Capítulo cinco
L a luz del día se cuela por un pequeño hueco donde las cortinas no terminan de juntarse, dibujando una franja luminosa en la habitación. Miro el móvil: más de las ocho. Me quedo atónita de haber dormido tanto. Normalmente, si consigo dormir hasta las seis y media, ya lo considero una victoria.
Tumbada bajo el peso cálido del edredón, escucho el ritmo acompasado de la respiración de Joe.
Siempre dice que podría dormir en el tendedero, y le creo.
Tiene un don para el sueño y seguirá así hasta que yo, o el despertador, lo arranque de sus sueños.
A mí me cuesta horrores dormir y le envidio esa capacidad de quedarse frito en cualquier sitio, a cualquier hora.
Cuando le digo que es porque tiene la conciencia tranquila y lleva una vida sin culpas, piensa que bromeo.
Y en parte sí, pero es que él es totalmente honesto y transparente, y eso tiene que ayudar, ¿no?
A pesar de que anoche Joe se fue de la lengua con Evan, esa forma de ser tan abierta es una de las cosas que me hizo enamorarme de él.
Eso, y lo guapo que está, obviamente.
Le gusta hacerse pasar por un friki de la informática, pero desde luego no lo parece; incluso dormido está para comérselo: pelo abundante y oscuro con una onda natural, piel que siempre parece bronceada y un cuerpo esculpido a la perfección en el gimnasio.
Me habría enamorado de él de todos modos, pero que no tuviera ni idea de quién era yo fue lo que me convenció del todo.
Me quiere por quien soy, no por lo que pueda sacarme.
O más bien, de mi padre.
Aparto el edredón, me inclino para agarrar las muletas del suelo, me pongo la bota ortopédica y voy hacia el baño.
A medio camino me detengo a mirar por la ventana del dormitorio.
Fuera, el mundo está cubierto de blanco, pero ha dejado de nevar.
Eso significa que podemos irnos hoy, recuperar el coche y volver a casa, o si Joe insiste, seguir hasta el hotel.
No sé si merece la pena el esfuerzo, teniendo en cuenta que mañana volvemos a casa de todos modos.
Imposible que nos arreglen el coche hoy porque los talleres no abren en domingo.
Sigo hacia el baño y cuando vuelvo, duchada y vestida, Joe está despierto, sentado en la cama, mirando el móvil.
—Sigo sin cobertura —murmura, frunciendo el ceño.
—Tendremos que usar el fijo de Evan para llamar a un taller —digo—. O podríamos conectarnos a su wifi. Está claro que aquí no llega la cobertura.
Joe deja el móvil en la mesilla con un suspiro. —Me pregunto qué habrá de desayuno. La cena de anoche estuvo buenísima. María sabe cocinar, aunque sea una amargada.
—A mí con una tostada me basta.
—Si hay un festín, no pienso decir que no.
—Glotón.
—Estoy en edad de crecer —sonríe mientras estira los brazos por encima de la cabeza—. ¿No te parece increíble esta casa? Seguro que es mejor que el hotel donde íbamos a alojarnos. Hasta tiene piscina. Has traído el bañador, ¿no?
—Sí, pero nos vamos, ¿no?
—Sí, pero a caballo regalado no le mires el diente. Evan dijo que podemos usarla, y la grúa tardará un rato en llegar. Podríamos aprovechar.
—Mick podría llevarnos al pueblo de al lado, ¿no? O incluso al hotel. Le pagamos y listo. Le dejamos las llaves del coche para cuando llegue la grúa y así no tenemos que quedarnos esperando.
—Mmm —parece pensativo—. Quedaría fatal después de lo acogedor que ha sido Evan. Como si estuviéramos deseando largarnos.
Estoy deseando largarme. La idea de quedarme aquí no me hace ninguna gracia.
—¿Qué tienes contra Evan? —pregunta Joe frunciendo el ceño—. Parece buen tío. No todo el mundo sería tan acogedor —sale de la cama y va hacia el baño sin prisa.
—No tengo ningún problema —le digo mientras se aleja . —Solo quiero que nos arreglen el coche y llegar al hotel. O volver a casa.
Joe no contesta y entra en el baño, cerrando la puerta con firmeza. No es exactamente un portazo, pero casi.
¿Qué me pasa?
No lo sé.
Solo sé que no me siento cómoda aquí y que hay algo en Evan que no me cuadra.
O quizás me está volviendo a dominar mi lado desconfiado o, como dice Joe a veces, me estoy poniendo borde.
No todo el mundo va buscando algo. Hay mucha gente buena de verdad, me recuerdo.
Además, ¿qué podría querer Evan de nosotros?
Hasta ayer no nos había visto en su vida, así que ¿por qué estoy montando tanto drama por quedarme aquí unas horas más?
Relájate, Beth; deja la paranoia. No todo gira a tu alrededor.
¿Es eso lo que estoy haciendo? Casi toda mi vida he sido muy consciente de quién soy, pero mi vida es diferente ahora; ya no soy esa persona.
Cuando Joe vuelve del baño, me esfuerzo por mostrarme positiva y no negativa. He sacado nuestras cosas de baño y las he dejado sobre la cama para demostrar buena voluntad. Joe les echa un vistazo pero no dice nada mientras se sienta a ponerse los zapatos.
