Capítulo trece
C uando abro los ojos, me deslumbra la luz.
Entornando los párpados, veo que el sol entra a raudales por la ventana y me da de lleno en la cara.
Me tapo la cabeza con la manta para protegerme.
La pesadilla de anoche sigue fresca en mi mente: los perros abalanzándose sobre mí, sus afilados dientes tirando de mi ropa, sus garras arañándome el cuerpo, el olor de su aliento fétido mientras me atacaban.
Solo que no fue una pesadilla, fue real.
Acurrucada en posición fetal, intento mover el brazo y me estremezco de dolor.
Todo mi cuerpo está rígido, agarrotado, como si llevara días encerrada en esta posición.
El más mínimo movimiento resulta insoportable.
La cabeza me palpita como si me la estuvieran sacudiendo, y el cerebro me rebota dentro del cráneo.
Tengo la boca reseca, los ojos secos y doloridos.
Saco la lengua entre los labios y la noto extraña, como si no me perteneciera.
Está hinchada, el doble de su tamaño normal, y al pasarla por los labios encuentro piel agrietada y seca.
Pero, increíblemente, estoy viva.
Abro los ojos de nuevo y me miro bajo la ropa de cama.
Necesito saber qué daño me han hecho los perros.
En la penumbra distingo que todavía llevo puesta la ropa con la que intenté escapar.
Muevo los brazos con cuidado, ignoro el dolor y me palpo el cuerpo en busca de daños, de heridas.
Aparte del dolor en los huesos, creo que estoy bien.
Al estirar las piernas, los pies se me enganchan en las sábanas.
Todavía llevo la bota ortopédica en una pierna y mi bota en la otra.
Aunque hay lo que parecen manchas oscuras en la ropa, creo que son de barro, de cuando me caí, y no de sangre.
¿Detuvieron a los perros para que no me atacaran?
Tuvieron que hacerlo, porque de lo contrario me habrían hecho pedazos.
Mi último recuerdo es de un terror abrumador cuando los perros saltaron sobre mí, pero lo que pasó después, no lo sé.
Solo recuerdo pesadillas interminables, cuyos detalles ya se han perdido, que se repetían en un bucle sin fin hasta que la luz del amanecer me despertó.
Así que estoy viva.
Pero es solo un respiro, lo sé. Hoy papá pagará el rescate y entonces ya no les serviré para nada. En cuanto tengan el dinero, nos matarán a Joe y a mí.
¿Vale la pena siquiera intentar levantarme de la cama?
No, pero lo haré de todos modos. Necesito levantarme, meterme en la ducha a la fuerza, lavarme el pelo, ponerme ropa limpia.
¿Para qué molestarme si voy a morir de todos modos?
Porque siempre hay esperanza, y que me aspen si voy a quedarme aquí tumbada sin hacer nada. Pienso luchar hasta el final y no voy a ponérselo fácil.
Aparto la manta de un tirón, me incorporo y saco las piernas por el borde de la cama, todo en un solo movimiento doloroso, con cada fibra de mi cuerpo suplicando que pare para aliviar los dolores punzantes que me recorren los huesos.
Lo hago deprisa, a pesar del dolor, porque si dudo aunque sea un instante, volveré a meterme bajo las mantas y me rendiré.
¿Qué demonios?
Observo mi entorno. La parte lógica de mí sabe que así es como mi mente me protege de la realidad de lo que me espera hoy.
Mi cerebro me está impidiendo sufrir un colapso total, perder la cordura.
Al fin y al cabo, ¿quién podría mantener la compostura sabiendo que va a morir y que no puede hacer nada para evitarlo?
Esto es una alucinación.
Cierro los ojos, vuelvo a tumbarme y me concentro en la respiración: inhalo por la nariz, exhalo por la boca.
Pasados varios minutos, me incorporo de nuevo.
Me agarro la piel del dorso de la mano entre dos dedos y la retuerzo varias veces, cada vez con más fuerza.
Duele horrores y me deja marcas rojas e irritadas en la piel.
Miro a mi alrededor. Nada ha cambiado.
Esto no puede ser real. Te lo estás imaginando.
Vale, me dice mi mente, sigamos con esto, veamos adónde lleva. ¿Qué daño puede hacer?
Recorro la habitación con la mirada, observándola despacio: las cortinas azul pálido recogidas a cada lado de la ventana, a juego con la funda nórdica de la cama; el mismo azul en el asiento tapizado frente al tocador.
Mi tocador.
Mi cama.
Mis cortinas.
He vuelto. Estoy en casa, en la casa de Joe y mía.
Me levanto de la cama y pruebo a apoyar el peso en la pierna mala antes de acercarme a la ventana y asomarme. El coche de Joe está aparcado en el camino de entrada, frente al garaje.
Donde siempre está aparcado.
Un vecino de enfrente está lavando su coche, el Mercedes negro que es su mayor orgullo.
Jean, nuestra vecina anciana que vive en el bungaló del final del callejón sin salida, vuelve a casa despacio, con la bolsa de la compra en la mano.
