El fin de semana del terror (Highlands e Islas 3) Capítulo 20
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Capítulo 20

H ope lanzó los brazos hacia delante, apartó el cuerpo de un empujón y rodó a un lado tan rápido como pudo.

Algo le enganchó el brazo y Hope hizo una mueca de dolor.

A su espalda, un mecanismo zumbaba y cortaba.

Desde el suelo vio, a la luz de un resplandor verde que salía de la pared, lo que parecían varios círculos de dientes.

Un cuerpo —supuso que era el que había estado encima de ella— quedó hecho jirones y un líquido salió despedido por todas partes.

Después, los dientes y algo oscuro se cernieron sobre los restos y los engulleron. Como si se los hubieran comido.

Hope intentó dominar el pánico, pero temblaba.

Quizá fuera el frío, o que la muerte había vuelto a mirarla, pero no podía controlar el temblor involuntario.

Una parte de ella quería gritar, aunque sabía que eso delataría su posición.

Tal vez alguien acudiera a comprobar. Tal vez no.

¿Los dispositivos funcionaban solos o había alguien vigilando y desatando la carnicería?

Mientras seguía tumbada en el suelo, Hope notó que la blusa se le empapaba.

Olfateó el líquido que se extendía por el suelo.

Podía ser sangre, pero no se parecía a la que conocía.

¿De algún animal, quizá? Macleod le había hablado de la enorme cantidad de sangre en la primera escena a la que había acudido.

Se puso de rodillas y el instinto tomó el mando: avanzó en silencio, pegada a la pared opuesta, rezando para que de allí no saliera nada disparado.

Pronto llegó a una puerta y la empujó con cuidado.

Al otro lado había un pequeño almacén con productos básicos de limpieza, soluciones químicas y cosas por el estilo.

Un cuarto de limpieza. Hope entró, cerró la puerta y la atrancó con una fregona, encajando el otro extremo contra la pared.

Luego hundió la cara en las manos y se echó a temblar con violencia, llorando contra las palmas.

—Cabrón. Putos cabrones —masculló entre dientes.

Le vino a la mente el rostro de Anders Larsen. Volvió a llorar. Los policías no solían presenciar asesinatos; por lo general llegaban después, recogían los pedazos y encerraban a los culpables. ¿Por qué tengo que luchar por mi vida?

En las clases de yoga te enseñaban a respirar con calma. Intentó recuperar la práctica que había abandonado tras apenas cuatro semanas. Estiró los brazos, soltó el aire por la nariz e inspiró por la boca. Eso es. Tranquila. Sigue, chica. Sigue.

Algo se movió en el cuarto. El cubo traqueteó. Después oyó unos débiles arañazos. Hope luchó por no chillar, se levantó de golpe y retrocedió del cubo. ¿Qué venía ahora? ¿Iban a atacarla?

Miró dentro del cubo y se relajó. Un ratón de campo daba vueltas dentro y armaba jaleo. Hope casi se echó a reír. Contempló aquella bolita de pelo y su rabo. Sí. Eso somos nosotros. Dando vueltas sin llegar a ninguna parte. Si seguimos así, acabaremos todos muertos.

Se recompuso y se dijo que ella era la ley allí.

Si no había nadie más, le tocaba imponerla.

Desatrancó la puerta, salió al pasillo y avanzó con cautela hasta una bifurcación.

Uno de los ramales descendía por unos escalones que un pequeño piloto verde apenas iluminaba.

Al final había una puerta cerrada. Bajó hasta ella deprisa.

No había mirilla ni ninguna otra forma de ver qué había al otro lado.

Giró la manilla con cuidado. La puerta se resistió, pero cedió con un empujón suave y se abrió.

Al cruzarla, Hope se encontró en una sala iluminada por antorchas y llena de cuerpos decapitados y cabezas esparcidas por el suelo.

No eran humanos; parecían más bien extraños enanitos o elfos.

El suelo estaba cubierto de sangre, aunque el color dejaba claro que no era humana.

Aquella debía de ser la escena a la que Macleod había acudido.

Había dicho que era repugnante, y tenía razón.

Hope oyó un clic a su espalda y se giró buscando la puerta.

Pero no la veía. Había desaparecido. ¿Cómo podía ser?

Recorrió la pared con los dedos y apenas localizó las líneas del contorno.

Entonces notó un cierre, o eso creyó. A otros no les habría resultado tan fácil: quizá ni siquiera hubieran encontrado dónde empezaba la puerta.

Ella tenía la ventaja de haberla cruzado.

Accionó el cierre. La puerta volvió a abrirse y Hope salió al pasillo. Los escalones quedaban delante; la otra opción era desandar el camino hasta el frío exterior. Decidió acabar con aquello y fue directa a los escalones.

