El fin de semana del terror (Highlands e Islas 3) Capítulo 21
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Capítulo 21

H ope permaneció inmóvil detrás de la cortina mientras Brace se identificaba ante los demás miembros de aquella organización secreta.

No todo se distinguía con claridad, pero sin duda dijo algo con la mano sobre el pecho: una especie de juramento o compromiso.

Después guardó silencio casi todo el tiempo, hasta que le dieron la palabra.

Hope oía bien a Brace, pero los otros hombres que aparecían en pantalla hablaban en voz baja.

Habría preferido estar más cerca de los altavoces del ordenador, que no estaban orientados hacia ella.

—La tormenta continúa y nadie nos ha molestado, así que seguiremos adelante con la ampliación del plan.

Hemos estado a punto de fallar varias veces, pero ya solo quedan cuatro objetivos —informó Brace cuando se lo pidieron.

Hablaba con absoluta tranquilidad; nada en su voz delataba lo que había hecho para matar.

Hope no oyó la respuesta. El sonido era débil y metálico, pero Brace contestó:

—Puede que nos quede un día; se espera que la tormenta amaine pronto. El problema es que el policía podría intervenir más. Con la muerte de nuestro anfitrión, hemos tenido que ajustar un poco el plan. Creo que debemos matar a los cuatro objetivos restantes.

La pantalla volvió a parpadear mientras alguien hablaba. Brace respondió:

—Muy bien, informaré de nuevo dentro de tres horas. Para entonces todo habrá terminado. Parecerá que un fallo mecánico generalizado los mató a todos, incluido Macaulay. Dos constarán como desaparecidos y se los dará por muertos tras intentar ir a buscar ayuda en el barco.

Se oyó un gruñido. Brace volvió a llevarse el brazo al pecho, se acercó al ordenador y pulsó un botón. Dio media vuelta y salió de la habitación.

Hope aflojó los músculos, pero permaneció detrás de la cortina. La respiración se le aceleró al comprender que Brace iba a matar a su jefe y al menos a otras tres personas. Eso significaba que no todos eran víctimas: algunos estaban metidos en aquello. Pero ¿quiénes?

Macleod sería una víctima, igual que ella debería haberlo sido.

Y luego estaba Pandie. Muerto su marido, Pandie tenía que ser otro objetivo.

¿Su forma de vida resultaba tan ofensiva como para que quisieran asesinarlos?

¿Y los Johnston? Sí, él era un quejica insoportable y ella una sabelotodo aburrida, pero ¿había algo en ellos que los convirtiera en objetivos?

¿Zara Dawson? ¿Estaba compinchada con Brace?

Era muy joven para verse envuelta en algo así, aunque no sería la primera vez que ocurría, sobre todo si estaba colada por él.

¿Y Melanie Blayney? Había venido con Macaulay, pero él estaba muerto.

¿También la eliminarían por si sabía algo? ¿Y el personal?

Hope sabía que tenía que actuar, pero no sabía qué hacer ni cómo.

Salió de detrás de la cortina, se acercó al ordenador e intentó encenderlo pulsando el mismo botón que Brace había usado para apagarlo.

¿Cómo conseguían conectarse? No había señal de móvil y las líneas telefónicas no funcionaban.

Tal vez usaran una conexión por satélite. Era cara, pero funcionaría.

La pantalla se iluminó, pero solo mostró un campo y, encima, la palabra «Password». Maldita sea. Hope examinó la parte trasera del ordenador. No encontró ningún módem ni conexión telefónica; solo un cable que se perdía en la pared.

Quizá Brace volviera con el grupo, aunque también podía actuar desde las sombras y atacar con más facilidad a los objetivos restantes.

Tenía que llegar hasta Macleod e impedir que los matara.

Pero se encontraba en el lado equivocado del intrincado laberinto de pasadizos secretos de la casa.

Necesitaba salir. Hope abrió las cortinas y vio que estaba a punto de anochecer.

Miró los terrenos frente a la casa. No había nadie.

La ventana carecía de manillas y de cualquier otro herraje que permitiera abrirla.

Tendría que regresar por el pasadizo por el que había llegado.

Hope abrió la puerta con cuidado y volvió al pasadizo.

Retrocedió sobre sus pasos y tomó un ramal que aún no había explorado.

Si no encontraba una salida por allí, regresaría por el largo corredor subterráneo hasta el exterior y luego iría hasta la puerta principal.

Daría un buen rodeo. Con suerte, una búsqueda rápida por los pasadizos cercanos le ofrecería un camino más corto.

