1943 #2
Y, aun así, el vuelco es mayúsculo, inconcebible.
Un funcionario de policía que lo escoltaba durante el viaje marítimo hasta Ponza le ha revelado sádicamente algunos detalles: Roma, la capital que rescató de siglos de decadencia, está engalanada como de fiesta; en Milán, los revendedores rechazaron la última edición de Il Popolo d’Italia , que rendía un conmovedor homenaje al Duce; luego, los obreros subieron al tejado de la sede y, letra tras letra, derribaron, sin oposición, el gigantesco letrero.
Por todas partes la gente se arranca los galones de los uniformes de la Milicia, arroja las insignias del partido a las alcantarillas, la emprende a golpes contra las estatuas con la furia de una desproporción insalvable: madera contra bronce, madera contra piedra, contra mármol.
Desde cualquier plaza se alzan al cielo gritos de júbilo, las muestras de odio son innumerables, el rencor se expresa con gestos grotescos.
Parece que en Ancona alguien se ha tomado la molestia de llevar un busto de bronce muy pesado de Benito Mussolini a un urinario público.
Él no sabe nada, ni siquiera sabe qué ha sido de su mujer ni de sus hijos, es visto pero no ve, lleva dos días a oscuras.
Sin embargo, tiene la impresión de oírlos.
Los ecos de los cánticos de los borrachines llegan hasta el balcón de esa casa verdosa en la isla de Ponza: todos los italianos están en la taberna.
Brindan por su caída, por su propio desastre.
La ingratitud es incalculable. La falta de reconocimiento de los italianos da vértigo solo con pensar en lo que hizo por el país; solo con pensar, sobre todo, en esas decenas de miles de personas que balaban como locos ante cada palabra suya en piazza Venezia y en todas las demás plazas de Italia, para después maldecirlo y repudiarlo en la hora de la derrota.
Los dictadores no tienen alternativa; no pueden declinar; están obligados a caer.
Él conoce la lección. Pero ¿por qué le hacen esto?
¿Por qué esas inútiles vejaciones? Hace dos días que lo tienen completamente aislado, sin un céntimo, sin un par de calcetines para cambiarse siquiera, solo con el traje que llevaba puesto.
¿Qué temen? Políticamente, es un difunto, su nombre está vedado, los millones de italianos que lo glorificaban hasta ayer lo detestan hoy, maldicen el día en que nació.
Los vivos lo odian, los vivos y quizá incluso los muertos.
Jesús salió solo del Huerto de Getsemaní; ni siquiera un amigo estuvo a su lado.
Entonces, ¿por qué ensañarse? ¿Por qué insultarse a sí mismos con ese cambio de chaqueta, con su impugnación, destruyendo veinte años de trabajo en cuarenta y ocho horas de embriaguez?
Benito Mussolini es el hombre cuyo nombre conmovió al mundo, que detuvo la barbarie comunista, mostró a Italia nuevos caminos para el porvenir, anheló para su pueblo un país grande y fuerte, admirado, temido y orgulloso.
El hombre que arrastraba masas cuando desecaba ciénagas, construía carreteras, industrias, campamentos de verano, levantaba puentes, el benefactor que dio a la Patria tierras de ultramar, nuevas ciudades en las llanuras, un hijo caído en los cielos de Pisa.
Y, sin embargo, estuvo a punto de lograrlo. Hasta 1937, todo había ido de maravilla; el fascismo había logrado cosas buenas, obras grandiosas, había entregado Etiopía y Albania a la Corona, había creado el imperio, el Concordato, el IMI, el IRI, el EIAR, la SIAE, la ONB y la ONMI [1] .
¿Acaso había estado soñando? ¿Fue todo una ilusión, una onda en la superficie, una ligera capa de esmalte sobre la nada?
¿O será más bien este el sueño, esta atmósfera granulosa, estos barcos pesqueros en desguace abandonados para mecerse eternamente en las aguas aceitosas de un muelle desportillado excavado en la toba?
Entonces habría sido mejor que hubiera muerto en 1937. Así añorarían el fascismo. Quizá hagan falta un par de generaciones, pero al final el futuro mirará hacia atrás y otorgará al fascismo el respeto que merece un caído.
Ya basta. Ni un solo pensamiento más para el pasado. También este ha muerto. El pasado nos ha olvidado. Más ingrato que los hombres, que esta Roma, envuelta en banderas e infame, que este rencor desmemoriado. Mejor un disparo en la nuca al estilo balcánico.
La alternativa ha de ser el presente, la más mezquina de las tres dimensiones temporales, el despilfarro de los días.
La consabida partida de cartas, la vida reducida a un crucigrama, un hombre cansado, anciano, dominado por los acontecimientos, algunos residuales momentos de euforia, aplastados de inmediato por la constatación de un fracaso devastador, el inusual gesto amable y agradecido de un joven furriel de la región de Ciociaria.
