El fin de semana del terror (Highlands e Islas 3) Capítulo 19
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Capítulo 19

U n repiqueteo contra la puerta del coche despertó a Hope sobresaltada.

Miró a su alrededor, desesperada, hasta que se dio cuenta de que había empezado a granizar.

Aunque estaba envuelta en una manta, debajo iba desnuda, y eso la asustó.

Si Brace encontraba el coche y se le echaba encima, quedaría expuesta, por decirlo de algún modo.

Palpó a tientas el asiento de al lado y el volante en busca de su ropa.

Seguía húmeda, pero ya no empapada. No sabía cuánto la abrigaría cuando se la pusiera, pero por ahora la manta estaba seca y ella seguía abrigada dentro del coche.

Al mirar el indicador de combustible vio que quedaba menos de un cuarto de depósito.

Entonces comprendió que no tenía ni idea de cuánto duraría ese combustible con el coche parado.

Solo sabía calcular el consumo durante un trayecto, no con el motor al ralentí.

La nieve acumulada alrededor del vehículo le dejó claro que difícilmente podría sacarlo ella sola y que, aunque lo consiguiera, la carretera era invisible bajo la nieve. Podía acabar metiéndolo en cualquier otra hondonada. No. Volvería a pie. Pero todavía no.

Anders Larsen había muerto. Le costaba asumirlo: era policía y su trabajo era mantenerlo con vida.

Ella misma había sobrevivido por muy poco, y le dio las gracias a su madre por aquellas broncas y discusiones de los sábados por la mañana que la habían empujado a la piscina.

«Algún día te hará falta, ya verás», le había dicho su madre.

Al cabo de tantos años, su madre tenía razón.

Una lástima que ya no estuviera para agradecérselo.

¿Cuál sería el plan de Brace? Seguro que estaría volviendo a la casa. Hope miró más allá del parabrisas y vio el granizo girar en remolinos y salir despedido de un lado a otro. Parecía brutal ahí fuera.

Se preguntó si Macleod habría avanzado algo más con la investigación.

¿Cómo iba a hacerlo? Brace estaba fuera.

Pero ¿por qué estaba haciendo aquello? Tras la muerte de McKinney, siempre cabía pensar en un móvil homófobo.

Pero Macaulay no era gay. O, si lo era, menudo papelón había hecho, a juzgar por cómo no se despegaba de Melanie Blayney.

Esa chica sabía acaparar la atención de un hombre, desde luego.

Aunque quizá Macaulay simplemente estorbaba.

¿Y qué pintaba Brace allí? Era un invitado.

Lo habían invitado. ¿O lo habían metido allí a propósito?

Hope miró el mar a lo lejos. Si querías matar a alguien y salirte con la tuya, ¿qué mejor manera que provocar unos cuantos accidentes?

La maquinaria falla. Y el hombre que la mandó construir también está muerto.

Una historia redonda. Quizá esa fuera la jugada. Pero ¿actuarías solo?

No. Demasiado riesgo. Mejor contar con más gente.

Gente capaz de ejercer influencia. Así que ¿a quién habían invitado y quién había puesto aquello en marcha?

A la inspectora jefa la habían invitado; Macleod y ella eran solo añadidos, sustitutos.

¿Qué habría hecho la jefaza para provocar tanta ira?

¿La diversidad? ¿La nueva campaña? ¿El empeño por impulsar esas políticas?

Ella también había sido decisiva para conseguir que condenaran a una universidad de Glasgow que impedía el ascenso de mujeres a cátedras.

¿Era ese el motivo de que la hubieran señalado?

¿Habría alguien tan furioso como para matar?

A Macleod le costaban todos esos cambios.

Todo lo que se salía un poco de lo corriente se le atragantaba por dentro.

Pero era como tantos otros: aunque le costara, estaba dispuesto a vivir y dejar vivir, a que cada cual siguiera su camino, a cambiar, aunque fuera despacio.

Alguien no estaba dispuesto. ¿O era un grupo?

Montar esto requeriría un equipo. Alguien dentro. Quizá los Smith.

Desde fuera, alguien que influyera en Macaulay mientras construían todo aquello.

