1943 #5
—¡Daos prisa, recoged vuestras cosas! ¡Vamos, no tengo tiempo que perder!
Era la voz nerviosa del carcelero. Clara recoge lo poco que tiene y cruza atemorizada la puerta de la celda, arrebujándose en su abrigo de visón.
Acompañada por un guardia, ve a su padre y siente que se le para el corazón.
No tardará en descubrir que los nazis han entrado en Novara.
Hitler no ha abandonado a «su más fiel amigo».
A la mañana siguiente, el 17 de septiembre de mil novecientos cuarenta y tres, se produce su definitiva liberación. Agarrada del brazo de su padre, seguida por su madre y su hermana, Clara sale a la luz del sol tras treinta y seis días de encarcelamiento.
En la plaza frente al castillo la está esperando su hermano Marcello.
Detrás de él, sentado en un vehículo militar alemán, está Josef Dietrich, el comandante de la Leibstandarte, quien, durante la Noche de los Cuchillos Largos en junio de mil novecientos treinta y cuatro, exterminó a la cúpula de las escuadras de acción de Ernst Röhm para apoyar el ascenso del Führer y, en marzo pasado, luchó entre el Donetsk y el Dniéper, recuperando Járkov y haciendo retroceder al Ejército Rojo.
Dietrich le hace gestos de que monte. El tiempo apremia; tienen que marcharse a Merano. Clara sube al vehículo. Sin dudarlo un instante.
Mientras la pasajera se acomoda en el asiento trasero del Kübelwagen, el temible general nazi le entrega con delicadeza una octavilla impresa. La mujer la aprieta contra su pecho mientras viaja hacia su destino.
¡El Duce ha sido liberado!
Del Cuartel General del Führer, 12 de septiembre
Un grupo de paracaidistas, así como miembros de la Seguridad Pública y de las SS, llevaron a cabo el domingo pasado una operación para liberar al Duce, retenido en cautiverio por una camarilla de traidores.
¡El golpe de mano ha sido un éxito! ¡El Duce se halla en libertad!
Su extradición y entrega a los angloamericanos, según el acuerdo del gobierno de Badoglio con el enemigo, ha fracasado.
¡Así ha mantenido Adolfo Hitler su fidelidad al amigo Mussolini!
Octavilla impresa pegada a los muros de Milán
durante la noche del 12 al 13 de septiembre de 1943
Berlín, 16 de septiembre
Los primeros detalles sobre las intenciones de los Aliados con respecto al prisionero Mussolini nos los proporcionó el Berliner Börsen-Zeitung el jueves por la mañana, a través de su corresponsal en Lisboa: «La liberación de Mussolini se produjo tres o cuatro horas antes de que el Duce fuera entregado a los Estados Unidos». […]
La liberación de Mussolini fue llevada a cabo, como es sabido, por paracaidistas de las SD y las SS.
La DNB [la agencia de prensa oficial del Reich] informa de los siguientes detalles sobre lo sucedido.
Varias expediciones de reconocimiento bien disimuladas, llevadas a cabo por el jefe del grupo de asalto de las SS encargado de la liberación del Duce, permitieron constatar que este había sido trasladado, el 28 de agosto, a la región montañosa del Gran Sasso, que se eleva a más de 2.
900 metros de altitud en el macizo de los Abruzos [… ].
Una vez que el reconocimiento aéreo y las exploraciones terrestres identificaron las condiciones locales y el terreno, se fijó el día 12 de septiembre para llevar a cabo la liberación.
A las 14:10, el jefe del grupo de asalto de las SS, acompañado por una escolta de tan solo nueve hombres, alcanzó la cima del macizo.
Su avión había realizado un vuelo en picado de más de 4.
500 metros, descendiendo a pocos cientos de metros del objetivo, sobre el cual, seguido por sus hombres, se lanzó en paracaídas [… ].
Media hora después de la llegada de los primeros alemanes al macizo de los Abruzos, un avión alemán Fieseler Storch, que debía llevar a Mussolini a un lugar seguro, aterrizaba en la misma meseta, en las condiciones más difíciles.
Las operaciones de despegue se vieron dificultadas por la conformación de la llanura, salpicada de picos rocosos. Fue necesaria toda la habilidad de un famoso piloto de la Luftwaffe para llevarlo a cabo con éxito
La DNB revela que, hasta el momento de su liberación, Mussolini desconocía la capitulación del gobierno de Badoglio.
Il Pomeriggio del Corriere della Sera ,
16-17 de septiembre de 1943
Benito Mussolini
Múnich, 18 de septiembre de 1943
Una voz de ultratumba. La difunde por el éter Radio Múnich a las 21:30 del 18 de septiembre de mil novecientos cuarenta y tres, inunda de escalofríos a millones de combatientes, prisioneros y víctimas de la devastación en las llanuras sembradas de cadáveres, en las ciudades aradas por los bombardeos de Italia y en el mundo. Es la voz de Benito Mussolini.
«Tras un largo silencio, por fin os llega de nuevo mi voz, y estoy seguro de que la reconoceréis».
