El fin de semana perfecto Capítulo siete
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Capítulo siete

A l abrir los ojos, lo primero que pienso es en lo sorprendentemente bien que me encuentro.

No de maravilla, porque tengo dolor de cabeza y estoy con resaca, pero no es nada comparado con lo mal que me sentí anoche.

¿Sería aquel cóctel? Era fuerte y seguro que llevaba whisky, que siempre evito como la peste, pero ¿fue eso lo que me sentó tan mal?

Estaba convencida de que me despertaría esta mañana con una gripe de las buenas o un virus horrible que me dejaría fuera de combate durante días.

Pero me encuentro bien.

Y lo más increíble: dormí toda la noche de un tirón, sin despertarme ni una vez; algo casi inaudito en mí.

También parece que no me he movido nada desde que me desplomé en la cama anoche.

Tengo el cuerpo agarrotado, como si no hubiera cambiado de postura en toda la noche.

Las medias negras están arrugadas, el vestido parece un trapo y los tirantes del sujetador se me clavan en la piel.

Hora de darme una ducha.

Me doy la vuelta, con el cuerpo dolorido en sitios inesperados, esperando ver a Joe a mi lado.

Me encuentro con una almohada mullida y un edredón liso donde debería estar él.

Me incorporo, miro hacia la puerta del baño y veo que está abierta, así que tampoco está ahí.

Joe nunca se levanta antes que yo, lo que significa que debe de ser muy tarde.

Y eso también significa que me he quedado dormida, otra cosa que no hago nunca.

Busco el móvil. Puede que sea inútil para hacer llamadas, pero sigue sirviendo para ver la hora.

No lo veo por ninguna parte. ¿Dónde lo dejé?

Anoche es todo borroso. No lo he llevado encima a ningún sitio porque no funciona, pero lo he dejado siempre en la mesilla de noche.

O lo moví yo, o Joe, siempre tan maniático del orden, lo ha guardado.

Tampoco es que importe mucho; necesito levantarme, ducharme, vestirme y estar lista para irme.

Saco las piernas por el borde de la cama, me quito las medias, me saco el vestido por la cabeza y tiro ambas cosas sobre la cama antes de coger las muletas. De camino al baño, me detengo junto a la ventana. Manchas oscuras asoman entre la nieve. Se está derritiendo rápido. Evan tenía razón.

Lo que significa que podemos llamar a la grúa e irnos a casa en cuanto me vista. De repente me animo con la idea de salir de aquí, cojo algo de ropa de la maleta abierta y voy al baño.

Cuando termino de ducharme, vestirme y secarme el pelo, me siento un poco culpable por las prisas que tengo por escapar de esta casa. No me he portado precisamente muy bien desde que llegamos, y probablemente debería haber agradecido más la generosidad de Evan.

Desde luego que sí.

¿Habría abierto yo mi casa a unos desconocidos como ha hecho él? No, desde luego que no.

Quizá soy un poco princesa. Me esfuerzo mucho por no serlo, siempre cuestionándome si me estoy portando como una mocosa.

Normalmente me doy cuenta de cuándo estoy actuando como una malcriada.

Mi única excusa es que quedarnos aquí no estaba planeado, y me resulta incómodo estar con Evan, pero eso no es excusa para ser descortés.

En cuanto lleguemos a casa, le enviaré un regalo de agradecimiento a Evan, quizá flores.

¿Es apropiado para un hombre? O una cesta de frutas o algo así para demostrarle lo agradecidos que estamos.

Puede que Joe quiera mantener el contacto con él, porque se llevan muy bien.

Yo no, pero no pasa nada porque tenemos nuestros propios amigos. No tenemos por qué compartirlos todos.

Porque diga lo que diga Joe, hay algo inquietante en Evan, sin duda; algo raro en él.

Me pongo unos vaqueros y un jersey grueso, ropa de viaje.

Puede que haya problemas para conseguir un coche de alquiler si lo más cercano es un pueblo pequeño.

Sería mejor que Mick nos llevara a la ciudad más cercana.

O podríamos coger un taxi para ahorrarle la molestia y así no tendríamos que esperar a que esté disponible.

Estoy bastante segura de que nuestro seguro de asistencia en carretera cubre el transporte de vuelta, así que de una forma u otra, hoy volvemos a casa.

Una vez vestida, lo meto todo en la maleta, lista para irme.

Es raro, pero sigo sin encontrar el móvil, aunque tiene que estar en algún sitio de esta habitación.

