Capítulo diecinueve #2
Así que nos casamos unas semanas después en un registro civil, solo nosotros dos, con un par de desconocidos de la calle como testigos.
Esa noche llamó a su padre y le dijo que se había casado.
Él se sorprendió, pero lo aceptó porque no le quedaba otra.
Yo sabía que haría cualquier cosa por ella y que la antepondría a todo, a pesar de lo que sintiera.
Lo hecho, hecho estaba, y nada de lo que dijera iba a cambiarlo, así que lo aceptó.
O eso parecía, al menos.
Beth nunca supo la verdadera razón por la que no quería la gran boda ostentosa que su padre habría pagado encantado: sabía que él se entrometería y le impediría casarse conmigo.
Porque había estado investigando a James Winters y sabía que no sería tan confiado como Beth.
Es muy rico, y los ricos protegen su fortuna con celo; querría saberlo todo sobre el hombre que decía amar a su hija, y aunque yo no había hecho nada malo, le había mentido a Beth sobre mi familia.
Él podría descubrir esa mentira fácilmente si se tomaba la molestia de indagar, y eso no me convenía; me interesaba que Beth creyera que estaban muertos, porque para mí lo están.
Temía que expusiera mis mentiras y la disuadiera de casarse conmigo, que sembrara la duda, y tenía que evitarlo.
Sí, aún podría hacerlo después de casarnos, pero estaría arriesgándose, ¿no?
Porque Beth es leal hasta la médula. Una vez casados, tendría que andarse con cuidado para no alejarla.
Pero si lo hacía, yo tenía preparada una historia: un relato de abusos en la infancia, abandono, un pasado tan traumático que cualquiera querría olvidar, y para entonces ya estaríamos casados.
Puede que James Winters no sea una celebridad en toda regla, pero aun así aparece con frecuencia en los medios, incluso sin Beth o Lizzi a su lado.
Durante un par de años siempre hubo revuelo a su alrededor cuando Lizzi lo acompañaba, porque nada atrae tanto la atención mediática como una mujer guapa.
La prensa siempre anda hambrienta de historias, y James Winters tiene una trayectoria fascinante que se repite con cada aparición, a menudo acompañada de fotos de su difunta y hermosa esposa.
Es el magnate millonario que nunca volvió a casarse tras la muerte prematura de su mujer.
A los sesenta y cinco años, es una figura imponente, sigue siendo guapo, con un encanto natural y un rostro que inspira confianza.
Ofrece servicios de seguridad de alto nivel a estrellas del pop y a clientes aún más ricos que él, y parte de ese glamur se le ha pegado.
Pero a pesar de ser millonario, descubrí que viene de un entorno humilde muy parecido al mío; es un hombre que se ha hecho a sí mismo de verdad.
Es ante todo un hombre de negocios; protegería a su hija y su dinero con uñas y dientes, así que era mejor que se enterara de nuestra boda cuando ya estuviera hecho y no pudiera hacer nada por cambiarlo.
Porque sabía que si se lo hubiéramos dicho antes, me habría obligado a firmar un acuerdo prenupcial.
Y eso no podía permitirlo.
✽✽✽
James Winters me odió nada más verme, tal como me temía. Aunque no lo demostró.
Fue educado conmigo, glacialmente educado, pero su insistencia en llamarme Joseph cuando le había pedido que me llamara Joe era su forma de chincharme. Al principio lo aguanté, fingí no darme cuenta y desplegué todo mi encanto.
No funcionó.
Sé que me investigó, no porque me lo dijera, sino porque dejaba caer comentarios sobre mis orígenes, me preguntaba por mis padres y luego me miraba fijamente, sin parpadear, cuando yo repetía la mentira de que estaban muertos.
Todo muy hábilmente calculado para que Beth no se diera cuenta, pero en cuanto ella salía de la habitación, volvía a interrogarme: que dónde había estudiado, que en qué universidad, que si no me habría gustado tener hermanos en vez de ser hijo único, y se callaba en cuanto Beth volvía.
Me estaba dejando claro que sabía que no lo había engañado ni por un momento.
Así que dejé de intentar ganármelo, porque nunca iba a conseguirlo. Me decepcionó, eso sí, porque en los medios siempre va pregonando que es un hombre hecho a sí mismo, que viene de la nada, y sin embargo a mí me trata como a un cazafortunas. Ni un ápice de solidaridad entre iguales, nada.
Así que lo llamo «tío» siempre que puedo, solo para irritarlo, porque sé que lo odia. Es mezquino, lo sé, pero me hace gracia ver cómo se mosquea.
Eso sí, nos compró una casa como regalo de bodas.
Nada demasiado ostentoso: un chalet de cuatro dormitorios que nunca habríamos podido permitirnos con nuestros sueldos.
Se ofreció a comprarnos algo mucho más grande, pero Beth se negó; dijo que con cuatro dormitorios bastaba, e insistió en que vendiéramos nuestros pisos y metiéramos el dinero en la casa.
Eso me fastidió un poco, la verdad. Podría haber alquilado mi piso por una buena suma al mes, pero Beth tiene esa manía suya de ser «normal» y no vivir del dinero de su padre.
Creo que fue entonces cuando me di cuenta de que iba en serio, porque hasta ese momento había dado por hecho que, después de un tiempo viviendo con normalidad, se le pasaría el capricho y podríamos disfrutar del nivel de vida que el dinero de su padre podía darnos.
Pensé que cambiaría una vez casados, que dejaría que él nos ayudara, pero se mantuvo en sus trece.
No necesitábamos el dinero de su padre, dijo, porque éramos perfectamente felices sin él.