Todos los días camina hasta las tiendas del barrio, puntual como un reloj suizo.
Su ejercicio diario, como ella lo llama.
No puedo evitar admirar a mi cerebro: no solo intenta convencerme de que estoy en casa, sino que incluye detalles triviales para hacerlo más creíble.
Entonces, ¿dónde está Joe? ¿Qué ha hecho mi cerebro con él?
Se me encoge el corazón solo de pensarlo. ¿Podría ser esto real? Si fuera un sueño, ¿no estaría él aquí, sano y salvo?
Lo estaría.
Salgo al rellano y bajo las escaleras. Cuando llego al vestíbulo, todo está exactamente como debería: nuestros abrigos colgados en el perchero, la alfombrilla de bienvenida que Joe y yo trajimos de España frente a la puerta, y las flores que compré unos días antes de irnos el sábado en la mesa del rincón.
Están empezando a marchitarse; un pétalo solitario descansa junto al jarrón.
Ahora me muevo más deprisa. Voy al salón.
Joe no está; la habitación está exactamente como la dejamos, con el tenue olor a rosas del difusor en la repisa de la chimenea flotando en el aire.
Salgo del salón, cruzo el vestíbulo y entro en la cocina, desesperada por encontrar a Joe porque empiezo a creer que quizás esto podría ser real y no un sueño.
La euforia que siento al estar de vuelta en casa se me queda atascada en la garganta, porque sin Joe no significa nada.
Tengo que encontrarlo.
Estará allí, en la cocina, seguro que sí.
La decepción al abrir la puerta y ver la habitación vacía es abrumadora, aplastante.
Esta es nuestra habitación favorita, el lugar donde pasamos la mayor parte del tiempo, uno de nosotros sentado a la mesa o tumbado en el sofá mientras el otro cocinaba.
Era Joe, sobre todo, quien se encargaba de las comidas.
¿Por qué hablo de él en pasado?
¿Qué hago ahora? Estoy perdida sin él, y estar de vuelta aquí no significa nada si él no está conmigo.
Me desplomo en el sofá, con la cabeza entre las manos, y sé que debería hacer algo, llamar a alguien, a papá, creo.
Mi mente va a toda velocidad, tratando de planificar qué hacer, de racionalizar.
Papá ha pagado el rescate y los secuestradores me han liberado, pero a Joe no.
¿Qué han hecho con él?
Sé la respuesta, pero me niego a creerla.
Suena un timbre y miro alrededor confundida, preguntándome de dónde viene, hasta que me doy cuenta de que es el de la puerta.
El timbre que Joe solía decir en broma que podía despertar a los muertos.
Me levanto del asiento y salgo al pasillo a abrir.
Quienquiera que sea puede ayudar. Pueden llamar a la policía por mí, poner las cosas en marcha, porque yo no tengo fuerzas para hacer nada ahora mismo.
Los dedos no me responden al principio y se niegan a agarrar el pomo, pero después de varios intentos consigo sujetarlo.
Abro de un tirón, casi golpeándome en la cara con la puerta.
Una vez abierta, me quedo mirando a la persona que tengo delante sin comprender nada, con el cerebro luchando por asimilar lo que veo.
Doy un paso adelante con los brazos extendidos, convencida de que en cualquier momento este mundo que estoy imaginando se desvanecerá y volveré a estar atrapada en aquella habitación, esperando la muerte.
Pero no lo hace; esto es real.
Joe me sonríe, con los labios agrietados, una paleta astillada, la cara golpeada y llena de moratones.
Pero muy vivo.
✽✽✽
Estamos sentados en el sofá del salón, Joe bebiendo agua a grandes tragos de un vaso grande, yo observándolo.
—¿Cuánto tiempo llevas sin beber? —pregunto.
—No estoy seguro, un día, quizá más, creo. —Tiene la voz ronca.
Vacía el vaso y se lo quito de las manos temblorosas.
—¿Más?
—Dentro de un momento. —Me coge la mano y la aprieta con fuerza—. Solo quiero quedarme aquí sentado contigo un rato. Asegurarme de que esto es real y de que no estoy soñando.
Siente lo mismo que yo; nos aferramos el uno al otro en el umbral, y solo nos separamos cuando Joe empezó a marearse. Temía caerse y arrastrarme con él, así que entramos en el salón todavía agarrados, con miedo a soltarnos.
—¿Quién te trajo? —pregunto.
Se encoge de hombros.
—No lo sé, me habían puesto un saco en la cabeza y sé que iba en algún tipo de furgoneta porque tuve que tumbarme en la parte de atrás.
Pensé que me llevaban a algún sitio para matarme, para enterrarme.
—Se le quiebra la voz en la última palabra, y me acerco más a él y le aprieto la mano con más fuerza.
—Cuando paramos, abrieron las puertas, me sacaron a rastras y me dijeron que no me diera la vuelta.
