El fin de semana perfecto Capítulo dieciocho
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Capítulo dieciocho

—¿ Por qué te has levantado tan temprano? No tienes que ir a trabajar. Deberías aprovechar y quedarte remoloneando en la cama.

Joe desliza dos tazas de café sobre la mesa.

—Necesito ponerme en marcha y buscar trabajo.

—Bueno, no hay prisa, pero si es lo que quieres, adelante. ¿Tostadas?

—Para mí no, ya comeré algo luego —miento. Ahora mismo, la sola idea de comer es impensable. He vuelto a perder el apetito por completo y solo pensar en la lasaña de ayer me da ganas de vomitar.

Mientras observo a Joe moverse por la cocina, me siento casi desconectada de la realidad, como si estuviera viendo una película, evaluando a un actor.

Joe es guapo, eso es innegable. Tiene rasgos clásicos, piel siempre impecable y ligeramente bronceada, y un cabello espeso y ondulado.

Alto y delgado, finge ser un contable empollón, pero nada más lejos de la realidad; sus sesiones regulares en el gimnasio lo mantienen tonificado y en forma, y nunca ha sido de los que se exceden, excepto, de vez en cuando, con el alcohol.

Ha aumentado sus sesiones de gimnasio en los últimos meses; dice que tiene que esforzarse más porque su trabajo es sedentario y no quiere acabar fofo y con sobrepeso.

¿Habrá conocido a alguien en el gimnasio?

¿Le habrá tirado los tejos alguna mujer con un cuerpo esculpido a base de gimnasio?

¿Estará harto de verme cojear y ser tan negativa y se ha estado divirtiendo con otra?

¿O quizá ha conocido a alguien en el trabajo?

Hay muchas mujeres atractivas en Torrington's.

Cuando nos conocimos, no podía creer la suerte que tenía de que siguiera soltero; de que no lo hubieran cazado ya, porque es guapísimo, eso es innegable.

Cuando empezamos a salir, me sentía tan bien a su lado, como si fuera la elegida, porque era un tipo popular que ya había quedado con varias compañeras de trabajo.

Podría haber elegido a cualquiera de las mujeres disponibles de allí, pero me eligió a mí.

—¿Qué te parece? —Joe me mira desde el otro lado de la mesa.

—Perdona, estaba en las nubes. —Consigo esbozar una sonrisa.

—Espero que no estés dándole vueltas a las cosas.

Su comentario me pilla desprevenida por un momento. ¿Sabrá de algún modo lo que estoy pensando, de qué sospecho? Pero entonces caigo en que, claro, está hablando de «aquel fin de semana», no del mensaje de texto.

—No, qué va. Solo estaba pensando en la búsqueda de empleo, eso es todo. Dándole vueltas a cómo enfocarlo. Lo normal. Por cierto, ¿qué me parece el qué?

—¿Quedar para cenar el fin de semana con Tom y Zari?

La semana que viene es el cumpleaños de Tom y sé que querrá celebrarlo, pero estará esperando a que nosotros demos el primer paso.

¿El viernes o el sábado por la noche? Ya sabes cómo se pone si alguien se olvida de su cumpleaños.

Había pensado en proponer ese restaurante chino nuevo, dicen que se come muy bien.

—Buena idea. Deberíamos reservar mesa antes de que se llene.

—Le mando un mensaje. A ver si están libres. —Joe se levanta, va hacia el lavavajillas, lo abre y mete el plato y la taza.

El marido perfecto. ¿Haría eso si me estuviera poniendo los cuernos?

Podría , dice la voz desagradable, para aliviar su culpa. ¿Te ha comprado flores también? ¿Se ha mostrado especialmente atento?

—Nos vemos esta noche. —Se inclina y me da un beso en la mejilla—. No te pases con la búsqueda de empleo.

Me río.

—Eso no va a pasar.

Cuando oigo cerrarse la puerta principal, me levanto y voy al salón para ver cómo su coche sale del camino de entrada antes de ir al recibidor y echar el cerrojo.

Porque eso es lo que hago ahora: echo los cerrojos.

Pero hoy no lo hago solo porque me obsesione la idea de que ellos puedan entrar, hay otra razón.

No quiero que Joe pueda entrar en casa sin que me entere, por si vuelve antes del trabajo.

Es poco probable; nunca vuelve una vez que se ha marchado, pero siempre hay una primera vez, y no quiero que sea hoy.

Porque tengo cosas que hacer de las que no puede enterarse jamás.

Cruzo el recibidor hacia el estudio, la habitación que Joe y yo usamos como despacho.

Mi portátil está allí, y también el ordenador de Joe, colocado sobre la mesa de trabajo que recorre toda la pared bajo la ventana.

