1943 #9
Al día siguiente, 8 de octubre, los alemanes conducen al autoproclamado jefe del renacido Estado fascista al lugar elegido como sede del nuevo gobierno: un adormilado pueblecito enclavado en la orilla lombarda del lago de Garda, alejado de todo y ajeno a la Historia.
Lo alojan en Gargnano, en la gran villa de la familia Feltrinelli, riquísimos industriales de la madera, con vistas directas a la superficie azul de las turbias aguas lacustres y apenas visible desde la carretera.
Un vasto edificio rodeado de un magnífico parque, amplias terrazas, escaleras monumentales, cocina y dependencias de servicio en el sótano, salones, salas de estar y comedores en la planta baja, en el primer piso la residencia del Duce, sus cuartos de trabajo y de recepción, y en los áticos su secretaría política, reclamada por su hijo Vittorio, y los oficiales alemanes que actúan como enlaces y espías para Wolff.
Desde los amplios ventanales, con vistas a las cimas del monte Baldo, que se yergue sobre los olivares, los naranjos y el verde más oscuro de los cipreses, se filtra el polvo dorado de un sol cálido, suave, casi primaveral; entre los árboles seculares y los arbustos aún en flor, emergen los múltiples cañones de las piezas de artillería antiaérea alemanas, y los vigías, relegados a la inmovilidad y al silencio, escrutan alternativamente el cielo o el juego de las pequeñas olas que rompían en la arena gruesa y rocosa de la orilla.
En este paisaje incompatible con cualquier idea de drama humano, mientras ochocientos kilómetros más al sur la población civil de Nápoles, atormentada por los bombardeos, vejada por la ferocidad de los alemanes en retirada, reducida a una miseria bestial, se levanta espontáneamente y con la mera fuerza de una magnánima desesperación libera su ciudad de la ferocidad de los ocupantes nazis antes de que lleguen los americanos, Benito Mussolini, ahogado en el silencio de este pintoresco aunque difunto rincón de Italia, escribe cartas sin destinatario.
El mariscal Graziani se dispone a viajar a Berlín.
La reconstitución de un ejército bajo el mando del Duce depende de su misión ante Hitler en el bosque de Rastenburg.
Los alemanes, en efecto, ya han capturado, deportado e internado en campos de trabajos forzados a medio millón de antiguos soldados italianos del Regio Ejército, disuelto el 8 de septiembre.
Con números tales, si los alemanes accedían, podrían reconstituirse nada menos que veinticinco divisiones.
Volver a luchar contra los invasores angloamericanos junto a sus aliados alemanes era, en efecto, desde la perspectiva fascista, la única oportunidad de «recuperar el honor perdido», un lugar en la historia y, sobre todo, de evitar que la República Social Italiana —como Mussolini ha querido denominar al nuevo Estado, prohibiéndose deliberadamente el uso de la palabra «fascismo», que el pueblo italiano ya no toleraba— se reduzca a una farsa tragicómica.
Perfectamente consciente de todo ello, el prisionero del lago entrega a Rodolfo Graziani una larga carta en la que proclama con energía y dignidad todo lo que debería haberle dicho en persona al dictador alemán, aunque fuera incapaz, sin embargo, de reunir valor para hacerlo.
La lista de condiciones exigidas al aliado-amo para evitar que el gobierno de la recién nacida República Social Italiana degenere en patético fantoche —en primer lugar, el establecimiento de un ejército nacional— está enumerada con tanta precisión, y al mismo tiempo con tan clara conciencia de ser irrealizable, que despierta la sospecha de que la carta ha sido escrita para ser sacada de un cajón en los numerosos futuros momentos de desesperación; escrita, en otras palabras, sobre todo con el presentimiento de que quedaría sin respuesta.
Esa carta a Adolf Hitler no es la única que escribe Benito Mussolini en los primeros días de su confinamiento lacustre. También la dimensión privada del hombre encuentra momentáneamente la fuerza —fuerza sentimental— para restablecer la comunicación con su amante de los últimos años:
Querida mía:
Empiezo diciéndote: por la juventud que me diste, por la lealtad que me brindaste, por las torturas que soportaste con valentía durante el periodo más oscuro de la historia italiana, te amo, como en 1936-39, como en 1940, como siempre.
En efecto, tras la caída del régimen el 25 de julio, la joven Clara Petacci fue arrestada, encarcelada, maltratada en secreto y vilipendiada públicamente por todos los periódicos del país.
Y prácticamente ignorada por su amado Ben durante casi dos meses.
Por lo tanto, este íncipit de afectuosa gratitud es obligado.
La gratitud, sin embargo, ocupa solo unas cuantas líneas.
Ya en el segundo párrafo, el ego desmedido del tiránico varón recupera el control: con gran abundancia de sugestivos detalles, Mussolini relata la odisea de su encarcelamiento, la epopeya de su liberación, completamente absorto en su odio hacia los romanos traidores, en su desesperación ante el sometimiento total a los ale manes; enteramente arrebatado por la autocompasión, el fundador del fascismo despliega su dolor por su propia decadencia, su fracaso, su nostalgia por el mito perdido.
