El fin de semana perfecto Capítulo doce
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Capítulo doce

E l ambiente de vuelta a la casa es extraño, surrealista.

A Mick parece hacerle gracia que intentara escapar y que creyera que tenía alguna posibilidad de dejarlos atrás.

No vi razón para contarles lo que realmente pretendía hacer.

Su diversión me desconcertó, porque no le veo la gracia, pero supongo que debería estar agradecida de que no hayan sido violentos conmigo como lo han sido con Joe.

Y la única razón es que no represento ninguna amenaza para ellos, además de que necesitan mantenerme viva hasta que se pague el rescate.

Cuando nos detenemos en el camino de entrada, Evan sale de la cabina para que Mick pueda cargarme.

Digo que no hace falta, que puedo caminar, y me inclino para recoger mis muletas del suelo del coche, pero Evan me las arrebata y se las lleva a la casa.

Mick me levanta con una sonrisa y vuelve a llevarme en brazos, como a un bebé.

Mis muletas están tiradas en el suelo junto a la puerta principal y las miro con anhelo al pasar.

No hay rastro de María, y me pregunto dónde estará.

Mick me lleva a mi habitación y me deja caer sobre la cama desde cierta altura.

Hay una bandeja con un sándwich y una botella de agua en la mesita de noche.

—Disfruta de la comida —dice Evan desde la puerta—. Será la última.

Lo miro y luego a Mick, que se ríe entre dientes.

—Tu padre va a pagar el rescate mañana.

Así que por eso están tan contentos.

—¿Dónde? ¿Cómo lo va a pagar?

—No necesitas saber los detalles. Pero una vez que lo tengamos, se acabó todo para ti. —Mick se ríe y, antes de que pueda decir nada, cierran la puerta y echan la llave.

Se acabó todo para mí.

Van a matarme.

✽✽✽

¿Ya será seguro? ¿Llevarán dormidos el tiempo suficiente?

Ojalá supiera dónde están sus dormitorios, eso ayudaría. ¿Y si uno de ellos duerme en la habitación de al lado?

Basta; no es así.

No hay nadie en la habitación de al lado porque los habría oído moverse, pero aunque estuvieran, no los he oído, lo que significa que ellos tampoco pueden oírme a mí. Es una casa grande, antigua y sólida, con paredes gruesas y muebles enormes que absorben cualquier ruido.

¿Me arriesgo? Tengo la sensación de llevar horas aquí tumbada, esperando, pero es difícil saber cuánto tiempo ha pasado sin reloj ni teléfono.

Levántate.

Salgo de la cama, pero no necesito vestirme porque ya lo estoy: vaqueros, camiseta, sudadera, botas.

Y la bota ortopédica, por supuesto, con dos calcetines en el pie para que no se me congele. Me pongo la chaqueta y me la abrocho. Es fina y no protege mucho del frío, pero es mejor que nada.

Ahora solo tengo que salir de esta habitación.

Las tablillas que cubren la ventana son finas, tan endebles que un buen tirón las arrancará.

Esa es la parte fácil, siempre que el ruido no despierte a nadie.

Rezo para que las paredes sean lo bastante gruesas como para absorber el ruido.

Luego, la parte difícil será bajar hasta el suelo sin hacerme daño.

Arranco las sábanas de la cama y ato los extremos entre sí para improvisar una cuerda.

Por suerte, no son sábanas bajeras y son enormes.

La caída no es mucha, solo un piso; saldrá bien.

Siempre que no aterrice mal.

Cállate. Sigue adelante.

Ato un extremo de la sábana al poste de madera de la cama y la extiendo por el suelo hasta la ventana para comprobar que es lo bastante larga.

Por suerte, lo es. Voy a la ventana, agarro la tablilla más baja con ambas manos y tiro de ella bruscamente hacia mí.

Se rompe con facilidad, y repito el movimiento con la siguiente y la siguiente hasta abrir un hueco por el que puedo pasar.

Después, recojo la cuerda y la lanzo por la ventana.

Al asomarme, el suelo parece estar muy lejos.

El extremo de la cuerda cuelga en el aire, justo por encima del suelo.

Solo es un piso, me recuerdo. Sigue adelante, porque si el ruido de romper las tablillas ha despertado a alguien, no tengo mucho tiempo.

Me siento en el alféizar, levanto la pierna mala, doblo la rodilla, la agarro con ambas manos y la balanceo hacia fuera hasta quedar a horcajadas en la ventana. Agarro la cuerda que he hecho y, sujetándome a la pared, paso la otra pierna y me quedo encaramada precariamente en el alféizar.

Allá voy.

Agarro la cuerda con fuerza, me la paso por encima del hombro y me dejo caer lentamente del alféizar.

El tirón en los hombros al caer casi me hace soltar, pero aguanto y me obligo a soltar una mano para bajar un poco más.

Repito el movimiento y voy bajando a trompicones hasta el suelo, con los hombros gritándome que pare.

Justo antes de tocar tierra, levanto la pierna mala todo lo que puedo y apoyo el otro pie para aguantar el peso.

Lo he conseguido.

