1943 #3
En la tarde del 11 de septiembre de mil novecientos cuarenta y tres, Milán es, en efecto, una metrópolis difunta.
Entre el 8 y el 17 de agosto, la ciudad más grande del norte de Italia se ha visto atormentada por cuatro bombardeos sucesivos, en el curso de los cuales, en un crescendo alucinante de devastación, escuadrones de Lancaster y Halifax británicos, tras sobrevolar el Canal de la Mancha y Francia, lanzaron sobre vivos y muertos doscientas toneladas de explosivos primero, luego quinientas, luego mil, luego mil doscientas.
Con cada nueva pasada, las bombas destrozaban los escombros aún humeantes de la anterior, extendiendo el fuego de casa en casa, de calle en calle, de ruina en ruina.
Cuarenta mil edificios fueron alcanzados, dañados o destruidos, trescientos mil afectados, miles y miles de muertos y heridos.
Milán aún ardía cuando, el 8 de septiembre, la voz estridente del mariscal Badoglio anunció temerosamente por la radio que había firmado en nombre del rey el armisticio con los angloamericanos, mientras ambos se preparaban para huir de Roma, vergonzosa y aviesamente, abandonando a su pueblo a la furia de los alemanes traicionados.
A los mortíferos supervivientes de la 1.
ª división Panzer de las SS, sin embargo, la tragedia italiana les importa un ardite.
Desconocen los detalles y no tienen el menor interés en conocerlos.
No saben que el rey y Pietro Badoglio, tras encarcelar a Mussolini, derrocar al régimen fascista y prometerle a Hitler durante semanas que continuarían la guerra junto a él, mientras firmaban en secreto la rendición incondicional ante los británicos, rusos y estadounidenses, han provocado la catástrofe de la nación italiana.
No saben ni quieren saber que el 8 de septiembre de mil novecientos cuarenta y tres pasará a la historia como la fecha en la que Italia prácticamente dejó de existir.
Mientras los asesinos profesionales de Hitler se movilizaban inmediatamente desde los cuarteles de Verona para lanzarse a la ocupación militar de todo el valle del Po, en Roma, el soberano y su familia, el primer ministro Badoglio, el general Ambrosio y casi toda la cúpula militar huían hacia las zonas meridionales ya ocupadas por los Aliados, abandonando a las tropas italianas sin guía ni directrices.
Desde la capital lombarda, como desde cualquier otra plaza de Italia y del extranjero, los comandantes pedían desesperadamente órdenes a Roma sobre cómo comportarse con las tropas alemanas, hasta ayer aliadas y ahora enemigas. No recibieron respuesta.
El general Vittorio Ruggero, al mando de la defensa de Milán, había asaeteado al mando supremo de Roma con llamadas telefónicas desde su despacho en el Palacio Cusani, via Brera 15, desde el amanecer.
Lo único que había obtenido, en cambio, habían sido respuestas evasivas del primer ayudante de campo del general Mario Roatta, jefe del Estado Mayor del Ejército, quien le había sugerido que se limitara a «una genérica actitud defensiva».
Después, en la tarde del 9 de septiembre, mientras las tropas alemanas del II SS-Panzerkorps atacaban las ciudades de la llanura del Po, cuando el general Ruggero solicitó autorización para oponerse a los alemanes, uno de los pocos oficiales que quedaban de la capital respondía que todos los oficiales de alto rango habían abandonado el mando supremo hacia un «destino desconocido».
No quedaba nadie. A sus subordinados, quienes a su vez imploraban órdenes desde las guarniciones provinciales, presionadas por la avanzada alemana, Ruggero se vio obligado a responderles con solo dos palabras: «Roma calla». Un sujeto y un verbo, nada más.
En ese silencio devastador, el ejército italiano se había diluido.
Disuelto en el ácido de un derrumbe moral sin precedentes, había quedado reducido a una masa en licuefacción de hombres exhaustos, a una multitud de átomos dispersos, ofrecidos como sacrificio a la represalia alemana y, por lo tanto, agazapados en las zanjas como bandidos, desesperadamente decididos, tras haberse deshecho de sus uniformes, a reconquistar individualmente, cobardemente, indefensos, desarmados y consternados, el camino a casa.
El caso es que a las SS de la división Panzer que lleva el nombre de Adolf Hitler les importa un comino el drama del ejército italiano, el drama del pueblo italiano, un pue blo hundido en un abismo sin fondo por veinte años de engaño, por la traición consumada en pocas horas de quienes deberían haberlo salvado, por siglos de derrotas, incertidumbre, degradación; gente desalentada, consternada, desdichada, atormentada por amigos y enemigos, por ocupantes y liberadores, por tierra y aire, hombres y mujeres en fuga a través de montañas, mares y campos.
