1943 #8
Bravucón, violento a la hora de la verdad, aunque no carente de cierta bondad de carácter, modales directos y un encanto propio de sinvergüenza, hombre sencillo, tosco, inculto pero astuto, experimentado en la vida y en su opuesto, fanfarrón, jactancioso, perdonavidas y, sin embargo, encantador, con espíritu de unión, un líder natural de inadaptados y malhechores, Colombo siempre ha sido y no dejará de ser un matón callejero, un balandrón de barrio.
Incluso cuando su estrella se eclipsó. En el asesinato.
Su calvario dio comienzo, en efecto, en mil novecientos veintiséis cuando, junto con un compadre, se deshizo del abogado Garavaglia, fascista también, enviado a investigar la gestión ilícita de los fondos de su círculo de barriada.
Para entonces, el fascismo se había convertido en Estado, Mussolini estaba firmemente asentado en el poder y ya no sabía qué hacer con los hombres de acción que lo habían llevado hasta allí.
Colombo, a pesar de no haber disparado, fue encarcelado.
Absuelto tras unos meses en prisión, pero expulsado del partido y destituido de todos sus cargos — el propio Resega había sido miembro de la comisión disciplinaria—, el rompesquinas del Ticino tuvo que volver a las sombras de su anterior vida de artimañas: aunque oficialmente constara que trabajaba como representante de artículos de papelería o de desinfectantes, su ficha policial acumulaba multas y condenas menores por estafa, agresión y quiebra fraudulenta.
E incluso por incumplimiento de sus obligaciones de manutención familiar: padre insolvente y putañero empedernido, Colombo no pagaba la pensión alimenticia.
De aquella sombra que se alargó diecisiete años, sin embargo, Franco Colombo resurgió antes que Resega y Costa.
Mientras los inmaculados soldados del fascismo aún se tambaleaban en la oscuridad que proyectaba sobre el mundo la catástrofe de todo aquello en lo que habían creído, el ras del Ticino, que nunca había creído en nada y viajaba por lo tanto más ligero, ya el 18 de septiembre refunda una escuadra de acción con un puñado de matones leales de antaño, todos más que cuarentones.
Lo han bautizado en honor al antiguo secretario del partido, Ettore Muti, veterano de tres guerras y excelso héroe guerrero del fascismo, asesinado de un tiro en la nuca en un bosquecillo a las afueras de Roma por los «carabineros traidores» enviados por Badoglio.
El programa político de la escuadra de acción Ettore Muti es muy simple: arramblar con todo, retorno a los orígenes, retorno a la violencia.
Hombres como Francesco «Franco» Colombo, mientras puedan beber y fumar en la taberna, no se aburren nunca; si además tienen un enemigo al que dejar desangrándose en las calles alrededor de Porta Cicca, desde luego no les hace falta más.
A este brutal programa para el futuro inmediato de Milán, Italia y el mundo dan su aprobación, aunque con ciertas reservas, Resega y Costa, los probos regidores del renacido Partido Fascista Republicano.
Incluso le asignan una sede: dos locales en via Zecca Vecchia, justo al lado de la refundada Casa del Fascio en piazza San Sepolcro.
Las condenas por los delitos antedichos se relacionan con la deshonesta actividad comercial del tal Colombo, quien siempre ha vivido de expedientes y al final se vio obligado a trabajar como representante de artículos de papelería.
El delito de violación del deber de manutención familiar atañe a su vida privada: es notorio que convive a todo trapo con una amante y descuida a su familia, privándola a menudo de lo esencial […
]. Francesco Colombo, arruinado, vinculado con quiebras, instigador de asesinatos, expulsado del partido desde abril de 1927 hasta septiembre de 1943, está considerado en todos los círculos milaneses como un individuo siniestro y ridículo, cuya personalidad oscilaba entre la del arrogante y jactancioso « miles gloriosus » y la de un hombre capaz de reclutar sicarios para suprimir a cualquiera que obstaculice el logro de sus turbios e inconfesados objetivos.
Informe de la jefatura de policía de Milán,
10 de abril de 1944
Benito Mussolini
Gargnano, 8 de octubre de 1943
Villa Feltrinelli
El Duce del fascismo le tiene miedo a la noche.
En los puros huesos —pesa sesenta y siete kilos apenas, en lugar de sus ochenta y cinco habituales—, atormentado por terribles calambres estomacales que no lo dejan dormir y afectado de una grave forma de estreñimiento, el adalid que veinte años atrás había anunciado el amanecer de una nueva era a su pueblo está hecho una piltrafa de hombre.
