El fin de semana perfecto Capítulo uno
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Capítulo uno

Rachel

C ierro la puerta tras el último de los de la mudanza y suspiro aliviada.

Por fin estoy aquí.

Ha sido un camino largo; nueve meses viviendo en una habitación alquilada, compartiendo casa con desconocidos y rodeada de muebles que no son míos. Debería haber sido más rápido; el piso estaba vacío y yo lista para mudarme, pero el anterior propietario había fallecido y la sucesión se eternizó.

Pero ahora, por fin, tengo un lugar propio.

Solo mío. La idea me resulta extraña; nunca he vivido completamente sola.

¿Será raro vivir por mi cuenta? ¿Me pondré nerviosa?

Aunque hay otros cuatro pisos en esta casa antigua aparte del mío —dos abajo, uno más en esta planta y uno arriba—, las paredes son gruesas, así que en la práctica estoy sola.

En el piso compartido siempre había alguien cerca, y aunque no los viera, mis cuatro compañeros eran ruidosos y siempre podía oír a uno u otro trajinando por ahí.

Y antes de eso, bueno, estaba Steve. Siempre Steve.

Aparto el pensamiento antes de que eche raíces y me digo que soy afortunada por no tener que compartir piso con cuatro desconocidos, aunque, siendo sincera, tuve elección. Podría haber alquilado algo para mí sola en cualquier momento.

Admítelo, Rachel, tenías miedo de estar completamente sola.

Es cierto. Aunque mis compañeros de piso no fueron especialmente acogedores, al menos eran una presencia física.

Su cortesía correspondía a mi frialdad, así que no puedo culparlos por no ser más amables.

Con treinta y seis años, yo era la rara entre un grupo de veinteañeros, y nunca terminé de encajar.

Quizá podría haberme esforzado más, pero las costumbres arraigadas no se pierden fácilmente.

Después de años manteniendo las distancias y evitando a la gente, no quería interferencias ni preguntas.

He tenido suficientes preguntas para toda una vida.

Aunque nadie lo dijera abiertamente, podía verlo en sus ojos: ¿Por qué sigues alquilando una habitación a tu edad? ¿No deberías tener ya tu propio piso? ¿Una carrera estable? ¿Una vida asentada? ¿Una pareja?

Una vida.

La tuve una vez, hace mucho tiempo.

Basta.

No mirar atrás.

Respiro hondo, me acerco a una caja de embalaje y arranco el plástico de la parte de arriba.

Está llena de ollas y sartenes, utensilios de cocina que tenía olvidados.

Nada me resulta familiar porque hace demasiado que no lo veo.

Saco una cacerola, la dejo en el suelo y decido que no la quiero.

Haré un montón de cosas para tirar porque ahora que lo veo, no sé ni por qué me molesté en empaquetarlo.

Es viejo, está abollado y ha llegado al final de su vida útil.

Puede irse.

Los recuerdos se agolpan para llenar mi cabeza; pugnan por volver y amenazan con apoderarse de todo. Es por el silencio; hay tanta quietud aquí, con solo el zumbido del frigorífico y algún crujido ocasional de las tablas del suelo.

Hay demasiado silencio.

Intento recordar en qué caja metí la radio.

No está en las de embalaje, ya que la tenía conmigo en el piso compartido, donde estaba encendida desde que me levantaba por la mañana; y si no era la radio, era la televisión.

Debe de estar en una de las cajas que traje en el coche.

Dejo las sartenes, voy al montón de cajas de cartón y corto la cinta de la de arriba.

Me siento ridículamente satisfecha cuando abro las solapas y veo la radio encima.

Sin perder tiempo, la saco, la pongo en la encimera y la enchufo.

Suena una canción pop con ese sonido enlatado y el piso parece al instante más acogedor; mis pensamientos se calman.

Vuelvo a la caja de utensilios de cocina y rebusco en ella.

Saco una sartén bastante nueva, una cazuela que nunca he usado, el hervidor y la tostadora.

Todo lo demás puede ir a la basura. Tiro la cacerola de vuelta a la caja y la arrastro hacia la pared para apartarla.

La siguiente caja está llena de vajilla y cubiertos.

Por un momento pienso en lavarlo todo, pero gana la pereza: me limito a quitar el plástico de burbujas y guardarlo todo en los armarios antes de sacar la comida y las demás cosas que traje en el coche.