Cuando bajamos al comedor, nos recibe una hilera de fuentes de plata con tapa en el aparador de una pared, que, a juzgar por el olor, contienen un desayuno caliente. Hay tres sitios puestos en la mesa, pero ni rastro de Evan. ¿Qué dictan los buenos modales? ¿Nos servimos o esperamos?
—¿Quieres que te sirva? Con las muletas va a ser complicado —ofrece Joe.
—Por favor —me acomodo en una silla—. ¿Crees que deberíamos esperar a Evan?
—Servíos vosotros mismos —dice Evan mientras entra en la habitación a grandes zancadas—. Perdonad que no estuviera aquí para recibiros. Acabo de mirar cómo está el tiempo. Me temo que ha vuelto a nevar. Y con fuerza.
—¿Qué dice el pronóstico? —pregunta Joe.
—Más de lo mismo, por lo visto. Por una vez, nosotros, los blandengues del sur, nos llevamos todo el sol mientras el norte se queda con la lluvia.
Joe me pone un plato delante: beicon, dos salchichas y un huevo escalfado.
—¿Es suficiente? ¿Quieres tostadas también? —pregunta.
—No, con esto basta. Gracias.
Cojo la jarra del centro de la mesa, me sirvo un vaso de zumo de naranja natural y doy un sorbo.
—¿Habéis dormido bien los dos? —pregunta Evan.
—Como un tronco —responde Joe.
—¿Beth? —Evan me mira, con sus ojos pálidos clavados en mí con frialdad.
—Yo también. La cama es muy cómoda. Tienes una casa preciosa, Evan, y es todo un detalle que nos dejes quedarnos.
Me observa un momento antes de asentir levemente.
—Bien. Me alegro de que estéis a gusto. Podéis quedaros todo el tiempo que necesitéis y, por supuesto, como le decía a Joe anoche, tenéis que aprovechar la piscina mientras estéis aquí.
—Gracias.
—Sí —dice Joe mientras pincha una salchicha con el tenedor—. Ya tenemos los bañadores preparados. Hay que quemar este desayuno tan rico, ¿verdad, Beth?
—Sin duda.
Bajo la cabeza y, aunque no tengo nada de hambre, como. La comida es excelente, como dice Joe, tan buena como la de cualquier hotel, pero cada bocado me cuesta un esfuerzo. No es la comida lo que me inquieta, es Evan. Porque cada vez que levanto la vista, me está mirando.
Joe y Evan charlan animadamente mientras comemos y yo intervengo de vez en cuando, recordándome que debo sonreír y parecer tranquila porque no quiero que Joe sepa cuánto deseo salir de aquí.
Por fin, después de lo que parece una eternidad, Joe hace la pregunta que llevo queriendo hacer desde que entré.
—Oye, Evan, ¿podría usar tu teléfono fijo? Ni Beth ni yo tenemos cobertura en el móvil y necesito llamar a la asistencia en carretera.
—Aquí no tendréis cobertura —dice Evan—.
Esta casa está en un punto muerto para los móviles, y me temo que el fijo también dejó de funcionar ayer.
Pasa de vez en cuando con el mal tiempo.
La última vez que se estropeó, estuvo semanas sin funcionar, y como soy la única casa en kilómetros a la redonda, no soy precisamente una prioridad para ellos.
—¿No tienes wifi? —pregunto.
—Sí. Le pediré a María que os dé la contraseña.
—Gracias.
—Pero mientras tanto, ¿por qué no disfrutáis de la casa? Daos un baño, la piscina está climatizada. También tenemos sauna.
—¡Vaya, una sauna! Pues claro que la aprovecharemos, ¿verdad, Beth?
—Suena genial —digo, forzando una sonrisa.
María entra con café recién hecho y nos rellena las tazas.
—¿María? —pregunta Evan—. ¿Podrías buscar la contraseña del wifi y dársela a nuestros invitados?
—Por supuesto.
Sale de la habitación con el rostro tan impasible como cuando entró.
Miro a Joe y él pone los ojos en blanco y hace una mueca mientras María se va, y reprimo una risita, esperando que Evan no se haya dado cuenta.
De repente me siento más animada y me doy cuenta de que Joe tiene razón: tenemos que disfrutar y aprovechar al máximo este lugar mientras estemos aquí.
Cuando María nos traiga la contraseña, podremos llamar a la asistencia en carretera y luego bañarnos y darnos una sauna mientras esperamos a que lleguen.
¿Por qué siempre tengo que complicarlo todo con mis «sensaciones raras» sobre la gente?
Madura de una vez, Beth, y deja de pensar siempre lo peor.
✽✽✽
Cuando cojo el ritmo, descubro que es sorprendentemente fácil nadar impulsándome solo con una pierna.
Toda la tensión que había acumulado en el cuerpo después de lo de ayer ha desaparecido, y decido que en cuanto tenga la pierna curada del todo, empezaré a nadar con regularidad en el gimnasio.
Al llegar al extremo de la piscina, me agarro al borde con la intención de darme la vuelta y cambiar a espalda.
—Estás disfrutando, ¿eh? —Joe aparece a mi lado, sonriendo.
—Sí. Había olvidado lo mucho que me gusta nadar.
—Nadas como un pez. Tu padre tiene piscina, ¿no?
—Sí. Más o menos del mismo tamaño que esta. Nadaba todos los días, sin falta.
—Por eso nadas tan bien. Yo no aprendí a nadar hasta los quince años. Aprendí solo, en el río del pueblo.
—Y ahora casi nadas tan bien como yo —bromeo.
—Nunca seré tan bueno como tú.