Tiene todo lo que necesita un despacho en casa: una impresora, dos sillas giratorias de lujo, dos archivadores y una radio que rara vez se enciende.

Ninguno de los dos lo usa mucho; yo porque he estado haciendo trabajos temporales, que no ofrecen la opción de teletrabajar, y Joe porque siempre ha preferido ir a la oficina.

Joe cree que si trabajas desde casa te pierdes demasiadas cosas.

Esas cosas que no son propiamente trabajo pero que son cruciales para ascender: los tejemanejes de oficina y las intrigas que te dejan fuera de juego si te quedas encerrado en casa.

O quizá hay otros alicientes que desconozco y que tientan a Joe a ir todos los días.

Cállate.

La puerta del estudio está cerrada y me quedo mirando los dedos apoyados en el pomo. En cuanto abra esta puerta, no habrá vuelta atrás. Estaré admitiéndome a mí misma que creo a Joe capaz de engañarme.

Porque voy a abrir sus correos y revisarlos.

¿Qué busco exactamente? No estoy segura, pero algo que demuestre su inocencia o su culpabilidad.

¿De verdad voy a hacer esto?

Sí, voy a hacerlo. Bajo el pomo, abro la puerta y entro, cerrándola tras de mí. Revisa sus correos y acaba con esto de una vez, Beth, y así saldrás de dudas.

Me siento frente a su ordenador, lo enciendo e inicio sesión. Las contraseñas de Joe están anotadas en un bloc sobre el escritorio, donde siempre. Eso es buena señal, ¿no? Que no intente ocultar sus contraseñas. Si tuviera algo que esconder, ¿por qué me lo pondría tan fácil para controlarlo?

Porque cree que no te vas a tomar la molestia , dice la voz desagradable, está muy seguro de sí mismo.

Abro sus correos, reprimo la culpa y empiezo a revisarlos.

Casi una hora después, no he encontrado nada.

He repasado los últimos seis meses y no hay nada incriminatorio: ningún correo a una compañera de trabajo que resulte demasiado amistoso, nada fuera de lo común, nada que me haga sospechar que ha estado haciendo algo o viendo a alguien que no debería, ninguna reserva secreta de hotel de cuando ha estado fuera en conferencias de trabajo, nada en lo más mínimo sospechoso.

Pero ¿habría algo? No va a ponerse a escribirle correos a una mujer para quedar, ¿verdad? Nadie usa el email para eso.

Ojalá pudiera acceder a su móvil.

Pero no puedo; la única manera de ver lo que hay en su móvil es hacerlo en mitad de la noche, cuando esté dormido.

¿De verdad voy a caer tan bajo?

No.

Quizás.

Cierro sus correos y estoy a punto de cerrar sesión en el ordenador cuando veo un marcador de su tarjeta de crédito.

Joe usa esa tarjeta para pagar absolutamente todo; prefiere pagarlo todo de golpe cuando le llega el extracto.

Solo usa su cuenta bancaria para sacar efectivo, y eso muy rara vez.

Como yo, casi nunca usa efectivo y lo paga todo con la tarjeta del móvil.

Si ha estado gastando dinero en otra mujer, ahí es donde estará.

Cualquier cena fuera o regalo para una amante secreta aparecerá ahí.

Encuentro su contraseña en el bloc de notas, pulso en el marcador e inicio sesión.

Con miedo a lo que pueda encontrar, retrocedo meses y reviso cientos de movimientos, examinando cada uno para ver si hay algo fuera de lo común.

No encuentro ni una sola cosa que no debiera estar ahí; ni una sola.

Me recuesto en la silla y el alivio me invade, junto con la vergüenza por haber dudado de Joe. ¿Por qué dejé que dos estúpidos mensajes anónimos me hicieran dudar de él? Me siento sucia y asqueada por haber husmeado en sus correos y en su extracto de la tarjeta.

¿Por qué pensé, aunque solo fuera un segundo, que Joe me engañaría?

Cojo el móvil, encuentro los mensajes y, sin volver a leerlos, los elimino y bloqueo el número.

Si me llegan más mensajes de un número oculto, haré lo que debería haber hecho desde el principio: eliminarlos de inmediato.

Quienquiera que los esté enviando está mal de la cabeza y solo quiere causar problemas.

¿Por qué eliminarlos? ¿Por qué no enseñárselos a Joe?

Porque son basura y no merecen que se hable de ellos, pero sobre todo, no quiero que Joe sepa que he dudado de él. ¿Cómo voy a enseñarle esos mensajes y hablar de ellos cuando he estado investigando a sus espaldas? No podré mirarlo a los ojos sabiendo lo que he hecho.

La tramposa soy yo, no Joe.