Un pueblo que, en el colmo del agotamiento y el cansancio, se arroja al suelo a la espera de que se cumpla el destino, aunque sea el más terrible.
Para los despiadados verdugos de Hitler, todo esto solo representa el agravante de un gigantesco ejemplo de abyección: la traición perpetrada contra ellos por ese infame «pueblo de gitanos».
Para ellos, lo único que importa es que apenas cinco minutos después de que el histórico anuncio de Badoglio se transmitiera por los micrófonos de la EIAR, el general Alfred Jodl, jefe de la oficina de operaciones del Estado Mayor alemán y asesor militar del Führer, difundió a todas las unidades la consigna: «Achse» .
Eso es, pues, lo que han venido a hacer a Milán: poner en marcha el plan, largamente preparado en secreto, que prevé la ocupación militar de la Italia que se ha pasado al enemigo —o lo que queda de ella— como tierra de conquista.
No es la capital moral ni económica del país por la que marchan las botas de esos soldados embrutecidos, desanimados por años de exterminio, con el corazón y los nervios calcificados por las monstruosidades del frente oriental; no es la elegante ciudad de Ambrosio, de Leonardo, de Cattaneo, la primera en conceder libertad de culto a los cristianos, en separar la crueldad del castigo, mil quinientos años de luz en el mundo; es una maraña de rieles destrozados, que se yerguen hacia el cielo, sembrada de cadáveres hinchados.
Y ellos, los infantes del apocalipsis, en esta ciudad enlodada por la guerra, se sienten como en casa.
Antes del anochecer, el Obersturmbannführer de las SS, Albert Frey, comandante de la vanguardia de la Leibstandarte Adolf Hitler, ya había requisado el Hotel Diana de piazza Oberdan para instalar el puesto de mando alemán.
Tras arrestar al general Ruggero, quien aún se hacía la ilusión de poder dictar las condiciones de la rendición, los granaderos alemanes ya habían apostado ametralladoras en los cruces principales, ocupando el Castillo Sforzesco y diseminando puestos de guardia en las vías de comunicación que conducían a las afueras.
La cacería humana empieza de inmediato: cientos de soldados de infantería se habían rendido sin luchar y están apiñados ahora en el suelo del patio de la escuela primaria de piazza Principessa Clotilde, custodiados por tres o cuatro centinelas alemanes.
Los militares italianos aguardan inermes, junto con legiones de fugitivos como ellos —apodados despectivamente « Badoglio-truppen »—, a ser deportados a campos de concentración alemanes.
Milán ya es una ciudad de sombras: las calles están desiertas, los pocos transeúntes se arrastran contra los muros y, al primer ruido de orugas, se refugian en los portales de las casas en ruinas, desde donde vigilan las calles a través de las rendijas de las contraventanas.
Este es el destino de una ciudad traicionada por los acontecimientos, una metrópolis de un millón trescientos mil habitantes que se ha rendido sin luchar ante cuarenta totenkopf .
Apenas unas horas después, esos mismos soldados perpetran la primera matanza de la ciudad.
Una bomba rudimentaria, lanzada desde un complejo de viviendas populares en Corvetto, mata a un alemán.
Quizá ni siquiera fuera una bomba, quizá haya sido un mero accidente.
Poco importa. Tras asaltar el edificio, las SS, acompañadas por fascistas entusiastas que habían salido de sus escondites el día anterior, capturan a cuatro residentes, los arrastran a via San Dionigi y los fusilan en el acto.
El primer día de la ocupación nazi de Milán se eclipsa en una dulcísima noche de luna llena.
En piazza del Duomo, el tenue resplandor del astro nocturno ilumina la silueta achaparrada de un tanque Panzerkampfwagen IV.
Su cañón KwK 40 de 75 milímetros apunta a las esbeltas agujas que se alzan entre miles de estatuas de santos en la catedral consagrada a santa Maria Nascente, el templo cristiano más grande del mundo después de la Basílica de San Pedro.
Los raíles arrancados se yerguen hacia el cielo, los cables eléctricos están enredados en el suelo, los tranvías yacen volcados, los escasos coches, destrozados, se abren abismos donde antes había casas; por lo demás, muchos edificios que aún siguen en pie están partidos por la mitad o reducidos a una cuarta parte.
Se ven interiores vacíos, con el papel pintado roto y quemado; algunos se sientan en sus colchones en la acera, otros, entre los escombros, gritan con desesperación el nombre de un ser querido.
No hay gas, no hay luz; parece el colapso de la civilización, el fin del mundo.
De las memorias de la periodista Camilla Cederna,
Milán, agosto de 1943