Capítulo cinco #2
Se impulsa desde el borde y se dirige hacia el otro extremo de la piscina.
Venimos de mundos tan distintos... Joe no habla mucho de su infancia, salvo que a sus padres no les importaban ni él ni sus hermanos.
Parece avergonzado de haber sido pobre, aunque no tiene por qué.
No elegimos dónde nacemos, ¿verdad? A menudo me dice que no sé la suerte que tengo de haber crecido con tantos privilegios y, aunque sé que tiene razón, no lo sabe todo: mi infancia no fue tan maravillosa.
El dinero no lo es todo. Mi madre murió cuando yo era muy pequeña, así que nunca he tenido madre.
Me cuesta recordarla y no sé si mis recuerdos son reales o si me los he inventado a partir de lo que me ha contado mi padre y las fotos que he visto.
¿Son recuerdos de verdad o no? Tenía casi tres años cuando murió. ¿Se puede recordar algo de tan pequeña?
—¿Sauna? —grita Joe desde el otro extremo de la piscina mientras sale del agua.
—¡Sí! —le grito—. Pero necesito que me ayudes a salir.
Me impulso con la pierna buena y nado hacia los escalones.
Me agarro y subo a saltitos con la pierna buena; Joe me pone las muletas bajo los brazos cuando llego arriba.
Es extraño volver a estar de pie y voy saltando detrás de él, echando de menos la flotabilidad del agua.
Salimos de la zona de la piscina y recorremos un pasillo oscuro hasta una sauna construida al final del edificio.
Una vez dentro, con la puerta cerrada, el calor es intenso.
Me dejo caer en el banco de madera, preguntándome cuánto tiempo podré aguantar aquí dentro.
—Hay una ducha fría aquí al lado —dice Joe.
—Dios, no. ¿Intentas matarme? —digo, con un escalofrío solo de pensarlo.
Quince minutos después, los dos salimos disparados de la sauna, incapaces de aguantar un momento más, sudando y con la cara roja. Volvemos a nuestra habitación —un buen trecho en esta casa enorme— y nos duchamos y nos vestimos.
María ha estado en la habitación mientras nadábamos, porque aunque yo hice la cama, la ha vuelto a hacer con precisión militar: ni una arruga ni una sábana fuera de sitio. Ha dejado toallas limpias en el baño y ha limpiado y secado el lavabo y la ducha.
Pero, para mi fastidio, no nos ha dejado la contraseña del wifi.
—Ha dejado de nevar. —Al mirar por la ventana, veo que el camino de entrada está sepultado bajo una gruesa capa de nieve, pero el cielo parece más luminoso y despejado, así que con suerte se acabó el mal tiempo.
—Voy a pedirle a María la contraseña —dice Joe.
—Voy contigo —digo, y cojo las muletas.
Una vez abajo en el vestíbulo, nos quedamos mirándonos, algo avergonzados, sin saber qué hacer.
¿Dónde está María? ¿Vamos a buscarla o buscamos a Evan?
Opto por sentarme en uno de los dos sofás que hay frente a la puerta principal mientras Joe va a buscarla.
Creemos que el pasillo junto al comedor lleva a la cocina, así que Joe se dirige hacia allí.
Mientras lo espero, me doy cuenta de lo perdida que estoy sin el móvil.
Normalmente, ahora mismo lo estaría mirando, pasando el rato en las redes sociales, consultando el correo o leyendo las noticias.
Como la mayoría de la gente, es lo primero que hago en cuanto tengo unos minutos libres, y sin él en la mano me siento desconectada de la vida.
Estar sin él me ha abierto los ojos, incluso en tan poco tiempo.
Quizá tanto Joe como yo deberíamos plantearnos apagar los móviles de vez en cuando, pasar un rato cada día sin ellos, porque no puede ser bueno depender tanto de ellos.
Oigo voces y me llama la atención. La puerta del salón está entreabierta, y al inclinarme hacia delante vislumbro a Evan a través del hueco.
Está de pie junto a la ventana, enfrascado en una conversación, con el teléfono pegado a la oreja.
Aunque no distingo lo que dice, me siento incómoda, como si estuviera escuchando a escondidas, aunque no es mi intención.
En ese instante, se aparta de la ventana y mira hacia donde estoy.
Aparto la mirada rápidamente y me recuesto en el sofá, preguntándome si me habrá visto.
Cuando oigo la puerta cerrarse con un clic, sé que sí, y las mejillas me arden de vergüenza.
Joe aparece por el pasillo que viene de la cocina y se acerca a mí con paso rápido.
—Madre mía, qué difícil ha sido eso —dice en voz baja mientras me levanto—. Menuda situación más incómoda. Es como si hablar le resultara físicamente doloroso.
—¿Tienes la contraseña?
Suspira.
—No, no la tengo. Se ha caído el maldito internet, ¿no te fastidia? No hay línea fija y ahora tampoco banda ancha. Vaya suerte la nuestra.
—¿No hay internet?
—No. Se cayó hace un par de horas. María dice que la última vez que pasó estuvo sin funcionar casi una semana. Ni siquiera pueden comunicar la avería porque no hay forma de contactar con el proveedor. Así que no hay manera de llamar a un taller.
Miro fijamente a Joe, intentando asimilar lo que acaba de decir.
Si no hay internet, ¿cómo es que Evan estaba usando el teléfono hace unos minutos?