Capítulo veinte
—¿ Estás bien? —dice Joe inclinándose para besarme en los labios.
No respondo, porque no puedo; ahora mismo me cuesta incluso mirarlo, y mucho menos hablarle.
—¿Qué pasa? —me observa preocupado, con el ceño ligeramente fruncido—. No tienes buena cara.
—Un dolor de cabeza horrible —consigo decir a duras penas.
Se sienta en la silla junto a mí y me estrecha entre sus brazos.
—Oye, puedo quedarme en casa y cuidarte, ¿sabes? No hay problema.
Me frota la espalda y lucho contra el impulso de apartarlo.
—No hace falta —digo, apartándome de él y poniéndome de pie—. Voy a volver a la cama a ver si se me pasa.
—No deberías haberte levantado. Vuelve a la cama y te subo algo caliente, ¿vale?
—No, está bien. No quiero nada de beber. Solo necesito que se me pase durmiendo.
Parece confundido. Probablemente porque le estoy contestando mal, como si fuera culpa suya que esté enferma.
Es culpa suya, aunque no estoy enferma; estoy enfadada. Y asustada.
Llevo aquí abajo en la cocina desde las cinco de la mañana.
Aunque le dije a Joe que me había levantado justo antes que él, no pude dormir y no podía seguir tumbada allí, así que bajé para decidir qué voy a hacer.
Llevo tanto tiempo dándole vueltas sin llegar a ninguna parte que siento que la cabeza me va a explotar.
Mis pensamientos van de decirme que deje de ser tan ridícula como para siquiera pensar que Joe tuvo algo que ver con el secuestro, a estar convencida al minuto siguiente de que debe de haber estado detrás de todo, porque ¿qué otra explicación hay?
Debería preguntárselo para que pueda decirme que me equivoco, pero ya no estoy segura de poder confiar en él. Diga lo que diga, ¿le creería?
—¿Beth?
—Estoy bien, de verdad, solo necesito volver a la cama.
Esta vez incluso consigo sonreír al decirlo. Te mereces un Óscar, me dice mi cerebro, porque ahora mismo quiero gritarle; darle puñetazos hasta que me diga qué demonios está pasando.
—¿Segura?
—Sí.
Le hago un gesto de despedida con la mano y me dirijo rápidamente al recibidor para subir las escaleras, temiendo que adivine que me pasa algo mucho más grave que un dolor de cabeza.
—¿Segura que no quieres que me quede en casa? —grita desde el pie de las escaleras.
—No. Vete a trabajar —digo sin darme la vuelta—. No tiene sentido que te quedes en casa. Estaré en la cama.
—Te llamaré luego. ¿Para ver cómo estás?
—Mándame un mensaje —grito mientras camino como un robot hacia nuestro dormitorio—. Por si estoy dormida.
Me dejo caer en la cama y cierro los ojos.
Cuando oigo cerrarse la puerta principal, me levanto de inmediato y voy a la ventana del dormitorio, aparto la cortina y observo cómo Joe sale marcha atrás por el camino de entrada.
Baja por la calle y se incorpora a la carretera principal, y cuando desaparece de mi vista, voy al baño.
Me quito el pijama, entro en la ducha y me quedo allí hasta que el agua sale fría, obligándome a aguantar bajo el chorro helado hasta que no puedo más.
Cuando termino de vestirme, ya he formulado un plan, más o menos.
El primer paso es comprobar con el hotel si Joe reservó el fin de semana para nosotros.
Podría haber borrado los correos electrónicos y pagado de otra forma, sin usar la tarjeta de crédito.
Estoy bastante segura de que dijo que el hotel se llamaba The Swanhope, así que será fácil encontrar su número buscando en internet.
Que no encontrara ningún correo ni ningún cargo en la tarjeta no significa que sea culpable.
¿Culpable de qué, Beth?
De retenerme para pedir un rescate. Porque, por increíble que parezca, esa parece la única explicación si no reservó ese fin de semana: significaría que sabía que nunca llegaríamos al hotel.
Pero no me he permitido pensar más allá, porque no puedo soportar creer de verdad que Joe me haya traicionado.
Tiene que haber una explicación de por qué no hay ningún registro de la reserva. Solo necesito encontrarla.
Imágenes de ese fin de semana me asaltan una y otra vez: el cuerpo maltratado de Joe, su cara magullada, su diente astillado, cómo lo arrastraron sin miramientos y lo tiraron en la parte trasera de la camioneta mientras yo observaba desde la ventana.
Era evidente que lo habían golpeado, y no había nada falso en sus heridas.
Sí, pero tenían que hacer que pareciera real, ¿no?
