El fin de semana perfecto Capítulo catorce #2
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Capítulo catorce #2

Ahora estoy sentada en el salón y Joe ha salido a ver si el coche arranca.

Ya ha llamado a un cerrajero y han quedado en que vendrán esta tarde.

Aunque quería ir con él y no separarme de su lado, me he obligado a quedarme aquí.

A actuar con normalidad. No puedo ir pegada a él como una lapa el resto de mi vida.

Pero ojalá se diera prisa en volver.

Cuando bajamos, registramos la casa y encontramos nuestra maleta y mi bolso en el lavadero, tirados en el suelo como si los hubiéramos dejado nosotros.

Todo seguía dentro de mi bolso: monedero, llaves, maquillaje, todo.

Nuestra ropa estaba en la maleta, junto con la cartera de Joe, y no faltaba nada, aunque todo estaba metido de cualquier manera.

El contenido de la maleta está ahora en la basura, igual que la ropa con la que llegamos a casa. ¿Creemos que deshaciéndonos de todo eso podemos librarnos de lo que pasó?

Ojalá fuera tan fácil.

—El coche está bien, arrancó a la primera —Joe ha vuelto y trae consigo una ráfaga de aire frío—. Las llaves estaban en el asiento del copiloto.

—¿Cómo pudieron hacer que se averiara así? —pregunto—. ¿Cómo es posible?

—Vete tú a saber —Joe se sienta a mi lado—. No tengo ni idea de coches, y tampoco es que pueda preguntarle a nadie, ¿no? Oye, ¿cómo se hace para que un coche se averíe y te puedan secuestrar?

—Hablando de eso —digo—. Lo de no contárselo a la policía. He estado dándole vueltas.

—Nada de policía, eso quedó claro.

—Ya lo sé, pero ¿y si vuelven? Podrían hacerlo. Una puerta cerrada con llave no los va a detener.

—No volverán. Estamos a salvo mientras mantengamos la boca cerrada.

—Podrían decidir que ha sido dinero fácil y volver a hacerlo —digo—. Nada se lo impide.

El timbre estridente nos interrumpe.

—Será papá —digo, levantándome del sofá. Efectivamente, su Mercedes negro está aparcado detrás del coche de Joe, atravesado en el camino de entrada como si hubiera llegado a toda velocidad y lo hubiera dejado ahí tirado. Seguramente así fue.

Nos apresuramos al recibidor y abrimos la puerta.

En cuestión de segundos, estoy envuelta en los brazos de papá.

El olor familiar a colonia cara y aire frío me transporta a mi infancia mientras me estrecha contra su pecho.

Es un hombre enorme y apenas le llego a los hombros; mide un metro noventa y cinco sin zapatos, como le gusta recordarle a todo el mundo.

—Gracias a Dios que estás bien.

—Estamos bien. —Me aparto, recordándole que Joe también está aquí.

—¿Estás bien, Joseph? —le pregunta papá a Joe, como si le importara un bledo si lo está.

—Sí, estoy bien, colega.

Colega. Joseph.

Joe odia que lo llamen Joseph, y si cualquier otro llamara colega a papá, se vería levantado en vilo mientras le exigían que reformulara lo que acababa de decir.

Me aparto de papá y los fulmino a ambos con la mirada.

—Por el amor de Dios, dejadlo ya de una vez, ¿queréis? Daos un respiro, joder.

Entro en el salón y, al cabo de un momento, me siguen.

Lo que pasó con Quinn nos afectó mucho a los dos; Quinn engañó a papá igual que me engañó a mí.

Así que no es de extrañar que sea tan duro con Joe.

Desconfía de todo el mundo y solo intenta protegerme, pero espero que pronto se dé cuenta de que Joe no tiene nada que ver con Quinn y lleguen a ser los amigos que deberían haber sido desde el principio.

—¿Estás bien? —pregunta papá—. ¿Qué te hicieron esos cabrones?

—Estoy bien. No me hicieron nada, solo me tuvieron encerrada. Pensé que iban a matarme en cuanto pagaras el rescate y todavía no me creo que me dejaran marchar.

Vuelve a abrazarme sin decir nada y me doy cuenta de lo duro que tuvo que ser para él, sin saber si estaba viva o muerta. Mientras afloja poco a poco el abrazo, lo oigo tragar saliva una y otra vez, y me doy cuenta de que está conteniendo las lágrimas a duras penas.

Nunca había visto a papá tan cerca de llorar.

—Habría pagado el rescate antes si me hubieran dejado.

Me tuvieron corriendo por todas partes con una maleta llena de dinero para asegurarse de que no me seguían.

Acabé en un aparcamiento de varias plantas a medianoche.

Tuve que coger el ascensor hasta la última planta, salir, dejar la maleta y bajar por las escaleras.

Cuando llegué a casa, todavía no me decían dónde estabas, solo que te habían soltado.

¿Seguro que no te hicieron daño? ¿Hace falta que te vea un médico?

—Ya te lo he dicho, a mí no me hicieron nada. A quien pegaron fue a Joe.

Papá se vuelve para mirar a Joe, que está sentado a mi lado.

