Capítulo quince #2
El timbre me saca de mis recuerdos y, conteniendo el repentino vuelco del corazón, voy a la ventana del salón a ver quién es.
Es papá, claro, que ha venido a recogerme. Hay una furgoneta aparcada detrás de mi coche, con Winters Security en el lateral. Dos hombres hablan con papá mientras él señala distintas partes de la casa.
Cojo el abrigo y el bolso y abro la puerta principal. Papá y los hombres ya vienen por el camino de entrada hacia mí y, forzando una sonrisa, salgo a recibirlos.
Porque la idea de quedarme en casa con dos desconocidos me aterra.
✽✽✽
—Tómate una copa de verdad.
Papá me mira como si estuviera loca; el camarero ha preguntado qué quiero tomar y he pedido agua con gas.
—¿Y tú qué vas a tomar? —pregunto.
—Champán, obviamente, ya que es la primera vez que salimos a comer juntos desde no sé cuándo.
—Vale —cierro la carta de bebidas de golpe—. Pues lo mismo.
El camarero se aleja y sonrío al ver la cara de papá.
—Recuerda que conduces tú —le digo.
Frunce el ceño y luego sonríe, al recordar que es lo que le decía siempre que íbamos a algún sitio. Los dos sabemos que ni siquiera se terminará la copa, que dará unos sorbos y luego se servirá un vaso de agua del grifo de la jarra que siempre pide.
—Tienes mala cara.
—Ya, bueno, ha sido una semana complicada, ¿no?
—Desde luego. Pero en serio, ¿estás bien?
—Sí. O al menos lo estaré. Con el tiempo.
Alarga la mano por encima de la mesa y me da unas palmaditas.
—Estás a salvo, ¿sabes? No tienes por qué preocuparte, me estoy encargando de que estés protegida.
—No necesito que me protejan —retiro la mano y cojo la carta—. Pero si lo necesitara, Joe es mi marido, ¿sabes? Seguro que hará todo lo posible.
Papá frunce el ceño y abre la boca para responder, pero en ese momento aparece el camarero, bloc en mano, listo para tomar nota.
—¿Está lista, señorita Winters? —me mira a mí.
—Tomaré lo mismo que él —digo, señalando a papá con la cabeza.
—¿Señor Winters?
—Voy a pedir filete —me advierte papá.
—Me parece bien.
Porque probablemente ni lo pruebe.
Mientras papá pide, echo un vistazo al restaurante, tan familiar.
Hemos comido aquí tantas veces que he perdido la cuenta.
El personal nos conoce bien porque éramos clientes habituales; papá todavía lo es.
Siento una punzada de deslealtad por no haber corregido al camarero cuando ha usado mi nombre, pero luego me digo que da igual.
Aunque parezca raro, a pesar de no haber venido desde hace mucho, me siento cómoda aquí, como si visitara a un viejo amigo.
La carta es cara pero discreta, la decoración de rancio abolengo, nada ostentosa ni llamativa.
Este sitio hay que reservarlo con meses de antelación, aunque para papá siempre encuentran mesa aunque no haya reservado.
Las mesas son pesadas y antiguas, la madera pulida hasta brillar, los manteles blancos impecables y perfectamente planchados, las servilletas gruesas y amplias, capaces de cubrirme todo el regazo, no esos trozos de tela endebles que no sirven para nada.
Antes de mudarme, papá y yo veníamos aquí de etiqueta, listos para ir a un baile o una ceremonia de premios, o como hoy, vestidos de sport, yo con vaqueros y jersey.
Para papá, vestir informal significa quitarse la corbata, porque antes muerto que ponerse unos vaqueros.
Dice que ha trabajado demasiado y muy duro para llevar ropa de faena como si fuera moda.
—¡Dios mío! Eres tú, ¿verdad? ¡No me lo puedo creer, estás cambiadísima!
Alguien está de pie frente a mí, chillando, y tardo unos segundos en darme cuenta de que es Ruby.
Parpadeo, la miro y me levanto. Nos damos dos besos al aire y nos abrazamos, y luego ella se echa hacia atrás y me recorre el cuerpo con la mirada de arriba abajo.
Lleva unas pestañas postizas tan pesadas que me pregunto cómo consigue mantener los ojos abiertos.
Yo solía llevar pestañas exactamente así, pero ahora que veo lo ridícula que debía de parecer, me da vergüenza de mí misma.
—Hola, Ruby, ¿cómo estás? —pregunto con mi mejor sonrisa. ¿Por qué demonios tenía que encontrármela hoy?
—¡Estoy prometida! —Me planta la mano izquierda delante de la nariz para que admire el pedazo de diamante que lleva en el dedo, agitando los dedos con unas uñas tan ridículamente largas que seguro que es incapaz de coger un cuchillo y un tenedor.
