1943 #6
Y Benito Mussolini inclina la cabeza. «Haced de mí lo que queráis».
¿Por qué accede? ¿Por qué este hombre, repentinamente envejecido, cansado, demacrado, inseguro, odiado por sus compatriotas y a quien sus propios aliados consideran acabado («quemado», como lo definen los informes secretos de los diplomáticos nazis destinados en Roma), consiente en convertirse en un «satélite de tercera clase», la cabeza de un Estado títere, una entidad fantasmal, algo salido del limbo?
¿Por qué renunciar a un tranquilo, digno deslizamiento hacia la extinción, a las memorias escritas en la reserva, al vuelo circular de las águilas sobre las montañas de los Abruzos?
¿Para servir de escudo al pueblo italiano frente la ferocidad del ocupante alemán sin tener la fuerza, el poder?
¿A causa de un estrepitoso error de cálculo, de una ilusión, de una constricción íntima?
¿En obediencia al habitual e irreprimible afán de protagonismo, al ansia de pasar a la historia, por miedo, por venganza, para cerrar su vida con un broche de oro?
¿Cómo preferir la representación del quinto acto del drama italiano, el último, el más sangriento, el más avieso, al chasquido limpio, sonoro y nítido de la cuerda de un verdugo tensada alrededor de un cuello demacrado en la Torre de Londres?
El caso es que, tras inclinarse ante Hitler, Benito Mussolini regresa a Múnich y se rinde a la melancolía.
Mientras el Reich se anexiona de hecho las provincias de Trento, Bolzano, Belluno y toda la costa adriática desde Udine hasta Liubliana; mientras, en Roma los emisarios nazis espigan figuras de tercera categoría del régimen difunto para formar un nuevo gobierno de sometidos; mientras los soldados de Kesselring luchan furiosamente para devolver al mar las cabezas de playa de los angloamericanos que han desembarcado en masa en Salerno, el fantasma del Duce, aún con el traje de sus días de cautiverio, rodeado de centinelas de las SS y sombríos abetos bávaros ya empapados por las primeras lluvias otoñales, recibe a los pocos jerarcas, generales de la Milicia y embajadores que le han permanecido leales.
Cada noche, a la hora de cenar, Benito se reúne con su familia.
Desde hace una semana, en efecto, los Mussolini viven todos bajo el mismo techo en la monumental villa neoclásica donada a principios del siglo XIX por Luis I de Baviera a su hermano, el príncipe Carlos.
Con él están Rachele, Vittorio, sus hijos menores, Romano y Anna Maria, y también los cónyuges Ciano, Edda y Galeazzo.
Parece, de hecho, como si este viejo patriarca, amansado, deshecho y postrado al destino, apremiado por su hija, ya hubiera perdonado la traición de su yerno.
Así, cada noche, los emisarios de Hitler, asomados por las puertas de caoba, se asombran al contemplar esa escena de vida familiar.
La inmensa mesa del comedor, los enormes ventanales con vistas a la fuente, las alfombras orientales sobre las que se sitúan en silencio los sirvientes de traje blanco, el patriarca sentado a la cabecera de la mesa, con la corbata anudada apresurada y descuidadamente, y a su derecha, cerca pero distante, vestido de gris claro, con el pelo engominado y las uñas cuidadas, el yerno a quien le ha dado todo recibiendo a cambio su traición, un comensal con quien intercambiar algunas frases de circunstancias entre un vaso de leche y un plato de verduras sin condimentar, un cordial convidado cuya muerte se le ha prometido a Hitler.
A fin de cuentas, quizá no anden errados los italianos al dudar de que Benito Mussolini siga con vida mientras, en la frecuencia de Radio Múnich, escuchan, con un escalofrío de horror, a través del triste y monocorde tono de su voz, el aciago anuncio de la inminente guerra civil.
¿Pero qué era este fascismo, que se ha derretido como la nieve al sol?
Adolf Hitler a Benito Mussolini durante las conversaciones de Rastenburg,
14 de septiembre de 1943
Las fuerzas armadas alemanas han asumido la protección del suelo italiano […]. A quienquiera que, después de la medianoche del 13 de septiembre, se le sorprenda en posesión de armas será fusilado, de acuerdo con la ley marcial.
Comunicado del mando alemán en Italia,
14 de septiembre de 1943
QUEMADO […]. EN GENERAL, EL DUCE ES TOTALMENTE IMPOPULAR. SE DICE QUE DEBERÍA CEDER EL PASO A UN HOMbrE MÁS JOVEN SIN COMPROMISOS CON EL PASADO.
