El fin de semana perfecto Capítulo nueve
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Capítulo nueve

D inero.

Claro. ¿Acaso no es siempre por dinero?

Evan me sonríe y las ganas de sacar las tijeras de uñas del bolsillo y clavárselas en el ojo son tan fuertes que tengo que apretar los puños para contenerme.

Intentarlo sería inútil porque me dominaría con facilidad, pero aun así, el deseo de hacerlo es casi irresistible.

¿Sería capaz de hacerlo, de ejercer semejante violencia contra otro ser humano?

Imagino su ojo estallando en pedazos mientras le clavo las tijeras.

Una visión de sangre y vísceras se despliega en mi mente con un color espantoso, y en lugar de sentir náuseas ante la idea, sé que, si tuviera la oportunidad, lo haría sin dudarlo.

Me sorprende descubrir de lo que soy capaz.

—Harás un vídeo que enviaremos a tu padre y, en cuanto reciba mi dinero, os dejaré ir a los dos —lo dice con un atisbo de sonrisa en el rostro, y tengo que apartar la mirada para no abalanzarme sobre él.

No me creo ni por un segundo que vaya a dejarnos marchar.

Tanto Joe como yo les hemos visto la cara a Evan y a Mick.

No va a arriesgarse a que Joe y yo los identifiquemos ante la policía. Se asegurarán de no dejar cabos sueltos. Nos matarán a los dos.

—¿Y si me niego? —pregunto.

Se ríe, se acerca a la ventana y mira afuera, contemplando el paisaje. Está relajado, seguro de sí mismo, convencido de que no voy a atacarlo.

—Entonces Joe morirá —dice, volviéndose hacia mí—. Te grabaremos diciendo exactamente lo que yo te ordene, o mataré a Joe. Tú eliges. Si quieres que viva, harás lo que te pida.

Pida. Menuda broma; como si tuviera elección.

—Lo haré, pero por favor, déjame ver a Joe.

—Cuando tu padre haya pagado el rescate, podrás verlo.

—¿Dónde está? ¿Adónde os lo habéis llevado? ¿Por qué no podemos estar juntos?

—Está vivo. De momento, es todo lo que necesitas saber —dice Evan—. Obedece y seguirá estándolo.

Dicho esto, sale de la habitación, cierra la puerta, y oigo el chasquido de la llave.

¿Volveré a ver a Joe?

Una rabia repentina y amarga amenaza con desbordarme, y quiero gritar.

Una rabia fría y silenciosa hacia Evan, pero también hacia Joe.

Si Joe no hubiera bebido tanto ni alardeado de quién es mi padre, Evan no habría tenido ni idea y no nos tendría secuestrados pidiendo un rescate.

Hoy estaríamos yéndonos a casa y nuestras vidas seguirían su curso normal.

¿Por qué demonios ha tenido que pasar esto?

Nunca se me pasó por la cabeza que esto tendría que ver con papá, pero debería haberlo sabido, porque en mi antigua vida, cuando la gente sabía quién era yo, siempre era por dinero.

Siempre. Pero la vida ha sido tan diferente desde que estoy con Joe que me he acostumbrado a vivir con normalidad, a hacer cosas normales, a tener amigos normales.

Sí, tenemos una casa preciosa ya pagada, pero nunca hablo de su riqueza con nadie.

Dejé esa vida atrás. Cuando hablamos de nuestras familias con los amigos, lo hacemos en términos generales y el dinero no se menciona.

La familia de Joe es pobre, pero él tampoco va pregonándolo, porque no tiene nada que ver con quiénes somos.

Nuestros amigos dan por hecho que Joe y yo estamos en una situación parecida a la suya, con una hipoteca grande que pagar, porque nunca les hemos dicho lo contrario.

Los dos trabajamos, aunque yo no lo hago desde que me rompí la pierna, porque ahora mismo no puedo hacer trabajos temporales.