Joe sabe cómo se comportó Quinn y cómo me trató.

La infidelidad es algo sobre lo que los dos tenemos ideas muy claras: si engañas a tu pareja, se acabó, porque no puedes quererla si haces eso.

Me siento tan culpable por lo que he hecho, y la única excusa que me doy es que después de ese fin de semana no estoy pensando con claridad.

¿No debería sentirme increíblemente agradecida de que Joe y yo hayamos recuperado nuestras vidas?

¿De que estemos vivos? ¿En lugar de obsesionarme con tonterías?

Estoy agradecida, y no he estado pensando con claridad.

Se acabó. Basta ya.

Joe nunca jamás me engañaría, y lo he comprobado yo misma. Me levanto, meto la silla debajo de la encimera, salgo de la habitación y cierro la puerta.

Hecho. Se acabó.

✽✽✽

Es el sueño lo que me despierta, pero los detalles ya se han esfumado, se han alejado en la noche como el humo.

Por mucho que intente aferrarme a ellos, son esquivos, un vago recuerdo que se burla de mí desde el borde de mi conciencia.

Tumbada en la oscuridad, con la respiración acompasada de Joe como único sonido, el calor de su cuerpo junto al mío resulta familiar, reconfortante, seguro.

Es una de las muchas cosas que me encantan de él: haga el tiempo que haga, siempre está calentito.

El cuerpo de Joe tiene su propio microclima, y da igual lo fría que esté yo, él siempre está como una estufa.

Sonrío para mis adentros; ayer fue un buen día, como estaba decidida a que fuera después de mi fisgoneo.

Tras solicitar un par de trabajos, cogí un taxi y me fui de compras: compré un filete caro para la cena, un postre de lujo y una botella de nuestro vino favorito.

Una velada romántica, algo que no hacíamos desde antes.

Me avergonzaba lo que había hecho, mi fisgoneo, y me alegraba de que Joe nunca sepa cómo le fallé.

Cuando subimos a acostarnos, hicimos el amor, y fue tan bueno como siempre, incluso mejor.

Joe me susurró que me quería, y cuando le respondí que yo también lo quería, lo decía de corazón.

En definitiva, fue la velada perfecta.

Así que vuélvete a dormir.

Pero no puedo, porque aunque no consigo recordar el sueño, he recordado otra cosa, algo que mi subconsciente se ha negado a enterrar y que ahora se ha abierto paso hasta mi cabeza. Una pregunta insistente que exige respuesta. No quería recordarlo, pero ahora está ahí y se niega a desaparecer.

Cuando busqué en los correos de Joe, no encontré ninguno que no debiera estar ahí, ni uno, nada. Su extracto de la tarjeta de crédito tampoco tenía compras inexplicables, ninguna cena en restaurantes caros, ningún regalo de tiendas de lujo que yo nunca hubiera recibido.

Nada.

Solo que no se trata de lo que encontré, sino de lo que no encontré.

No había ningún correo del hotel de ese fin de semana , el hotel spa que Joe reservó como sorpresa para nuestro aniversario.

Debería haber habido uno, ¿no? Recuerdo que Joe dijo que le habían enviado indicaciones de cómo llegar después de que él escribiera pidiéndolas, después de que confirmaran nuestra reserva.

Insistió mucho en que yo no supiera adónde íbamos; que no necesitábamos el GPS porque él tenía un correo con toda la información necesaria.

Lo estaba haciendo a la antigua usanza, dijo, y quería que fuera una sorpresa.

Así que debería haber habido varios correos del hotel, ¿no?

No las había.

Vale, podría haberlas borrado.

Podría, pero si lo hizo, ¿dónde están? Fue hace solo un par de semanas, todavía estarían en la carpeta de eliminados, y no estaban porque lo comprobé. Tampoco encontré ningún correo que les hubiera enviado, porque también revisé todos sus correos enviados.

Así que no había ningún correo del hotel ni para el hotel.

Vale, quizá borró los correos eliminados para eliminar por completo el recuerdo de aquel fin de semana y hacer como si nunca hubiera ocurrido. Es perfectamente posible, porque yo podría haberlo hecho, así que Joe también.

Solo que tampoco había ningún pago con tarjeta al hotel, porque lo comprobé. Aunque el hotel hubiera reembolsado el importe, y no creo que lo hicieran porque no nos presentamos, los movimientos habrían aparecido en el extracto bancario.

Y no estaban.

Lo que significa que Joe mintió.

¿Por qué? ¿Por qué mentir con lo de la reserva de un fin de semana fuera? No se me ocurre ni una sola razón para hacerlo.

O quizá sí se me ocurre, y simplemente no quiero enfrentarme a ello.

Porque sería mucho peor que Joe me engañara.