El fin y el principio (M. 5) 1943 #4
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1943 #4

El Gobierno italiano, reconociendo la imposibilidad de continuar su lucha impar contra el abrumador poder del enemigo, en un esfuerzo por ahorrar a la Nación nuevas y más graves desgracias, ha solicitado un armisticio al general Eisenhower, comandante en jefe de las fuerzas aliadas angloamericanas.

La solicitud ha sido aceptada. En consecuencia, cualquier acto de hostilidad contra las fuerzas angloamericanas por parte de las fuerzas italianas debe cesar en todas partes.

Estas, empero, responderán a eventuales ataques procedentes de cualquier otra fuente.

Pietro Badoglio, jefe de Gobierno, primer ministro y secretario de Estado del Reino de Italia,

proclama radiofónica,

8 de septiembre de 1943, 19:42 horas

Roma calla.

Nota manuscrita del general Vittorio Ruggero, responsable de la defensa de Milán, sobre la carta en la que el general Rosario Assanti, mariscal del mando de Piacenza, solicitaba noticias del Estado Mayor,

9 de septiembre de 1943

Las tropas alemanas, tras ocupar Pavía, Piacenza, Parma, Reggio, Cremona, Casalmaggiore, Brescia, Bérgamo y muchas otras localidades menores dentro del territorio de esta defensa, han rodeado Milán con una abrumadora fuerza de vehículos acorazados.

Tienen órdenes de proceder al desarme de todas las tropas y ocupar la ciudad.

He declarado que, basándome en las últimas órdenes recibidas en la noche entre el 8 y el 9 de mis superiores —con quienes ya no he podido volver a comunicarme—, no debo mostrarme hostil a los alemanes, sino resistir el uso de la fuerza ejercido por cualquiera de los bandos.

Comunicación radiofónica del general Ruggero,

Milán, 10 de septiembre de 1943

El comandante de la plaza [de Milán], un joven teniente coronel de las SS, entra en la sala [del Hotel Diana-Majestic] con el ceño fruncido del dominador.

Todos los presentes se levantan —yo ya estaba de pie cerca de la puerta—, pero él, a través de un intérprete, les pide que permanezcan sentados, sin dignarse a mirarlos.

Luego lee un discurso —traducido paso a paso por el intérprete— en el que imparte órdenes sobre asuntos económicos, bancarios y policiales […

]. Se marcha sin el menor gesto de despedida, dejando a sus ayudantes en la sala para responder a cualquier pregunta.

La escena es deprimente: reafirma y define con mayor claridad nuestra esclavitud.

Lo cierto es que los valores morales en juego también deberían haber tenido su peso en las decisiones del mando: estábamos en casa, con nuestras fuerzas militares aún en pie, y el aceptar pasivamente la subyugación del extranjero, hasta entonces huésped indeseable, no solo ofendía nuestros sentimientos, sino que mortificaba nuestra propia personalidad humana… […]

Alfredo Malgeri, comandante de la 3.ª Legión de la Guardia di Finanza, con sede en Milán, 12 de septiembre de 1943

Han perdido su honor. No se puede faltar a la palabra dada dos veces en un cuarto de siglo sin manchar para siempre el honor político […

]. La única certeza de esta guerra es que Italia la perderá.

La cobarde traición contra su jefe fue el preludio de una traición contra su aliado.

Los italianos, por su deslealtad y su traición, han perdido todo derecho a un Estado nacional de tipo moderno.

Deben ser castigados con la mayor severidad, como dictan las leyes de la historia.

El Duce pasará a la historia como el último romano, pero tras su poderosa figura, un pueblo de gitanos acabará pudriéndose.

Joseph Goebbels, ministro del Reich

de Educación Pública y Propaganda,

Diario , septiembre de 1943

Clara Petacci

Novara, 16-17 de septiembre de 1943

Lo que la despierta antes del amanecer es un ruido lejano, sombrío y metálico.

La joven mira a su alrededor, sudorosa y perdida, presa aún del sopor del sueño.

A su lado, en la penumbra, entrevé a su hermana Myriam, a pocos metros está la cama de su madre; esparcidas a los pies de su jergón, las páginas de diario escritas antes de quedarse dormida, y sobre ella, como una suerte de manta, el abrigo de visón que antaño usaba en las noches de gala.

Es difícil determinar en qué momento de la noche se halla.

En esta lúgubre celda del Castillo de Novara, los amaneceres y los atardeceres varían apenas en pocos detalles.

La última amante del Duce y su familia fueron arres tados el 12 de agosto.

La acusación, ficticia, hablaba de una deuda impagada: de la «imprudente adquisición de una alfombra persa».

En realidad, la orden de arresto provenía directamente de Badoglio.

Así pues, padre, madre e hijas fueron trasladados en un camión al Castillo Visconti-Sforza de Novara.

A las tres mujeres las separaron de inmediato de Francesco Saverio, luego las encerraron en un dormitorio con otras reclusas comunes y, por último, en una pequeña celda equipada con colchones de paja infestados de chinches y piojos.

