El fin de semana perfecto Capítulo Dos
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Capítulo Dos

—¿ Perdidos? ¿Cómo vamos a estar perdidos?

—No podía ver bien las señales por la nieve. No es culpa mía que haya prácticamente una ventisca ahí fuera.

No, pero sí es culpa tuya que hayamos ignorado las advertencias sobre viajes no esenciales. Pero no lo digo, porque lo hecho, hecho está, y culpar a Joe no servirá de nada. Además, yo también podría haber dicho algo antes, ¿no?

—¿Cuál fue la última señal que viste? Tiene que haber algún sitio cerca, un pueblo o algo, y podríamos ir andando. En este país nada queda muy lejos.

Joe no responde. Cuando lo miro en la penumbra, está mirando por la ventana con cara de desolación.

—¿Joe?

Suelta un suspiro hondo.

—No lo sé. Ya te lo he dicho, no veía nada, así que seguí conduciendo. Sé que estamos en algún bosque, no me acuerdo del nombre, pero pensé que si seguía recto, al final llegaríamos a algún pueblo.

—¿O sea que en realidad no sabes dónde estamos?

Hago una mueca al oír cómo me ha salido. Mucho más brusco de lo que pretendía.

—Pues no.

—Estupendo. Pues tendremos que caminar y esperar que el próximo pueblo no quede muy lejos.

—Pero tú no puedes, ¿verdad? —dice Joe—. No con la pierna rota. Es demasiado peligroso. Podrías resbalarte.

Entonces miro por la ventana y veo cómo se acumula la nieve en la carretera, cada vez más alta. Cae espesa y rápida, grandes copos pesados que se arremolinan a nuestro alrededor.

—No tenemos mucho donde elegir, ¿verdad?

—digo—. No creo que pase ningún coche por esta carretera para ayudarnos, porque la gente con dos dedos de frente no sale con este tiempo, ¿no?

Y no podemos quedarnos en el coche porque nos congelaremos sin calefacción.

Ni siquiera tenemos una manta, y mucho menos comida o agua.

—Agua para beber hay de sobra —bromea Joe—. Solo hay que derretirla.

Debería reírme para aligerar el momento, pero no me sale porque no tiene gracia, Joe, no tiene ninguna gracia. Estoy que muerdo.

—Voy yo —dice—. Iré más rápido si voy solo. Caminaré hasta encontrar a alguien y luego vuelvo a por ti.

—No, gracias. No me apetece quedarme aquí sola. Estamos en medio de la nada y fuera está todo negro. Vete a saber si hay un loco con un hacha acechando por ahí.

Además, hace frío. Un frío de narices. El asiento calefactado se ha apagado, igual que la calefacción del coche, y el frío ya me está calando hasta los huesos.

Busco a tientas en el bolsillo de la chaqueta los guantes y me doy cuenta de que no los he traído.

La chaqueta que llevo tampoco ayuda mucho; es fina, acolchada, adecuada para ir en el coche con la calefacción puesta, pero poco más.

Aunque pudiera caminar, no voy vestida para este tiempo; bastante estúpida por mi parte, teniendo en cuenta que estamos a finales de enero.

Debería haber venido mejor preparada, porque esta chaqueta tampoco sirve para paseos por el campo.

O quizá nunca tuve intención de dar ninguno, porque es una buena excusa si no tienes un abrigo que ponerte, ¿no?

—Volveré lo antes que pueda y puedes cerrar con llave mientras tanto —dice Joe.

—Intenta arrancar el coche otra vez. Ahora que ha descansado un rato, a lo mejor funciona.

—No va a funcionar.

—Eso no lo sabes —digo, de repente esperanzada—. Aunque solo funcione lo justo para llevarnos a algún sitio habitado.

Joe suspira, busca a tientas en la oscuridad y pulsa el botón de arranque.

Silencio.

—Tienes el pie en el freno, ¿verdad? —pregunto.

—Sé cómo se arranca el coche —espeta—. No soy idiota. El motor está muerto. Este coche no va a ninguna parte.

—¡Pero si solo tiene un par de años!

—Ya lo sé, pero da igual lo viejo que sea, ¿no? No funciona y tenemos que decidir qué hacemos, porque la nieve cada vez cae con más fuerza y cuanto más tiempo nos quedemos aquí sentados, peor.

Suspiro. ¿Cómo hemos podido salir tan mal preparados? La gente se muere de frío, ¿no?

—Si camino un poco carretera arriba, puede que pille señal —dice Joe.

—¿Tú crees?

—Sí, merece la pena intentarlo, ¿no? Esto de aquí puede ser una zona muerta y cien metros pueden marcar la diferencia. En cuanto tenga señal, puedo llamar para pedir ayuda. Si el hotel está cerca, igual hasta mandan a alguien a recogernos.

—Pero no sabes dónde estamos.

—Puedo mirar en Google Maps si tengo señal.