Nadie conoce nuestra situación económica, igual que nosotros no conocemos la de nadie.

Las finanzas personales no son algo que comentemos con los amigos.

Y eso me viene de perlas, porque no quiero que me vean como una niña rica de papá, una princesa, una mimada.

¿Qué probabilidades había de que el coche se nos averiara justo cerca de un criminal que ve la oportunidad de sacarnos dinero fácil?

Una entre un millón, seguro, pero de algún modo ha ocurrido. Si no hubiéramos venido a este maldito fin de semana en el spa, nada de esto habría pasado. Estaríamos a salvo en casa, juntos, en lugar de vivir esta pesadilla que va a acabar con nuestra muerte.

Haz algo .

Analiza la situación, Beth, a ver qué puedes hacer, porque algo tiene que haber. Siempre se puede hacer algo, eso dice papá.

No hagas nada y muere.

Tengo que encontrar una salida, una forma de escapar de aquí, así que deja de llorar, deja de enfadarte y piensa , Beth.

Respiro hondo varias veces y me seco las lágrimas.

Vale. Me retienen para pedir un rescate, pero, mirándolo por el lado bueno, al menos ahora sé que el objetivo no es torturarme ni convertirme en esclava sexual.

Eso espero. Aunque Evan podría hacerlo también, solo por diversión, porque nada se lo impide y, de todos modos, va a matarme.

No pienses en eso; no te ayudará.

Sé que papá pagará el rescate de inmediato.

No acudirá a la policía porque no se arriesgará a que me pase nada.

Si hay algo de lo que estoy completamente segura en este mundo es del amor de papá.

Puede que no siempre estemos de acuerdo en todo, pero jamás he dudado de su amor ni por un instante.

El verdadero problema es que, en cuanto Evan tenga el dinero, Joe y yo dejaremos de serle útiles y nos matará.

Y no puedo hacer nada para evitarlo.

Puede que ya haya matado a Joe, porque ¿qué razón hay para mantenerlo con vida? Se me corta la respiración solo de pensar que quizá no vuelva a ver a Joe, de pensar en lo que podrían haberle hecho.

Es insoportable.

Para. No pienses en eso porque no te ayudará a salir de aquí.

Entonces, ¿qué puedo hacer? ¿Intentar convencer a Evan de que no me mate? No creo que funcione porque no es idiota. Si le prometiera no contarle nada a la policía, sabría que, en cuanto esté libre, los ayudaré en todo lo que pueda.

¿Y si intento retrasar lo inevitable, ganar tiempo? Podría hacerme más fuerte, prepararme para tener más posibilidades de escapar y conseguir ayuda. Podría intentar salir de esta habitación, porque tiene que haber una manera; simplemente, todavía no la he encontrado.

Me levanto de la cama, voy hasta la puerta, pego la oreja a la madera y escucho. Silencio. Por ahora, estoy sola. Camino hasta la puerta del baño y retomo mi ir y venir por la habitación.

Y mientras camino, voy pensando, porque tiene que haber una forma de salir de aquí.

✽✽✽

—Llévala en brazos —espeta Evan—. Será más rápido.

Evan y Mick están en mi habitación. Parece que han pasado varias horas desde la última vez que Evan estuvo aquí, y he dedicado la mayor parte de ese tiempo a caminar, con breves descansos intercalados.

Ahora puedo caminar sin ayuda, pero es agotador y mucho más fácil con al menos una muleta; eso sí, sé que puedo hacerlo si lo necesito.

—¿Adónde me lleváis? —pregunto con voz débil y patética.

Evan no responde, sino que sale de la habitación a grandes zancadas.

Mick se cierne sobre mí, me levanta de la cama y lo seguimos.

Recorre el pasillo a toda velocidad, llevándome como si fuera una muñeca de trapo.

Estoy totalmente indefensa, y la velocidad a la que camina, junto con la caída vertiginosa desde la balaustrada hasta el vestíbulo mientras avanza con fuerza, me resulta aterradora.

