Capítulo diez
T anta sangre.
Mis pantalones están salpicados de ella, el rojo brillante destaca contra la tela vaquera azul pálido. Curiosamente, ahora no siento dolor. Me bajo con cuidado al suelo, me tumbo y cierro los ojos.
Segundos después, la puerta se abre de golpe y golpea la pared con una fuerza que resuena por toda la habitación.
—¡Joder! —Evan, con su acento de Londres más marcado ahora, suena aterrado mientras cruza la habitación a toda prisa hacia mí.
—Dios mío, ¿está muerta? —Es María. Suena aterrorizada. Quizá no soporta ver la sangre. La luz a través de mis párpados cerrados se oscurece y noto que Evan está cerca de mí. Sus dedos, fríos y firmes, se cierran alrededor de mis muñecas.
—Trae una toalla o algo —espeta Evan.
Un momento después, su agarre se afloja y noto una tela suave y húmeda que me envuelve firmemente cada muñeca. Toallas de baño, supongo. A la suavidad se suma la presión, pero esta vez creo que es María, porque su tacto es más delicado y, extrañamente, me hace sentir segura. Huelo su perfume.
—Tenemos que llevarla al hospital —dice María—. Podría morir.
—No va a morir —es Mick. Parece que está junto a la puerta—. No si mantienes la presión en las muñecas.
—Te has tomado tu tiempo —espeta Evan—. ¿Dónde demonios estabas?
—Estaba ocupado con los perros. Alguien tiene que darles de comer —Mick suena molesto y, de nuevo, percibo animosidad entre ellos.
—No puedo mantener la presión eternamente —dice María—. Las heridas necesitan puntos. Deberíamos llevarla a un médico.
—Cállate —es Evan—. Nada de médicos.
—¿Y si se muere? —insiste María.
—No va a morir —espeta Evan—. Pondremos cinta en los cortes y los vendaremos bien apretados. No está saliendo a borbotones, ¿verdad? No se va a desangrar. Vamos a ponerla en la cama. ¿Mick?
Unos brazos fuertes se deslizan bajo mis hombros y rodillas.
Obligo a mi cuerpo a quedarse flácido y finjo estar inconsciente.
Cuando me levantan, la cabeza se me inclina hacia atrás, las extremidades laxas.
María me sujeta las muñecas mientras Mick me lleva, y luego me deja caer sobre la cama sin ningún cuidado, arrancándome los brazos del agarre de María.
—¡Ten cuidado! —espeta Evan.
El colchón se hunde cuando María se sube a la cama y vuelve a agarrarme las muñecas.
—Voy a buscar un botiquín o algo —dice Evan—. Tiene que haber uno en algún sitio.
—¿Y si se muere? —repite María con la voz tensa de miedo—. ¿Qué haremos entonces? No podemos dejarla morir.
—Cierra el pico —sisea Evan—. No va a morir. Contrólate. Tú quédate aquí, Mick, mientras yo voy a buscar vendas. Y no aflojes la presión, María.
—No me digas lo que tengo que hacer —dice Mick en voz baja.
—Bien. Entonces decide tú.
Pasos, el crujido de la puerta. Creo que Mick acaba de irse.
—Está tan pálida —murmura María.
—Estará bien —Evan la tranquiliza, con un tono más suave.
—Esto no tenía que pasar —susurra ella con voz apenas audible.
—Shh. Cuidado con lo que dices.
Silencio. ¿Estarán hablándose sin voz, teniendo una conversación? Creo que sí. La tentación de abrir los ojos es fuerte, pero me resisto. Si finjo estar inconsciente, quizá descubra algo más.
—Toma —Mick ha vuelto—. Aquí dentro debería haber algo.
Se oye cómo abren una caja y rebuscan dentro.
—Esto debería servir. Es para cerrar heridas con cinta —es la voz de María. Me desenrolla la toalla de la muñeca izquierda, la de los cortes más profundos. Hago una mueca y abro los ojos cuando María me limpia la piel con una toallita de alcohol. Escuece.
—Estúpida —dice Evan, mirándome a los ojos—. ¿Para qué has hecho eso?
No respondo y cierro los ojos para no ver la rabia helada en los ojos de Evan.
Me quedo quieta mientras María estira la cinta sobre la herida y va secando la sangre.
Una vez que la ha cerrado con cinta, envuelve una venda firmemente alrededor, una y otra vez, y luego repite el proceso en la otra muñeca.
—Busca algo para tapar la ventana —le dice Evan a Mick.
—Que se congele —responde Mick—. Así aprenderá a no ir por ahí rompiendo cosas.
Evan murmura algo, pero no capto lo que dice. María termina de vendarme la otra muñeca y el colchón se mueve cuando se baja de la cama.
—Abre los ojos —Evan está cerca; noto su aliento en la cara.
Abro los ojos.
—¿Qué sentido tenía eso? —exige.
—No puedo vivir sin Joe.
