Capítulo catorce
E stamos en nuestro dormitorio, dando los primeros pasos para volver a la normalidad: quitándonos la suciedad, poniéndonos ropa limpia y planeando cómo contactar con papá.
Debe de haber pagado el rescate, pero ¿sabe que nos han liberado?
No lo sé, pero necesito hacerle saber que estoy bien.
Estará muerto de preocupación. Joe dice que en cuanto estemos vestidos, deberíamos ir a la tienda más cercana y comprar móviles nuevos para poder llamarle.
Sé que Joe tiene razón, pero me pongo nerviosa solo de pensar en salir de casa.
¿Voy a sentirme siempre así?
Quizá. Nos quedamos en el sofá durante horas, hablando de lo que nos había pasado mientras estuvimos separados. Joe se negó a moverse hasta que se lo conté todo. Se quedó horrorizado por lo que yo había hecho: cómo había fingido cortarme las venas, los riesgos que había corrido al intentar escapar.
Dice que tengo suerte de estar viva.
No deja de culparse por lo que pasó, repitiendo una y otra vez que si no hubiera insistido en ese fin de semana fuera, nunca habría ocurrido.
No consigue quitarse de la cabeza que debería haberme protegido y que es culpa suya.
Yo pienso que habría pasado de todos modos porque estaba claramente planeado, pero Joe no lo acepta.
Insiste en que es culpa suya. No ha contado mucho sobre lo que le pasó a él a pesar de mis preguntas, y creo que es porque intenta protegerme de lo peor.
Veo que le han dado una paliza brutal y solo me dijo que fue porque, como yo, intentó escapar.
Atacar a uno de sus captores hizo que pagara caro su intento.
No soporto pensar en el sufrimiento de Joe.
Por eso voy a hacer todo lo posible para convencerle de que contactemos con la policía, porque nunca estaremos a salvo mientras ellos sigan ahí fuera.
Para poder seguir adelante y vivir nuestras vidas, necesitamos tener la certeza de que esos secuestradores ya no son una amenaza para nosotros.
¿Quién nos asegura que no volverán a por más dinero?
Sería demasiado fácil para ellos, porque papá pagó, así que ¿qué les impide volver a hacerlo?
Nada.
No puedo vivir con eso colgando sobre nuestras cabezas el resto de nuestras vidas, y cuando hablemos con papá, sé que me ayudará a convencer a Joe de lo importante que es acudir a la policía.
Nos protegerán. Sabemos exactamente qué aspecto tienen nuestros captores y podemos dar buenas descripciones.
Puede que Evan y Mick ya sean conocidos por la policía y tengan sus fotos fichadas, porque no eran novatos, sabían lo que hacían.
Supondrá revivir ese fin de semana otra vez, pero tienen que atraparlos e impedir que nos lo vuelvan a hacer a nosotros o a cualquier otra persona.
No podemos dejar que se salgan con la suya.
En cuanto estemos aseados y con ropa limpia, Joe cambiará de opinión sobre lo de la policía.
Sé que lo hará. Ahora mismo todavía está en shock, igual que yo, y no nos hemos separado ni un momento; incluso ahora estamos juntos.
Joe está tumbado en la bañera y yo en la ducha.
He cerrado con llave la puerta del baño, la de la calle y la trasera, y he echado los cerrojos.
Como si eso fuera a detenerlos.
Por eso tenemos que ir a la policía.
El agua caliente me hace sentir infinitamente mejor, casi humana, como si lavarme el pelo y el cuerpo pudiera borrar los acontecimientos de los últimos días.
Es un comienzo.
Me aclaro el acondicionador del pelo, cierro el grifo, salgo a la alfombrilla, me envuelvo en una toalla y me siento en el taburete mientras me seco y me pongo la ropa interior y la bota ortopédica.
—Estoy pensando en decir que resbalé y me caí en la nieve —dice Joe desde la bañera.
—Tiene sentido —digo, después de pensarlo un momento—. Porque si vas al trabajo con esa pinta, van a querer saber qué ha pasado.
—Trabajaré desde casa el resto de la semana hasta que se me vayan los peores moratones, pero no puedo faltar demasiado tiempo o parecerá sospechoso, y además necesitamos volver a la normalidad.
—Pensarán que somos unos gafes, entre que yo me rompí la pierna y tú resbalaste en el hielo. —¿Seremos capaces de ocultar la verdad a todo el mundo una vez que la policía esté metida en esto? Puede que no, pero ese es un problema para otro día.
Joe se ríe.
—Sí, seré el hazmerreír de la oficina durante un tiempo, pero puedo aguantarlo. Mañana llamaré al dentista para arreglarme el diente. —De pronto se pone serio y me observa mientras me levanto.
—¿Seguro que estás bien? ¿No deberíamos que te mirasen la pierna, para asegurarnos de que no te la has fastidiado?
—Está bien. La noto más fuerte que la semana pasada. Estamos en casa, estamos a salvo, estamos juntos, eso es lo único que importa. —¿Estoy bien de verdad? Todavía estoy en shock: por lo que pasó y porque, de alguna manera increíble, los dos seguimos vivos y aquí para contarlo.
—Deberíamos vestirnos, ponernos en marcha —dice Joe—. Salir a comprar esos móviles.