Podría arrojarme por el lateral si quisiera.

Una imagen de mi cuerpo estrellándose contra el suelo de mármol del vestíbulo, de mi cráneo abriéndose, destella en mi cerebro y me provoca náuseas.

Enseguida estamos bajando las escaleras de dos en dos y siguiendo a Evan hasta la biblioteca.

Una vez dentro, Mick me deja en el suelo tan bruscamente que pierdo el equilibrio y tiene que agarrarme del brazo para evitar que me caiga.

—Por el amor de Dios, ponla en la silla —espeta Evan—. No puede mantenerse en pie. Tiene una pierna rota, ¿recuerdas?

Mick se queda perfectamente quieto un momento antes de arrastrarme hasta la silla colocada en el centro de la habitación y sentarme en ella con brusquedad.

Noto la parte superior de los brazos magullada donde sus dedos se me han clavado en la carne.

Me los froto y hago una mueca. Mick da un paso hacia Evan mientras murmura entre dientes, y aunque no capto las palabras, es evidente por su lenguaje corporal que está enfadado.

Después de unos momentos de siseos mutuos por lo bajo, Mick se aleja de Evan.

—Solo recuerda dejar de decirme qué coño tengo que hacer y estaremos bien —espeta Mick en voz alta.

La piel de Evan, normalmente pálida, está enrojecida mientras fulmina a Mick con la mirada, pero no responde.

Así que Evan no está realmente al mando.

Todo era una actuación, una mentira. Por supuesto que lo era; son criminales, no un amo y su sirviente.

Pero ¿por qué están aquí? ¿Y cuál es el papel de María en todo esto?

Quizá Mick lleva ventaja: es más grande, más fuerte, más imponente.

¿O es Evan el cerebro de los dos? Les echo un vistazo furtivo; ahora han puesto algo de distancia entre ellos, los dos evitan deliberadamente el contacto visual, la tensión entre ellos casi tangible.

Miro alrededor de la habitación; han colgado sábanas sobre las estanterías llenas de libros que hay detrás de mí y las cubren por completo. Debe de ser para que el fondo del vídeo no dé ninguna pista de dónde estoy.

—¿Dónde está Joe? —pregunto en voz alta.

—Cállate —dice Evan.

Se acerca y se planta delante de mí.

—Quiero verlo. Por favor.

De repente se abalanza hacia mí, se inclina y me acerca la cara a la mía.

—Cállate. Hablas cuando yo te diga que puedes —sisea, escupiéndome saliva.

Está nervioso, enfadado incluso, nada que ver con su calma habitual. Me encojo en la silla, que se inclina hacia atrás, y creo que voy a estrellarme contra el suelo, pero Evan agarra los reposabrazos y me endereza. Me mira fijamente un momento y luego se aleja hacia Mick, que nos observa.

—Tú graba, ¿vale? —le dice a Mick.

Noto que su acento ha cambiado; suena menos refinado de lo normal y le detecto un deje de Londres.

Mick asiente y saca un teléfono móvil del bolsillo.

—Lee esto.

Evan se acerca y me pone una hoja de papel delante.

Mick levanta el teléfono y lo apunta hacia mí, dejando a Evan fuera del encuadre. Leo las palabras de la hoja de papel que Evan sostiene.

Todavía estoy viva.

Si quieres que siga así, tienes que pagarles el dinero.

Dos millones de libras y me dejan vivir.

Nada de policía. Si contactas con la policía, moriré.

Lo sabrán.

Se pondrán en contacto.

Me tiembla la voz. No hay forma de darle a papá ninguna pista de dónde estoy. Ninguna indicación. Aunque la hubiera, en realidad no sé dónde estoy.

—Demasiado bajo —ladra Evan—. Léelo otra vez. Más alto.

Las repito.

—Otra vez. Más alto.