Paso las siguientes horas abriendo cajas y colocando cosas: doblo la ropa en los cajones, hago la cama con sábanas limpias, cuelgo la ropa en el armario empotrado y guardo los artículos de aseo en el baño. Es un trabajo lento, pero con cada caja que vacío, el piso me parece un poco más mío.

Todavía no es un hogar, pero lo será.

Solo cuando la luz que entra por la ventana empieza a apagarse miro el reloj: son casi las cinco.

Me duelen las piernas de tanto agacharme y cargar cosas, y noto que me empieza a doler la cabeza.

Voy al salón, miro alrededor y me alegro de estar aquí; la decoración será anticuada y la moqueta no es de mi gusto, pero mi alfombra azul oscuro cubre casi todos esos horribles remolinos, así que puedo vivir con ello de momento.

Cuando me haya instalado, podré pintar las paredes y cambiar la moqueta y las cortinas.

Los muebles que no he visto en nueve meses parecen demasiado grandes para esta habitación, pero con el tiempo los cambiaré.

O quizá debería deshacerme de todo ya; tengo dinero suficiente para comprar muebles nuevos y tener lo que quiero.

¿ Quiero estos muebles que han visto demasiado?

No, no los quiero.

Hoy es el comienzo de algo nuevo.

Algo mejor.

La idea de tomar el aire me tienta; ya he hecho bastante por hoy.

Me calzo, me pongo el abrigo, guardo las llaves en el bolso y me lo cuelgo del hombro.

Un paseo corto me vendrá bien y con suerte evitará que el dolor de cabeza que se avecina vaya a más.

Es hora de estirar las piernas y conocer bien las calles que llamaré hogar.

✽✽✽

A solo cinco minutos a pie del piso hay una calle larga llena de tiendecitas, locales de comida para llevar, tiendas de segunda mano y un par de pubs.

Ya lo sabía cuando compré el piso, porque di una vuelta en coche por la zona, pero es distinto ir andando por la acera; todo parece más grande, más luminoso.

Más real. Mientras camino, me invade una repentina sensación de optimismo.

Por fin estoy avanzando de verdad.

Al pasar por una puerta, me llega el aroma de comida recién hecha.

El estómago me ruge. Me paro, vuelvo sobre mis pasos y me quedo frente a una pequeña cafetería.

El marco de piedra de la ventana está pintado de un azul intenso, con Cross Street Café escrito en la parte superior del cristal en letras redondeadas.

Encajada entre un quiosco y un pequeño supermercado, parece acogedora y apetecible, y decido en el acto entrar a comer algo.

No he comido ni bebido nada en todo el día.

A las siete de la mañana estaba cargando el coche con mis cosas y vine directa al piso nuevo para recibir a los de la mudanza a las nueve y media.

No hubo tiempo para desayunar, y he estado tan ocupada que ni siquiera he parado a tomar algo. Tengo que remediarlo.

La campanilla sobre la puerta del café tintinea cuando entro, y el calor y el olor a comida me envuelven.

Dos de las seis mesas ya están ocupadas: un par de estudiantes encorvados sobre sus portátiles en un rincón y una pareja de ancianos que comparten una tetera en una mesa frente al mostrador.

Detrás del mostrador, una mujer de mediana edad con un delantal de colores vivos levanta la vista y sonríe cuando entro.

Al ver una mesa junto a la ventana, me dirijo hacia ella y me deslizo en el asiento.

Desde aquí puedo ver pasar el mundo y, lo que es más importante, tengo adónde mirar sin sentirme cohibida.

Cojo la carta manoseada de la mesa y la estudio.

El plástico que la recubre se está despegando del papel, pero el mantel a cuadros y el salero y el pimentero, aunque viejos, parecen lo bastante limpios.

—¿Qué le pongo? —Levanto la vista y veo a la mujer del mostrador.

—Café —respondo sin pensar—. Y una botella de agua. —Parece ligeramente sorprendida, y me pregunto si le habré contestado de malas maneras sin darme cuenta. Creo que a veces lo hago porque he olvidado cómo charlar con la gente.

Cómo ser.

—¿Algo más?

—Tomaré el desayuno completo, por favor. —Asiente y vuelve al mostrador.