Cien metros. ¿Cuánto es eso? ¿Podría caminar esa distancia con Joe? Nunca se me han dado bien las distancias; cien metros o diez, para mí es lo mismo.

—Podría ir contigo —digo.

—No. Tú quédate aquí. No tiene sentido que nos empapemos los dos. Y no quiero que te caigas.

—Vale. Pero no te alejes mucho, ¿vale? Vuelve si no hay señal, no sigas andando porque podrías perderte.

—No me voy a perder —espeta—. Solo tengo que seguir la carretera. —Me muerdo la lengua para no recordarle que así fue precisamente como nos perdimos. Abre la puerta y entra una ráfaga de aire helado y nieve.

—Ten cuidado —digo mientras sale del coche.

—Estaré bien. Cierra las puertas si te pones nerviosa.

—Dicho esto, cierra de un portazo y se aleja por la carretera, iluminando el camino con la linterna del móvil.

La nieve cae con tanta intensidad que pronto desaparece de mi vista, e incluso entornando los ojos y acercando la cara al parabrisas, ya no puedo verlo ni ver la luz de su teléfono.

Me abrazo para entrar en calor y le ruego en silencio que se dé prisa y vuelva.

¿Y si se cae y se hace daño? ¿Y si no puede levantarse?

Deja de imaginar catástrofes.

Pero no puedo evitarlo; hemos sido increíblemente estúpidos y la oscuridad alrededor del coche es opresiva, la nieve arremolinada me hace sentir como si estuviera en un caleidoscopio de pesadilla. Por favor, date prisa, Joe, por favor.

Parece que lleva fuera una eternidad, pero mi mente me está jugando una mala pasada porque no hay música ni nada que me distraiga.

Miro la hora en el móvil: las cuatro y treinta y cinco.

Avanzará despacio con la nieve y solo lleva zapatos, no botas, lo que le dificultará el camino.

Aunque no puedo verlo, está tan oscuro ahí fuera que podría estar bastante cerca y no lo vería de todos modos.

Incluso la linterna de su móvil parecía una luz débil en toda esa oscuridad.

No vería a nadie.

Alguien podría estar ahí fuera observándome y no lo sabría.

Para, Beth, para. No hay nadie ahí fuera porque, a diferencia de Joe y de mí, nadie más es tan estúpido como para salir en un día como este.

Joe volverá en cualquier momento, así que solo tengo que cerrar las puertas y esperar.

Nos reiremos de esto cuando nos hayan rescatado y estemos calentitos y a gusto esta noche.

Miro el reloj: las cuatro y cuarenta y dos.

Sí, en cualquier momento volverá y la ayuda estará en camino.

✽✽✽

Las cinco y cincuenta y siete.

Acéptalo, Beth, no va a volver.

¿Qué voy a hacer y dónde demonios está? Lleva fuera más de una hora. Solo iba a caminar para conseguir cobertura; ¿habrá seguido andando para buscar ayuda sin decírmelo porque sabía que montaría un escándalo por dejarme aquí sola?

No. Le ha pasado algo; se ha caído y se ha hecho daño y está tirado en la carretera, cubierto por una capa de nieve.

El pensamiento es insoportable.

Tengo que salir a buscarlo. Si sigo la carretera, no debería perderme.

Mi pierna rota no está bien protegida, solo envuelta en almohadillas y correas, y apenas siento los dedos de los pies de lo congelados que están, así que mojarlos no supondrá mucha diferencia.

Me giro en el asiento, agarro las muletas del asiento trasero y las paso al delantero, apoyándolas en el hueco de los pies.

Muévete.

Mi cerebro me dice que me ponga en marcha, porque retrasarlo no servirá de nada, pero una pequeña parte de mí todavía espera que Joe aparezca de repente con la grúa.

Tengo la horrible sensación de que le ha pasado algo terrible.

Sal ahí fuera, Beth, y encuéntralo antes de que sea demasiado tarde.

Mientras extiendo la mano hacia la manija de la puerta, de repente siento que no estoy sola.

Miro a través de la nieve arremolinada en el parabrisas y no veo nada.

La nieve está empezando a cubrir el cristal y pronto estaré sellada aquí dentro, como en una tumba.

Me giro para mirar por la ventanilla trasera y veo lo mismo.

Aunque hubiera alguien ahí, no podría verlo.

¿Debería salir o quedarme aquí sentada como una idiota?

Sal.

Pum.

Algo, o alguien, golpea con fuerza la puerta del lado del pasajero y retrocedo en el asiento con el corazón acelerado.

Miro fijamente la manija y la veo temblar cuando lo que sea la golpea de nuevo.

Me lanzo hacia un lado, me tumbo sobre el asiento del conductor y me quedo agachada.

Segundos después, la puerta del conductor se estremece cuando algo golpea también ese lado.

Algo pesado.

¿Ha derrapado un vehículo contra mí? Mis pensamientos confusos intentan encontrarle sentido; lógicamente sé que no hay luces ni sonido de coche porque los habría visto, a pesar de la mala visibilidad.