Al borde de la muerte. Así lo juzga el ojo clínico del doctor Georg Zachariae, director del hospital de la Siemens, asignado a la sección de oficiales del Hospital 101 de Medicina Interna en Berlín-Westend al estallar la guerra, y posteriormente enviado a Italia a petición de Hitler para atender la delicada salud de su aliado.
Zachariae, vestido con su mejor uniforme y tras presentarse con un saludo militar, se reúne con su nuevo y único paciente la mañana del 8 de octubre de mil novecientos cuarenta y tres en Villa Feltrinelli, a orillas del lago de Garda, donde, de nuevo por voluntad del Führer, Mussolini ha sido confinado.
Lo encuentra tumbado en el sofá del dormitorio, vestido únicamente con una bata barata y una camisa con el cuello manchado de grasa.
Su «rostro de emperador romano» está pálido, cetrino, demacrado.
Tiende al médico una mano enflaquecida, fría y sin embargo sudorosa: «¿Ve, doctor, en qué estado me encuentro? ».
Zachariae lo ve con extrema claridad, y el examen clínico lo confirma.
Decoloración ocular debido a una anemia secundaria; presión arterial disminuida hasta un valor de 100/70; piel flácida, seca, poco elástica; abdomen muy delgado en la zona inferior e hinchado a causa de un hígado agrandado y duro en la superior, hasta el ombligo, prominente y liso; intestinos encogidos palpables a través de la piel fina y tirante del vientre; zona estomacal sensible a la presión, especialmente debajo del esternón, hacia las costillas derechas; vesícula biliar sin localizar.
El diagnóstico sigue siendo el de siempre: grave úlcera duodenal que causa acumulación de bilis y jugos digestivos, hepatomegalia significativa y alteración de la diástasis sanguínea, y digestión deficiente debido a la contracción intestinal.
Fatiga, agotamiento orgánico, melancolía y hastío infinito.
También el pronóstico sigue siendo el mismo de siempre, ligado al resultado de la guerra y al destino del mundo, pero el tratamiento cambia radicalmente: suministro de complejos vitamínicos, hormonas femeninas químicamente puras y abandono inmediato de la dieta líquida en favor de una dieta fibrosa.
Si los médicos italianos lo habían envenenado durante años con leche, leche y más leche, el alemán la prohíbe por completo, sustituyéndola por zanahorias, zanahorias y más zanahorias.
Pero no serán los batidos de zanahoria lo que salve a Benito Mussolini. Y de eso es perfectamente consciente el doctor Zachariae, pionero de la medicina psicosomática. Le haría falta otra vida. Una vida que no fuera esta cruel caricatura de la anterior.
Al Duce lo repatriaron el 25 de septiembre.
«¿Me lleváis de vuelta a Roma?», preguntó al comandante de las SS Karl Wolff, gobernador y responsable de la seguridad en la Italia ocupada, su guardián y protector, mientras subía por la escalerilla de un cuatrimotor alemán utilizado para el transporte de tropas.
Solo recibió un esbozo de sonrisa como respuesta, nadie sabe si burlona o cortés.
Lo llevaron de vuelta a su ermita en la Romaña, Rocca delle Caminate.
Allí, mientras los emisarios de Hitler en Roma formaban el gobierno de la nueva Italia fascista reuniendo a figuras menores —con la excepción de Rodolfo Graziani, persuadido para asumir el Ministerio de las Fuerzas Armadas tras años de descrédito y decadencia, y de Guido Buffarini Guidi, el más despreciado de los exministros, devuelto taxativamente al Ministerio del Interior por su afinidad con el nazismo—, Mussolini ha vivido días de ilusiones y rechazos, atrapado en el tiempo suspendido entre el fin y el principio del fin.
El rechazo más doloroso ha sido el de Leandro Arpinati, viejo amigo de su juventud, leyenda del escuadrismo boloñés, hombre de carácter franco, fuerte, incorrupto, que por ello se había enfrentado al Jefe durante los años centrales del régimen, una disidencia que pagó con dos años de confinamiento.
Parece ser que Arpinati, llamado a La Rocca desde la alquería donde lleva retirado desde mil novecientos treinta y siete, al ofrecerle su compañero de luchas en los años de juventud el Ministerio del Interior, justo antes de dar media vuelta lo dejó, con tristeza y no sin afecto, de piedra: «Es demasiado tarde, Benito, demasiado tarde para todo».