Eran de piedra. La débil luz verde le permitía ver dónde pisaba, pero Hope seguía creyendo que serían traicioneros.

La humedad subía desde abajo y descendió con cuidado.

Al quedar por debajo del nivel del pasillo, las suelas empezaron a chasquear sobre los escalones mojados.

Tocó la pared: estaba húmeda y olía a cerrado.

Se detuvo un instante, preocupada por pasar por alto algún ruido más adelante, pero no oyó nada salvo el goteo ocasional del agua.

Hope tiritaba mientras avanzaba, aterida por el frío del pasadizo subterráneo.

Quizá llevara de vuelta a la casa, supuso, pero en realidad no tenía ni idea de en qué dirección caminaba.

La blusa seguía empapada de sangre animal; los pantalones también se le pegaban al cuerpo.

De hecho, estaba segura de que tenía sangre hasta en el pelo.

Pero había que acabar con aquello. Había que detener a Brace.

Hope siguió avanzando hasta que el pasadizo empezó a secarse.

Seguía oliendo a cerrado, pero la pared estaba más seca y en el pasadizo hacía más calor.

Llegó a otro tramo de escalones de piedra y subió despacio hasta distinguir la parte superior.

Allí se mantuvo pegada a la pared, donde la luz verde parecía más tenue, alerta por si alguien aparecía delante.

Al llegar arriba, comprobó que el pasillo se dividía enseguida en otros tres.

Para montar un juego tan elaborado, pensó Hope, había que mantener el control. Aquellos pasadizos permitían aparecer donde uno quisiera, vigilar e incluso preparar zonas de la casa que los invitados no imaginarían que estaban a su alcance. ¿A cuántos rincones de la casa se podría llegar así?

No había indicaciones en las paredes, ninguna señal como en la trastienda de un teatro o un parque temático.

No le quedaba más que elegir un camino y seguirlo.

Pero, si Brace había pasado por allí, quizá hubiera dejado alguna huella.

Se arrodilló y escudriñó el suelo, aunque encontró poco que le sirviera.

Los dos habían recorrido el corredor mojado, pero sus zapatos habían dejado casi toda la humedad en los escalones secos y en el primer tramo del pasadizo.

Hope no conseguía orientarse ni imaginar cómo encajaba aquel corredor en la distribución de la casa.

¡Por la izquierda! No había ningún motivo para decidirlo con tanta seguridad, salvo que siempre había preferido la izquierda a la derecha.

Una de esas manías absurdas que se adquieren sin razón alguna.

Se detuvo a escuchar por si había alguien en alguno de los corredores.

Al final decidió que estaba tan a salvo como cabía esperar en aquellas circunstancias y tomó el de la izquierda.

El pasadizo era corto y terminaba en una puertecita de media altura.

A menos que Macaulay hubiera birlado unos munchkins a algún amo mítico, aquello debía de ser una puerta secreta que daba a una habitación.

Hope se apoyó en ella para intentar averiguar si había alguien al otro lado.

Solo había silencio. Tanteó en la penumbra en busca de una manilla y encontró un pomo a media altura.

Intentó girarlo, pero no cedió. Entonces desplazó el pomo hacia un lado.

Este se deslizó y debió de liberar un cierre interior, porque la puerta empezó a abrirse.

Tiró de ella despacio y se asomó a la habitación.

La estancia apenas estaba iluminada, aunque Hope no sabía si se debía a la oscuridad exterior o al grosor de las cortinas de la ventana.

Para no delatar su presencia, cerró la puertecita a su espalda y se quedó clavada en el sitio, examinando el cuarto.

La puerta a su espalda estaba disimulada en una pared cubierta de certificados y retratos.

En estos aparecían hombres con atuendos elegantes, cadenas al cuello y bandas de colores cruzadas sobre el pecho.

Todos posaban con gesto serio pero digno, y a Hope le hicieron pensar en una logia masónica.

Sin embargo, conocía algunos de los símbolos y marcas masónicos más comunes, y nada de aquello coincidía.

Además, aquellos hombres tenían orígenes muy diversos.

Había hombres negros, algunos de piel marrón clara y otros de piel muy oscura, como los nacidos cerca del ecuador.

Otros parecían árabes; algunos, asiáticos, y bastantes, europeos.

En otra pared se veía una espada flamígera con un portón detrás y, debajo, un texto que parecía latín, aunque Hope no sabía traducirlo.

Había aprendido algunas palabras de francés, alemán e incluso español a base de tratar con turistas durante su corta carrera en el cuerpo, pero nunca había estudiado latín en el colegio.

