El fin de semana del terror (Highlands e Islas 3) Capítulo 23
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Capítulo 23

D esde detrás del bastidor de equipos eléctricos, Hope veía las pantallas. Observó cómo Macleod y su grupo entraban en otra sala. Por la imagen, parecía grande, y Brace se iba exaltando. Tenía los dedos suspendidos sobre el pequeño ratón que dirigía el cursor.

—Eso es —dijo Brace en voz alta, para nadie en particular—. Esta es buena, inspector. Puede que hasta acabe con todos vosotros de una vez. Ahora ponte a un lado, Maddy, y pongamos en marcha el espectáculo.

Soltó una risita cruel y Hope empezó a sudar. Tenía que actuar deprisa, pero había quedado encajada detrás del bastidor. Inspiró hondo e intentó escurrirse. El espacio era tan estrecho que temía hacerlo traquetear y delatarse justo cuando quedara al descubierto.

—De hecho —continuó Brace—, vas a ser la primera víctima, Zara. Cría estúpida. No tienes ni idea de lo que quiere un hombre. Te reíste de mí en la ducha. Lo vas a pagar.

Brace hizo clic con el ratón y la pantalla se oscureció. Se encendieron unas luces en espiral. Mientras la escena se desarrollaba, Hope oyó gritos que llegaban por los altavoces de la pequeña sala de control. No había tiempo. Tenía que actuar.

Alzó los brazos por encima de la cabeza y empujó el bastidor hacia delante.

Lo volcó y le cayó a Brace sobre la nuca.

Pero la base se deslizó hacia atrás y le atrapó el pie, aprisionándolo contra la pared.

Brace maldijo e intentó quitarse de encima el bastidor.

Parte del equipo cayó al suelo y se hizo añicos; esquirlas afiladas salieron disparadas por todas partes.

Brace logró apartarse el bastidor de la cabeza y girarse en la silla.

—¡Tú! ¿De dónde has salido? Te maté. Ese barco tendría que haberse hundido con ese temporal.

Hope hizo una mueca por el dolor de la pierna, pero se obligó a mirarlo con furia.

—Quedas detenido por el asesinato de Anders Larsen y por todas las demás muertes de esta casa que pueda imputarte.

—No pienso acabar entre rejas por una zorra lesbiana.

Brace empujó el bastidor y este volvió a golpear a Hope.

Ella alzó las manos para protegerse del rebote.

El pie quedó libre, pero Brace metió las manos por los huecos de la estructura antes de que pudiera reaccionar y la agarró por la garganta.

Hope emitió un sonido ahogado y le agarró la cabeza.

Mientras él la zarandeaba, buscó dónde aferrarse.

Las manos le resbalaron por el pelo, así que le hundió ambos pulgares en los ojos.

Brace gritó y la soltó. Al volverse, empujó el bastidor, que volvió a chocar con estrépito contra Hope y le abrió un corte en la frente.

Brace quedó aturdido un instante. Hope salió por un costado mientras él parpadeaba y rezó para que al menos viera borroso.

Pero, en cuestión de segundos, Brace estaba otra vez listo para atacar.

Hope ya se había librado del bastidor, pero él la tenía acorralada.

Tendría que abrirse paso a golpes. Justo la situación que había querido evitar.

Brace alargó el brazo, la agarró del hombro y la empujó contra la pared.

Le estampó la cabeza contra ella. Hope quedó aturdida un momento y apenas vio el puño que se le venía encima.

Se ladeó, pero le dio en el hombro y el dolor le atravesó el cuerpo.

Hope se lanzó contra Brace y ambos se trabaron cuerpo a cuerpo.

Él le mordió una oreja y ella se esforzó por no perder el control.

Le agarró los hombros y le hundió la rodilla en la entrepierna.

Otra vez. Y otra. Las manos de Brace cedieron y él retrocedió tambaleándose.

Hope lanzó un puñetazo, pero falló por mucho. Luego tomó todo el aire que pudo.

Los gritos seguían saliendo por los altavoces.

Hope recordó que tenía que ayudar. Brace se revolcaba por el suelo y ella intentó pasar a su lado, pero él la agarró de una pierna.

Hope le descargó una patada en la cara y echó mano del ratón.

Miró la pantalla y localizó dónde había hecho clic Brace.

La palabra «Disarm» estaba resaltada en rojo.

Hope pulsó sobre ella y miró la pantalla, a la espera de algún cambio.

Se encendieron las luces de la sala y vio varias figuras apiñadas en el extremo más cercano a la chimenea.

Macleod estaba allí. Estaba bien, estaba…

Sintió unas manos en la espalda y extendió las suyas por delante justo cuando Brace la empujaba contra la consola.

La cabeza golpeó la consola, aunque con mucha menos fuerza.

Hope alargó una mano hacia atrás y le agarró la cara a Brace.

Encontró una oreja y tiró con fuerza. Brace se incorporó y dejó de aplastarla.

Hope se escabulló y arrancó el ratón de la mesa de la consola.

—¡Te voy a matar, zorra! —gritó Brace—. ¡Ninguna puta me va a parar!

Hope estaba ahora junto a la cocina, con el ratón en la mano. Lo agitó delante de Brace y rezó para que picara. Él dio un paso hacia ella y Hope salió corriendo por la puerta, cruzó la cocina y llegó al pasillo.