—Si el coche funciona.
—Está en la entrada, así que a menos que lo remolcaran hasta aquí, tiene que funcionar. Si no, cogemos el tuyo. O llamamos a un taxi.
—¿Y cómo vamos a llamar a un taxi sin teléfono?
—Puedo mandar un correo desde el ordenador.
Claro; Joe tiene ordenador y yo tengo portátil. Ni siquiera se me había ocurrido. De repente, ya no me siento tan aislada del mundo.
—Le mando un correo a papá en cuanto bajemos, para que sepa que estamos bien. Le digo que estamos en casa.
—Buena idea. —Joe quita el tapón y sale de la bañera. Lo observo mientras se seca y me dan ganas de llorar al ver los moratones que le cubren el cuerpo. ¿Por qué fue necesario pegarle? No era ninguna amenaza real para ellos, estaba indefenso, era un prisionero, como yo, y ellos eran más.
No pueden salirse con la suya.
Joe abre la puerta y el corazón me da un vuelco. El miedo a que haya alguien al otro lado me invade la mente. ¿Joe también se sentirá así? Me contengo antes de preguntarle, porque ¿de qué serviría?
Entramos en el dormitorio y, una vez vestidos, me siento mucho mejor.
Con más control de mí misma.
Mientras me seco el pelo, Joe quita las sábanas de la cama y la hace de nuevo con ropa limpia. Enrolla las sábanas sucias formando una bola, pero en lugar de meterlas en el cesto de la ropa sucia, las deja junto a la puerta del dormitorio.
—Voy a tirarlo a la basura —dice al ver que lo miro—. Malos recuerdos. Compraremos sábanas nuevas.
—Sí.
—Y las cerraduras —dice—. Deberíamos cambiarlas todas porque tienen nuestras llaves. En cuanto tengamos móviles nuevos, llamo a un cerrajero. Y también deberíamos cambiar el código de la alarma.
—Nunca ponemos la alarma —digo. Nunca nos hemos molestado porque nunca hemos sentido la necesidad. La alarma venía con la casa, pero es un extra que nunca hemos aprovechado.
—Aun así, deberíamos cambiarla y empezar a usarla.
Deberíamos. Lo haremos. Pero todavía tenemos que llamar a la policía. Solo necesito encontrar el momento adecuado para decírselo.
—Me pregunto dónde estarán las llaves del coche —dice Joe, interrumpiendo mis pensamientos.
—Puede que las hayan dejado en el coche.
Si no, tengo la de repuesto en el bolso.
—Nada más decirlo, caigo en que llevaba el bolso conmigo cuando nos fuimos el viernes.
El monedero, las tarjetas de crédito, las del banco.
.. todo está dentro, y ellos lo tienen. Tendré que cancelarlas todas.
Joe también llevaba encima la cartera, así que tendrá que hacer lo mismo.
—Deberíamos hacer una lista —dice Joe, como si me leyera el pensamiento—. De todo lo que tenemos que hacer. Pero primero vamos a por los móviles, porque sin teléfono no podemos hacer gran cosa.
—¿Y cómo vamos a pagarlos? Tienen mi monedero y tu cartera —digo.
—Mierda —dice Joe con un suspiro—. No había pensado en eso. Tendremos que pedirle a algún vecino que nos deje el teléfono para llamar a tu padre.
Recoge la ropa de cama sucia y sale al rellano. Lo sigo, pero de repente se para en seco.
—¿Qué es ese ruido? —Se queda quieto, escuchando, y yo giro la cabeza, intentando oír por encima del repentino latido de mi corazón. Hay un ruido, sin duda, que viene de alguna parte. Un zumbido. ¿O es un tic-tac?
—Es una bomba —susurro con la voz ronca—. Van a volarnos por los aires.
Joe tira la ropa de cama al suelo, me rodea los hombros con el brazo y me lleva de vuelta al dormitorio.
—No es una bomba —dice. Se agacha, abre el cajón de mi mesita de noche—. Es tu teléfono.
✽✽✽
Papá viene de camino y llegará pronto. Cuando Joe sacó el teléfono del cajón, tenía un montón de llamadas perdidas.
Mientras estábamos encerrados en el baño, papá había intentado contactar conmigo desesperadamente.
El teléfono de Joe, que estaba junto al mío, también tenía llamadas suyas.
Llamé a papá enseguida y no hablamos mucho rato, aunque los dos teníamos mil preguntas, porque él estaba impaciente por ponerse en camino y yo no quería que condujera distraído.
Conseguí que colgara prometiéndole contárselo todo cuando llegara.
Conduce rápido, siempre lo ha hecho, y lo último que quiero es que pierda la concentración ni por un segundo.
Los secuestradores le dijeron que me habían soltado, pero se negaron a decirle dónde estaba.
Oír la voz de papá me hizo sentir al instante más segura que en ningún otro momento desde que desperté.
Es ridículo, y también desleal hacia Joe, porque papá ni siquiera está aquí y Joe sí, pero así somos mi padre y yo.
Él lo fue todo para mí durante muchos años y ahora, aunque soy adulta, siempre tendremos esa cercanía especial propia de las familias monoparentales.
Mi madre murió cuando yo era pequeña y, a decir verdad, no estoy segura de recordarla.