Lo cual era cierto, pero yo sería muchísimo más feliz con un montón de dinero.
Pero Beth no aceptaba, ni aceptará, nada más de él.
Tuve que emplear todas mis dotes de persuasión para que aceptara usar su villa de lujo en España para unas vacaciones.
No quería ir de ninguna manera; decía que había pasado todos los veranos de su infancia en esa casa y estaba harta de ella.
Solo cedió cuando le dije lo afortunada que era por haber tenido vacaciones todos los años, porque yo de niño nunca había ido a ningún sitio.
Así que nuestras vidas siguieron su curso normal y tuve que aceptar que no iba a aceptar nada de su padre.
Dejamos de hablar del tema porque no quería que pensara que era importante para mí, aunque lo era.
E intenté no pensar en ello, porque cuando lo hacía me enfadaba bastante: ella no había carecido de nada en toda su vida y a mí prácticamente me había criado la calle.
No voy a mentir, me escocía su negativa a aceptar el dinero cuando había tanto de sobra.
Así que canalicé esa rabia en el gimnasio; la usé para conseguir una tableta de chocolate, machacando el saco de boxeo como si fuera la cara de James Winters.
Ni siquiera les conté a mis colegas quién era Beth en realidad, porque ella no quería que nadie supiera lo rico que era su padre.
Eso era lo otro: mantenerlo en secreto me sacaba de quicio, porque el dinero no es nada de lo que avergonzarse, ¿no?
Es algo bueno.
Así que, aunque en la superficie todo entre Beth y yo iba bien, por debajo se iba pudriendo.
Y un día se lo solté todo a Cole, mi colega del gimnasio.
Cole era unos años mayor que yo, seguro de sí mismo pero sin ser arrogante, con una sonrisa fácil que hacía que conversar con él fuera coser y cantar.
Habíamos empezado con saludos de cabeza entre series, luego charlando de entrenamientos, y cuando quise darme cuenta ya nos ayudábamos en el press de banca, intercambiábamos consejos y nos habíamos hecho buenos amigos.
Una noche, mientras hacíamos estiramientos después de una sesión dura, me encontré hablando de algo más que de ejercicio.
No pretendía abrirme sobre Beth y su padre, pero una cosa llevó a la otra y, antes de darme cuenta, se lo había contado todo a Cole.
Me escuchó sin interrumpir y, cuando terminé, me dijo que lo que sentía era perfectamente normal.
Y como no pertenece a nuestro círculo de amigos, no me sentí desleal al contárselo, aunque no había sido mi intención, porque ni siquiera conocía a Beth.
Resulta que trabaja de terapeuta, así que ni siquiera sentí que estuviera traicionando la confianza de Beth al contárselo a alguien, porque los terapeutas son como los curas, ¿no?
No van por ahí contando tus secretos, e incluso si Cole no fuera terapeuta, sabía que no lo repetiría porque era mi colega.
Me sentí mucho mejor al poder desahogarme sobre cómo me sentía de verdad en lugar de fingir que me parecía bien la actitud de Beth con el dinero.
Cole pilló perfectamente lo que le decía y me dijo que no debía sentirme culpable por hablar de mis sentimientos.
A partir de entonces, charlábamos a menudo del tema, aunque yo había perdido la esperanza de que Beth cambiara de opinión sobre aceptar dinero de su padre; pero me decía que no importaba, porque la quería.
Hablábamos de otras cosas también, pero de algún modo siempre acabábamos volviendo a Beth.
Justo después de volver de España, cuando Beth se rompió la pierna, le confesé a Cole que creía que Beth me culpaba del accidente, porque ella no había querido ir a la villa de su padre.
Nunca dijo que fuera culpa mía, pero yo sabía que lo pensaba.
Lo notaba. No entendía a qué venía tanto problema: si tu padre tiene una villa de lujo vacía, ¿por qué no ibas a usarla?
Se lo dije a Cole y él se quedó callado, así que pensé que debía cerrar el pico y dejar de dar la tabarra, porque estaba claro que estaba hasta las narices de tanto quejido.
Me disculpé y le dije que debía de estar harto de oírme hablar del padre de Beth y del dinero, pero él me dijo que no, qué va, pero que tenía que ser honesto conmigo mismo; que engañarme sobre la negativa de Beth a aceptar el dinero de su padre no me estaba ayudando.
Le respondí que daba igual si era honesto conmigo mismo o no: Beth jamás iba a cambiar de opinión, y punto.
Pero sus palabras me hicieron reflexionar sobre cómo me sentía de verdad, y al final admití que estaba cabreado porque no podía entender el razonamiento de Beth.
Cole me miró entonces, como si estuviera sopesando algo, así que le pregunté qué pasaba.
Me dijo que, si de verdad quería que tuviéramos parte del dinero de su padre, él podía ayudar.
Me eché a reír y le pregunté que cómo. ¿Iba a hablar con Beth y convencerla de que viera las cosas desde mi punto de vista?
No se rio, sino que me miró muy serio y me dijo que tenía que tomar una decisión: si quería su ayuda, solo tenía que pedirla, pero una vez que lo hiciera, ya no habría marcha atrás.
Intrigado, le dije que claro que quería su ayuda, convencido de que no había nada que pudiera hacer.
—¿Estás seguro? —preguntó—. Porque una vez que esto empiece, no hay vuelta atrás.
—Estoy seguro —respondí, convencido de que no podría ayudarme de ninguna manera.
Y eso fue todo. Estaba hecho.
Lo que casi nos mata a Beth y a mí.