Continuamos así hasta que las palabras pierden todo significado y mi voz se vuelve robótica.

Quizá esa era la intención. Bruscamente, Evan se gira y va hacia Mick para estudiar las imágenes del teléfono; los dos hablan en voz baja para que no pueda oírlos.

Momentos después, Mick avanza hacia mí, me levanta de la silla como si no pesara nada y me lleva al vestíbulo y escaleras arriba, con Evan detrás.

Veo a María de pie en la entrada del salón cuando pasamos.

Tiene la cara blanca, la expresión tensa, y aparta la mirada rápidamente cuando la miro.

¿Cuál es su papel en esto? Supongo que no es la criada ni el ama de llaves, como pensé. Quizá sea la novia de Evan o de Mick.

¿Podría ser el eslabón débil?

Posiblemente. Es una mujer. Quizá podría apelar a su bondad.

Mientras me llevan escaleras arriba, les suplico a ambos que me dejen ver a Joe, y mis súplicas se convierten en ruegos desesperados cuando me encuentro con un silencio pétreo.

—María te traerá comida.

Son las únicas palabras de Evan cuando él y Mick se van después de dejarme en la cama.

Se marchan deprisa, cierran de un portazo y echan la llave, y ya no están cuando me levanto de la cama.

Golpeo la puerta y les grito que por favor me dejen ver a Joe, pero me encuentro con el silencio.

Me rindo enseguida, porque estoy malgastando energía gritándole al vacío.

Evan dijo que María me traerá comida. ¿Dos comidas en un día?

Me pregunto por qué se molestan en alimentarme cuando podrían dejarme morir de hambre sin más, ya que van a matarme de todos modos.

Ya empieza a oscurecer afuera. Salgo de la cama, me acerco a la ventana y miro el camino de entrada.

Toda la nieve ha desaparecido ya, derretida y sustituida por una llovizna; el cielo pende bajo y gris, cargado de nubes.

El cristal de las ventanas posee esa extraña luminiscencia propia del vidrio antiguo, casi un brillo, una ondulación.

No es perfectamente plano como el de doble acristalamiento que tenemos ahora, porque esta es una casa antigua y las ventanas son las originales.

Cojo una muleta y uso la otra para mantener el equilibrio.

Sopeso la muleta y golpeteo el cristal con la empuñadura.

La empuñadura es de plástico duro y brillante, no de goma blanda como la contera.

Tiene que ser resistente porque, con una mano en cada empuñadura, debe soportar todo mi peso y más.

Estas muletas están diseñadas para aguantar el peso de un adulto.

Me aseguro de estar estable, agarro la muleta y la lanzo con todas mis fuerzas contra el cristal de la ventana.

El cristal se agrieta; una línea que se extiende de arriba abajo del marco.

Apunto y lo golpeo de nuevo cerca de la grieta.

El impacto hace añicos el cristal con un estruendo ensordecedor, como un disparo.

Los cristales rotos se esparcen por la alfombra, mientras fragmentos dentados se aferran obstinadamente al marco.

Sé que en cualquier momento irrumpirán en la habitación.

Arranco un gran trozo del cristal que todavía cuelga del marco. Lo miro un momento.

Allá vamos.

Respiro hondo, aprieto la mandíbula y arrastro el borde dentado con fuerza por la cara interna de la muñeca.

El dolor es intenso y abrasador. Observo cómo la piel se abre y la sangre brota en un torrente rojo.

Mareada, con el mundo que se inclina a mi alrededor, paso el cristal a la otra mano.

Los dedos me tiemblan, resbaladizos por la sangre.

Sostengo el cristal contra la piel, pero mi cerebro se niega a moverlo.

Hazlo ahora, Beth, porque estarán aquí en cualquier momento.

Presiono con los dedos con todas mis fuerzas y grito mientras hundo el cristal en la piel. La sangre borbotea de la herida.

Está hecho.