—Lamento oírlo. ¿Te ha visto alguien? ¿Has ido al médico?

—No, estoy bien. No tengo nada roto, solo unos cuantos moratones.

—Son más que unos cuantos moratones —digo.

—Voy a poneros protección —dice papá, ignorando lo que he dicho—. Un par de mis hombres pueden vigilaros las veinticuatro horas.

—No quiero protección.

—La necesitáis.

—No, papá, no la necesitamos. Vamos a cambiar las cerraduras y tenemos alarma.

—Deberíais tener protección de verdad.

—No la quiero.

Es una discusión que ya hemos tenido muchas veces.

—Ni siquiera os daréis cuenta de que están ahí. Es mi trabajo e insisto. No me voy de esta casa hasta que aceptéis.

—No la necesitamos porque voy a denunciar el secuestro a la policía y ellos nos protegerán. —Pretendía decirlo con firmeza, pero las palabras me salen temblorosas y quejumbrosas.

Joe me mira horrorizado.

—Dijeron que nada de policía, Beth. No podemos arriesgarnos. Volverán.

Suena aterrorizado.

—Sé lo que dijeron, Joe, y lo siento, pero ¿cómo podemos confiar en que cumplan su palabra?

Son criminales, mienten. ¿Y si deciden que quieren más dinero?

Nada les impide volver a secuestrarme, y no puedo pasarme el resto de la vida mirando por encima del hombro, esperando a que ocurra.

Si se lo decimos a la policía, nos protegerán y los atraparán porque han dejado demasiadas pistas.

Les hemos visto la cara, y si investigan un poco, encontrarán la casa y habrá pruebas. Tengo razón, ¿verdad, papá?

Papá siempre se pone de mi parte, pase lo que pase, aunque esté equivocada.

Me es leal al mil por ciento, y aunque odio ponerme del lado de papá en contra de Joe, es lo único que puedo hacer; no denunciar esto sería de locos.

Pero no te regodees mucho, papá, rezo para mis adentros.

Normalmente nunca me pondría del lado de papá en vez del de Joe, pero es la única forma de poder seguir adelante.

—¿Papá?

Se está acariciando la barbilla, con expresión pensativa.

—Supongo que podríamos ir a la policía —dice lentamente—. Pero creo que tenemos que pensarlo.

—¿Por qué? —pregunto indignada, sin poder creer que no me dé la razón de inmediato—. ¿Qué hay que pensar?

—Bueno —dice—. Hay cosas que tener en cuenta. Una de ellas es que los periódicos se enterarán. Dejaste atrás tu antigua vida y esto volverá a remover todo en los medios, ya lo sabes. Saldrás en todos los periódicos otra vez, y eso era precisamente lo que querías evitar.

Tiene razón; no habrá forma de negar quién soy ni quién es mi padre una vez que la historia salga a la luz. Se acabará mi tranquila vida de anonimato y todos nuestros amigos descubrirán que mi padre es un conocido multimillonario.

—Lo sé —digo—. Y aunque no quiero eso, no tenemos otra opción. Los secuestradores le dijeron a Joe que nos dejarían en paz siempre que guardáramos silencio, pero seamos realistas, pueden volver cuando les dé la gana. Nunca me sentiré segura mientras sigan sueltos.

—Por eso necesitas seguridad. Puedo protegeros las veinticuatro horas del día durante el resto de vuestras vidas.

Ya sabes que sé lo que me hago. —Papá esboza una sonrisa irónica.

Que sepa lo que se hace es quedarse muy corto; su imperio empresarial se basa en proporcionar seguridad a clientes importantes, grandes corporaciones, estrellas del pop.

.. lo que se te ocurra, seguro que papá tiene algo que ver.

—Lo sé, pero no deberíamos tener que vivir así, ¿no?

—Mucha gente lo hace —dice papá con despreocupación—. Le estás dando demasiadas vueltas. ¿No crees que teníamos seguridad cuando eras pequeña? La teníamos; simplemente no te dabas cuenta.

—Es demasiado peligroso denunciarlo —dice Joe—. En cuanto acudamos a la policía, seremos blancos fáciles.

—¿Cómo va a ser peligroso? —pregunto—. Será todo lo contrario, porque les hemos visto la cara y podemos identificarlos.

Puede que la policía ya los tenga fichados y, con suerte, los pillarán enseguida.

Estaremos a salvo y podré dormir por las noches sin esperar a que irrumpan en casa y nos secuestren.

—Denunciarlo podría ser el comienzo de un problema mayor. —Papá me mira fijamente, con expresión seria.

—No lo entiendo. ¿No será más bien la solución a nuestro problema?

—No necesariamente —dice papá—. Esos hombres que os secuestraron están en lo más bajo del escalafón.

Alguien de más arriba orquestó todo esto, alguien que no tiene ninguna intención de acabar en prisión.

Los hombres que os retuvieron son prescindibles, pero en cuanto los detengan, estaréis en mayor peligro, porque habrá un juicio y Joe y tú sois los únicos testigos.

—Tu padre quiere decir que nos convertiremos en el blanco —dice Joe—. Así que si vamos a la policía, será como pintarnos una diana en la espalda.