La comida llega enseguida, al mismo tiempo que el café.

El plato viene repleto de beicon, huevo, alubias, salchichas y champiñones, con una rebanada de tostada bien untada de mantequilla y cortada por la mitad.

La humeante taza de café será, lo sé, insípida, de un marrón pálido; parece hervida hasta la saciedad.

Se ha olvidado del agua, pero cojo el cuchillo y el tenedor y me lanzo a por el plato, devorando la comida como si no hubiera comido en días.

El murmullo de las voces y el calor y el olor a comida resultan extrañamente reconfortantes.

Sorprendida de mí misma, engullo el desayuno entero en un santiamén, luego me bebo el café y me siento mucho mejor.

—¿Todo bien? —pregunta la mujer al volver a recoger mi plato vacío.

—Delicioso —digo con una sonrisa—. El mejor desayuno que he tomado en mucho tiempo.

Esta vez sonríe, y me doy cuenta de lo fácil que es influir en los demás según cómo les hablemos.

Me he acostumbrado a hablar solo cuando es necesario, y es un hábito difícil de abandonar.

En el trabajo, intento esforzarme más y relacionarme con mis compañeros porque no puedo quedarme al margen de la vida para siempre.

He pasado demasiados años haciendo eso.

Mi último trabajo temporal empezó hace solo tres semanas, y es una oficina agradable con buena gente. Sin duda, es el mejor sitio en el que he trabajado en mucho tiempo.

Pero me resulta difícil porque mi vida ha estado en un limbo durante mucho tiempo.

Eso tiene que cambiar.

—¿Y podría ponerme un té, por favor?

—Por supuesto, cariño.

El té llega en cuestión de minutos, y después de bebérmelo, pago la cuenta y le dejo una buena propina porque la comida es ridículamente barata y puede que vuelva. Me despido con la mano y salgo a la calle de vuelta al piso.

Cuando llego al portal, ya ha oscurecido y está lloviendo.

Empujo la pesada puerta principal y entro en el vestíbulo comunitario.

Aunque ahora está deteriorado, el vestíbulo aún conserva vestigios de la casa señorial que fue antaño: el techo alto tiene molduras ornamentadas en los bordes, pero aquí y allá faltan trozos de yeso.

Me imagino que hace muchos años colgaba una elegante lámpara de araña en el centro del techo, pero ahora la han sustituido por un horrible fluorescente que proyecta una luz amarillenta sobre las paredes.

La pintura brillante blanquecina sobre el grueso papel pintado con relieve está rozada en los sitios donde la han ido golpeando innumerables personas al pasar por la puerta.

El suelo está cubierto de baldosas clásicas en blanco y negro, desportilladas en algunos sitios.

Las escaleras son de madera, desgastadas en el centro por décadas de pisadas; la barandilla, alisada por años de uso.

En los últimos peldaños antes de llegar a mi planta falta un tramo de barandilla porque se ha caído el soporte.

Curiosamente, en lugar de disuadirme, este vestíbulo destartalado fue lo primero que me atrajo, porque era todo lo contrario de la casa inmaculada y aséptica en la que he pasado la mayor parte de mi vida adulta.

Tengo el pie en el primer escalón cuando oigo que se abre la puerta detrás de mí, seguido de un ladrido. Mi primer instinto es seguir subiendo y fingir que no he oído nada para no tener que hablar con nadie.

Porque eso es lo que hago: agachar la cabeza y quedarme al margen de la vida. Pero entonces recuerdo;

Ya no hago eso.

Me giro y veo a una mujer con un perro que está cerrando la puerta.

Lleva un abrigo rojo chillón bien ceñido a la cintura, un gorro amarillo con pompón calado hasta las orejas y botas de borreguillo color canela.

Mi primer pensamiento, poco amable, es que se ha vestido del cesto de las ofertas sin tener en cuenta el color ni el estilo.

Su perro, un viejo spaniel blanco y negro, me mira fijamente.

—Hola —digo, armándome de valor—. Soy Rachel. Acabo de mudarme al piso de arriba.

Me mira fijamente un momento, con expresión seria, y entonces su rostro se ilumina con una sonrisa.

—Encantada de conocerte, Rachel. Soy Stella. Vivo en el piso de abajo. Justo debajo de ti.