Capítulo 22
— C reo que ha llegado la hora de salir de aquí —dijo Macleod mientras observaba al variopinto grupo sentado en la cocina.
—E iremos todos —dijo la señorita Baxter—. No pienso quedarme aquí cuando te vayas. Inspector, no creo que ninguno de nosotros quiera, después de lo que has descubierto. La unión hace la fuerza. Eso dijiste al principio. Así que iremos todos.
Macleod recorrió con la mirada a los invitados que quedaban. Todos parecían asentir.
—Muy bien. Señor Smith, quédese en la retaguardia del grupo, por favor. Quienes crean que pueden tener dificultades para seguir el ritmo, manténganse en el centro.
Macleod vio a la señorita Blayney levantarse y dirigirse al frente.
—¿Crees que es prudente después de tu incidente? Todavía pareces aturdida.
Melanie Blayney sonrió.
—Tu mano derecha sigue sin volver y necesitas a tu lado a alguien más ágil que tú. Estoy bien. Además, si voy a morir en este sitio, pienso caer luchando.
Macleod dejó que la señorita Blayney se situara al frente y ordenó al grupo ponerse en marcha hacia la biblioteca. La sala atestada de libros los recibió con un silencio inquietante. Macleod casi esperaba que algo reapareciera por el gran agujero del techo.
—Al llegar al túnel del despacho de Macaulay, habrá que trepar un poco y luego avanzar a gatas. No se separen, por favor.
Macleod puso el pie en el primer peldaño y empezó a subir. Mientras ascendía, oyó un siseo arriba.
—¡Inspector! —gritó la señora Johnston.
Macleod alzó la vista: un gas verde salía de la habitación de arriba y empezaba a descender hacia la biblioteca.
—¿Qué es? —gritó la señorita Baxter.
—Baja de ahí, Seoras. No sabemos qué puede ser eso —dijo la señorita Blayney con voz firme.
Macleod bajó la escalera e hizo señas a todos para que salieran. Cuando el último hubo cruzado la puerta, la cerró y sopesó qué hacer a continuación. Después pidió al señor Smith que se acercara a la cabeza del grupo.
—¿Sabe qué está más cerca del despacho que encontré? ¿Qué habitación hay al lado? Quizá haya otra forma de entrar en esos pasadizos secretos.
—¿Aún tiene el mapa que encontró? —preguntó Smith, y Macleod lo sacó.
Los dibujos apenas eran un esquema, aunque permitían hacerse una idea general del diseño. El problema era que solo mostraban los pasadizos secretos y sus salidas, identificadas con códigos sencillos como DT10, todos incomprensibles para Macleod.
—Tiene que darme una idea aproximada de las distancias que recorrió —dijo Smith, mientras su madre se acercaba a Macleod.
—¿Puedo ayudar? —dijo ella—. Conozco esta casa tan bien como mi hijo. Quizá dos cabezas piensen mejor que una.
Macleod asintió y explicó el recorrido que había seguido y cuánto calculaba que medían los pasadizos. Pidió a la señorita Blayney que se acercara y diera también su impresión. Tras sopesarlo un rato, madre e hijo discreparon.
—El salón de baile sería la mejor opción —dijo la señora Smith—. Por lo que ha contado, inspector, creo que estaba al otro lado de la pared donde se encuentra la chimenea.
—Yo no lo veo así —dijo Kyle Smith—. Queda más allá, más cerca de la sala de billar. Yo iría allí.
—Kyle —dijo su madre—, te estás liando. No estuviste aquí durante gran parte de la reforma. Yo sí.
—Creía que los habían mandado fuera a los dos —dijo Macleod.
—Y así fue —dijo el señor Smith—, pero pidieron a mi madre que volviera un par de veces para comprobar que al señor Macaulay no le faltaban provisiones y demás. Yo estaba haciendo un curso de cocina por entonces. Supongo que aproveché el parón, aunque lo pagó el jefe.
—¿Y cree que vio algo entonces que le haga pensar que el despacho está más cerca del salón de baile, señora Smith? ¿Podría tener razón, Kyle? —preguntó Macleod.
—Quizá.
Pero a Macleod le pareció que no sonaba muy convencido.
—De acuerdo. Iremos primero al salón de baile y luego a la sala de billar si no encontramos nada. Pero no se separen: son dos habitaciones que aún no hemos visto y, por lo que dice, señora Smith, puede que haya en ellas alguna de esas animaciones de monstruos. No quiero perder a nadie más.
El grupo enfiló las escaleras, subió y siguió por un pasillo, con la señora Smith al frente.
A Macleod le costaba distinguir un corredor de otro: todos eran una sucesión de cuadros y papel pintado de aire señorial.
Tras varios giros, llegaron a una gran puerta de madera que la señora Smith señaló como su destino.
—Entraré yo primero —dijo Macleod—, y cuando me sigan, no se separen.
La señorita Blayney avanzó resuelta junto a Macleod y apoyó la mano en la puerta.