¿Me lo llevé a la piscina pensando que pillaría cobertura?

Puede ser. Cuando baje, le pediré a Joe que lo busque para ahorrarme la caminata.

Hora de irse.

Y entonces descubro que la puerta no se abre; está atascada y no se mueve ni un milímetro.

Como si estuviera cerrada con llave.

La puerta tiene cerradura; un ojo de cerradura anticuado debajo del gran pomo de latón. Me agacho, miro a través de él y veo directamente el rellano. ¿Había alguna vez una llave? No recuerdo haber visto ninguna, pero tampoco es que me fijara. ¿Por qué iba a estar cerrada con llave?

Podría estar atascada. Esta casa es vieja; la madera se dilata y se contrae con la temperatura, ¿no?

Quizá la subida de temperatura con el deshielo ha hecho que la madera se hinche y la puerta se atasque en el marco.

Es posible. Agarro el pomo, lo giro, pero la puerta no se mueve ni un ápice.

Tiro con todas mis fuerzas, agarrándome al marco para hacer palanca.

Nada.

Y entonces caigo en la cuenta; esa sensación extraña que he tenido desde el momento en que entré en esta casa, eso que no conseguía quitarme de encima y que me repetía a mí misma que era una reacción a los modales raros de Evan.

La sensación de inquietud a la que no podía, o no quería, ponerle nombre.

Miedo.

✽✽✽

Estoy tranquila. Lo estoy.

Para demostrarlo, estoy sentada en la cama pensando en todo con calma. Sin histeria, sin golpear la puerta, sin gritar para que me dejen salir. No hay ninguna necesidad de tener miedo. Es solo que se me ha desbocado la imaginación.

Quizá esto es una especie de broma macabra; Joe tomándose la revancha por haberme comportado como una princesa. Para darme una lección. Encerrándome en la habitación como a una niña traviesa.

No. Él no me haría eso porque sabe que no me haría ni pizca de gracia que me encerraran en una habitación, y Joe no es vengativo; es amable, considerado.

Pero quizá a Evan sí le parecería gracioso.

A lo mejor emborrachó a Joe y lo convenció de encerrarme para darme una lección por ser desagradecida con su generosa hospitalidad y acusarlo de mentir sobre el wifi.

Sí, eso será. Una broma sin gracia de un tipo raro que pasa demasiado tiempo solo.

Vale, si es una broma, ya se acabó. Hasta fingiré que me hace gracia cuando me deje salir, porque hoy nos vamos a casa y no tendré que volver a ver esa sonrisa de lagarto en mi vida.

Así que voy a tener que aporrear la puerta, porque es mi única opción.

El problema es que esta casa es enorme. Puede que ni siquiera me oigan desde abajo.

O quizá están escondidos en el rellano, esperando a que empiece a gritar.

Para poder reírse de mí, viéndome presa del pánico y suplicando que me dejen salir.

Joe sentiría que tiene que seguirle la corriente; supongo que se siente incómodo porque nos estamos quedando en casa de Evan y se siente obligado a hacer lo que Evan sugiere.

Da igual, no importa. Solo necesito salir de aquí.

Golpeo la puerta con el puño. No suena muy fuerte, así que también grito. No grito «ayuda», sino «Joe», porque «ayuda» sonaría demasiado dramático. Tiene que ser un malentendido o una broma patética.

Sí, como lo de internet .

Golpeo más fuerte y grito más fuerte, parando de vez en cuando para escuchar si hay alguien fuera.

Silencio.

¿Dónde demonios está Joe?

Al final dejo de golpear la puerta porque me duelen los nudillos. Intenté con la mano izquierda, pero no conseguí hacer la presión necesaria para que sonara lo suficiente. Tendría que haber sido igual con una mano que con otra, pero no lo fue.

Vale, ¿y ahora qué?

La ventana. Estamos en el segundo piso, pero puedo abrirla y pedir ayuda, y si Joe y Evan no están fuera, puede que Mick ande por ahí y me oiga.

O María. Parece que Mick pasa mucho tiempo en los jardines, así que si está ahí fuera, me oirá gritar, y si no, lo harán sus perros.

Estoy bastante segura de que los perros tienen muy buen oído. ¿O es el olfato? No lo sé.

Aparto las cortinas del todo y miro hacia fuera.

No hay nadie, solo el enorme camión de Mick aparcado en el amplio camino de grava frente a la casa.

¿Estaba ahí antes, cuando miré? No me acuerdo, pero creo que no, porque estoy segura de que me habría fijado, dado lo grande que es.

