Capítulo seis #2
—Shh —sisea—. Baja la voz. Podría oírte. ¿Qué te pasa? Ha tenido la amabilidad de alojarnos y darnos de comer y lo único que has hecho es quejarte. Quédate aquí arriba y diré que no te encuentras bien o algo así si no soportas su compañía.
—Tengo hambre —mentira.
—Pues entonces, pon buena cara y a ver si puedes ser agradable. Princesa .
Sale a grandes zancadas por el pasillo, sin darme oportunidad de responder. Hirviendo de rabia, lo sigo, luchando contra el impulso de lanzarle una de las muletas a la espalda. No soy una princesa y Joe lo sabe; solo lo ha dicho porque sabe que me saca de quicio.
Y no me imaginé a Evan usando el teléfono. Sé lo que vi.
Joe no me espera y para cuando bajo las escaleras a trompicones y entro en el comedor, ya está sentado a la mesa con Evan. Están enfrascados en una conversación y solo cuando aparto la silla para sentarme ambos levantan la vista, lo que me da la sensación de que han estado hablando de mí.
Forzándome a sonreír, me acomodo en mi asiento. Me siento francamente incómoda.
Joe no sería tan desleal, ¿verdad?
Antes de hoy habría dicho que jamás lo sería, pero por algún motivo parece estar pendiente de cada palabra de Evan y no permite que se diga nada en su contra. ¿Cómo puede no creerme cuando le cuento lo que vi?
—Joe me dice que creíste verme usando un teléfono móvil —dice Evan con calma.
Lo miro fijamente, y luego a Joe, intentando ocultar mi horror. Se lo ha contado .
—Y estoy seguro de que debió parecerte extraño, ya que internet no funciona, pero aunque pareciera un teléfono, era una grabadora. La uso para dictarme notas de mis negocios, como recordatorio, mucho mejor que un cuaderno, porque mi letra es espantosa.
—Evan es capitalista de riesgo —dice Joe, radiante, sin darse cuenta de que ahora mismo me gustaría matarlo.
Tengo la cara tan caliente que probablemente podría prender fuego a algo si quisiera.
—Pensé que debía ser algo así —miento, y me estremezco al oír lo patética que sueno.
—La cena se va a retrasar un poco, así que ¿qué tal si tomamos un cóctel para empezar?
Es mi propia receta, que no puedo revelar, pero no os decepcionará.
—Evan se levanta y se pone a trajinar en el aparador, abriendo el armario de abajo y sacando vasos, botellas de licores y una coctelera vieja y desgastada.
Joe me mira y yo le fulmino con la mirada. Él me devuelve una expresión inocente, como si no supiera lo que ha hecho. ¿En serio? ¿Es tan obtuso? No podría haberme avergonzado más aunque lo hubiera intentado.
Evan trae nuestros cócteles a la mesa y doy un sorbo tentativo. Estoy bastante segura de que lleva whisky. Puaj. Es fuerte, potente y cargadísimo de alcohol. Dolor de cabeza y resaca garantizados. Lo dejo sobre la mesa y deseo que desaparezca por arte de magia.
—¿No te gusta? —pregunta Evan.
—Está delicioso.
—Bueno, bebe. —Levanta su vaso en el aire y Joe hace lo mismo.
—Salud. —Evan me sostiene la mirada, mirándome fijamente, y como me siento obligada a unirme al brindis, cojo el vaso.
—Estás completamente a salvo, ¿sabes? —dice—. No está envenenado.
Joe suelta una carcajada y Evan se une como si lo que ha dicho fuera graciosísimo.
Forzando una sonrisa falsa, me obligo a tragar la asquerosa mezcla a grandes tragos, lo más rápido posible, porque no me queda más remedio que bebérmela.
Cuando dejo el vaso sobre la mesa, juro por Dios que ya me siento borracha.
María entra con una bandeja con nuestros entrantes y, muerta de hambre de repente, me concentro en comer el paté de pato que pone delante de mí, con la esperanza de que absorba el alcohol.
Joe y Evan están hablando ahora de mercados financieros, y me sorprende e impresiona un poco lo mucho que sabe Joe del tema.
Mi enfado anterior con él se está desvaneciendo. ¿Estaba exagerando?
Quizás. Posiblemente. Podemos hablar de ello más tarde, cuando estemos a solas, pero por ahora solo quiero acabar con esta cena y escapar a nuestra habitación.
Llega el plato principal y estoy a mitad del lenguado al limón cuando me doy cuenta de que ya no tengo hambre.
No estoy llena, pero de repente no tengo apetito en absoluto y cada bocado del pescado me sabe a cartón y me cuesta tragar.
Dejo el cuchillo y el tenedor y me sorprende ver que me tiemblan las manos.
—¿Estás bien, Beth? —Joe me mira desde el otro lado de la mesa, con expresión preocupada—. Estás muy pálida.
—No me encuentro muy bien. —De repente tengo tanto calor que siento la piel como si estuviera ardiendo y quiero arrancarme la ropa.
—¿Qué te pasa? —Se inclina y me coge la mano—. Dios, estás helada.
—Creo que estoy incubando algo.
—No tienes buena pinta.
Aparto el plato porque el olor de la comida me da ganas de vomitar.
—Siento interrumpir la cena —digo con voz temblorosa—. Pero me encuentro fatal. Creo que voy a tener que irme a la cama. —Evan nos está mirando ahora y noto cómo me brota el sudor en el labio superior.
—Venga, vamos, te llevo a la habitación —dice Joe, levantándose.
—No, de verdad, siéntate. No hace falta que estropees tu cena también. Estaré bien en cuanto me acueste. —Me levanto con las piernas temblorosas y cojo las muletas. Solo quiero salir de aquí antes de vomitar encima de la mesa.
Salgo al vestíbulo con toda la dignidad que soy capaz de reunir, preguntándome por qué me preocupa tanto mi aspecto.
De alguna manera consigo subir lo que parece una escalera interminable.
Con alivio, cierro la puerta del dormitorio tras de mí, me tambaleo hasta la cama y me dejo caer sobre ella.
Tras quitarme la bota ortopédica y el zapato, me arrastro bajo el edredón, sin importarme lo más mínimo que todavía llevo puesta la ropa y el maquillaje.
Cuando apoyo la cabeza en la almohada, siento el cerebro como si estuviera temblando y me quedo lo más quieta posible para que pare.
Respiro hondo y trago las náuseas porque no me siento capaz de llegar al baño.
Qué mala suerte ponerme enferma y pillar algún maldito virus. O quizás sea una migraña; nunca he tenido una, pero he oído hablar de ellas.
¿Qué más puede salir mal en este desastroso fin de semana?
Mi último pensamiento antes de quedarme dormida es que, pase lo que pase, da igual cómo me sienta por la mañana, da igual qué excusas se inventen Joe y Evan, me voy a casa a primera hora.
Aunque tenga que ir andando con mis puñeteras muletas.