1943 #7
Aquí, entre las cuatro paredes del club de comerciantes, empapeladas con un triste verde lago, ante un reducido público de veteranos de la Primera Guerra Mundial — apenas un centenar de personas, todos ellos hombres que no contaban en absoluto—, el 23 de marzo de mil novecientos diecinueve, un agitador político llamado Benito Mussolini dio vida al movimiento fascista.
Expulsado con ignominia del Partido Socialista, en su búsqueda desesperada de un nuevo pueblo que lo encaramara al poder, el futuro Duce no tenía aquel día nada tras de sí, y ante él tan solo un puñado de hombres delirantes y demacrados sentados sobre un sagrado montón de muertos, ante él solo las trincheras, la zona de los combatientes, los campos de Europa arados por los cañones, la espuma de los días.
Eran los facinerosos, los desplazados, los delincuentes, los desilusionados, los resentidos, los traicionados, los fanáticos incapaces de ver con claridad sus propias ideas, los supervivientes que, creyéndose héroes abocados a la muerte, confundían una sífilis mal curada con una cita con el siglo.
Con todo, Benito Mussolini había comprendido que el escenario estaba vacío, que el viejo mundo iba a verse arrollado por esta enorme masa de repatriados desilusionados, por su resentimiento, por sus noches de exterminio agazapados en los cráteres de las trincheras, por su guerra perpetuada en las esquinas de las calles ciudadanas.
Se autoproclamó el inadaptado por excelencia, el protector de los desmovilizados, el hombre perdido que buscaba su camino.
Aquí, en piazza San Sepolcro de Milán, el fundador del fascismo comprendió que había terminado una era y había empezado otra, que siempre ha sido ese material de saldo, esa humanidad residual, lo que construye la historia.
Y es también ahí, en piazza del Santo Sepolcro en Milán, donde veinticinco años después se reúnen los supervivientes de esa historia, veteranos ahora no solo de la Primera, sino también de la Segunda Guerra Mundial y de otras en medio.
Aldo Resega nació en Milán a finales del siglo XIX y luchó con honor en todas las batallas del siglo siguiente.
Voluntario en la Gran Guerra, soldado de asalto en los legendarios «caimanes del Piave» y condecorado en varias ocasiones, poco después de su licenciamiento se unió a los Fascios de Combate como jefe de escuadra, distribuyendo porrazos a los socialistas e incendiando cámaras del trabajo sin parar hasta la marcha sobre Roma.
Más tarde, sin embargo, una vez despejado el camino, volvió a refugiarse en la sombra.
Y en la sombra vivió durante los años del régimen como un hombre laborioso, modesto y honesto.
Solo salió de ellas cuando fue llamado a las armas.
Voluntario en mil novecientos treinta y cinco para la guerra de Etiopía, estuvo al mando de una compañía de camisas negras; de nuevo como voluntario en mil novecientos cuarenta, volvió a servir como comandante de los camisas negras en Francia, Croacia y Dalmacia.
El 25 de julio de mil novecientos cuarenta y tres, mientras estaba de permiso en su ciudad natal, se vio sorprendido por la noticia del arresto del Duce, la noticia que trastocó el orden del universo.
Es a él, a principios de octubre, a quien confía Mussolini tras su liberación, con un firme apretón de manos y una hoja de instrucciones, la tarea de restablecer el fascismo en Milán.
En la mañana del 16 de octubre, Aldo Resega está asomado a la piazza San Sepolcro desde las ventanas del Arengo, una torre cuadrada de piedra violentamente incrustada en mil novecientos diecinueve para conmemorar los orígenes del fascismo, en la elegante estructura del edificio del siglo XVIII donde tuvo lugar la memorable primera reunión del partido.
Desde esa torre, sede del Partido Fascista milanés, Resega intenta reconstituir la federación, disuelta apresuradamente tras la caída del régimen.
Vincenzo Costa tiene los mismos mimbres que Resega.
Nacido con el cambio de siglo, voluntario con tan solo diecisiete años en un batallón estudiantil, tras luchar en las mesetas y ser uno de los primeros en entrar armado en Trento, al ser desmovilizado buscó en la vida civil un sentido a la inmensa carnicería que había experimentado en las trincheras de la Gran Guerra.
En marzo de mil novecientos diecinueve, con veinte años recién cumplidos, su búsqueda lo condujo a la histórica concentración en la sala de conferencias del Círculo de la Alianza Industrial y Comercial, donde figura entre los fundadores del fascismo.
Tras participar con fervor en las primeras expediciones punitivas, marchar con D’Annunzio sobre Fiume y con Mussolini sobre Roma, él también, al igual que Resega, mientras otros camaradas de la vigilia acumulaban desmesuradas fortunas ilícitas y múltiples cargos políticos, vuelve a la sombra y abandona el ejército para dedicarse a una vida de oficinista en los Talleres Mecánicos de Milán, siempre dispuesto a apoyar iniciativas de ayuda y solidaridad en los barrios obreros.
