El fin de semana del terror (Highlands e Islas 3) Capítulo 24
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Capítulo 24

H ope luchaba por dominar el terror. Estaba atrapada en aquella habitación a oscuras con Aldo Brace, un asesino más corpulento y fuerte que ella.

Ya había intentado matarla una vez. El recuerdo del agua helada y de la penosa carrera hasta el coche atrapado en la nieve no hacía más que avivarle el miedo.

Tenía que pensar, relajarse, mantener la calma.

Respirar despacio y con regularidad. Pero la realidad podía con ella. Por dentro se sentía vacía.

Desde que entró en la habitación, Brace no había hecho ningún movimiento que revelara sus intenciones, y eso tranquilizaba a Hope.

Su cautela significaba que sabía que ella no era presa fácil y que aún le escocían los golpes que le había asestado.

Por lo general, a Hope no le imponía enfrentarse a nadie.

Pero Brace era un deportista acostumbrado a los choques violentos y alguien le había enseñado a pelear. De eso estaba segura.

Hope siguió palpando a su alrededor; en la oscuridad, los ojos no le servían de nada.

A diferencia de casi todos los demás sitios de la casa en los que había estado, aquella habitación sí estaba completamente a oscuras: no entraba luz del exterior ni había ninguna fuente eléctrica que rompiera la negrura.

Rozó algo con la mano. Era grande y pesado, quizá la pata de un aparador o de una mesa.

Necesitaba un cuchillo, una porra, cualquier cosa que le permitiera mantener a Brace a distancia si iba a por ella o dejarlo inconsciente por la espalda.

Un cuchillo con el que matarlo, si llegaba el caso.

Aquello era una cuestión de supervivencia.

Hope oyó un ruido en la pared del fondo. Algo se abrió y entró un torrente de luz que la cegó unos instantes. La abertura volvió a cerrarse enseguida. Hope oyó pasos: alguien acababa de entrar trastabillando.

—¿Quién anda ahí? —gritó Brace.

—¡Tú! Intentaste matarla, imbécil. Te dije que no hicieras nada hasta que yo la tuviera. —Era la voz de Johnston.

—Fue culpa tuya. Tú la trajiste. Sabías que todos los demás eran prescindibles. Solo tenías que traer a una sustituta.

—Nunca has estado casado. No sabes qué preguntas se habrían hecho. ¿Y tú qué haces aquí? ¿Quién está en la sala de control? —preguntó Johnston.

—Está aquí. La zorra del inspector. No se deja tumbar.

—¿Dónde? —gritó Johnston, preso del pánico—. Tengo a Macleod pisándome los talones. Acabo de despistarlo. Tenemos que irnos.

—¿Irnos adónde, idiota? ¿No ves que todo se ha ido al traste? Tenemos que deshacernos de todos. Primero de esta poli y de su jefe. Luego del resto. Hacer que parezca un accidente espantoso. También de tu preciosa mujer, si no coopera.

—¡Deja a Chrissy en paz!

Hope aprovechó la discusión para alejarse de las voces sin hacer ruido y buscar algo que pudiera usar.

Pero en aquella oscuridad apenas conseguía encontrar nada, y mucho menos saber qué era.

Macleod estaba cerca; al menos, eso jugaba a su favor.

Había sobrevivido a la trampa del salón de baile.

Pero, si entraba por el mismo sitio que Johnston, quedaría expuesto y desorientado, a merced de un ataque. Hope tenía que estar preparada.

—Si estuvieras en la sala de control, podrías bloquear las puertas de esta habitación y gasearlos. Desde allí podemos controlarlo todo. Acabar con todos y luego largarnos —gritó Johnston.

—¿Largarnos? Eso levantaría sospechas. No. Tiene que parecer un accidente. Que se derrumbe la casa. O una excursión en barco y que el mar haga el resto.

La luz irrumpió de nuevo en la habitación cuando una figura cruzó la misma trampilla por la que había entrado Johnston. Hope se protegió los ojos con las manos e intentó ver qué pasaba, pero el resplandor volvió a cegarla.

—¡Es Macleod! —gritó Johnston.

Brace se abalanzó hacia la figura cuando esta se incorporaba.

Hope reaccionó al instante: echó a correr y cargó con el hombro.

A oscuras era imposible calcular bien el placaje, así que giró el cuerpo al lanzarse hacia donde creía que estaba Brace.

