El fin y el principio (M. 5) 1943
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El fin y el principio (M. 5)

El fin y el principio (M. 5)

Por Antonio Scurati

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1943

Jardines de Porta Venezia

El mono grita. Arquea el lomo para escupir su alien to a través de su laringe ensanchada, golpea con la lengua el hueso hioides a la altura de la cuarta vértebra cervical, lanza al cielo la blasfemia de sus nalgas lampiñas, su ano protruido, y grita a todo pulmón.

Con las mandíbulas tan desencajadas que se le entrecierran los ojos, los dientes de sable al desnudo, la cabeza echada hacia atrás en un espasmo ciego, el mono con hocico de perro grita enloquecido.

Es un grito lancinante, una sirena histérica que desgarra el cielo de nuevo silente.

El rugido de los cuatrimotores se ha desvanecido en la lejanía, el estallido de las bombas ha cesado, los humanos guardan silencio, temerosos casi de atraer la atención de los devastadores; yacen mudos, extenuados y circunspectos.

Por un breve instante, toda vida superviviente contiene la respiración.

Es una noche clara y hermosa, una tibia noche de verano, iluminada casi como si fuera de día por la luna llena, por la tenue luz de las bengalas que caen lentamente y por las llamas de las hogueras.

Una noche desfigurada por el aullido del babuino.

Hace tres días y tres noches que los bombarderos vuelan por el cielo sobre Milán, en bandadas, en oleadas sucesivas, sobre esta desgraciada metrópolis en medio de la gran llanura, perdidamente distante de todo mar, olas que nunca rompen, que jamás conocen la resaca, pero que regresan, una y otra vez, y desde las estepas del Don, desde las arenas de los desiertos africanos, desde los rápidos balcánicos del Viosa, devuelven a casa, a su agresivo epicentro, la guerra fascista.

Durante tres noches consecutivas, los Lancaster ingleses han lanzado centenares y centenares de toneladas de explosivos sobre Milán.

Todos los barrios han sido alcanzados, sin excepción, desde Vigentino hasta Ticinese, desde Lambrate hasta Porta Genova, desde los barrios burgueses hasta los suburbios populares.

Ca’ Granda, monumental sede del hospital de los Sforza, la iglesia románica de Sant’Ambrogio, la bramantina Santa Maria delle Grazie han quedado reducidas a escombros; arde el Palacio Real, arde el Teatro alla Scala, destruido por una lluvia de bombas incendiarias, una hoguera inmensa e indomable devora el Teatro Filodrammatici.

La lista de la destrucción sería larga; su registro, imponente: mil quinientos edificios arrasados, once mil gravemente dañados, quince mil afectados.

Milán y sus suburbios son un ininterrumpido panorama de ruinas.

Los caballos del Arco della Pace arrastran un carro de fuego.

Estremeciéndose hasta sus cimientos, la ciudad vibra en este intersticio de silencio, mientras el aullido del mono se posa sobre remolinos de brasas ardientes, sobre edificios esqueléticos, sobre muros derrumbados para revelar la intimidad de los hogares.

Al final, impactan también contra el zoológico de Porta Venezia.

Las fieras de la sabana o de la jungla, tras escapar por los barrotes de sus jaulas retorcidas, deambulan entre mujeres en bata que ni siquiera notan su presencia mientras escarban entre los escombros en busca de un hijo.

Como en un maligno Jardín del Edén, humanos y animales caminan codo con codo sobre la misma tierra, pisoteando juntos escombros y plaquitas de fósforo, avivando chispas y llamas al paso de sus pies o de sus patas.

Benito Mussolini ha sido arrestado, el fascismo ha caído, los angloamericanos atormentan a Italia desde el aire, preparándose para invadirla desde el mar. Pero nada de esto resuena en el aullido primigenio del simio enloquecido. La historia humana se extingue en la mirada idiota del animal.

Benito Mussolini

Isla de Ponza, 28-29 de julio de 1943

«No quiero bajar, no quiero bajar, no quiero bajar».

Se rumorea que se agarró al pasamanos de la escalerilla de a bordo, resistiéndose como un niño.

Así lo contarán durante el resto de sus vidas los marineros del faro, jurándolo y perjurándolo en los tugurios de quién sabe qué callejones.

Una cosa es cierta: el prisionero desembarcó con el traje andrajoso que llevaba cuando lo capturaron, el sombrero calado hasta los ojos y ni un miserable bulto siquiera bajo el brazo.

El equipaje del asceta, del sabio o, más acertadamente, de un hombre que, tras invocarlo durante mucho tiempo, se ha visto sorprendido por el destino.

La corbeta Persefone C40 de la Armada Real italiana fondea frente a la isla de Ponza, cerca de la aldea de Santa Maria, poco después de las nueve de la mañana. Dos horas más tarde, Benito Mussolini desembarca por el portalón del costado de poniente.

El dictador depuesto no ha dado muestras evidentes de rebelión, enfado o desdén.

