El fin de semana del terror (Highlands e Islas 3) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

—Por todas partes. Desaparecía fines de semana enteros para disfrazarse y corretear por castillos y sitios así.

Cuando yo era pequeña intentó meterme en aquello.

Nada siniestro: caballeros y reinas, monstruos y demonios, investigaciones de fenómenos extraños.

Le encantaban Lovecraft, M. R. James, el terror y todo eso.

Una vez más, los nombres no le dijeron nada a Macleod.

—¿Gastaba dinero en alguna otra cosa?

—Claro, pero el rol era su verdadera pasión. Ni siquiera le desanimó que mi madre tuviera una aventura en uno de aquellos encuentros, al que había acudido con él.

—¿Cuándo?

—Hace cinco años. Se disfrazó de doncella guerrera y se lió con un clérigo. No uno de verdad, inspector —aclaró la señorita Baxter al ver que Macleod se sobresaltaba—. Los pillaron haciéndolo en las almenas. Aun así, mi padre volvió al mismo sitio al año siguiente, aunque sin ella.

—Un rolero de pura cepa —dijo Macleod.

—Por brillante empresario que fuera, inspector, siempre se sentía como en casa en aquellos mundos de fantasía.

Y al final eso ha acabado con él. —La señorita Baxter se dobló sobre sí misma y rompió a sollozar—.

Era tan idiota con esas malditas historias inventadas.

Ya no habrá más. Esta vez sí que me ha asustado de verdad.

Macleod le rodeó los hombros con un brazo, sin excesiva familiaridad, pero tratando de consolarla. Normalmente no se habría permitido tanta cercanía durante una investigación, pero aquella era distinta. Rara vez él mismo se encontraba entre las posibles víctimas.

Cuando la señorita Baxter se hubo serenado lo suficiente, Macleod la dejó y pasó al siguiente invitado. Se sentó junto a la señora Johnston. La mujer, de complexión robusta, tenía los ojos enrojecidos de llorar por su marido, y la tensión se le notaba en toda la cara.

—Siento tener que hacerle estas preguntas, pero necesito saber más sobre su marido. Si está vivo, tendré que actuar deprisa para mantenerlo con vida. Así que, por favor, responda con toda franqueza.

La mujer asintió y sorbió por la nariz.

—Comprendo la gravedad de la situación, inspector, mejor que casi todos los presentes, salvo usted y su compañera. Pregunte lo que quiera.

—¿Por qué está aquí?

La mujer le miró sin comprender.

—¿Por qué está aquí? —repitió Macleod—. Quiero decir, ¿qué la vincula a este lugar y a Macaulay? ¿Dónde conoció a Macaulay? ¿La invitó él realmente? ¿Este tipo de fin de semana —o más bien el que se suponía que iba a ser— es lo suyo?

—Ah, eso es fácil, inspector. Verá, mi marido conoció al señor Macaulay hace tiempo, durante un fin de semana de rol.

Siempre le han gustado estas cosas. Creo que se conocieron en Inglaterra.

Yo no estaba con él; de hecho, solo llevamos cinco años juntos.

Compartimos el amor por lo antiguo, aunque él está más volcado en la mitología.

Eso también forma parte de mis estudios, pero las lenguas son mi verdadero terreno.

Ambas cosas se complementan bien. Como nosotros.

Macleod asintió.

—¿Y volvió a ver a Macaulay después de aquel primer encuentro?

—Oh, sí. Coincidían a menudo en esos fines de semana.

De hecho, a mi marido le hizo muchísima ilusión que el señor Macaulay fuera a organizar uno aquí, en Escocia.

Jermaine —así se llama mi marido, inspector— se entusiasmó tanto que empezó a escribirle y a proponerle el argumento de una posible historia.

Yo incluso tuve que traducirle algunos textos. He visto parte de ellos en las paredes.

Sí , pensó Macleod. Aquello explicaba muchas cosas.

Aquel hombre había mostrado un entusiasmo desmedido cuando se dividieron por primera vez en grupos.

Incluso después de lesionarse siguió adelante, arrastrando el culo por un suelo ensangrentado mientras los demás casi se venían abajo ante todos aquellos muñecos decapitados.

—¿Conocía alguno de los dos a los demás invitados? —preguntó Macleod.

—No, pero no es raro. Juntar a desconocidos siempre ha sido una de las características de estos juegos.

Solo he asistido a un par, pero una tiene que colaborar y averiguar cosas de los demás.

A mí eso no siempre me resulta fácil, inspector.

Suelo ser bastante distante por mi carácter de académica, y los hombres no se arremolinan a mi alrededor como en torno a la señorita Baxter o la señorita Blayney.

La inteligencia no se valora tanto como los movimientos feministas modernos querrían hacernos creer.

Hasta a nosotras nos gusta que las palabras bonitas vengan de un hombre con buen cuerpo.

—Sí, no está bien —convino Macleod.

—Yo no he dicho eso, inspector. Tal vez la naturaleza sea lo que es. Eso diría Jermaine. No hay que subvertir lo normal. Solo lo que no lo es.

—¿Qué quería decir con eso?

—Creí que era obvio, inspector. Perdone, ha sido arrogante por mi parte. A veces resulto bastante altiva; eso no ayuda a hacer amigos. Jermaine siempre decía que debíamos ser quienes somos, no lo que los partidos nos obligan a ser.

Macleod estaba intrigado, aunque se sentía fuera de su terreno.

—Continúe, por favor.

—Creo que hoy se habla de la llamada «brigada de lo políticamente correcto». Corrección política: no poder decir lo que uno piensa, ni siquiera decir las cosas como son, porque a uno lo condenan por haberlo dicho, no por si es cierto o no.

—¿Tenía opiniones muy firmes o era solo una observación sobre nuestro modo de vida?

—Oh, despotricaba contra el sistema. Que el país se iba al garete, que el mundo académico quedaba relegado.

A veces se me hacía difícil, porque soy bastante socialista, inspector.

En el fondo podría ser una hippie de los sesenta.

Eso provocaba fricciones entre nosotros. A veces, discusiones muy acaloradas.

Macleod vio un atisbo de pesar en los ojos de la mujer.

—Pero siguieron juntos, así que no debió de ser para tanto.

—Al contrario, inspector. Fue tan grave que dejamos de hablar de asuntos del mundo real. Los juegos de rol, o cualquier otra clase de fantasía, eran el único terreno donde nuestra relación funcionaba.

—Quizá vaya demasiado lejos, señora Johnston, pero no parece usted una mujer dispuesta a conformarse con eso.

—Desde luego que no. Pero soy una mujer con necesidades y, como ya he dicho, los hombres no se me acercan todos los días como a la señorita Blayney o a la señorita Baxter.

Por favor, inspector, no intente decir lo contrario.

Y no finja haber mirado mi cuerpo como ha mirado el de la señorita Baxter o el de la señorita Blayney.

Es normal. Yo sí admiré el cuerpo del pobre señor McKinney antes de su muerte y el imponente físico del señor Brace; en el suyo, en cambio, apenas me he fijado.

Usted sí me estimula intelectualmente, aunque de un modo completamente distinto.

Macleod no sabía si sentirse insultado. Se conservaba bien para su edad. A Jane le gustaba su cuerpo, ¿no? Y entonces se le desinfló el ego.

Sí, tiene razón , pensó Macleod. Puede que esté con Jane por su carácter, su bondad y su alegría, pero lo primero que me atrajo fue su cuerpo. En realidad, su pelo. La señora Johnston tiene razón.

—Pues ellos se lo pierden —dijo Macleod.

—Es muy amable, inspector, pero se le da fatal mentir.