Ya fuera del espacio angosto de la sala de control y la cocina, Hope comprendió que no tenía ningún plan.

Solo hacía de cebo para alejar a Brace de las pantallas, pero no sabía adónde llevarlo.

Si desandaba el camino, tendría que recorrer largos pasillos y Brace seguramente la alcanzaría.

Llegó al cruce desde el que se accedía a la sala de control y tomó el único ramal que aún no había explorado.

Las pisadas de Brace retumbaban por el pasillo.

Mientras corría, Hope se preguntó qué haría si aquel corredor terminaba en un callejón sin salida.

Pero ¿por qué iba a terminar allí? Tenía que llevar a alguna parte.

Al doblar una esquina encontró la respuesta: una puerta.

Medía aproximadamente la mitad que una normal, tanto de alto como de ancho, pero le permitía seguir huyendo.

Hope buscó a tientas algún cierre. Lo encontró enseguida, descorrió un cerrojo y empujó la puerta.

Dentro reinaba la oscuridad. Hope vaciló. Entonces oyó un grito.

—¡Ahí estás, zorra!

Hope se lanzó por la puertecilla. Los ojos no se le habían adaptado a la oscuridad y tanteó el aire con las manos para no tropezar con nada.

Por el golpeteo de los zapatos dedujo que el suelo era de madera y que sus pasos la delataban.

Se dejó caer sentada y se quitó los zapatos.

Vio la silueta de Brace atravesar la puerta; la única luz de la habitación llegaba desde el pasillo.

Hope avanzó en silencio hasta el rincón más alejado, palpando con cuidado en busca de un arma.

No encontró nada. Estaba atrapada, sin saber cómo enfrentarse al asesino furioso que tenía delante.

* * *

Macleod se lanzó por un pasillo que no recordaba haber recorrido antes y divisó a Johnston más adelante.

La lesión de rodilla había sido fingida y el hombre avanzaba por aquellos espacios angostos tan deprisa como él.

Macleod jadeaba en cada giro. Atrás quedaban los tiempos en que perseguía sospechosos con agilidad juvenil.

Johnston dobló una esquina y Macleod corrió con todas sus fuerzas para no perderlo de vista más que unos segundos.

Cuando llegó a la esquina, algo de cobre y del tamaño de un balón pequeño apareció ante él a la altura de la cabeza.

Alzó las manos en vano. El orinal le dio de lleno en la cara.

Los pies de Macleod siguieron adelante; el resto del cuerpo se detuvo. Cayó de espaldas.

Antes de que Macleod pudiera reaccionar, Johnston se le echó encima y le descargó un puñetazo en la cara.

No llevaba mucha fuerza, pero el peso de Johnston bastaba para inmovilizarlo.

El hombre manoteó para abrirse paso entre los brazos que Macleod agitaba delante de la cara.

Macleod luchó con desesperación para impedir que Johnston le agarrara la cara.

Johnston consiguió apartarle los brazos y dejó libre una mano para descargar otro puñetazo.

Al hacerlo, acercó la cara a unos treinta centímetros de la de Macleod.

El inspector se había visto en demasiadas peleas a lo largo de su carrera como para dudar.

Con todas sus fuerzas, lanzó la cabeza hacia delante y le propinó un cabezazo en la nariz.

Sonó un crujido seco y repugnante. Johnston aulló y Macleod rodó hacia un lado, quitándoselo de encima.

Una vez libre, Macleod vio a Johnston revolcarse de dolor, con las manos sobre la cara.

Se acercó a gatas. Solo pretendía agarrarle un brazo, retorcérselo a la espalda e inmovilizarlo.

Pero, cuando fue a por él, comprendió que aquel dolor era puro teatro: Johnston lanzó un codazo y le acertó justo debajo del ojo.

Macleod cayó hacia atrás. No había sido un golpe fuerte.

Johnston se puso en pie y echó a correr otra vez.

Macleod se levantó y reanudó la persecución.

Casi tropezó con el orinal. De reojo vio los ganchos vacíos en la pared, donde debería haber estado colgado.

Sacudió la cabeza y siguió adelante. Johnston había girado a la izquierda.

Al llegar a la esquina, Macleod la dobló describiendo un arco amplio y se encontró ante un pasillo corto y vacío.

Avanzó despacio. Terminaba en un gran aparador, sobre el cual colgaba un retrato de Macaulay con un aire más jovial que después de su caída desde el balcón.

En una de las paredes laterales había más cuadros, pero Macleod no veía ni palpaba ninguna puerta oculta.

Pero Johnston tenía que haberse metido por algún lado.

Macleod examinó el suelo. Nada. Alzó la vista: el techo no ofrecía pistas.

No había ningún foco del que tirar para desplegar una escalerilla.

No había por dónde seguir, salvo… Macleod miró el aparador y luego el suelo justo debajo.

No veía gran cosa, pero el polvo se amontonaba bajo el mueble, solo en los extremos. La franja central estaba limpia.

Macleod agarró la parte inferior del aparador.

La base cedió con facilidad y salió disparada hacia arriba.

Giró hasta ocultarse dentro del mueble y dejó libre un hueco por el que podía avanzar de rodillas hasta una abertura en la pared.

Macleod no vaciló. Se arrodilló y se metió por ella.

Al otro lado reinaba la oscuridad. Johnston tenía que haber pasado por allí.