Suspira.
—No tienes que vivir sin él. En cuanto se pague el rescate, os dejaremos ir a los dos.
—¿Cómo sé que no nos mataréis a los dos?
—Tendrás que confiar en mí, ¿no?
—No creo que vayáis a dejarnos ir. Ya habéis matado a Joe, ¿verdad? Por eso no está aquí. Está muerto.
—Está vivo.
—No, está muerto. Lo presiento. Lo sé. Yo también quiero morir.
—No está muerto, joder.
—No te creo.
—Dejad que lo vea —dice Mick.
—¡NO! —grita Evan—. No es ella quien manda aquí.
—Lo haré otra vez —digo—. Y la próxima vez me aseguraré de que funcione y de que me muera.
—Podríamos dejar que lo vea —repite Mick—. Solo un minuto.
—No se va a suicidar. No es capaz —dice Evan.
—Un rehén muerto no os sirve de mucho, ¿verdad? —Miro a Mick.
—Te demostraremos que está vivo —dice Mick.
—¿Así que ya has decidido, no? —le espeta Evan a Mick, fulminándolo con la mirada—. ¿Ahora decides tú?
—Gracias, Mick —digo.
—Puto idiota —estalla Evan—. No corría ningún peligro de morir. Esos cortes son superficiales y mira, ya han dejado de sangrar. La zorra estúpida ni siquiera sabía lo que hacía.
Claro que lo sabía, Evan. Sabía perfectamente lo que hacía.
Y funcionó.
✽✽✽
Mick clava un clavo en la tabla que cubre la ventana y retrocede para admirar su trabajo. Lo observo desde la cama, el rostro inexpresivo, con un único pensamiento en mente.
Voy a ver a Joe.
Joe está vivo y van a dejar que lo vea. ¿Cuánto tendré que esperar? Estoy desesperada por llegar hasta él, por comprobar que está bien.
Mick recoge la maltrecha caja de herramientas del suelo y pasa junto a mí hacia la puerta.
—¿Cuándo puedo ver a Joe?
Se marcha y necesito saberlo.
Se detiene y me estudia un momento. María está de pie junto a la puerta. Ha estado observándome mientras Mick tapaba la ventana, pero no me he movido del sitio donde me dejó, en la cama.
—Si haces lo que te dicen, pronto.
—Gracias.
Me obligo a parecer agradecida. La mirada de María va de Mick a mí y vuelve a él.
Evan no está aquí; él y Mick salieron antes de la habitación y nos dejaron encerradas a María y a mí.
Gritaban tan fuerte en el piso de abajo que podíamos oírlos discutir, y cuando Mick volvió, tenía la cara enrojecida.
Entró hecho una furia y se puso a clavar la madera sobre la ventana sin dirigirle una palabra a María.
—Coge eso —le espeta a María, y ella recoge mis muletas del suelo y lo sigue fuera de la habitación. Cierra la puerta con llave tras de sí.
Ojalá no se las hubieran llevado, pero no me sorprende que lo hayan hecho.
Sabrán que las usé para romper la ventana y no querrán que vuelva a hacerlo con la otra.
Me levanto de la cama y me dirijo hacia la ventana.
Voy más despacio sin las muletas, pero cuanto más me mueva, más fuerte me pondré.
Fuera, la noche es negra como boca de lobo, pero dejo la cortina abierta en la ventana intacta porque necesito ver de dónde traen a Joe.
La tabla sobre la ventana destrozada es improvisada, la madera claramente reutilizada de una caja de embalaje.
Alargo la mano y agarro un listón para probar su resistencia.
Es delgado, débil. Mick clavó clavos en el marco de la ventana para sujetarlo, pero es endeble.
Los huecos entre los listones dejan entrar aire frío, y en la parte superior, una abertura de unos centímetros deja parte de la ventana al descubierto.
Ese hueco también me permitirá oír si un vehículo se detiene fuera, así que sabré cuándo traen a Joe.
A menos que ya esté en la casa.
Lo vi cuando se lo llevaban, pero podrían haberlo traído de vuelta sin que yo lo supiera.
Podría estar en otra habitación, porque esta casa es grande.
Bajo la mirada hacia la alfombra y la luz capta diminutos trozos de cristal que María pasó por alto al limpiar.
Hay sangre salpicada en el papel pintado y en la alfombra.
Un poco de sangre cunde mucho, e hizo que lo que había hecho pareciera mucho peor de lo que era.
No tenía ninguna intención de suicidarme.
Evan tenía razón cuando dijo que eran heridas superficiales, pero al verme cubierta de sangre, todos entraron en pánico y dieron por hecho que era mucho peor de lo que era.
Tenía que hacer algo, pasar a la acción. Esperaba que me dejaran ver a Joe, lo cual, gracias a Mick, funcionó, pero también lo hice porque no podía quedarme aquí sentada esperando a morir.