Nada más ser pronunciadas, las primeras palabras del hombre revivido prolongan su silencio.
Un silencio escalofriante, propio de noches de fantasmas.
La gente, en efecto, escucha arrebatada esa voz débil, susurrante y a la vez persecutoria.
La escucha, pero no la reconoce en absoluto.
Desde los campos de prisioneros de los desiertos africanos hasta las calles destrozadas de Nápoles o Milán, los italianos, incrédulos y consternados, se hacen la misma pregunta: ¿es él de verdad?
, ¿es posible que esa voz desgranada y afligida, a duras penas audible, sea la misma que proclamó el Imperio el 9 de mayo de mil novecientos treinta y seis?
¿Cabe reconocer realmente en esa dicción baja, cansada y tediosa la enfebrecida labia del Duce del fascismo?
No, no es posible. Debe de tratarse de un impostor.
De inmediato, empiezan a circular habladurías que sostienen que Mussolini no se hallaba a salvo en Alemania en absoluto.
Benito Mussolini había muerto, quien hablaba en el éter impalpable, inverificable y omnipresente era su fantasma.
Muchos se entregaron a ancestrales gestos supersticiosos, tocando madera, esparciendo sal, trazando la señal de Cristo en la cruz sobre la frente, los hombros y el pecho: tras enumerar traiciones, deshonras y desastres, el fantasma de Benito Mussolini invocaba nuevas tragedias.
«¡Leales camisas negras de toda Italia! Yo os convoco una vez más al trabajo y a las armas».
Mientras esa voz de ultratumba relata la conjura contra el jefe del fascismo, su arresto, su detención, denuncia la traición con la que la monarquía y Badoglio han deshonrado a Italia, destruyendo el ejército y sumiendo el país en una crisis sin precedentes, al tiempo que proclama la necesidad inmediata de reorganizar las fuerzas armadas, eliminar a los traidores, «aniquilar las plutocracias parasitarias», «volver a tomar las armas junto a Alemania y Japón», porque «solo la sangre puede borrar una página tan oprobiosa en la historia de la patria», la mente colectiva de todo un pueblo naufraga durante veinte minutos en las misteriosas ondas del éter.
Pero si los italianos conocieran los detalles de la liberación de Mussolini, su consternación probablemente sería aún mayor.
El Duce fue liberado mediante una espectacular operación de paracaidistas alemanes que sobrevolaron una meseta del Gran Sasso a bordo de planeadores.
Desde allí, acurrucado junto al piloto de un diminuto Fieseler Fi 156 «Cicogna» monomotor, fue trasladado a un lugar seguro, primero a Pratica di Mare, luego a Viena y por último a Alemania. A salvo, o a una prisión más dura.
En Múnich, el 13 de septiembre, el dictador depuesto ha podido volver a abrazar a su mujer e hijos, alojados por Goebbels en una planta entera del suntuoso Prinz-Carl-Palais.
«Pensé que no volvería a verte». Con estas conmovedoras palabras le dio la bienvenida Rachele, antes de invitarlo a darse un baño tras quitarse unos calcetines que se le «pegaban a los pies» y la ropa interior que le había prestado un marinero tres semanas antes.
Ya al día siguiente, sin embargo, el prisionero recién liberado es escoltado en un vuelo militar hasta el bosque del Führer.
Al recibir a su amigo postrado y enfermizo en Rastenburg, Hitler, como de costumbre, se conmueve: con lágrimas en los ojos, estrecha cariñosamente las manos de su invitado, lo toma del brazo y lo conduce a un momento de mayor intimidad.
El general Karl Wolff, testigo del evento, ve en el abrazo de los dictadores el reencuentro de dos amantes tras una larga y dolorosa separación.
Sin embargo, en cuanto los amantes se quedan solos, el señor de la guerra no deja de humillar a su vasallo derrotado.
Mussolini intenta tímidamente manifestar su deseo, ya expresado a Rachele, de retirarse a la vida privada, «pasar a la reserva», a aguardar la muerte, el final que, insiste en aclarar, esperaba que le llegara lo antes posible, escribiendo sus memorias y observando el vuelo de las águilas sobre las montañas de los Abruzos.
« Quatsch! » —«¡Tonterías!»—, lo fulmina Hitler.
Su nuevo amo, en cambio, esperaba que retomase su posición a la cabeza de la Italia fascista, para garantizar que el país tuviera una administración que satisficiera las necesidades del aliado alemán, la disponibilidad de mano de obra para sus industrias, la colaboración en la represión de los rebeldes, el pago regular de conspicuas sumas para gastos bélicos.
Los italianos se habían revelado incapaces y traicioneros.
De ahora en adelante, de luchar y ganar la guerra se encargarían los soldados alemanes.
Por último, su amigo recobrado le impone que todos los jerarcas fascistas traidores han de morir, empezando por su yerno, Galeazzo Ciano, traidor cuatro veces: a la patria, a su aliado, al Duce y al suegro que le había dado a su hija en matrimonio.
«Os lo entrego», concluyó Adolf Hitler. Pero solo con la condición de que Benito Mussolini se comprometa a ejecutar al padre de sus nietos.