Al igual que Resega, se ofrece de nuevo como voluntario al estallar la Segunda Guerra Mundial.
Lucha en Grecia y Albania, resulta herido y parte al frente yugoslavo y luego al frente ruso.
Mientras se recuperaba de un principio de congelación, le sorprendió el armisticio en Udine.
En la mañana del 1 de octubre, una mañana soleada, Costa regresa a Milán en un tren de mercancías, confundiéndose, junto con muchos otros desperdigados, con los trabajadores de la periferia evacuados al campo para escapar de los bombardeos.
Va a ver a su madre, a quien lleva meses sin abrazar.
Viste un mono de trabajo para evitar las patrullas alemanas que buscan a los soldados italianos para enviarlos a campos de prisioneros en Alemania.
Cruzando la ciudad trágica, pasa por el Teatro Diana en piazza Oberdan, sede del mando alemán.
Ve a hombres con las manos en la nuca de pie frente a los caballos frisones; ve los cadáveres de los fusilados tendidos en el suelo, en su propia sangre; en via Ferrante Aporti, ve las calles bloqueadas por enormes tanques alemanes; lo estremece el aullido de las sirenas de los bomberos que se apresuran a ir a apagar los incendios; se topa con individuos atormentados por el dolor, con las solapas de sus chaquetas tachonadas de estrellas sobre una faja de satén negro en señal de luto.
Una estrella por cada padre, hijo o hermano devorado por la guerra.
Apresurándose hacia la casa de su madre, Costa cruza piazza San Sepolcro.
En la plaza, una fila de nostálgicos u oportunistas aguarda para renovar su afiliación al Fascio; en el balcón del Arengo ondea el viejo banderín, y en la ventana aparece la figura demacrada de su antiguo compañero de armas y de partido.
Aldo Resega lo ve desde arriba y lo llama.
Los dos camaradas se abrazan bajo el pórtico, suben juntos las escalinatas y hablan de muchas cosas.
Son amigos y camaradas de las trincheras de mil novecientos dieciocho.
Es la historia de toda una vida… La Gran Guerra, la guerra de bandas contra los socialistas en mil novecientos veinte y mil novecientos veintiuno, con Graziani en la reconquista de Libia en mil novecientos veintinueve, luego en África Oriental en mil novecientos treinta y cinco, luego en España, y de nuevo en esta guerra de aquí…
Les parece natural, les parece lo correcto. Y así, tras dos meses de bustos del Duce pateados por las calles, con un encuentro casual y dos vidas marcadas por el destino, renace el fascismo en Milán.
Resega y Costa, sin embargo, no son los únicos que salen de las sombras de sus vidas en este soleado día de octubre. Hay otros hombres que salen de otras sombras. Más densas, verminosas, con olor a orina rancia.
Se llama Francesco Colombo, pero todos lo llaman siempre Franco.
Se proclama patriota — comparándose incluso con Garibaldi—, pero nadie lo ha oído hablar nunca en italiano, solo en dialecto milanés.
Viste un llamativo uniforme militar negro, con corte al estilo del de las SS, pero en toda su vida solo ha servido brevemente en la retaguardia.
Al igual que Resega, él también, en este octubre del cuarenta y tres, se asoma a las ventanas del Arengo.
Al igual que Costa, él también estaba ya en piazza San Sepolcro el 23 de marzo de mil novecientos diecinueve.
Francesco «Franco» Colombo es un milanés de pura cepa, como Resega, pero de un Milán diferente.
Nació y se crio en los callejones del Ticinese, detrás de Porta Cicca, cerca del polverun , la pestilente Dársena del Naviglio, un barrio de mendigos, prostitutas y delincuentes de poca monta.
Carente de los medios, la educación y la moral que solo la burguesía puede permitirse, empezó con solo quince años a emprenderla a golpes en las escuadras del sindicalismo anarquista de Filippo Corridoni, y no ha parado desde entonces.
Dio palizas a esquiroles y socialistas oficiales; luego, acabada la guerra —movilizado como aviador, nunca vio las trincheras, fue licenciado en el diecisiete debido a una herida leve en la pierna—, siguió apalizando a socialistas, republicanos y católicos de izquierda en las peores escuadras fascistas.
Participó en todas las acciones del escuadrismo milanés, convertidas en leyenda, desde el asalto al periódico Avanti!
en abril de mil novecientos diecinueve hasta el ataque al Palacio Marino, el ayuntamiento de Milán, en mil novecientos veintidós.
Tras convertirse en presidente del círculo fascista local de su barrio, Colombo desencadenó una auténtica guerra civil de baja intensidad, en cuya violencia endémica la política siempre fue de la mano con el crimen: robos, extorsiones y pequeños trapicheos.