Desde dentro, acceso para modificarlo. Era un montaje muy elaborado.

¿Y quién sabía dónde acabaría todo? Pero no podían haber contado con el temporal.

¿Había partes improvisadas? Recordó la cara de Brace cuando ella había dejado caer que quizá hubiera estado con otra mujer.

Había cambiado de golpe y se había vuelto frío.

Antes de eso se había mostrado interesado, a pesar de ir del brazo de una gimnasta de dieciocho años.

Otra ráfaga de granizo golpeó el vehículo y Hope se estremeció. Pero al mirar al exterior supo que solo tenía dos opciones: quedarse allí sentada, dejar que Macleod se las arreglara solo y confiar en que la señal de socorro DSC hubiera funcionado, o volver a la casa y echar una mano a su jefe.

Supervivencia, le había dicho. Macleod no tenía amigos allí arriba, nadie en quien pudiera confiar de verdad.

Hope se quitó la manta de los hombros de golpe y tembló al notar cómo el aire frío del coche le ponía la piel de gallina.

Al ponerse la ropa interior, notó que seguía húmeda e ignoró la desagradable sensación al deslizarla sobre la piel.

Cuando por fin se puso el abrigo, esperó sentada unos minutos más a que pasara la granizada.

Brace. Tengo que vigilar a Brace, así que mejor ir tierra adentro, no por la costa: conoce ese camino.

Apagó el motor del coche y se subió la cremallera del abrigo hasta el tope.

Seguía aterida, pero ya no tanto. Al abrir la puerta del coche, maldijo cuando el viento le mordió la mejilla.

Cogió la manta que había sido su consuelo durante las últimas horas y se envolvió en ella, tapándose sobre todo las mejillas expuestas.

Hope echó a andar y divisó un montículo en la distancia.

Sobresalía una ramita de brezo y la convirtió en su marca.

Miró atrás, localizó el coche y se aseguró de mantener ambos puntos alineados.

No había ninguna otra señal: solo un tapiz blanco perfecto.

Si hubiera habido árboles, habría tenido mejor perspectiva para orientarse, pero allí, con tanta nieve, apenas sobresalía nada.

Cosas así no se veían en Glasgow. Ni siquiera en Harris.

En momentos así deseaba ser policía estadounidense y poder llevar un arma de fuego.

Brace era un tipo enorme, un atleta de físico imponente, y a Hope le costaría reducirlo.

Con una pistola podría pararlo. Pero seguro que él también llevaría una si pensara que ella —o, mejor dicho, los policías— iban armados.

La manta se empapó enseguida y se preguntó si no debería soltarla y exponer la cara al temporal, pero de momento la manta aún servía.

Al acercarse a la ramita de brezo soltó un suspiro y buscó el siguiente punto de referencia.

Con los brazos ceñidos al cuerpo, siguió avanzando a duras penas; cada pocos pasos se le hundía un pie cuando cedían los débiles puentes de nieve sobre las hondonadas del terreno.

En una pelea, cada apoyo contaría. Quizá aquello igualara las fuerzas.

Hope se había mantenido alejada de la orilla, pero tampoco sabía qué hora era ni cuánto había dormido.

¿Dónde estaría Brace? ¿Y le convenía presentarse en la puerta o sería mejor acercarse a la casa a escondidas y convertirse en un par de ojos vigilantes desde fuera?

Claro que quería decir al margen del grupo, no fuera del edificio.

Necesitaba entrar cuanto antes por el frío.

Pero ¿cómo iba a hacerlo? Había un gran agujero en el tejado, y también estaba el establo; quizá por allí hubiera un acceso.

Seguro que el edificio estaría cerrado si pretendían mantener a alguien fuera o limitar los movimientos.

Hope se ciñó la manta, ya empapada, y oyó caer el hielo que se desprendía. No era exactamente un tintineo de fragmentos helados, más bien el repiqueteo de granizo al caer al suelo, pero confirmaba lo que ya sabía. La manta estaba calada, helada y ya casi no servía de nada.

Se acercaba otra ráfaga de nieve y las montañas más pequeñas del horizonte empezaban a ocultarse tras unas nubes grises que se oscurecían por momentos.