Le dio en el trasero y se llevó por delante sus piernas. Brace cayó al suelo.

Macleod acababa de incorporarse y oyó unas pisadas que se precipitaban sobre el suelo de madera.

No era tan ágil como Hope, pero reaccionaba deprisa.

Dio varios pasos de lado hasta chocar con un mueble.

A un costado oyó a Hope forcejeando con Brace en el suelo.

No sabía cómo ayudarla y palpó desesperadamente la pared en busca de un interruptor.

No había ninguno. Entonces encontró lo que parecía un aparador y, encima, una lámpara.

Tanteó la lámpara hasta dar con el interruptor. De pronto, la luz inundó la habitación.

Hope estaba boca abajo en el suelo. Brace se encontraba encima, a su espalda, agarrándola del pelo, a punto de estamparle la cara contra el suelo de madera.

Johnston estaba al otro lado de la habitación, con los ojos entornados por el repentino resplandor.

Macleod corrió hacia Brace justo cuando este empujaba la cabeza de Hope hacia abajo y le descargó una patada en el vientre con todas sus fuerzas.

Brace no vio venir la patada y se dobló por el golpe, pero seguía encima de Hope.

Antes de que pudiera reaccionar, Macleod le dio otra y luego se lanzó sobre él.

Logró apartarlo de Hope, pero quedó enredado con Brace.

Cuando Macleod intentaba incorporarse, Brace le agarró el hombro, lo inmovilizó y le asestó un codazo.

En sus primeros años como policía, Macleod había patrullado las calles de Glasgow y aprendido unos cuantos trucos.

Echó una mano hacia atrás y le hundió un dedo a Brace en el ojo.

El hombre se apartó de golpe. Macleod rodó para alejarse, se agarró a una esquina de la silla y logró ponerse en pie.

Pero Brace ya se había levantado y se dirigía hacia él.

Cuando extendió las manos para agarrarlo, Macleod advirtió que la luz de la habitación se movía, como si alguien la zarandeara.

Se oyó un fuerte chasquido y después estalló el cristal: Hope le había estampado la lámpara en la cabeza a Brace.

Brace cayó al suelo con un golpe sordo. Detrás de él tintinearon fragmentos de cristal y cerámica.

Todo quedó de nuevo a oscuras y Macleod no veía nada.

Pero sabía dónde había caído Brace y se abalanzó sobre él.

Palpó hasta encontrarle la cara; el hombre no reaccionaba.

Macleod se quitó el cinturón en la oscuridad y empezó a atarle las manos a la espalda.

—¿Ves a Johnston? —preguntó Macleod.

—¿Verlo? ¿Cómo voy a verlo? ¡Si acabo de romper la lámpara! —dijo Hope.

—Tengo a Brace. Estoy terminando de atarlo. Ve a por Johnston.

—Sí, señor —dijo Hope.

—Señor Johnston, se acabó. Tenemos a su matón.

Hope intentó sonar profesional, pero jadeaba tras el forcejeo con Brace. La adrenalina le corría por las venas.

—Yo diría que no —dijo Johnston con la voz tensa—.

Conozco este sitio. Ayudé a Macaulay a diseñar toda la casa y preparé los mecanismos más letales.

Fui yo quien hizo que los seguros se pudieran quitar con facilidad.

Ese matón de Brace no sabría hacer un trabajo tan fino.

Fue una lástima lo de Macaulay. Tenía mucho talento, una mente muy imaginativa.

Pero se asustó cuando aumentaron las exigencias.

No quiso unirse a nosotros. Y, aunque sea un matón, Brace tiene razón.

Solo me iré de aquí cuando todos muráis.

Así que preparaos los dos. No saldréis de esta habitación.

Hope avanzaba despacio por la oscuridad hacia la voz. Podía calcular más o menos dónde se encontraba Johnston y, descalza, amortiguaba bien las pisadas sobre el suelo de madera. Él no la oiría acercarse. Ya casi estaba a su alcance.

Macleod apenas escuchaba a Johnston mientras le quitaba el cinturón a Brace y le ataba los pies.

Pero algo en el tono del hombre llamó su atención.

No saldréis de esta habitación. No tenía armas.

Físicamente no era rival para Hope, quizá ni siquiera para Macleod en igualdad de condiciones.

Conozco este sitio. Eso había dicho: conozco este sitio.

—¡Hope! ¡Al suelo! ¡Aléjate de donde se oye su voz!