—¡Enhorabuena! —digo—. ¿Y quién es el afortunado?
—Jago. ¡Imagínate! Jago y yo juntos cuando prácticamente nos odiábamos.
—Suelta esa risita tintineante suya, como si fuera graciosísimo.
Jago era de nuestra pandilla y no se odiaban en absoluto.
Ruby estaba coladísima por él, pero él no le hacía ni caso y dejó claro que no le parecía lo bastante guapa.
Guapo y encantador, Jago podía ser mordazmente cruel cuando le daba la gana y tenía unos estándares altísimos en cuanto al físico de sus novias.
Me sorprende que hayan acabado juntos, porque Jago desde luego no veía a Ruby como novia potencial.
—Oye, ¡qué bien! ¿Está aquí? Debería ir a felicitarlo también.
—No, está trabajando, ayudando a Papá en el negocio.
—Ah, ¿trabaja para tu padre? —Eso explica el compromiso. De repente siento lástima por Ruby; la está utilizando. Jago siempre tuvo muy claro lo que quería para su futuro, y el negocio del padre de Ruby es tremendamente lucrativo.
—Sí. —Le tiembla la mirada y detecto un atisbo de actitud defensiva—.
He pensado aprovechar para salir con las chicas mientras él está ocupado.
Es tan absorbente, quiere tenerme a su lado todo el tiempo.
¿Por qué no te acercas a saludar? —Saluda con la mano hacia una mesa al otro lado del restaurante y veo a Jemima, otra vieja amiga, sentada junto a Rachel Phillips.
La chica con la que Quinn me engañó.
—Me encantaría —digo con toda la dulzura que puedo—. Pero mejor en otra ocasión. Mi padre y yo vamos un poco pillados de tiempo hoy, pero llámame y quedamos otro día, ¿vale?
Le estoy dando largas, y Ruby lo pilla enseguida, pero me da igual; no la he visto ni he sabido de ella en más de dos años y no pienso ir a hacerle la pelota a la tía que se acostó con mi novio.
—Ah, vale —dice con voz apagada—. Vaya, ¿eso es un anillo de boda? —Entrecierra los ojos mirando mi dedo anular.
—Sí, llevo casada un año.
—¡Qué calladito te lo tenías! Desde luego lo mantuviste bien en secreto, ¿eh? No recuerdo haber recibido mi invitación.
—Fue una boda discreta.
—Discreta —dice lentamente, como si le acabara de confesar que soy una asesina en serie y no terminara de procesarlo—. Entonces, ¿cómo se llama este hombre que has mantenido tan en secreto?
—Joe. Joe Coburn.
—¿Coburn? —Se da golpecitos en el labio con una de esas uñas larguísimas—. ¿Es de los Coburn de Kensington?
—No.
Demasiado tarde, caigo en que debería haber sido más amable con Ruby, porque ahora no se irá hasta que se haya desquitado. Tendría que haberme acordado de cómo es. Si la molestas, es implacable.
—¿No? —Pone cara de sorpresa fingida—. Entonces, ¿de dónde es? ¿A qué se dedica ?
—Es contable.
Suelta una carcajada tintineante y al cabo de un momento se lleva la mano a la boca como para contenerla.
—Uy, perdona. Ya sé que es una profesión muy respetable. ¿Tú no tienes alguna titulación de esas o algo así?
—Tengo una carrera. —«A diferencia de ti, Ruby», podría añadir, porque suspendió casi todos los exámenes de secundaria y dejó el bachillerato a las pocas semanas.
—Entonces seguro que tenéis mucho de qué hablar, ¿no? —Baja un poco la voz, como si me estuviera contando un secreto —. Es que nunca te imaginé casándote con alguien como un contable, ya sabes, alguien aburrido. No después de Quinn. O sea, estaba buenísimo, ¿verdad? Difícil de superar.
—A diferencia de Quinn —suelto—, Joe no me engaña.
Mira hacia la mesa de sus amigas y me pregunto si habrán oído lo que he dicho. Si Rachel lo habrá oído.
Espero que sí.
—Bueno, seguro que seréis muy felices juntos —dice Ruby—. O sea, ahora tienes el look a juego, ¿no? Algo así como chic de bibliotecaria. Uy, ¿he dicho eso en voz alta? —Ahí está otra vez la risita irritante, y con un gesto de despedida, se aleja pavoneándose hacia sus amigas.
—Creía que era amiga tuya —dice mi padre en voz baja.
Me encojo de hombros.
—Lo era.
—Has sido un poco borde con ella.
—¿Ah, sí? —Lo miro sorprendida.
Se ríe.
—Comparada con cómo eras antes, sí, lo has sido. Antes no decías ni mu cuando estabas con tus amigas, siempre demasiado ocupada intentando caer bien a todo el mundo.
Supongo que sí.
Pero ya no soy esa persona.