Se internó por otro corredor, dobló a la izquierda y después a la derecha, hasta llegar a una puerta.

Escuchó unos instantes, tratando de averiguar si había alguien al otro lado.

No oyó nada, así que la empujó con cautela.

Dentro había una habitación pequeña con una mesa, un hervidor y una nevera.

Sobre la mesa había varias tazas usadas; en la pared, un pequeño fregadero.

Aunque aún estaba aterida, Hope resistió la tentación de prepararse algo caliente.

La abertura al otro lado de la habitación atrajo su mirada. Cruzó de puntillas y asomó la cabeza.

La maquinaria de la sala le cortó el aliento.

El aire acondicionado producía un zumbido constante.

Frente a una silla había varias pantallas y, delante de estas, un teclado y un ratón.

Hope abrió mucho los ojos al distinguir figuras en una de ellas.

Macleod estaba sentado a una mesa, hablando con la señorita Baxter.

Recorrió la imagen con la mirada en busca del resto del grupo y, pese a lo borroso de la transmisión, identificó a Pandie, a la señora Johnston, a la señorita Blayney y a los dos empleados de la casa.

¿Dónde estaba el señor Johnston? ¿Había muerto?

El grupo parecía tranquilo, aunque no muy animado, y Hope se preguntó qué estarían haciendo.

Sin duda se encontraban en la cocina, pero no parecían dispuestos a moverse.

Examinó las demás pantallas. Mostraban otras estancias, algunas que Hope no había visitado.

Movió el ratón e hizo clic en varias flechas; la imagen fue saltando de una habitación a otra o a un pasillo exterior.

Apareció el muelle donde la habían agarrado.

Hope hizo clic y la imagen de Peter McKinney surgió de golpe, aún sujeto al cruel mecanismo que lo había matado.

Había visto la muerte muchas veces y, aun así, se le revolvió el estómago.

Aquello le llegaba filtrado a través de una pantalla.

De estar allí, olería el cuerpo, que empezaba a descomponerse.

La humedad de la cueva le pondría la piel de gallina, y el peso aplastante de la desesperación ante lo absurdo de aquella muerte le martillearía la cabeza.

En la pantalla, en cambio, todo quedaba reducido a una imagen.

Solo saber que era real impedía que Hope apartara la vista sin más, como hacía ante tantas imágenes en el televisor de casa.

¿Había alguna forma de apagar los mecanismos?

Hope sabía manejar un ordenador corriente, pero no era ninguna experta: solo se defendía bien con los programas.

En otra pantalla vio lo que parecía una interfaz de control.

No había identificadores útiles del tipo «monstruo volador que entra por la ventana».

En su lugar aparecían AD34, BD86 y SS23.

Ninguno le decía nada, y las demás pantallas tampoco ofrecían pistas.

También aparecían etiquetas como «armed», «safety», «fired» y «frozen». Más allá de su significado evidente, Hope no sabía qué efecto tendrían aquellos botones en los mecanismos correspondientes. La interfaz ofrecía una multitud de opciones. Hope estaba perdida.

Miró por encima del hombro y vio varios bastidores abiertos que parpadeaban y, de vez en cuando, zumbaban.

Era evidente que aquellos equipos mantenían el sistema en marcha, pero todo estaba codificado y nada indicaba qué era ni qué hacía.

Entonces Hope reparó en un bastidor de fusibles con pequeñas palancas que podía bajar o subir.

Quizá bastara con bajarlas todas. Pero, si todo dejaba de funcionar, ¿no alertaría a Brace de su presencia?

De momento jugaba con ventaja: la creían muerta.

Qué curioso que aquello fuese algo bueno.

Al volver a mirar las pantallas, vio que todo el grupo de la cocina se había puesto en marcha.

¿Qué estás haciendo con ellos? Estarían más seguros si se quedaran donde estaban.

Hope los observó salir de la cocina y dirigirse a la biblioteca.

Cuando los vio entrar con una escalera, oyó que alguien entraba en la pequeña cocina contigua a la sala de control.

Se lanzó hacia la esquina donde estaban los fusibles.

Se encogió detrás del bastidor, apretujada contra la pared y casi sin espacio para respirar.

Había suficientes equipos entre ella y la mesa principal como para ocultarla de un vistazo.

Si alguien se detenía a registrar la zona…

—Te dije que no trajeras a tu mujer. Por eso nos metemos en estos líos.

La voz era la de Aldo Brace.