—¿Pero, señor?

—¡Ahora!

Macleod oyó el mecanismo en la oscuridad. Un zumbido, quizá de engranajes y poleas. Después, el silbido violento de algo que salió disparado y se estrelló contra la pared. Macleod aguardó algún movimiento. Esperó oír la voz de Hope. Nada.

—¿McGrath? ¿Hope?

Un murmullo se alejó de Macleod en la oscuridad, acompañado de un arrastrar de pies.

Sintió alivio. Pero también oyó otras pisadas que no eran las de Hope.

Johnston iba tras ella. Macleod no podía quedarse sentado en medio de aquella negrura y dejarla a su suerte.

Escuchó con atención y se orientó hacia el ruido de los pies sobre el suelo.

Seguro que había acertado. No le quedaba otra que correr a ciegas y rezar para embestir a la persona correcta.

Echó a correr. Bajó el hombro y, al acercarse a lo que creía su objetivo, giró el cuerpo y se lanzó.

Esperó chocar con alguien. No chocó con nada.

Cayó sobre el suelo pulido y se deslizó hasta una pared.

El dolor le atenazó el hombro; Macleod gimió y rodó, retorciéndose.

Al darse la vuelta, sus pies chocaron con algo.

Oyó un grito, después a alguien trastabillar. Entonces Johnston chilló.

—¡No! ¡Dios santo, no!

Se oyó una respiración agitada y la habitación se iluminó de pronto.

Macleod intentó cubrirse los ojos con una mano, pero el brazo no le respondió y la luz lo cegó casi al instante.

Una corriente de aire recorría la estancia.

A esas alturas, eso ya no le sorprendía.

Pero la reacción de Johnston lo estremeció.

En una ocasión había intentado proteger a un hombre de unos traficantes de droga que se acercaban a ellos en un barrio de viviendas sociales.

Iban encapuchados y llevaban armas de fuego.

El hombre que estaba junto a Macleod sabía que estaba muerto.

Mientras llevaran las máscaras, dejarían con vida a Macleod, pero no a la víctima a la que buscaban.

El grito de aquel hombre era el mismo que ahora le oía a Johnston.

—¿Lo ves, Hope?

—No puedo moverme, señor. La última trampa me ha enganchado. La he arrastrado conmigo, pero me tiene pillada por la blusa y no puedo moverme deprisa.

Con el hombro palpitándole de dolor, Macleod estiró el brazo y barrió el aire a ciegas con la mano, de un lado a otro. Se impulsó con los pies para avanzar por el suelo hacia los gritos de Johnston, pero no encontró nada. Entonces rozó unos dedos. Estiró un poco más y consiguió agarrar una mano.

—Lo tengo, Johnston. Aguante. Lo tengo.

Sonó un rugido atronador, como el de alguna antigua deidad, seguido de unas palabras en un idioma que Macleod nunca había oído.

Johnston entendió lo que significaban y gritó.

Un tirón brutal le arrancó la mano de la de Macleod.

Se oyó cómo los huesos se trituraban y la carne se desgarraba.

Macleod agradeció no poder ver. Los gritos de Johnston se apagaron.

Entonces se encendieron las luces. En una esquina estaba Brace, apenas consciente y atado de pies y manos con cinturones.

Hope permanecía sentada en el suelo, con un gancho curvo prendido en la blusa, que estaba teñida de un rosa intenso.

Macleod rezó para que, con tanta sangre encima, no estuviera herida de gravedad.

Macleod yacía a poca distancia de una pared, con la mano extendida hacia la de enfrente, en la que ahora se abría un agujero.

Varias hileras de dientes ocupaban el hueco; alrededor se recortaba la silueta de alguna criatura.

Entre aquellos dientes estaban los restos de Johnston. Macleod apartó la mirada de inmediato.

—¿Ya está, señor? —preguntó Hope.

—No, McGrath. Fuera tenemos nieve hasta las rodillas, un delincuente sujeto con unas ataduras de lo más endebles y varios heridos graves abajo.

No, el día aún no ha terminado. Pero hemos ganado el juego.

—Macleod suspiró y alzó la vista hacia Hope.

Señaló la blusa con un gesto de la cabeza—. Pero tú has salido malparada.

—Sangre de cerdo, señor.

Macleod negó con la cabeza y se echó a reír. No era apropiado. No sabía por qué lo hacía, pero se rió de todos modos.