El viento volvió a arreciar y las turbonadas zarandearon a Hope mientras caminaba.

Estaba segura de que le ardían las mejillas.

Le resultaba extrañísimo sentirlas arder en medio de la nieve.

Pero la casa había estado a la vista justo antes de que arreciara la tormenta.

Ahora había desaparecido y apenas veía a sesenta metros.

Y entonces vio una sombra. ¿O era otra cosa?

Era una figura. Hope se tiró al suelo, encogida bajo la manta.

La figura estaba a menos de cien metros, pero ya casi se encontraba en el límite de su campo visual.

No se movió. Se ciñó más la manta a la cabeza, asegurándose de que su pelo rojo quedara cubierto.

Tumbada, se quedó todo lo quieta que pudo y vio a Brace —o al menos una figura de complexión parecida— caminando entre la tormenta por delante de ella.

¿De dónde venía para seguir todavía ahí fuera?

No había tiempo para pensar en eso. Echó a andar tras él, manteniéndose en el límite de la visibilidad mientras arreciaba la tormenta.

Notaba la nariz helada y los pies empezaban a perder sensibilidad.

Pero el fuego que llevaba dentro ardía con fuerza mientras veía avanzar a su objetivo.

La rabia crecía al pensar en la sangre fría con que Brace había acabado con Anders e intentado acabar con ella.

Por lo que Hope alcanzaba a ver entre la tormenta, Brace se dirigía a la parte de atrás de la casa.

Rezó para que amainara y poder ver exactamente dónde estaba la casa.

Durante una tregua, Brace miró alrededor y Hope tuvo que tirarse al suelo y mantener la cabeza baja.

Al no oír ningún grito ni señal de que la hubiera visto, Hope se atrevió a alzar la vista y vio a su objetivo alejarse, al parecer tranquilo, convencido de que todo iba bien.

El corazón le latía deprisa y pensó en detener a Brace, sentarlo en el banquillo y que un juez lo encerrara y tirara la llave. Había matado a un inocente e intentado matarla a ella, y ahora actuaba como si fuera a volver a la casa a matar a otro invitado.

El temporal acabó por pasar y dejó tras de sí una nevada suave sobre un fondo gris claro.

El viento soplaba fuerte pero más constante, y la visibilidad había mejorado un poco: la casa volvía a estar a la vista.

Pero Brace se dirigía a la parte de atrás, hacia un establo un poco apartado de la casa.

Pasó de largo y se acercó a una pequeña zona que parecía hundirse ligeramente en el suelo.

El resto del terreno ondulaba de forma natural; aquella depresión era distinta, artificial, y Hope se preguntó qué estaría tramando.

Y entonces el hombre desapareció. Hope se había tendido otra vez y, cuando él miró alrededor, pegó la cabeza al suelo.

Al levantar la vista cosa de medio minuto después, él ya no estaba.

Le pareció oír un leve golpecito, como el de algo al cerrarse, pero apenas destacó por encima del viento y dudó de sus propios sentidos.

Soltó la manta y se acercó deprisa a la zona donde había desaparecido.

Al llegar, Hope vio las dos hojas de una trampilla encajada en el suelo.

Con cautela, levantó una de las hojas y se metió dentro.

Unos escalones descendían. Cerró la hoja con cuidado tras de sí.

Durante un instante se quedó escuchando: oía a Brace avanzar por delante, respirando con fuerza.

Cuando creyó que se había alejado lo suficiente, se internó en la oscuridad con los brazos extendidos en busca de las paredes.

Despacio, con cuidado, avanzó a tientas.

Ya no oía a Brace y supuso que se le había adelantado bastante.

Él no tenía que tantear el terreno a oscuras como ella.

Bordeó una esquina y avanzó palpando la pared.

Entonces notó un brazo, o algo que parecía un resto de piel, y casi saltó del susto.

Hope contuvo el pánico y las ganas de gritar y recorrió el brazo con la mano hasta llegar a donde debía estar la cabeza.

No había cabeza. El corazón le retumbó en el pecho.

Y entonces la figura se le desplomó encima, derribándola.

Se oyó un clic. Cada fibra de su cuerpo le gritó que se moviera.