—Entraré yo primero —dijo—. No podemos permitir que nuestro investigador principal caiga en una simple trampa.
Macleod iba a protestar, pero ella se echó el pelo hacia atrás y le sonrió. Por un instante pensó que era una mujer impresionante. Enseguida se obligó a centrarse de nuevo en la habitación que tenía delante.
La estancia era de una grandiosidad desmedida.
Las paredes, revestidas de paneles de madera, estaban cubiertas de cuadros y cortinajes.
Al acercarse a uno de los cuadros, Macleod vio representado lo que creyó que debía de ser un necrófago.
En la imagen había también un cuerpo tendido en el suelo y un trozo de carne en la mano de la criatura.
Se le aceleró el corazón, no por el cuadro, sino porque una habitación así formaba parte del juego.
Eso hacía más que probable que ocultara una trampa. Y ya estaban todos dentro.
—Sugiero que nos quedemos cerca de las puertas para poder escapar rápido si ocurre algo —dijo Macleod.
La señorita Dawson se sobresaltó al oír aquello y corrió hacia la puerta.
Cuando estaba a punto de alcanzarla, esta se cerró con un estruendo teatral.
Zara agarró el pomo y tiró, pero la puerta no cedió.
Kyle Smith lo intentó después, con idéntico resultado.
De pronto gritó, soltó el pomo y empezó a soplarse las manos con desesperación.
—¡Estaba ardiendo! —gritó—. ¡El maldito pomo estaba ardiendo!
La señorita Dawson empezó a increpar a gritos a alguien a quien no podía ver, llamándolo enfermo y retorcido. Estaba al borde de la histeria cuando una bofetada de la señora Johnston la detuvo en seco.
—Cálmese, muchacha. Eso no va a ayudar. Necesitamos otra salida, creo, señor Smith.
A pesar de creer que había perdido a su marido, la mujer era un pilar para el grupo.
A Macleod le impresionó su sangre fría en una situación que debía de resultarle aterradora y devastadora.
A ojos de Christine, su marido probablemente estaba muerto.
Macleod tenía sus dudas, pero ella no podía verlo del mismo modo.
El suelo de madera empezó a temblar bajo sus pies y se partió por el centro. Las dos mitades se retrajeron despacio hacia las paredes hasta desaparecer en ellas y dejar al descubierto una base blanca. Macleod agarró del brazo a la señorita Blayney, que estaba a su lado.
—Ve con la señora Smith, dondequiera que vaya.
—¿Por qué? —preguntó la señorita Blayney.
—Hazlo y punto.
A medida que las secciones de madera se retraían hacia las paredes, todos se vieron obligados a pisar la base blanca.
Era lisa como el hielo y no ofrecía el menor agarre.
La señora Johnston fue la primera en caer, con un golpe seco, estremecedor.
Macleod gritó que se agarraran a algo. La señorita Baxter se aferró a su brazo y tiró de él hacia abajo.
A Macleod se le fueron los pies; ella cayó encima y él forcejeó para quitársela de encima y volver a levantarse.
Justo cuando todos parecían haber conseguido al menos quedar sentados, las luces se apagaron.
La señorita Dawson chilló. Macleod vio que el fondo de la estancia, donde había estado la chimenea, se convertía en un vórtice.
Se parecía a los que ya habían visto en otras habitaciones y, sin duda, formaba parte de la ambientación del fin de semana.
Pero Macleod sabía que podía haber algún elemento letal añadido.
Esperó a que algo surgiera del vórtice o lo atacara desde la oscuridad.
El vórtice era una espiral de luces increíblemente convincente.
El aire se enfrió y una corriente azotó a los invitados, que se debatían en el suelo.
Entonces la base empezó a inclinarse: el extremo de la chimenea permaneció fijo mientras se elevaba el opuesto.
Macleod estaba en el centro con la señorita Baxter.
Los dos empezaron a deslizarse despacio.
Macleod no sabía cómo se las apañaban los demás. Solo oía a la señorita Dawson, que no paraba de chillar. Buscó algún asidero en el suelo, cualquiera, pero no había ninguno. La señorita Baxter se aferraba a él y le impedía moverse.
—¿Alguien ha conseguido agarrarse a algo? ¿Hay alguien que no se esté deslizando? —gritó Macleod por encima del rugido del viento que barría el salón de baile.
—La señora Smith ha conseguido agarrarse. Y yo la sujeto a ella —gritó la señorita Blayney.
Macleod no veía a la señorita Blayney, pero la voz le llegaba desde la izquierda.
—Alarguen las dos los brazos. Que los demás intenten agarrarse a ustedes.
Macleod se quitó de encima a la señorita Baxter de un empujón.
Ella chilló al comprender que se había quedado sola.
Ya se deslizaban más deprisa, directos hacia el vórtice.
La luz de la ilusión permitió a Macleod ver que detrás del vórtice había un hueco, justo en el centro de la chimenea.