Me incorporo, temblando de miedo y de frío, y echo a andar por el camino de entrada mientras los ojos se me van acostumbrando a la penumbra. El crujido de la grava suena como disparos en mis oídos aterrorizados, y sé que si alguien mira por la ventana ahora, todo habrá terminado.

Una vez que dejo atrás el camino de entrada y piso el césped, giro a la izquierda y me dirijo hacia el campo abierto.

Echo un último vistazo a la casa y me alivia ver que no se ha encendido ninguna luz y sigue a oscuras.

Acelero el paso y camino tan rápido como puedo, con el contorno difuso del bosque siempre delante mientras avanzo hacia él.

Cojeo entre los árboles con la vista fija en el suelo.

Con solo la débil luz de la luna para guiarme, rezo para no meter el pie en un hoyo ni caerme.

El pecho me arde al respirar el aire helado y las piernas me pesan una barbaridad, pero sigo adelante hasta que no puedo más.

Cuando por fin me detengo en seco, jadeando, me refugio detrás del tronco de un gran roble, fuera de la vista de la casa.

¿Estoy lo bastante lejos para descansar?

¿Es seguro? Da igual si lo estoy o no, porque tengo que parar.

La pierna mala me está matando y necesito descansar.

Me doblo sobre mí misma, apoyo las manos en las rodillas, inhalo hondo y lleno los pulmones de aire helado intentando calmar el mareo y el martilleo en la cabeza.

Solo un momento, eso es todo lo que necesito, unos segundos para recuperar el aliento antes de volver a moverme.

A pesar del soporte de la bota ortopédica, mi pierna se siente frágil y débil, como si pudiera ceder en cualquier momento, como si el más mínimo movimiento fuera a partirla.

Es posible; ya se rompió una vez, así que podría romperse de nuevo.

Curiosamente, no sentí dolor mientras me movía; el terror y la adrenalina me impulsaron, pero ahora me recorren descargas eléctricas desde el tobillo hasta la rodilla.

Intento no pensar en el daño que podría haberme hecho, pero el miedo siempre presente de no volver a caminar con normalidad se abre paso en mi cabeza.

No tengo elección. Además, no iré a ninguna parte una vez que consigan el dinero y deje de serles útil.

Con la respiración más calmada y el corazón ya sin retumbarme en los oídos, me pregunto si es seguro moverme de nuevo.

Me asomo desde detrás del árbol y observo el camino por el que he venido.

Es difícil distinguir la casa en la oscuridad, pero si entrecierro los ojos, creo que puedo ver su contorno a lo lejos.

No hay luces encendidas, ni linternas que perforen la oscuridad en mi busca, ni gritos, ninguna señal de que alguien sepa que he escapado.

Ni rastro de los perros.

Me trago el miedo que me produce pensar en esas enormes y feroces bestias y en lo que me harían. No me están buscando; la casa tiene el aspecto que debería tener a estas horas de la madrugada: oscura y dormida, sin señales de vida.

Puedo hacerlo.

Incapaz de correr, he cojeado tan rápido como me permite el tacón de casi ocho centímetros de la bota, y aunque he tropezado muchas veces en la oscuridad, con el pie chocando contra escombros o hundiéndose dolorosamente en algún desnivel, he seguido adelante.

Si me caigo y me hago daño, sé que será el final.

Mi intento de fuga habrá terminado y no llegaré a ninguna parte.

Necesito pisar con cuidado y no lesionarme.

Aunque quisiera, no puedo mantener el ritmo con el que empecé, por más que no fuera más que un trote renqueante, porque me dejó agotada.

Antes estaba en forma, pero romperme el tobillo y la pierna me arrebató eso en un abrir y cerrar de ojos.

En cuestión de semanas, mis músculos tonificados desaparecieron y en su lugar quedó algo parecido a un palo.

Para.

Mis pensamientos divagan de nuevo.

Concéntrate. Céntrate. Tienes que prestar atención, Beth, si quieres salir de aquí.

Todavía no saben que he escapado; la casa está dormida, y dan por hecho que yo también.

No tienen ni idea de lo que he estado tramando y creen que apenas puedo caminar, así que si tengo suerte, no me echarán en falta hasta que amanezca y revisen mi habitación.

Para ellos, estoy atrapada en esa habitación, sin poder apenas moverme.

Anoche se rieron de mi intento de escapar.

El pueblo más cercano no puede estar tan lejos de aquí; esto es Inglaterra, no Estados Unidos, y ningún lugar queda muy lejos de ningún otro.

El sitio al que fuimos anoche no estaba tan lejos, pero podría haber alguno más cerca.

Aunque tenga que caminar hasta que amanezca, encontraré un pueblo o al menos una casa, alguien que pueda ayudarme y llamar a la policía.

Encontraré una carretera, y cuando amanezca habrá tráfico, estoy segura.

Puedo hacerle señas a un coche. Mi ropa está cubierta de sangre, así que alguien se compadecerá de mí, porque no parezco una autoestopista cualquiera.

Si mi pierna aguanta.

Ojalá tuviera las muletas conmigo, porque entonces podría moverme más rápido.

