Capítulo diecinueve
Joe
S abía quién era Beth cuando empezó a trabajar de temporal en Torrington's.
Aunque Beth no lo sabe.
CeCe, de Recursos Humanos, me lo contó antes de que Beth empezara a trabajar, pero tuve que guardar el secreto porque si se descubría, esa filtración le habría costado el puesto a CeCe.
Estuvimos saliendo un tiempo, CeCe y yo, una relación de amigos con derecho , y me contó muchas cosas que no debería haberme contado.
Ya no trabaja en Torrington's porque al final su lengua suelta le costó el empleo.
En Recursos Humanos no quieren que se filtren detalles de salarios y bonificaciones porque causa malestar, y cuando alguien les dijo que CeCe iba soltando información como si no hubiera un mañana, no tardaron nada en investigar y descubrir que había incumplido su contrato un millón de veces.
La echaron en un abrir y cerrar de ojos.
Ni siquiera le dejaron vaciar su escritorio; un guardia de seguridad la acompañó hasta la puerta.
Ese alguien que denunció anónimamente a CeCe fui yo, pero no me siento culpable porque ella debería haberse callado, ¿no? Además, tenía que irse porque no quería que fuera contándole a toda la plantilla quién era realmente Beth y me lo arruinara todo.
Así que mientras Beth pensaba que estaba empezando una nueva vida de incógnito, la realidad era que yo sabía perfectamente quién era, o más bien, quién había sido, pero a diferencia de CeCe, yo mantuve la boca cerrada.
Por desgracia para Beth, CeCe es muy fan de las revistas del corazón y aunque Beth está muy diferente de cuando era Lizzi —morena ahora en lugar de rubia; más natural y más guapa, sin maquillaje porque no necesita todas esas cosas postizas—, a CeCe le dio la impresión de que la conocía de algo.
Beth tenía un pasaporte nuevo con su nuevo nombre porque lo había cambiado legalmente, pero CeCe no se quedó ahí.
Investigó un poco y cotejó su fecha y lugar de nacimiento, porque esas cosas no se pueden falsificar cuando buscas trabajo.
El hecho de que Beth usara su segundo nombre y el apellido de soltera de su difunta madre se lo confirmó todo a CeCe, porque eran datos fáciles de verificar y encajaban con sus sospechas.
Lo que significa que supe lo rico que era su padre desde el principio.
Pero no es por eso por lo que me lié con Beth. Qué va. Me habría enamorado de ella aunque fuera pobre, porque ¿cómo no iba a hacerlo? Es preciosa, amable, divertida y dulce, nada consentida. Perfecta, vamos.
Pero no voy a mentir. Que su padre fuera rico no me echó para atrás.
Solo la gente rica piensa que el dinero no da la felicidad, y eso es porque nunca han tenido que pasar necesidad.
Yo sé muy bien que no es así. Beth nunca ha tenido que prescindir de nada.
Fue a un colegio privado, creció con vacaciones caras y nunca le faltó de nada.
No sabe lo que es estar sin blanca, llevar ropa barata o heredada y gastada, ir al colegio con zapatos de segunda mano.
No tiene ni idea de lo que se siente cuando la gente te mira por encima del hombro porque vives en un barrio chungo y te comes las haches.
Lo sé porque vengo de un entorno pobre y he tenido que usar mi físico y mis habilidades para salir a rastras de un barrio marginal de mierda.
La gente con dinero cree que todo el mundo tiene las mismas oportunidades si te esfuerzas lo suficiente, pero los que somos como yo conocemos la verdad: no es así.
La educación en un colegio privado abre puertas que un instituto público jamás abrirá.
El enchufismo sigue muy vivo, aunque nadie quiera admitirlo.
Sé lo difícil que es romper el ciclo de vivir de las ayudas.
La pobreza agota. Te desgasta y no hay esperanza de un futuro mejor cuando lo único que haces es sobrevivir con apenas lo justo para poner comida en la mesa.
Para una persona pobre, la ambición es llegar a fin de mes con unas cuantas libras en el bolsillo.
Nunca quise vivir así.
He borrado mi pasado; me quité el acento de mi infancia y adopté una forma de hablar que hace que la gente dé por hecho que soy de clase media. Visto bien y tengo una carrera; fui el primero de mi familia en ir a la universidad. Me labré un futuro.
Nunca volví a casa después de mi primer trimestre en la universidad; cuando no estaba estudiando, trabajaba en un par de empleos a tiempo parcial, y no tenía tiempo para la familia.
¿Era cruel por mi parte? Puede ser, pero tenía que liberarme y empezar de cero.
Me había matado a estudiar para sacar buenas notas y llegar a la universidad, y sufrí acoso de mis compañeros de clase por ser un empollón, porque a sus ojos eso era lo que era: un bicho raro por querer superarme.