—Se suponía que solo habría un accidente, y al cabo de dos días. Habríamos podido largarnos sin problemas. Un simple accidente. Pero tú tenías que llevar el plan más lejos, amontonar cadáveres, y ahora tenemos un maldito desastre.

Hope vio entrar al señor Johnston, alterado y furioso con Brace.

—Nada de traer a las esposas. Macaulay trajo a una fulana.

Yo traje a esa zorra idiota de la gimnasta, y tú solo tenías que traer a otra.

Una fulana con buenas tetas que te tuviera contento durante el fin de semana y de la que pudiéramos deshacernos si la cosa se iba a la mierda.

Pues ya se ha ido a la mierda. Para salir de esta a salvo y fuera de sospecha, tenemos que deshacernos de los demás.

Si tu mujer no se une a nosotros, también caerá.

Brace se sentó y negó con la cabeza. Johnston estalló:

—No me vengas con lecciones, campeón. No te da la cabeza para una operación así.

¿Quién montó todo esto, consiguió que Macaulay soltara la pasta y se aseguró de que no se enterara de nada?

Habría acabado metido hasta el cuello en problemas con el organismo de seguridad y salud laboral, y nosotros nos habríamos largado tan campantes.

Pero ahora vamos a acabar hasta el cuello de sangre.

Y tendremos que dar explicaciones cuando aparezca la policía.

¿No te bastaba con matar a un gay? ¿Y qué te dio con la agente? Tampoco tenías por qué cargártela.

—Era de los suyos —escupió Brace—. Dios creó un cuerpo como el suyo para un hombre.

—¿Cuándo dijo que era lesbiana? —preguntó Johnston.

—Lo dio a entender. Además, es de esa gente que fomenta todo eso. Tolerancia, diversidad y toda esa mierda.

—Estás obsesionado —espetó Johnston—. No hacía falta matar a todo el mundo. El mensaje habría quedado claro.

—¿Ah, sí? ¿Cómo? Un accidente, un puto accidente. ¿Qué mensaje iba a transmitir eso? Deberíamos colgarlos del balcón y decírselo al mundo entero.

—Ya me da igual —dijo Johnston—. Solo deja a Chrissy en paz. Que no le pase nada.

—Si no se aparta, será culpa suya. De hecho, es culpa tuya por haberla traído.

Necesitabas una Barbie como la que traje yo: te diviertes y luego la tiras.

Putita. —Brace se recostó y clavó la mirada en las pantallas—.

En fin, mira. Se han puesto en marcha. Perfecto.

Los llevaré hasta el salón de baile y allí acabaré con todos.

—No hagas nada hasta que saque a Chrissy de allí. ¿Me oyes, Brace? Haré que te expulsen. No serás nadie en la organización.

—No cuentes con ello —se burló Brace—. ¿Quién crees que consiguió el visto bueno para esto?

¿Por qué crees que hice que Macaulay demostrara su lealtad?

La cúpula lo quería muerto. O muerto o integrado por completo en la organización; nada de esa sociedad de fantasía a la que creía pertenecer.

Tuvo lo que se merecía. Dejó que su hija fuera por televisión difundiendo mentiras así.

Un hombre tiene que poner orden en su propia familia.

—No hagas nada hasta que vuelva. ¿Me oyes, Brace? Nada.

Johnston salió de la sala. La pierna parecía funcionarle con normalidad. Hope miró una de las pantallas y vio a Macleod subir por una escalera hacia el techo de la biblioteca. Entonces la imagen empezó a llenarse de gas.

—Eso es —dijo Brace—. Baja. Retrocede por el mismo camino hasta la sala final. Sí, Maddy. Diles por dónde ir. Eso es. Menuda sala le tengo preparada, inspector. Morirá como esa zorra que trajo consigo.

Hope sintió crecer la rabia y luchó por contenerla.

Quería derribar el bastidor de fusibles, saltar por encima y estrangular a Brace allí mismo.

Pero había al menos tres asesinos sueltos: Brace, Johnston y, ahora, Maddy.

Madeline Smith. Tenía que pensar cómo poner fin a aquello.

Y rápido. Brace estaba a pocos pasos, y ella seguía encajada detrás de los equipos electrónicos.

Tendría que pillarlo por sorpresa: era fuerte y rápido.

Hope se irguió y repasó mentalmente sus opciones.

Sin apartar del todo la vista de las pantallas, vio a Macleod.

Entraba en una trampa. No tenía ni idea.