Telegrama enviado a Berlín desde la embajada alemana en Roma,
20 de septiembre de 1943, 8:56 horas
Fui a verlo inmediatamente [nada más llegar a Múnich]. Lo encontré pálido, delgado, desanimado, decepcionado. Me declaró que no quería volver a participar en la política activa y que se retiraría en paz a Rocca delle Caminate.
Roberto Farinacci, Diario , 1943
Temía que el encuentro entre el Führer y el Duce pudiera llevar de nuevo a una estrecha amistad, lo que habría supuesto embarazosas dificultades políticas para nosotros.
Pero no ha sido así; muy al contrario, nunca había visto al Führer tan decepcionado con el Duce como en esta ocasión […
]. Debemos alegrarnos por ello […]. El Führer ya no quiere que la personalidad del Duce sea la piedra angular de nuestras relaciones con Italia.
Joseph Goebbels, Diarios ,
23 de septiembre de 1943
El Estado que deseamos instaurar será nacional y social en el sentido más amplio de la palabra: es decir, será fascista en el sentido de nuestros orígenes. Mientras esperamos que el movimiento crezca hasta volverse irresistible, nuestros postulados son los siguientes:
1.º Tomar las armas de nuevo junto a Alemania, Japón y los demás aliados. Solo la sangre puede borrar una página tan oprobiosa en la historia de la Patria.
2.º Preparar, sin demora, la reorganización de nuestras Fuerzas Armadas en torno a las formaciones de la Milicia. Solo quienes están impulsados por una fe y luchan por una idea no miden la magnitud del sacrificio.
3.º Eliminar a los traidores, especialmente a aquellos que hasta las 21:30 del 25 de julio militaban, a veces desde hacía muchos años, en las filas del Partido y se pasaron a las filas del enemigo.
4.º Aniquilar las plutocracias parasitarias y convertir por fin el trabajo en el sostén de la economía y el fundamento inquebrantable del Estado.
¡Leales Camisas Negras de toda Italia! Os llamo una vez más al trabajo y a las armas. El júbilo del enemigo por la capitulación de Italia no significa que tenga ya la victoria en sus manos, pues los dos grandes imperios de Alemania y Japón jamás capitularán.
Vosotros, escuadristas, reconstruid esos batallones vuestros que tantas hazañas heroicas han realizado.
Vosotros, jóvenes fascistas, encuadraos en las divisiones destinadas a renovar, en el suelo de la Patria, la gloriosa hazaña de Bir el Gobi.
Vosotros, aviadores, volved junto a vuestros camaradas alemanes a vuestros puestos de pilotaje, para que resulte vana y dura la acción del enemigo sobre nuestras ciudades.
Vosotras, mujeres fascistas, reanudad vuestra labor de asistencia moral y material, tan necesaria para el pueblo.
Campesinos, obreros y pequeños empleados, el Estado que surja de esta inmensa aflicción será el vuestro, y como tal, lo defenderéis contra cualquiera que sueñe con imposibles retornos.
Nuestra voluntad, nuestro valor y nuestra fe devolverán a Italia su rostro, su porvenir, sus posibilidades de vida y su lugar en el mundo.
Más que una esperanza, esto debe ser una certeza suprema para todos vosotros.
¡Viva Italia! ¡Viva el Partido Fascista Republicano!
Benito Mussolini, discurso en Radio Múnich,
18 de septiembre de 1943
Lloré al oír tu voz cálida, grave y triste, Ben, más triste que nunca.
Del diario de Clara Petacci, 18 de septiembre de 1943
CORREN RUMORES DE QUE EL DUCE NO ESTÁ EN ALEMANIA, SINO QUE HA MUERTO; SE DICE QUE SU PRESUNTA LIBERACIÓN ES UNA SIMPLE ESTRATEGIA DE PROPAGANDA ALEMANA.
Herbert Kappler, comandante de la Gestapo en Roma, telegrama a Berlín, 18 de septiembre de 1943
Piazza San Sepolcro
Milán, 1 de octubre de 1943
Piazza San Sepolcro es un modesto ensanche en el centro medieval de Milán, semioculto, semicircular, sosegado en su grisura parroquial, sobre las ruinas de lejanísimos recuerdos paleocristianos.
Con todo, piazza San Sepolcro es también el fulgor del origen, el núcleo radiactivo de la bomba atómica del siglo XX , el centro propulsor del mito fascista.
Es eso lo que ocurre con los asuntos humanos: los comienzos son siempre inciertos, fortuitos incluso, pero si dan lugar a la suficiente continuidad, uno aprende, mirando atrás, a verlos como una señal del destino.