De pequeño tuve pocos amigos, pero no me importaba porque también los dejaría atrás cuando empezara mi nueva vida.
Cuando me gradué, no invité a mis padres a verme recoger el título.
Para entonces ya habían dejado de intentar ponerse en contacto conmigo, demasiado ocupados con el comportamiento descontrolado de mi hermano mayor y su inminente condena de cárcel por conducir borracho.
Tenían cosas más importantes que hacer que ir detrás de mí mientras yo los ignoraba con obstinación.
Aunque me sentí un poco triste durante la ceremonia al ver a los orgullosos padres de todos los demás, me consolé pensando que aquello eran solo unas horas de un día.
¿Qué más daba si tenía el resto de mi vida por delante?
No tenía sentido pensar en lo orgullosos que estaban mis padres de que hubiera ido a la universidad, el primer miembro de nuestra familia en hacerlo, el único miembro de nuestra familia en hacerlo, porque eso era el pasado; ahora tenía un futuro de verdad.
Mis padres no vinieron a nuestra boda porque le dije a Beth que estaban muertos.
Le dije que mi padre murió cuando yo era adolescente y mi madre de cáncer unos años antes de conocernos.
¿Es eso impactante? ¿Que negara su existencia?
¿Que la verdadera razón por la que los aparté de mi vida fuera que me avergüenzo de ellos: de su ropa barata, de que mi padre fume como un carretero, del pelo teñido en casa de mi madre, de cómo hablan?
¿Que tuviera miedo de que se aprovecharan de mí, me pidieran dinero, esperaran que los ayudara?
No; era mejor así, para mí y para ellos y para mis dos hermanos.
Nunca fuimos una familia unida; incluso de niños, los hermanos nos peleábamos por llamar la atención y por el poco dinero que había en casa.
Yo, el mediano de los tres, siempre era el blanco de los otros dos por ser diferente, por tener ideas estúpidas sobre superarme.
Me mudé a muchos kilómetros de mi ciudad natal y nadie de mi familia sabe en qué ciudad vivo, y mucho menos mi dirección, porque no quiero que me encuentren.
No es que vayan a buscarme.
No los necesitaba; tenía todo lo que necesitaba. Tenía a Beth.
Ella lo es todo para mí y supe a los pocos días de conocerla que estaríamos juntos para siempre, porque somos almas gemelas.
Se mostró evasiva con su pasado y nunca la presioné para que me contara más porque, por supuesto, ya lo sabía.
Me contó que su anterior pareja le había sido infiel y lo difícil que le resultaba volver a confiar en alguien.
Le dije entonces que yo nunca le haría eso, que ella era la única mujer de mi vida y que esperaba el mismo compromiso por su parte.
Y entonces le pedí que se casara conmigo.
Se quedó de piedra; era demasiado pronto, dijo, porque solo llevábamos juntos unos meses, pero se notaba que no lo decía en serio.
Le pregunté qué importaba el tiempo. Cuando lo sabes, lo sabes.
Ella sentía lo mismo que yo; nos queríamos, así que ¿por qué esperar?
, le pregunté. Yo tenía mi propio piso, ella podía venirse a vivir conmigo y más adelante podríamos venderlo y mudarnos a un sitio más grande, formar una familia.
Cuando vaciló, me disculpé, le dije que era demasiado pronto, que no debería habérselo preguntado y que sentía mucho haberla puesto en esa situación.
Le supliqué que no me dejara.
Se rio y dijo que tenía algo que contarme, y que después podría volver a preguntarle.
Si aún quería.
Entonces me habló de su padre y su dinero, y de su vida anterior como «Lizzi».
Fingí sorprenderme, incluso me reí y le dije que no la creía.
Me enseñó fotos de su aspecto de antes y se lo tragó por completo cuando negué con la cabeza incrédulo.
Me contó que quería una vida real, sin que nadie supiera quién era, porque en cuanto la gente se enteraba, te trataban de otra manera. Dijo que el dinero no le importaba.
Me quedé callado mientras me lo contaba, y cuando terminó, se disculpó por haberme mentido. Me sentí como una mierda, porque el mentiroso era yo, no ella, pero me tragué la vergüenza, me arrodillé y le pedí que se casara conmigo.
Y dijo que sí.
Fue idea mía casarnos en un registro civil, no decírselo a nadie, pero si de verdad quería una boda por todo lo alto, podíamos esperar mientras yo ahorraba para pagarla.
No quería eso, le dije, porque retrasaría el momento de estar juntos de verdad, y a mi modo de ver, el banquete sería para los demás, no para nosotros.
Lo único que quiero eres tú, Beth , le dije.
Al principio se quedó atónita de que yo pensara pagar la boda, pero conforme iba asimilando lo que le había dicho, su sorpresa se convirtió en alegría, porque lo que acababa de contarme no había cambiado nada: yo seguía queriéndola a ella, no el dinero de su padre.