Pero al menos puedo caminar. Ahora mismo, no tiene sentido preocuparme por el daño que pueda estar haciéndole a mi pierna porque no tengo elección.

Caminar es mi única forma de escapar. Me yergo y miro hacia el cielo para comprobar dónde está la fina luna.

Si la mantengo frente a mí, me alejaré de la casa.

Creo. Espero. Sería tan fácil caminar en círculos, porque todos los árboles parecen iguales y, una vez que pierda de vista la casa, no habrá nada que me guíe.

No tengo ni idea de dónde estoy, así que lo único que puedo hacer es seguir caminando en línea recta y confiar en que me esté alejando cada vez más de ellos .

Cojeo lentamente y me asombra cómo logré casi correr cuando bajé de la habitación, porque ahora, cada vez que pongo el pie en el suelo, el dolor me sube por toda la pierna.

El frío tampoco ayuda. Salir al exterior con esta temperatura fue un shock.

Mi chaqueta fina no sirve de mucho, y si no sigo moviéndome, por muy despacio que sea, los temblores se apoderarán de mí.

Tengo los dedos entumecidos e incluso con la capucha puesta, las orejas me duelen del frío.

Sigo adelante con determinación. Al cabo de un rato, encuentro una especie de ritmo: descubro que si exhalo al apoyar la pierna mala, de algún modo el dolor se vuelve más soportable.

De vez en cuando me detengo y me giro para mirar atrás, entornando los ojos en la oscuridad, y cada vez me alivia no ver luces ni oír sonidos.

Pero es inquietante; está tan oscuro que los crujidos de los animales en la maleza me sobresaltan, incluso las ramitas que se rompen a mi paso me hacen dar un respingo.

Sigue adelante.

Y entonces, por fin, los árboles empiezan a escasear y el suelo se allana, lo que facilita el avance. A lo lejos, casi estoy segura de ver una luz tenue. ¿Me acerco a una carretera o a una casa? ¿Quién estaría conduciendo tan temprano?

¿Qué hora es? A ojo de buen cubero, podrían ser las dos o las tres de la madrugada, pero en realidad no lo sé. ¿Cuánto tiempo llevo caminando? Podrían ser horas o podrían ser treinta minutos, porque el tiempo ha dejado de tener sentido.

Avanzo y veo que hay una carretera delante de mí.

La débil luz de la luna brilla sobre el asfalto, esa superficie negra y lisa tan diferente del suelo del bosque.

Acelero el paso cojeando e ignoro el dolor porque de repente me invade la energía y la esperanza.

Tanta esperanza que, al principio, lo que oigo no me llega.

Ladridos de perros.

Me detengo en seco y escucho, conteniendo el aliento para que mi propia respiración no me impida oír.

Sin duda, perros.

Enferma de miedo, sé que es imposible correr más que ellos, aunque estuviera en forma. Esos enormes sabuesos cubrirán la distancia que nos separa en un abrir y cerrar de ojos, y solo tengo minutos antes de que me encuentren.

A menos que consiga llegar a la carretera.

Quizás tenga suerte y pase un coche. Es una esperanza débil, casi una imposibilidad que necesitaría un milagro, pero acelero de todos modos porque es lo único que tengo.

El sonido de los ladridos se mezcla con el de mi propio corazón retumbándome en los oídos mientras avanzo lo más rápido que puedo.

Ya veo la carretera con claridad. Hay marcas blancas en el centro y, a lo lejos, bendito sea Dios, los faros de un coche que se acerca.

Date prisa, Beth, date prisa.

Y entonces tropiezo cuando el pie se me engancha en un hueco y, sin poder evitarlo, caigo de bruces al suelo.

Las manos extendidas chocan contra tierra y piedra en un aterrizaje doloroso, las piernas despatarradas detrás de mí.

Aturdida, levanto la cabeza del suelo con terrones de tierra pegados a la cara y sabor a barro en la boca.

Levántate.

Me arrastro dolorosamente hasta ponerme de rodillas y levanto la vista para ver los faros que se acercan. Solo un poco más y el conductor me verá, el coche se detendrá y estaré a salvo. Si consigo ponerme de pie y dar unos pasos más, lo habré logrado.

O podría arrastrarme.

Los ladridos están más cerca ahora, muy cerca.

Levanto un brazo e intento extender ambos hacia delante para arrastrarme, pero los gruñidos y los aullidos excitados de los perros son tan fuertes que me parece sentir su aliento sobre mí.

«Es tu imaginación», grita la voz en mi cabeza, «es miedo, eso es todo».

Muévete.

Levanto la cabeza y miro hacia atrás. A través de la oscuridad veo a los perros que corren hacia mí desde los árboles, con una excitación palpable por haber encontrado a su presa.

Gruñen y ladran mientras galopan hacia mí, y mi cerebro me ordena que me mueva, que corra, que me arrastre, que haga algo, pero mi cuerpo se niega a obedecer.

Estoy acabada, agotada. No me queda nada.

Me tumbo en la tierra húmeda, me hago un ovillo y rezo para que todo termine.