Entonces Evan me dijo que me devolvían la vida, pero pensé que era una broma macabra.
Cuando me quitaron el saco y vi dónde estaba, ni siquiera entonces me di la vuelta.
Estaba demasiado aterrorizado para moverme y esperaba un balazo en la cabeza en cualquier momento.
Incluso cuando oí la furgoneta alejarse calle abajo, seguí pensando que intentaban engañarme, que querían que me moviera para poder matarme.
No sé cómo llegué a la puerta. Debí de caminar, pero no lo recuerdo; en un momento estaba de pie en la calle, y al siguiente tú estabas abriendo la puerta.
Lo rodeo con los brazos y lo abrazo con fuerza. Lo noto frío bajo la ropa, frágil, lo cual es ridículo porque solo hemos estado separados, ¿qué, dos días, tres? Joe me coge de los brazos y me aparta con suavidad para poder verme la cara.
—Basta de hablar de mí. ¿Cómo volviste y qué pasó? ¿Qué te hicieron? —Veo miedo en su cara, porque debo de tener un aspecto horrible; la ropa sucia y ensangrentada, barro en la cara, despeinada y mugrienta por mi intento fallido de fuga.
—No me hicieron nada. Estoy bien, de verdad. Tuve suerte, no me hicieron daño. No sé cómo he vuelto. Lo único que sé es que me desperté en nuestra cama justo antes de que llegaras. Pensé que estaba soñando, o incluso que estaba muerta, porque no parecía posible estar aquí de vuelta.
—¿Y todo este barro? —Me coge las manos y ve las vendas en las muñecas—. ¿Qué demonios...?
—Tuve que romper la ventana para escapar. —Le aprieto la mano—. Pero sabía que haría mucho ruido, así que fingí intentar suicidarme para tener una excusa. Son solo unos rasguños, nada más. Te lo contaré todo, pero ahora, Joe, solo abrázame, por favor.
Me rodea con los brazos y nos aferramos el uno al otro con fuerza. ¿Superaremos esto alguna vez? ¿Volveremos a sentirnos seguros?
—Lo siento mucho —murmura contra mi pelo.
—No es culpa tuya.
—Sí lo es. Si no nos hubiéramos ido de fin de semana...
—Shh, basta. Ya estamos de vuelta. Eso es lo único que importa.
Cuando por fin nos soltamos, Joe hace una mueca de dolor. Le levanto la camiseta y veo moratones amoratados por todo el torso.
—¿Qué te han hecho? —Me echo a llorar.
—Estoy bien. Ya pasó.
—¿De verdad?
—Sí, ya pasó. —Intenta atraerme hacia él de nuevo, pero me aparto.
—Tenemos que llamar a la policía —digo—. Y a mi padre. Debe de estar muerto de preocupación. Tendré que ir a casa de algún vecino porque no tenemos los teléfonos. —Ojalá tuviéramos fijo, porque sin los móviles estamos perdidos, aislados, incomunicados.
—No.
—Me refería a los dos. No pienso ir a ningún sitio sin ti, ni siquiera a una casa de esta misma calle.
—No.
—Joe...
—Nada de policía, Beth. Nunca.
—Pero...
Se gira para mirarme y me agarra la mano.
—Tienes que prometerme que no le dirás nada a la policía sobre esto, nunca. Y que tu padre también lo prometa. Va en serio, Beth. Prométemelo, porque si no lo haces, no volverás a verme.
—No lo entiendo.
—Es lo que dijo Evan cuando me dejaron en la calle.
Me lo susurró al oído justo antes de quitarme la capucha.
Dijo que me estaban devolviendo la vida, pero que si decía una sola palabra de lo que pasó, si se lo contaba a una sola persona, volverían a por mí.
Que la próxima vez me llevarían a un lugar donde nunca me encontrarían.
Joe tiembla de pies a cabeza. Está aterrorizado, y yo también ante la idea de que vuelva a pasar.
—Dios mío, ¿qué vamos a hacer?
—Vamos a fingir que nunca pasó, olvidarlo, borrarlo de nuestra memoria —dice Joe con expresión sombría.
—¿Crees que podemos hacer eso? No es tan fácil de olvidar, ¿verdad? Cada vez que llegue nuestro aniversario de boda, será también el aniversario de eso .
—Lo sé, pero no tenemos otra opción si queremos seguir vivos. Tu padre tampoco puede saberlo. Nada de policía. No se lo contamos a nadie, nunca.
Mi vida sin Joe es impensable, pero ¿tiene razón? Seguro que la policía nos protegería. ¿Cómo vamos a sentirnos seguros otra vez, sabiendo que los secuestradores siguen ahí fuera?
—Tienes razón —digo, sabiendo que podemos hablar de esto más tarde. Cuando haya tenido tiempo de pensarlo, cambiará de opinión. Por ahora, fingiré estar de acuerdo, porque estoy demasiado agotada para discutir.
—De acuerdo —digo—. Podemos hacerlo. Este fin de semana nunca ocurrió.