Forzando la vista, distinguió a alguien delante.
Era una figura menuda que se precipitaba hacia el hueco entre gritos.
Alzó los brazos, saltó y pareció agarrarse a algo.
Tenía que ser Zara Dawson. Menuda, sí, pero con la musculatura de una gimnasta, podía sostenerse agarrada a lo que hubiera encontrado sobre el vórtice. Macleod rezó para que mirara hacia él y le tendiera una mano.
Se oyeron golpes sordos: otros chocaban contra la pared en vez de precipitarse por el hueco. Pero Macleod iba directo hacia él.
—¡Zara, deme la mano! ¡Ya!
Macleod pasó disparado por debajo de la gimnasta y sintió que empezaba a caer, pero una mano fuerte lo detuvo.
Al levantar la vista, la vio colgada boca abajo, con el rostro contraído por el esfuerzo de sostenerlo.
Sonrió aliviado hasta que notó que alguien lo agarraba por la pierna y tiraba de él.
La señorita Baxter se aferraba con desesperación mientras los tres quedaban suspendidos, y Zara Dawson luchaba con todas sus fuerzas por no soltarse.
Mientras colgaba, Macleod oyó un grito y luego una maldición que habría jurado que provenía de la señora Smith. A su lado, una figura se precipitó por el hueco con un grito breve. Después llegó el golpe sordo de un cuerpo contra el agua.
—Te tengo —gritó alguien, y Macleod no logró distinguir quién había agarrado a quién.
—¡No! ¡Chrissy!
Hubo más gritos y voces en la oscuridad. Entonces las luces se encendieron de golpe y el suelo de madera empezó a reaparecer. Macleod vislumbró el hueco bajo sus pies justo antes de que quedara cubierto. Abajo flotaba un cuerpo, pero no alcanzó a ver quién era.
En cuanto el suelo volvió a quedar bajo Zara, esta soltó a Macleod, que cayó encima de la señorita Baxter. Lorraine había quedado inconsciente por el golpe o se había desmayado por el esfuerzo. La joven gimnasta giró en el aire y aterrizó junto a Macleod con una agilidad que él ni soñaba tener.
Macleod recorrió la sala con la mirada y contó a los invitados. ¿Siete? ¿Cómo podían quedar siete? ¿Quién había caído por el hueco? Entonces vio al señor Johnston intentando sujetar a su mujer e instándola a irse.
—Tenemos que irnos, Chrissy. Podemos escapar. No puedes quedarte aquí con esta gente. Ellos tienen que morir. Tú no. Todo ha salido mal; tenemos que irnos.
Macleod intentó ponerse en pie, pero le costó y volvió a caer al suelo. Johnston tiraba de su mujer, pero ella se resistía.
—Tenemos que ayudarlos, Jermaine. ¿Qué quieres decir con eso de que tienen que morir? Esto no es un juego de rol. Va en serio.
—Vamos, Chrissy —dijo Johnston mientras tiraba de ella para ponerla en pie—. Todo ha terminado. ¡Vámonos!
Algo embistió a Johnston por un costado y lo derribó. Cuando el hombre rodó por el suelo, Macleod vio a Melanie Blayney levantarse de encima de él.
—¡Lo tengo, inspector!
Macleod logró ponerse en pie despacio. Miró alrededor: había heridos por todas partes. Pero, de los siete invitados que habían entrado con él, seis seguían con vida. No era un mal recuento. Kyle Smith, sin embargo, cojeaba hacia la chimenea.
—¿Mamá? ¡Mamá!
—Me empujó para lanzarme al suelo —dijo la señorita Blayney—. Intentó arrojarme hacia las luces, pero yo estaba preparada. Me aferré a ella y giramos las dos. Cayó de lleno por el hueco.
Macleod vio cómo el rostro de Kyle Smith se desencajaba de furia.
—¡La has matado! ¡La has matado, joder!
Corrió hacia Melanie Blayney y le lanzó un puñetazo a la mandíbula. La mujer cayó de espaldas; Macleod creyó que la había dejado inconsciente. Corrió hacia Smith, le agarró el brazo y se lo dobló a la espalda, pero el joven ya se desplomaba de rodillas, roto en sollozos.
Macleod se dejó caer con él al suelo y le sujetó el brazo con fuerza hasta asegurarse de que Smith ya no se resistía.
Al escrutar los rostros de quienes lo rodeaban, vio a Pandie sujetándose un brazo como si lo tuviera roto, a la señorita Baxter y a la señorita Blayney, ambas inconscientes, y a Zara Dawson consolando a Christine Johnston. Pero ¿dónde estaba el señor Johnston?
La puerta se cerró de un portazo. Macleod cruzó la sala a la carrera y gritó a Pandie:
—Ocúpate de ellos. Pediré ayuda en cuanto atrape a Johnston.
Abrió la puerta de golpe. Oyó los lamentos de Christine Johnston, pero no vaciló. Había visto a un asesino. No iba a dejarlo escapar.