Además, si fuera un vehículo, lo más probable es que hubiera aplastado tanto el coche como a mí.

Ambos lados del coche resuenan simultáneamente, una y otra vez, y me cubro la cabeza con los brazos, cierro los ojos y deseo que desaparezca.

Y entonces, tan repentinamente como empezó, se detiene.

Quizá se hayan ido, sean lo que sean.

Me incorporo y el corazón se me calma, pero la mente se me acelera. ¿Podrían ser animales salvajes que han perdido el rumbo con la nieve? Ciervos o jabalíes, quizá. Debe de haber al menos dos para estar a cada lado del coche al mismo tiempo.

Sí. Debe de ser eso. Nada que temer. Ya han huido en la noche, más asustados de mí que yo de ellos.

Así que sal del coche.

Extiendo la mano hacia la manija de la puerta, pero me quedo paralizada cuando oigo un ruido peculiar, bajo y antinatural que no tiene cabida dentro de este coche.

En el mismo momento en que los engranajes de mi cerebro finalmente se ponen en marcha y reconocen que es el sonido de un animal, distingo la ventanilla del lado del pasajero y veo una enorme bestia que me mira fijamente, con los labios echados hacia atrás en un gruñido, el hocico presionado contra el cristal, el aliento empañándolo.

Se me escapa un grito ahogado mientras giro la cabeza hacia el lado del conductor, justo a tiempo para ver a su gemelo arañando frenéticamente la puerta.

Enormes patas rascan el cristal con un chirrido como de uñas en una pizarra.

No son ciervos. No son jabalíes.

Dos perros enormes.

Y están intentando entrar.

Paralizada por el terror, me hundo de nuevo en el asiento con las manos apretadas sobre la cabeza.

Está bien. Las puertas están cerradas. Lo que sea que hay fuera puede ser enorme y feroz, pero esas cosas no son capaces de abrir la puerta de un coche.

Si me quedo completamente quieta, se irán.

Se fueron una vez, así que se irán de nuevo, siempre que me quede callada.

¿De dónde demonios han salido?

Me aprieto las manos con fuerza sobre los oídos para bloquear los gruñidos y aullidos, pero no funciona porque todavía puedo oírlos. O quizá sea todo cosa de mi cabeza. Se irán pronto, lo harán. Al cabo de un rato, sus patas dejan de golpear el coche y vuelve el silencio inquietante que tanto odio.

Se han ido.

El corazón me vuelve poco a poco a la normalidad, y ya no jadeo. ¿Y ahora qué? ¿Salgo a buscar a Joe? ¿Y si los perros siguen ahí fuera, esperando?

Dios mío. ¿Y si han encontrado a Joe primero?

Abro los ojos y clavo la mirada en la oscuridad del otro lado del parabrisas. La nieve sigue cayendo con fuerza, arremolinándose en patrones caóticos. ¿Quién iba a decir que podía nevar tanto aquí? La vista se me acostumbra a los copos que giran y lo veo.

Una cara.

Pegada al cristal.

Una bufanda le cubre la mitad inferior, una capucha oculta el resto; solo quedan dos ojos clavados en mí.

Durante un segundo fugaz, la esperanza me enciende el pecho. Ayuda. Por fin.

Pero antes de que pueda moverme, ha desaparecido.

Un segundo después, los perros vuelven y se lanzan contra el coche; sus gruñidos llenan el aire. Y entonces la cara reaparece, esta vez en la ventanilla del copiloto, con las manos en visera para mirar dentro.

Quizá no pueda verme. Está oscuro aquí dentro y estoy tumbada. Paralizada por la indecisión, no sé si darme a conocer. Podría estar aquí para ayudarme.

Entonces, ¿por qué no intenta controlar a esos perros?

La manilla de la puerta del conductor traquetea.

Está tirando de ella, cada vez con más fuerza, pero no cede.

Los gruñidos de fuera se vuelven más frenéticos; los perros saltan y arañan el coche.

A los gruñidos feroces se suman los golpes del hombre contra la ventanilla, cada uno más fuerte, más estruendoso.

No está aquí para ayudarme.

Está aquí para atacarme.

El pánico me invade. Aunque saliera por la puerta del conductor, me alcanzaría antes de que pudiera dar más de unos pasos.

Eso si los perros no me alcanzaran primero.

Los golpes cesan y me incorporo para escudriñar la oscuridad, pero no veo nada.

¿Se ha ido?

Y entonces está en la ventanilla del copiloto, con la cara pegada al cristal, tirando de la manilla.

Los golpes se reanudan, más fuertes que antes.

Grita algo, pero apenas distingo las palabras entre los latidos de mi corazón y los ladridos de los perros.

Los perros gruñen salvajemente a su lado, cada vez más excitados.

Comprendo que no puedo hacer nada; estoy atrapada.

No hay salida.

Así que hago lo único que puedo.

Abro la boca y grito.