Asomados a las ventanas de sus cárceles, los antifascistas confinados por el régimen en la isla de Ponza no pueden oír el chapoteo de las olas en los acantilados de Santa Maria.
La obsesiva proliferación de frases sin sentido, entregadas al futuro para ser repetidas al infinito, no llega a sus balcones.
Sin embargo, las lentes de sus binóculos ven claramente la figura de Benito Mussolini, sacudida por un repentino gesto de ira: el Duce se agarra a la barandilla del balcón como si quisiera arrancarla, se lleva las manos a la cabeza y vuelve a entrar en casa.
La verdad está toda ahí, en ese gesto rápido y desesperado, la costa está inmóvil bajo el sol, la caída es definitiva.
Al anochecer, un carabinero compasivo le pide a su mujer que prepare una taza de caldo, un huevo, pan, fruta para la cena del prisionero, dos sábanas y un colchón viejo para acondicionarle una cama.
Al día siguiente, Benito Mussolini cumple sesenta años.
Del sargento del cuartel local de los carabineros, un tal Marini, recibe dos melocotones maduros como regalo.
Es el final de julio, empieza el invierno.
Desde la ventana de mi habitación, veo a Mussolini con el anteojo: él también está en la ventana, en mangas de camisa, pasándose nerviosamente el pañuelo por la frente.
¡Qué bromas gasta el destino! Hace treinta años, estábamos juntos en la cárcel, unidos por una amistad que parecía destinada a desafiar el tiempo y las tempestades de la vida […
]. Hoy, henos aquí a los dos confinados en la misma isla: yo por decisión suya, él por decisión del rey.
De los diarios de Pietro Nenni, amigo de Mussolini
y antiguo secretario del Partido Socialista Unitario
En cuanto a mí, me considero un hombre difunto en sus tres cuartas partes. El resto es un montón de huesos y músculos en fase de deterioro orgánico durante los últimos diez meses. Ni una palabra del pasado. Este también está muerto. No me arrepiento de nada. No deseo nada.
Benito Mussolini, carta a su hermana Edvige,
31 de agosto de 1943
Piazza Duomo
Milán, 11 de septiembre de 1943
Los primeros en entrar en la ciudad son los totenkopf .
Llegan a paso de marcha la tarde del 11 de septiembre.
Cuarenta hombres apenas, una exigua vanguardia de la 1.
ª división Panzer de las SS, la Leibstandarte SS Adolf Hitler, que ha sometido todas las provincias de la llanura lombarda en los días anteriores.
Desde Piacenza, se dirigen hacia Milán empuñando las armas, remontando el curso del río Lambro, adentrándose en su milenaria historia, pasando sin oposición por Porta Romana. Pero vienen de mucho más lejos.
Estos combatientes de la más renombrada división de las SS han tardado diez horas en alcanzar su nuevo objetivo, pero, en verdad, llevan diez años en marcha.
Marchan sin pausa desde marzo de mil novecientos treinta y tres, cuando se formó esta unidad como núcleo de la guardia personal de Adolf Hitler.
Para entrar en Milán, no han tenido que disparar ni un solo tiro, pero no han hecho más que disparar desde junio de mil novecientos treinta y cuatro, cuando exterminaron a sus hermanos rivales de las SA durante la Noche de los Cuchillos Largos.
Son el fruto de la más intransigente selección física y racial, veteranos de todas las batallas de este segundo conflicto bélico mundial, son profesionales de la violencia a gran escala, perros de guerra, habituales autores de masacres.
Han derramado su propia sangre y la ajena en la campaña de Polonia, en la de Francia, en la invasión de Grecia, de Yugoslavia y en el ataque a la Unión Soviética, donde lucharon en primera línea en decenas de apocalípticas carnicerías.
Allá por donde pasaban, fusilaban a miles de prisioneros indefensos, quemaban pueblos, exterminaban judíos.
Tienen aspecto de hombres ancianos ya, reservistas con rostros quemados por el sol, viejas gorras con ribetes verdes, cuerpos esqueléticos pero tenaces como cables de acero; arrastran en la noche estelas de ruidos recios, oxidados, crujidos de cruces de hierro; obedecen órdenes, cualquier orden, entre el polvo, prisioneros de una vida opaca, jalonada por actos incuestionables y repetidos; llevan seis años o seis siglos quizá vagabundeando por Europa.
No vienen de Piacenza los eternos soldados de Hitler; vienen de una era de tinieblas, de las profundidades animales de la especie humana.
Su marcha sobre Milán es la marcha del nazismo a través de la historia europea.
En su camino, se encuentran con una ciudad en ruinas.