Con todo, la vertiginosa caída de Clara Petacci ya había dado comienzo al mismo tiempo que la de su amante.

Eran las tres de la madrugada del 25 de julio cuando recibió la llamada: una hora antes, el Gran Consejo había decretado el fin de Mussolini, y su Ben, con la voz estridente en el auricular, le había gritado que no había vuelta atrás («Hemos llegado al epílogo […

], el mayor punto de inflexión de la historia»), y la había conminado a huir («La estrella se ha oscurecido, amor mío, todo ha terminado.

Es necesario que tú también intentes ponerte a salvo»): el odio del pueblo no tardaría en volverse contra ellos también. Y ella, como siempre, obedeció.

Junto con su hermana y sus padres, doña Giuseppina y el doctor Francesco Saverio, había salido de Roma rumbo a Milán, mientras una turba enfurecida destrozaba la consulta del médico de cabecera en via Nazionale.

Al final, lograron esconderse en la villa de su cuñado en Meina, en la frontera entre Lombardía y Piamonte, a orillas del lago Mayor.

Allí, se sintió por fin Clara a salvo. Pero luego, salidos de la nada, a plena luz del día, se presentaron ocho carabineros en el camino de tierra que llevaba a la entrada, bordeado de cipreses, con una orden de detención.

Los Petacci llevan ya treinta y seis días encarcelados.

Treinta y seis días en los que Clara no ha podido dormir, entre los constantes desmayos de su madre, los cólicos y la fiebre de Myriam, y los lúgubres gemidos de las demás presas por la noche.

Treinta y seis días en los que ha tenido que leer, en el único periódico que le llevan a su celda, los chismes obscenos con los que se ceba al pueblo italiano con su historia de amor, incluso su correspondencia privada con el Duce, sus fotografías con dedicatorias íntimas.

Treinta y seis días en los que los chacales han arrastrado al fango a su hermana Myriam también y han descrito a su familia como una pandilla de estafadores y a ella como una arribista, «no una paloma sino un ave de rapiña», una mujer sedienta de poder, una pequeña Pompadour.

Treinta y seis días durante los cuales su Ben parece haberse olvidado de ella.

A su celda no llega ninguna otra noticia.

Nada se filtra desde el exterior. Así que Clara desconoce qué ha sido del Duce tras su detención; desconoce que Badoglio, de acuerdo con el rey, ha decidido confinarlo en Ponza; desconoce que el 7 de agosto tuvieron que trasladarlo a la base naval de La Maddalena, en Cerdeña, porque los nazis habían intensificado sus actividades de espionaje y Ponza ya no se consideraba segura.

Desconoce que, debido a la importante presencia de marineros alemanes en la isla, la noche del 28 de agosto tuvo lugar otro traslado, esta vez a un lugar remoto del Gran Sasso, en los Abruzos, en Campo Imperatore, bajo la custodia de los carabineros y guardias de seguridad.

Ella no lo sabe y está aterrorizada. Ni siquiera se atreve a confiarle sus tormentosos pensamientos a su madre. Se desahoga, de vez en cuando, en voz baja, solo con su hermana.

¿Qué culpa tiene ella? ¿Qué culpa tiene su familia?

¿Por qué ha de ser la única mujer en la vida del Duce que ha de soportar la venganza?

¿Qué ha pasado con las Pallottelli, las Curti, las Ceccato, las Dalser y sus hijos?

¿Dónde están ahora las Brard, las Ruspi, las Sarfatti, las protagonistas de ese carrusel erótico de amantes que cíclicamente la hacían morir de celos?

¿Por qué a todas estas mujeres no les toca pagar también por su amor hacia Benito Mussolini?

Al fin y al cabo, ella no ha hecho más que seguir sus propios sentimientos. Ben quizá la haya olvidado, pero ella no es capaz: Clara lo ama, ha soñado con él desde que era una niña, lo ha perseguido toda su vida. Desde el día en que lo conoció, supo que compartiría su destino.

Por esa razón, durante las horas que pasa al aire libre, en el patio del castillo, camina de un lado a otro con Myriam a paso romano, cantando canciones fascistas, especialmente las del Batallón M, Giovinezza , y la que termina con «¡Duce, Duce, Duce!

». Sus días siguen la regla de la devoción: llena las tardes interminables evocando sus recuerdos más queridos, los veranos que pasaba con Ben practicando deportes junto al mar en Castelporziano, las horas felices en la Sala del Zodiaco del Palacio Venecia, con el sabor de su amante aún en los labios; mañana y noche reza a la Virgen de Pompeya por la salvación de Ben, por su liberación; llena obsesivamente las páginas de su diario con la letanía «Tengo fe, tengo fe», sin saber si lo que la impulsa es una invocación a Dios o una oración blasfema en nombre del ídolo fascista.

Al final, en esa noche incierta, sus plegarias son atendidas. Al sombrío sonido metálico que la ha despertado le sigue un eco de pasos, el tintineo de unas llaves, y las puertas dobles que se abren.