ha llegado de nuevo su momento.
Son los resurgidos, los retornantes, los repudiados —por su rey, por sus generales, incluso por su Duce— y ahora, en el día consagrado al recuerdo, celebran la redención, la revancha, el rescate, la amarga fiesta del regreso.
Están clavados boca abajo en la cruz de ese prefijo («re») que los condena a la maligna infinitud de la repetición.
Los renacidos del fascismo están aquí para ajustar cuentas, para conmemorar a los muertos, un padre asesinado, un padre que fracasó, para vengar agravios, para responder a la llamada de la sangre con un baño de sangre, para borrar a fuerza de porrazos la derrota, el deshonor, la traición, veinte años de vida anónima y mezquina pasados jugando a las cartas en la trastienda de una taberna de baja estofa.
Los milaneses que los ven desfilar por via Orefici con esas poses que de repente se han vuelto anacrónicas, obstinados en movimientos que ahora resultan aciagos y ridículos, lo comprenden instintivamente: esos hombres serán despiadados porque ya han sido derrotados, vagarán por la tierra sembrando muerte porque ya están muertos, son cadáveres insepultos, son los perros negros del mito.
Los veinte años pasados al margen se han convertido en siglos, milenios, eras evolutivas recorridas hacia atrás, sagas sangrientas resurgidas de las profundidades del tiempo, leyendas al son de cantilenas sobre carnicerías ancestrales, feroces desquites, actos de violencia insensatos e interminables.
LAS CELEbrACIONES DEL 28 DE OCTUbrE [EN ROMA] NO HAN TENIDO APENAS REPERCUSIÓN.
LAS BANDERAS [DE LA REPÚBLICA SOCIAL ITALIANA] SE EXPUSIERON EN TAXIS Y TRANVÍAS, AUNQUE SIN LOS GALLARDETES [DEL FASCISMO].
LOS TRABAJADORES RECIBIERON DOBLE PAGO, PERO MUCHAS TIENDAS PERMANECIERON ABIERTAS DE TODAS FORMAS, Y EL AMBIENTE ERA COMO EL DE UN DÍA LABORABLE.
LAS CELEbrACIONES INTERNAS DEL PARTIDO INVOLUCRARON A CUATRO MIL MILITANTES ENTUSIASTAS.
SIN EMBARGO, LA FALTA DE DISCIPLINA LOS CONVIRTIÓ EN UN CARNAVAL INCOMPATIBLE CON LA GRAVEDAD DE LA SITUACIÓN […
]. NO SE VIO A EMPRESARIOS NI A INTELECTUALES O TRABAJADORES.
Telegrama del capitán de las SS Erich Priebke a Berlín, 30 de octubre de 1943
Representan los deshechos de lo que fue el Partido fascista del pasado y la población los mira con repugnancia, con desprecio y, a veces, con auténtico terror.
Guido Buffarini Guidi, ministro del Interior de la RSI, informe a Mussolini sobre los miembros del Partido Fascista Republicano,
24 de octubre de 1943
Mira, la mujer de la que nos enamoramos cuando era adolescente ahora es vieja, fea y está enferma. Huir de ella sería una cobardía despreciable: hay que estar cerca de su cama y soportarla, aunque huela mal.
Ardengo Soffici, escritor y escuadrista de primera hora, a su amigo Primo Conti para explicar su adhesión a la RSI,
otoño de 1943
Salimos de una vil traición y de un baño de sangre fascista a manos de oficiales asesinos, revoltosos y criminales de la peor calaña […]. Este no es el momento de la pluma, sino de la espada.
Il Fascio , periódico de los nuevos escuadristas milaneses,
22 de octubre de 1943
Cuando Garibaldi partió de Quarto para liberar Italia […
] no pidió a sus garibaldinos que presentaran sus antecedentes penales al embarcar en el Rubattino […
]. ¡Y aun así creó Italia! Yo, a quien llamas sinvergüenza, con mis sinvergüenzas, limpiaré el país de traidores, de jerarcas cobardes, de antifascistas […
]. ¿Has visto a los jerarcazos de otros tiempos unirse al nuevo fascismo republicano?
¡No! […]. Ya no están con nosotros. ¡Nos han traicionado!
Pero ya estamos aquí: no te preocupes, Resega, lo lograremos.
Respuesta de Franco Colombo a las objeciones de Aldo Resega sobre la presencia de numerosos criminales en las filas de la escuadra Ettore Muti
Benito Mussolini
Gargnano, 27-28 de octubre de 1943
Villa Feltrinelli
Ni siquiera el Duce del fascismo encuentra un ápice de razones para celebrar nada.
Para Benito Mussolini, como para la mayoría de los italianos asfixiados por el asma de la mera supervivencia, el vigésimo primer aniversario de la marcha sobre Roma es un día laborable.
Un día de trabajo como cualquier otro. Una jornada agotadora y amarga, como cualquier otra.
La reunión del Consejo de Ministros del 27 de octubre ha sido convocada para las 10:55.
Una hora extraña. Se espera que apruebe la ley fundamental sobre la reconstitución de las fuerzas armadas, sin la cual cualquier enfática declaración retórica sobre el renacimiento de la Italia fascista se quedará en letra muerta.
El plan, enviado por Mussolini a través de Graziani al mando supremo de la Wehrmacht, es grandioso: quinientos mil hombres para veinticinco divisiones, diez de infantería, diez motorizadas, cinco acorazadas, incluyendo cien mil para logística y otros cien mil de complemento.
Todas las tristes hileras de soldados italianos deportados a campos de trabajo en Alemania.
La respuesta de los alemanes, que ya no se fían de sus aliados traidores y a quienes les hace falta un ejército de trabajadores prisioneros, no de combatientes, ha sido desalentadora: tres, cuatro divisiones.
Tal vez. El resto a trabajar en fábricas o a palear escombros.
Sin embargo, en vísperas de la reunión, al menos en un punto parece que se ha llegado a un acuerdo: el nuevo ejército debe estar «fuera y por encima de la política», un ejército nacional de todos los italianos que, fascistas o no, estén preocupados por «la salvación y el honor de la patria».
Con cuadros de mando y tropas exclusivamente voluntarios, excepto por los soldados internados en Alemania que ya estaban alistados en la fuerza regular.
La Milicia compuesta por los camisas negras será solo uno de los cuerpos del ejército apolítico.
Graziani y los demás generales lo exigen con absoluta firmeza.
Mussolini, tras largas discusiones, lo ha concedido.
La declaración con la que el Duce inaugura la sesión, escrita de su puño y letra y ya difundida a la prensa, lo proclama claramente.
Sin embargo, alrededor de la mesa del Consejo de Ministros de la República Social Italiana se sienta una extraña fauna de hombres.
La mayoría de los ministros no cuentan en absoluto.
Son los descartes de los jerarcas que se pasaron al bando de Badoglio durante los cuarenta y cinco días de cautiverio de Mussolini, de los «emboscados», de aquellos que se negaron incluso a hablar con el Duce, los supervivientes en un cementerio de abjuraciones, son los restos del naufragio.
Hombres dispuestos a colaborar con un cadáver.