Transportado a la playa por seis carabineros, se ha mostrado inerte, resignado, anciano.

Antes de ser conducido a una casa verdosa de dos plantas, apartada del pueblo y rodeada de barcos pesqueros en desguace, dio una única y persistente señal de interés por la vida: se detuvo unos instantes para contemplar el mar que da a Ventotene.

El prisionero confiesa a sus carceleros su cansancio, su único deseo de una cama donde tumbarse.

Sin embargo, es conducido a una habitación pequeña y miserable, con cuatro paredes carcomidas por el moho salobreño, amueblada únicamente con una vieja mesa de taberna, una silla de mimbre rota y una cama sin colchón.

Aun así, ni siquiera ha protestado. Intenta recostarse durante unos segundos en el somier desnudo, apoyando la cabeza en la chaqueta, enrollada a modo de almohada, luego prevalece en él el ansiado anhelo de aire y luz, mayor incluso que la aversión hacia sí mismo que siente el viejo depredador enjaulado.

Y así, cuando el Duce del fascismo reaparece en el balcón de la casa que en Ponza se conoce como «la Villa del ras Maui» por haber albergado a un notable abisinio prisionero del régimen, se encuentra con que todo el pueblo está observándolo.

Los balcones y ventanas de esa antigua aldea de pescadores, y aún más antiguo lugar de detención, están abarrotados de mujeres y hombres armados con binoculares.

La llegada del ilustre prisionero ha causado sensación, transformando la somnolencia del mediodía de la residencia costera en estadio, teatro, campo de batalla explorado por el catalejo desde lo alto de una colina.

Una vez más, por última vez quizá, Mussolini es visto, pero no ve.

El sol mediterráneo, reflejado en el mar ponciano, y la hipermetropía del dictador lo ciegan.

Sin embargo, si él también pudiera dirigir un catalejo hacia el horizonte, reconocería los rostros de muchos de los hombres que lo escudriñan pasmados.

En Ponza, en efecto, además de cientos de presos políticos de los Balcanes, han vivido segregados durante años numerosos opositores al régimen fascista.

Entre ellos se encuentran oficiales condecorados que atentaron contra el tirano en los tiempos de la toma del poder, y viejos camaradas con quienes compartió la lucha, la celda y el bautismo de sus hijos en los años aún más lejanos de los ideales socialistas.

Fue él quien los envió al confinamiento en esa roca de toba perdida en el mar Tirreno.

Ahora, por el contrario, el confinado es él.

Él es el casi difunto de cuyo fallecimiento el mundo aún no se ha hecho eco.

Suya, ahora, es esa cruz. Aún y siempre, es suyo el centro del escenario en el espectacular, furibundo, sangriento y, en última instancia, inútil drama del fascismo.

Y, sin embargo, por gigantesca que sea la sombra que el Duce caído proyecta sobre la tragedia de tres continentes, sus víctimas de ayer, sus compañeros de celda de hoy, sus verdugos de mañana ven solo a un hombre en mangas de camisa, secándose nerviosamente la frente con un pañuelo mugriento.

Y es que, a fin de cuentas, ¿qué era eso del fascismo?

¿Esa idea destinada a forjar el siglo y que se ha disuelto, en cambio, en el curso de veinticuatro horas?

¿Cómo ha sido capaz el rey, tras proclamarse su único amigo, ese hombrecillo retorcido y cobarde a quien él había regalado un imperio, ordenar su detención en el umbral de su casa?

¿Cómo han sido capaces los jerarcas, unos donnadies a quienes él les había dado todo, revocar su mandato como si fuera un administrador de comunidad?

¿Cómo ha sido capaz el pueblo, que tan plenamente se había identificado con él, de maldecir su nombre después de haberlo venerado durante veinte años al amanecer de cada mañana del mundo?

¿Y por qué no ha habido reacción alguna?

Hasta ayer había en Italia millones de fascistas afiliados al partido, cientos de miles de escuadristas en las filas de la Milicia, decenas de miles de sus pretorianos de los batallones M.

En cambio, nadie ha movido un solo dedo.

Nadie. Es un despropósito que va más allá de las leyes de la física, una acción violenta sin reacción alguna, más allá de toda lógica, una civilización que se derrumba sin hacer ruido, desmoronándose sobre sí misma con un gemido sordo, más allá de toda imaginación, una estrella que implosiona en el silencio sideral de los desiertos cósmicos.

Como es lógico, no faltaron chirridos anteriores; la formidable maquinaria del fascismo había perdido su impulso.

Los militares siempre la habían saboteado, de forma soterrada pero sistemática; la burguesía siempre la había explotado; los escuadristas, convertidos en politicastros, fueron perdiendo poco a poco toda lealtad, todo coraje; Hitler, cegado por el resplandor de la guerra, fue dejando tierra quemada a su paso, abandonándolos solos contra todos.

El rey siempre lo había engañado; el pueblo, degradado a plebe, siguió su ejemplo.