Bastante le había costado ya el inglés como para ponerse con una lengua muerta.

Había un único escritorio: uno de esos modelos modernos para ordenador, estrecho y metálico, con la pantalla encima y un teclado extraíble debajo.

Los cables recorrían la parte trasera y Hope reparó en la cámara instalada sobre la pantalla.

Delante había una silla de oficina con cuatro ruedas. Nada más.

La cámara apuntaba en aquel momento al centro de la sala.

Hope avanzó hasta situarse en el centro y giró despacio, observando las cuatro paredes.

En una estaba el enorme motivo de la espada y el portón; de otra colgaban los retratos; la tercera la ocupaba la ventana con sus cortinas, y la última estaba cubierta de tapices y documentos enmarcados.

Para ser una sociedad secreta, parecía bastante grande.

Al girar, Hope comprendió por qué la cámara apuntaba al centro de la sala.

Casi podía sentir la grandiosidad y el orgullo que experimentarían quienes alzaran la vista hacia el motivo de la espada y el portón y se supieran parte de algo mayor.

En un mundo interconectado, quizá así funcionaba una sociedad secreta: se conectaban a través de internet y recitaban…

¿Qué recitarían? Esa era la clave de todo.

Macaulay había vivido inmerso en la fantasía y disfrutaba de los juegos de rol.

En sí, no había nada malo en ello. Pero ¿y si el juego de rol se basaba en algo más oscuro?

Hope no tenía ni idea de quiénes eran los de la pared; ninguno era una figura pública, al menos no de su mundo.

Si tuviera el móvil, los fotografiaría a todos, enviaría las imágenes a Glasgow y pediría que los identificasen.

Hope se acercó para leer algunos de los papeles enmarcados de la pared.

Mientras los examinaba, vio el nombre de Macaulay en la mayoría.

Parecían registrar distintos ritos de paso conforme Macaulay ascendía dentro de la organización.

Aquello le hizo pensar que no se trataba de una organización que operase en la clandestinidad absoluta, como un servicio secreto estatal.

Se parecía más a una logia de alcance mundial.

¿Cuál era su propósito? Recorrió con la vista todos los documentos enmarcados, pero solo encontró uno que decía algo más que una simple felicitación por los logros de Macaulay.

En un pergamino figuraba, escrita en rojo, una declaración breve y sencilla. Estaba en latín, pero debajo, en un gesto un tanto cómico, alguien había añadido una versión en inglés escrita a mano. Pero Hope no se rio.

Cuando el Hombre sea abandonado y al frío arrojado,

nos alzaremos para protegerlo; la nueva vida quedará a nuestro cuidado,

con pautas de justicia, un Hombre nuevo será moldeado,

y resistirá y perdurará hasta que el Paraíso vuelva a alzarse.

Debajo, una nota garabateada a toda prisa decía: «No conseguí que rimara la última parte».

Hope vio más allá del lenguaje florido y captó la implicación de fondo de aquellas palabras.

Alguien iba a rehacer el mundo según su visión.

Aquello no tenía nada de democrático. Si se proclamaba en la oscuridad, sin duda era porque el poder se ejercía desde allí.

Pero no tenía pruebas de ningún delito, solo palabrería de niños grandes jugando.

Lo ocurrido aquel fin de semana indicaba otra cosa.

Visto desde esa perspectiva, parecía una matanza premeditada.

Pero Macaulay también había muerto. ¿Había habido una rencilla?

¿O era solo otro niño grande que había descubierto de pronto que su juego de rol se había convertido en un juego de verdad?

Hope no lo sabía, pero sí sabía que allí había algo más siniestro de lo que había creído hasta entonces.

De pronto, el ordenador emitió un pitido y cobró vida.

Hope vio cómo se encendía la pantalla. Se pegó a la pared y se deslizó por ella hasta las cortinas, ocultándose detrás.

El ordenador empezó a zumbar y oyó voces que se presentaban ante algún grupo.

Pero usaban nombres compuestos por un animal y un rango: Alce Alfa, Cobra Beta, Coyote Delta.

En las voces había intensidad e impaciencia y, aunque no dijeron nada más, parecía que esperaban a alguien.

Hope creyó oír a alguien moverse y entonces se dio cuenta de que la puertecita se abría.

Desde detrás de las cortinas costaba ver.

No eran opacas, pero sí demasiado gruesas para distinguir nada con nitidez.

Entonces, una figura fornida surgió de la puerta de media altura, avanzó hasta el centro de la sala y se inclinó ante el motivo de la pared.

Después se volvió hacia el ordenador y se cuadró, casi como un soldado. Era Brace.