No solo parecía real; era real, y también lo era la ira de Joe contra ellos cuando me llevaron a verlo a la nave industrial. Eso no lo estaba fingiendo, desde luego.
Así que quizá me estoy volviendo loca.
Es posible, porque siento como si lo estuviera.
Hubo muchas personas involucradas en lo que pasó ese fin de semana.
Evan y Mick, y quién sabe cuántos más en la nave industrial.
¿De verdad creo que Joe organizó a una banda de hombres para retenerme como rehén y hacer que papá pagara el rescate?
¿Cómo iba siquiera a hacer algo así? Joe es contable, no un genio del crimen.
Estoy bastante segura de que, como yo, no tendría ni idea de por dónde empezar.
No sé qué creer. Me invade una necesidad repentina de coger el teléfono y hablar con papá. Él sabría qué hacer; lo arreglaría todo y averiguaría qué está pasando. Haría que todo volviera a estar bien.
Pero ¿y si me equivoco? ¿Y si hay una explicación perfectamente inocente para todo? ¿Y si estoy exagerando y dejándome llevar por el pánico, igual que cuando estaba atrapada en el coche y empecé a gritar?
Es posible.
Qué desleal sería ir a espaldas de Joe y pedirle a papá que lo investigara.
Si Joe se enterara, nunca me lo perdonaría, y no podría culparlo.
Involucrar a papá ahora le demostraría que no confío en Joe y que me equivoqué al casarme con él sin hablar antes con papá.
Papá nunca me ha perdonado del todo por no decirle que teníamos intención de casarnos.
Por sorprenderlo con mi matrimonio, como él lo expresó.
Se sintió herido, dijo que eso implicaba que no confiaba en él.
No andaba muy desencaminado; una de las razones por las que Joe y yo mantuvimos nuestra boda en secreto fue porque sabía que si se lo decía a papá, se habría apoderado de nuestra boda con la excusa de asegurarse de que yo estaba bien.
Me habría obligado a firmar un acuerdo prenupcial, habría investigado los antecedentes de Joe y lo habría interrogado sin descanso.
Yo habría quedado en medio de los dos y quería evitarlo.
No, tengo que estar segura antes de hablar con papá; hacer todo lo posible para descubrir la verdad sobre ese fin de semana.
En cuanto llame al hotel para ver si Joe nos reservó una habitación, la decisión quedará tomada.
Si la reservó, se acabaron mis estúpidas sospechas y podré pasarme el resto de la vida odiándome por haber dudado de Joe.
Mi teléfono suena, rompiendo el silencio de la habitación y el barullo de mi cabeza. Lo cojo y veo el nombre de Joe en la pantalla. No contesto; me quedo mirándolo hasta que deja de sonar.
Ahora no, Joe, ahora no puedo hablar contigo.
Porque tengo cosas que hacer.
✽✽✽
—Solo necesito una copia de la reserva, porque voy a presentar una reclamación al seguro de viaje. No pudimos viajar por culpa de la nieve, ¿sabe?
—Entonces, ¿era para dos noches el fin de semana del veintiocho de enero?
—Sí —miento—. Pero como le expliqué a su compañero, necesito un recibo para la reclamación y he perdido el correo electrónico.
—Un momento, por favor. —Su voz da paso a música clásica y suspiro con impaciencia.
Ya he contado la misma mentira dos veces: una al hombre que contestó el teléfono y otra a Phoebe, su supervisora, con quien me pasó.
Él parecía preocupado por si estaba pidiendo un reembolso, pero me he esforzado en dejarle claro a Phoebe que no es el caso.
La música se corta y ella vuelve al teléfono.
—¿Puede confirmarme su nombre de nuevo, por favor?
—Beth Coburn, pero la reserva podría estar a nombre de mi marido, Joseph.
—Un momento, por favor. —La música vuelve a sonar y de repente me invade la esperanza.
Si no hubiera ninguna reserva, ya me lo habría dicho, ¿no?
Quizás Joe usó otra tarjeta, la del banco, tal vez, porque nunca la comprobé.
¿Me habré montado toda esta angustia y estas sospechas cuando, si simplemente hubiera revisado su cuenta bancaria, podría haberme ahorrado todo esto?
—¿Señora Coburn? —Ha vuelto.
—¿Sí?
—He comprobado esas fechas, pero me temo que no encuentro nada a su nombre ni al de su marido. ¿Es posible que nos haya confundido con otro hotel?
—Oh, estaba segura de que era con ustedes, pero quizás me haya equivocado. Lo comprobaré con mi marido.
—Sí, eso…
Sigue hablando cuando cuelgo.
¿Podría haberme equivocado de hotel?
No.
