El fin de semana perfecto Capítulo Uno #2
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Capítulo Uno #2

Salgo al pasillo y, con la ayuda de las muletas, subo lentamente las escaleras hasta nuestro dormitorio.

Sobre la cama hay una maleta abierta con la ropa de Joe ya dentro, como si la hubiera tirado desde lejos.

Me acerco a la cama y sonrío para mis adentros mientras la saco, la doblo bien y la vuelvo a meter.

Joe es tan adorable y tan atento... Me siento mal porque se ha tomado la molestia de organizar una sorpresa y yo casi lo he estropeado todo con mi mal humor.

¿Qué más da que lleve una bota ortopédica aparatosa?

No importa. En absoluto. Vale, siempre parece salirse con la suya, pero ¿de verdad importa?

No merece la pena discutir por un fin de semana fuera, porque lo único que intenta es hacerme feliz.

Cuando termino de elegir dos «vestidos sexys», como los llama Joe —un vestido de seda negro hasta la rodilla y un vestido de cóctel vaporoso color crema con tirantes—, además de dos pantalones, jerséis y ropa interior, me duele la pierna, así que me siento en la cama para meterlo todo en la maleta.

También meto unos zapatos de tacón negros para los vestidos y un par de zapatillas de deporte aparte de las botas que llevo puestas.

Aunque solo puedo ponerme un zapato de cada par, meto los dos porque me parece raro llevar solo uno.

Joe dice que en el hotel hay spa, así que quizá me haga la manicura y la pedicura.

Tengo los pies abandonadísimos estas últimas semanas, y un toque de color brillante en las uñas me hará sentir mejor.

Deja de amargarte, Beth, y disfruta de la sorpresa tan bonita que te ha preparado tu marido.

✽✽✽

—Está nevando. —Miro por la ventanilla del coche los remolinos de nieve que revolotean fuera.

—Genial, ¿verdad? —Joe sonríe y me mira de reojo—. Va a ser precioso. Podemos quedarnos dentro bien calentitos junto a un fuego crepitante mientras tomamos chocolate caliente con ron.

—Suena perfecto. —Subo un poco más la calefacción del asiento y me trago la pregunta de si era prudente conducir con este tiempo.

Antes de salir de casa, los meteorólogos emitieron una alerta ámbar en la que aconsejaban a la gente que solo viajara si era estrictamente necesario.

Joe lo sabe, pero no quiero mencionarlo porque pensará que estoy buscando una excusa para no ir, y no es así. Ya no. Tengo ganas de ir.

—¿Cuánto falta? —pregunto. Los copos de nieve caen cada vez más densos, arremolinándose como pequeños torbellinos antes de estrellarse contra el parabrisas.

—No te lo voy a decir, es un secreto. Tendrás que esperar a ver.

—¿Seguro que sabes el camino? Podría poner el GPS, solo para asegurarnos de que vamos bien.

—Ni se te ocurra tocarlo —se ríe—. Lo que quieres es averiguar dónde está el hotel, pero me sé el camino, así que no te preocupes. Me mandaron un correo con las indicaciones y llegaremos antes de que anochezca. A lo mejor nos quedamos atrapados por la nieve unas semanas y no puedo ir a trabajar.

Si Joe está tan seguro de que llegaremos antes de que anochezca, el hotel no puede quedar muy lejos.

Apenas son las tres pasadas, pero el cielo está tan cargado de nieve que ya empieza a oscurecer.

Pensándolo bien, deberíamos haber salido antes y habernos saltado el almuerzo sin prisas.

Lo que iba a ser una parada rápida para comer un sándwich en un pub rural con encanto se convirtió en un descanso de dos horas, gracias al servicio lento y a una chimenea irresistiblemente acogedora.

Además, me tomé dos copas grandes de vino, que me han dejado bastante adormilada.

Joe nos ha reservado mesa en el restaurante con estrella Michelin para esta noche —al parecer el hotel tiene varios restaurantes excelentes— y lleva un rato tentándome con lo que hay en el menú.

Me recuesto en el asiento, cierro los ojos e intento adivinar adónde vamos.

Llevamos más o menos una hora de viaje y, aunque al principio las señales me resultaban familiares, ahora pasamos junto a carteles de lugares de los que nunca he oído hablar.

Las carreteras principales se han convertido en sinuosos caminos rurales, apenas lo bastante anchos para un coche.

A pesar de ser sábado, las carreteras están inquietantemente vacías.

La mayoría de la gente ha hecho caso de la previsión del tiempo y ha preferido quedarse en casa.

—Mierda.

La voz de Joe me sobresalta y doy un respingo, abriendo los ojos de golpe.

Las dos copas de vino han hecho su efecto y debo de haberme quedado dormida.

Ahora está completamente oscuro y, a través del parabrisas, apenas distingo nada.

La nieve cae densa y sin parar. Echo un vistazo rápido al salpicadero: son casi las cuatro. ¿Cuánto tiempo he estado dormida?

—¿Qué pasa?

Joe no responde. Se inclina sobre el volante con los ojos clavados en el salpicadero.

—¿Joe?

—Se ha encendido un testigo.

—¿Cuál?

—No lo sé.

Me inclino hacia él y entorno los ojos para ver la pantalla.

—¿Dónde? No la veo.

—Acaba de apagarse. No, espera, ha vuelto. Y ahora se ha apagado otra vez.

—Seguramente sea solo un sensor defectuoso o algo así —digo.

—No, no creo. El coche no va bien y ese testigo lleva parpadeando los últimos dieciséis kilómetros.

—Pero si este coche ni siquiera es viejo.

—Dímelo a mí.

—¿En qué sentido no va bien?

Antes de que pueda responder, el coche da una sacudida violenta y se para. Joe apaga el contacto y, al instante, nos quedamos a oscuras.

—¿Por qué paramos?

—No tenemos muchas opciones. Al coche le pasa algo.

—¡Pero si estamos en medio de la nada!

—No puedo conducir un coche averiado, Beth.

—¿Y si vamos muy despacio?

—Eso es lo que llevo haciendo la última media hora. No para de dar tirones y sacudidas. Vete a saber qué daño le haré al motor si seguimos.

—Ah —digo. Fuera, lo único visible son los tenues contornos de los árboles que flanquean el estrecho camino.

No hay farolas. Ni señales de vida. Solo oscuridad interminable y nieve que cae sin cesar—.

Tendremos que llamar a la asistencia en carretera o a quien sea que tengamos contratado —rebusco en el bolso y saco el móvil.

Sé que tengo el número guardado en algún sitio, aunque nunca he tenido que usarlo.

Cuando se ilumina la pantalla, no hay barras en la parte superior. No tengo cobertura.

—¿Tienes cobertura, Joe?

—No. Nada. Ni una sola barra.

Vuelvo a guardar el móvil en el bolso y cierro la cremallera.

—¿Cuánto falta para el hotel? —pregunto—. Tenemos que estar cerca, porque dijiste que no quedaba lejos justo antes de que me quedara dormida.

Silencio.

—¿Joe?

—Ya, bueno, el caso es que... creo que estamos perdidos.