Tengo la sensación de que a María le incomoda lo que está pasando, que no está a gusto con ello. ¿Acaso no está de acuerdo con lo que hacen Evan y Mick?
Me acerco a la cama, me subo a las sábanas manchadas de sangre, me apoyo en las almohadas y repaso lo que he aprendido.
Evan y Mick están tensos entre sí, cada uno convencido de que él es el jefe.
Hay una animosidad evidente entre ellos.
¿De quién es esta casa? No puedo creer que sea de Evan.
Quizás la tienen alquilada, o se instalaron aquí mientras el propietario está fuera.
O peor: quizás han asesinado al propietario, a los ocupantes.
O puede que los tengan retenidos en algún lugar, como a Joe.
Porque deben de estar bastante seguros de que quien vive aquí no va a aparecer y pillarlos.
Cualquier cosa es posible.
Cuando llegamos aquí, Mick nos dijo que trabajaba aquí, pero ¿es verdad? Porque está claro que no ve a Evan como su jefe. ¿Se les ocurrió pedir el rescate después de enterarse de quién era mi padre, o de algún modo esperaban que Joe y yo nos averiáramos cerca?
¿Cómo iba a ser eso posible?
¿O fue solo mala suerte? Nos averiamos en medio de la nada y un grupo de criminales vio la oportunidad de sacar tajada.
Ninguna posibilidad tiene sentido.
¿Es María la novia de Evan? Es posible, y si no lo es, como mínimo hay más confianza entre ellos que con Mick. Quizás ya se conocían antes de conocer a Mick.
Pero, otra vez, ¿cómo pueden haber planeado esto? No tiene sentido.
Me quieren viva, por ahora, porque podrían necesitarme para grabar otro vídeo de prueba de vida. Es lógico pensar que no me liberarán una vez que tengan el dinero. Les he visto las caras y puedo identificarlos a todos, igual que a esta casa, y Joe también puede.
Serían idiotas si nos dejaran marchar.
Quizá solo Evan sabe que van a deshacerse de nosotros; tal vez Mick y María creen que nos liberarán. Puede que estén dispuestos a participar en un secuestro, pero el asesinato es harina de otro costal.
Todo son conjeturas mías, y ¿de qué me serviría conocer sus planes? No lo sé. Lo que sí sé es que papá no tardará en pagar el rescate porque no acudirá a la policía. No hará nada que pueda ponerme en peligro. Pagará lo que sea con tal de recuperarme.
Lo que significa que a Joe y a mí no nos queda mucho tiempo antes de que mantenernos con vida deje de ser necesario.
El sonido del camión de Mick al llegar me hace levantarme de la cama e ir hasta la ventana, y me sorprende lo rápido que puedo moverme sin las muletas.
Han traído a Joe.
Voces. Hay alguien al otro lado de la puerta del dormitorio.
Estoy en un dilema: me muero por quedarme junto a la ventana y comprobar si Joe está bien, pero si abren la puerta del dormitorio y me ven, sabrán que puedo caminar y no quiero que lo sepan.
Cuanto más discapacitada me crean, mejor.
Echo un último vistazo al camino de entrada y veo que la puerta del camión se abre, pero me aparto y cojeo hacia la cama lo más rápido posible, tumbándome como si no me hubiera movido desde que se fueron.
Se me acelera el corazón solo de pensar en ver a Joe y rezo en silencio para que esté bien, para que no lo hayan vuelto a golpear.
El terror en sus ojos la última vez que lo vi está grabado en mi cerebro y aparto el recuerdo, incapaz de soportar la idea de lo que podrían hacerle.
Evan entra primero, seguido de María.
—Levántate —me ladra Evan.
—¿Puedo ver a Joe?
—Cállate y levántate.
—No puedo caminar sin mis muletas.
Se queda confundido un momento.
—Mick dijo que se las quitáramos —dice María—. Para que no pudiera usarlas para romper otra ventana. Están abajo.
Evan frunce el ceño y mira hacia la puerta abierta. ¿Está Mick ahí fuera?
—¿Puedes cogerla, Mick? —dice Evan—. No puede caminar.
Se lo está pidiendo, no ordenando. Quizá sea consecuencia de la discusión que oí antes.
Mick entra, me levanta de la cama y espera mientras Evan y María salen de la habitación. Los seguimos hasta el rellano y bajamos las escaleras. ¿En qué habitación está Joe?
Una vez abajo, espero que Mick me lleve a la biblioteca o al salón, pero no: vamos hacia la puerta principal, seguimos a Evan al exterior y nos dirigimos al camión.
Evan abre la puerta del copiloto y Mick sube los escalones y me mete en el asiento delantero de un empujón, apartándome con brusquedad.
Cuando estoy dentro, él baja y Evan sube a mi lado, tira mis muletas al suelo y se abrocha el cinturón.
Y entonces me doy cuenta de que no han traído a Joe para que lo vea.
Me llevan a mí hacia él.