Era The Stanhope. Además, no hay otros hoteles con un nombre parecido en los Cotswolds porque ya lo he comprobado. Joe le mencionó el nombre varias veces a Evan, y se me quedó grabado.
¿Hizo Joe la reserva con otro nombre? ¿Es posible?
No seas estúpida. ¿Por qué demonios iba a hacer eso? No lo haría; me estoy agarrando a un clavo ardiendo porque no quiero aceptar la verdad.
Joe mintió.
Es hora de llamar a papá o de enfrentarme a Joe; preguntarle, ver qué tiene que decir.
Pero antes de hacer ninguna de las dos cosas, echaré un último vistazo a su ordenador. Es una táctica dilatoria, lo sé, pero voy a seguir adelante porque cuando me enfrente a Joe y se lo cuente a papá, estaré destruyendo mi matrimonio.
¿Acaso no está ya destruido? Joe no solo ha mentido, ha hecho algo infinitamente peor.
Estuvo involucrado en lo que pasó ese fin de semana.
Mi teléfono pita y lo miro: un mensaje de Joe. Ya me ha enviado varios y no me había dado cuenta. No lo abro, lo ignoro, porque necesito averiguar qué está pasando antes de poder responder.
Voy al despacho, me siento ante el escritorio de Joe y enciendo su ordenador. ¿Qué estoy buscando?
Algo que me demuestre que no me ha traicionado, pero no tengo ni idea de qué podría ser.
Quizás me equivoqué con el nombre del hotel; podría haber sido otro hotel y Joe pagó la factura con su tarjeta de débito.
Tal vez el nombre no se parece en nada a The Stanhope y lo he recordado mal.
Navego hasta el marcador de su cuenta bancaria y uso los datos del bloc de notas de su escritorio para iniciar sesión.
Reviso las transacciones, retrocediendo varios meses.
Cuando cierro sesión, tengo el estómago revuelto.
No hay nada.
Estoy a punto de cerrar la pantalla cuando veo otro marcador de un banco diferente que no había notado antes: un banco en línea en el que ni Joe ni yo tenemos cuenta.
¿Por qué tendría un marcador de esa cuenta bancaria?
¿Ha abierto una cuenta nueva sin que yo lo sepa?
Es posible; no necesita mi permiso para abrir una cuenta, aunque me sorprende que no me lo haya dicho.
De repente me invade la esperanza: me he equivocado de hotel y pagó con su nueva cuenta.
Así de simple. Cojo su bloc de notas con las contraseñas y las repaso, pero, para mi frustración, no hay ninguna entrada para esa cuenta.
Vuelvo a comprobar y, al pasar la página, ahí está, escrita en la parte superior de la hoja siguiente.
Hago clic en el marcador y tecleo rápidamente los datos en la pantalla de inicio de sesión.
Cuenta no encontrada.
Me invade la decepción. Quizás lo escribí mal.
Más despacio, Beth, inténtalo de nuevo y no lo estropees bloqueándote el acceso a su cuenta.
Me concentro y, comprobando cada pulsación, escribo con cuidado el nombre de usuario y la contraseña.
Esta vez, la pantalla parpadea un segundo y luego se carga.
La cuenta está a nombre de Joe. No hay duda.
Con los dedos suspendidos sobre el teclado, me siento mareada, como si flotara fuera de mi cuerpo mientras miro fijamente los datos en la pantalla.
Todavía estoy intentando entender lo que veo cuando oigo abrirse la puerta principal, seguida de los pasos de Joe en el pasillo.
Caigo en que no cerré la puerta del despacho y me verá aquí.
—Beth —me llama al verme, ajeno a lo que he descubierto—. He venido a casa a ver si estás bien, pero está claro que te encuentras mejor.
No me doy la vuelta al oír su voz; me quedo paralizada, con la mirada fija en la pantalla.
—¿Te encuentras mejor ahora? ¿Por qué no me avisaste?
Estaba empezando a preocuparme —dice a mi espalda.
Siento su mano en mi hombro y, al girarme para mirarlo, desearía poder retroceder en el tiempo, que nada de esto hubiera sucedido, que todo desapareciera.
Si nunca hubiera recibido aquel mensaje anónimo, ¿habría llegado a dudar de él?
No, no lo habría hecho.
—¿Qué haces en mi ordenador? —pregunta confundido—. ¿Se te ha estropeado el portátil?
—No —respondo con la voz quebrada, un nudo doloroso en la garganta.
Frunce el ceño, confuso.
—¿Qué pasa?
No puedo hablar, pero cuando Joe abre la boca para preguntarme de nuevo, por fin consigo articular palabra.
—Mira la pantalla, Joe —digo—. Y dime por qué tienes una cuenta bancaria secreta con un millón de libras.