Aunque da igual. Agarro el marco de madera de la ventana de guillotina e intento subirlo.

No se mueve, así que empujo más fuerte, pensando que seguramente lleva años sin abrirse.

Nada.

Lo que no me sorprende, porque al mirar más de cerca veo tornillos cubiertos de pintura a ambos lados del pestillo: está sellada. Esta ventana no hay quien la abra.

El sonido de la cerradura me inunda de alivio. Agarro una muleta y me giro hacia la puerta, esperando ver a Joe, pero no es él, es María.

—María…

No me hace caso, solo deja la bandeja que lleva en las manos en el suelo, sin mirarme a los ojos. Camino hacia ella sin entender qué hace, pero ya está cerrando la puerta. Extiendo la mano hacia el pomo justo cuando oigo el clic de la cerradura.

¡Me ha encerrado!

Aunque mi cerebro registra lo que acaba de pasar, eso no me impide intentar abrir la puerta. No se mueve. Golpeo y grito su nombre, pero no hay respuesta.

—¡No tiene gracia! —grito a través de la puerta—. ¡No tiene ninguna gracia! ¡Se acabó la broma!

Silencio. Grito el nombre de Joe una y otra vez, y cuando por fin paro, estoy ronca.

¿Qué demonios está pasando?

Me siento en la cama y la mirada se me va a la bandeja que María ha dejado en el suelo.

Una botella de agua y un plato de sándwiches.

Mientras la miro fijamente, unas voces que vienen de fuera captan mi atención.

Al instante me pongo alerta, me levanto de un salto, agarro las muletas y voy corriendo hacia la ventana.

Mick y Evan están de pie en el camino de entrada, con las cabezas juntas y expresión seria.

Evan gira la cabeza hacia la casa y levanto la mano para golpear la ventana, pero en ese momento los perros aparecen de detrás del camión, ladrando como locos.

Mick les grita y dejan de ladrar, pero se quedan alerta, como esperando algo.

Entonces Mick va hacia la parte trasera del camión y abre las puertas de par en par.

Evan se da la vuelta y echa a andar hacia la casa.

Golpeo la ventana con fuerza y grito su nombre, pero no reacciona.

Desaparece de mi vista y, por un instante, Mick levanta la mirada hacia mí.

Pero enseguida aparta los ojos, despreocupado, como si oír a alguien golpear y gritar desde una ventana fuera lo más normal del mundo.

Un momento después, Evan reaparece en el camino de entrada, pero no está solo.

Está con Joe.

Evan empuja a Joe hacia delante, con la mano agarrándolo por la nuca, obligándolo a avanzar hacia Mick.

Se me corta la respiración y jadeo horrorizada al ver que Joe tiene las manos atadas a la espalda y una tira de tela que le amordaza la boca.

Se tambalea cuando Evan lo empuja, intentando mantener el equilibrio.

Atónita, reacciono por fin y golpeo el cristal con ambas manos mientras grito el nombre de Joe. Mi cerebro se niega a aceptar lo que estoy viendo; esto no puede ser real; tiene que ser una pesadilla.

—¡Joe! —grito.

Él gira la cabeza y me mira un segundo, y horrorizada me llevo la mano a la boca. Tiene un ojo amoratado e hinchado, y hay sangre alrededor de la mordaza que le cubre la boca. ¿Qué demonios le han hecho?

Evan lo empuja hacia delante con brusquedad y Joe se tambalea y cae al suelo.

Sin dudarlo, Evan lo agarra de un brazo, lo levanta y lo arrastra a rastras el resto del camino.

Cuando llegan al camión, Mick levanta a Joe sin esfuerzo, se lo echa al hombro y lo lanza a la parte trasera como si fuera un saco de basura.

Lo último que veo de Joe son sus piernas colgando del borde antes de que Mick las recoja y las meta dentro.

Entonces llama a los perros.

Observo con creciente terror cómo los perros saltan al camión detrás de Joe y Mick cierra las puertas de golpe y echa la llave.

Dios mío. Joe está ahí dentro con esas bestias.

Las lágrimas me caen por la cara mientras veo a Mick subir a la cabina y cerrar de un portazo. Evan se acerca al camión y le habla a través de la ventanilla abierta. Un momento después, el motor arranca con un rugido, el camión da una sacudida y se aleja por el camino de entrada.

Evan se da la vuelta y vuelve hacia la casa. Cuando llega justo debajo de mi ventana, se detiene y me mira.

Y sonríe.