Son tres páginas de correspondencia privada, amorosa y sentimental, y con todo es ya una confesión ante la historia.
Es la primera de trescientas cartas a Clara y, sin embargo, ya es la última.
Tras dejar la pluma, despedir a Graziani, despedir también a Zachariae, Benito Mussolini se encuentra de nuevo solo en su improvisada oficina a orillas del lago.
Unos cuantos libros sobre la mesa de trabajo, muchos periódicos en el suelo.
Lleva suelto el cinturón de sus pantalones, manchas de grasa en la camisa.
Abajo, en el jardín, los hombres de guardia fuman en silencio, moviéndose despacio para no perturbar su ocio.
Su mirada recorre la pequeña habitación sin encontrar ningún punto de referencia: las paredes están desnudas, sin cuadros, sin carteles, ni siquiera una fotografía conmemorativa.
Con uno de sus primeros decretos como jefe de Gobierno y de la República Fascista, en efecto, Benito Mussolini ha prohibido la exhibición pública de cualquier retrato fotográfico de persona viva. Empezando por los suyos.
Si queremos reorganizar la vida civil del País, es obligado que el nuevo gobierno que he formado disponga de la autonomía necesaria para gobernar, es decir, para dar órdenes a las autoridades civiles que de él dependen.
Sin esta posibilidad, el Gobierno carece de prestigio, está desacreditado y, por lo tanto, destinado a un final ignominioso […].
Estos son los dos impedimentos más graves para una pronta reorganización de la vida civil del país:
a) Los mandos militares alemanes emiten ordenanzas continuas sobre asuntos que afectan a la vida civil […
]. Estas ordenanzas entran a menudo en conflicto entre sí.
Las autoridades civiles italianas no son tenidas en cuenta y la población tiene la impresión de que el Gobierno fascista republicano carece de autoridad [… ].
b) También tengo el deber de deciros que el nombramiento de un Comisario supremo de Innsbruck para las provincias de Bolzano, Trento, Belluno, ha causado una dolorosa impresión en toda Italia […].
El Gobierno republicano que tengo el honor de dirigir tiene un solo deseo, una sola voluntad: asegurar que Italia recupere su puesto de combate lo antes posible […].
Si esto no acaba lográndose, la opinión pública italiana y mundial consideraría al Gobierno incapaz de funcionar, y el propio Gobierno caería en el descrédito y, peor aún, en el ridículo.
Benito Mussolini, carta a Adolf Hitler,
4 de octubre de 1943
Hoy estamos indefensos. Ya no tenemos un solo soldado, un aviador, un marinero.
Ni un cañón, un fusil, un tanque, un camión, un avión, un barco, un uniforme…
No queda nada. Necesitamos empezar desde los cimientos, y eso es lo que estoy haciendo, ya puedes imaginarte fácilmente las dificultades…
A veces me atormentan las dudas de si todavía estaré soñando…
Es inútil hacer predicciones sobre el futuro.
Todo depende de la guerra… El porvenir está en manos de Dios, pero el pasado nos pertenece y puede ser revivido, aunque contenga una nota de profunda melancolía.
Carta de Benito Mussolini a Clara Petacci,
10 de octubre de 1943
Via Orefici
Milán, 28 de octubre de 1943
«Han vuelto los fascistas».
La frase, con la fuerza obtusa y estéril de la mera constatación, se desvanece en un susurro desconsolado en los labios de los transeúntes.
Las madres de paseo apartan a sus hijos, los comerciantes atrincheran sus puertas, los ojos escudriñan tras las persianas cerradas, la ciudad entera se retrae en una reserva hostil al paso de los escuadristas que han vuelto a marchar por las calles de Milán, creando un vacío alrededor de sus pasos, que resuenan sobre la acera, respondiendo con el silencio a sus cánticos.
Un eco frío, martirizado por las bombas, hambriento, deja a esos hombres vociferantes solos en el desierto de sus puñales, de su sombría ferocidad, de sus brazos rígidos, anquilosados, colgados de sus hombros como ganchos.
Los deja avanzar solos en la gélida carcajada de Dios.
Pero cuanto más se retira la ciudad, intentando ausentarse, más implacables se vuelven ellos, acostumbrados en el pasado a marchar entre multitudes clamorosas, en imponer rabiosamente su presencia ante este vacío repulsivo: «Sí, somos nosotros, hemos vuelto, somos los fascistas, somos los que siempre volvemos».
Cuanto más enmudece de angustia la ciudad ante su reaparición, confinándolos en un limbo espectral, más proclaman su presencia, gritando a todo pulmón, infligiendo a la calle la inmensidad sonora de sus estribillos: «¡Han matado a Ettore Muti, / caro lo han de pagar, / ¡con sangre partisana su ataúd se ha de lavar! ».