El fin de semana del terror (Highlands e Islas 3) Capítulo 25
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Capítulo 25

M acleod estaba de pie, enfundado en una amplia chaqueta reflectante con la palabra «Police» en azul a la espalda, contemplando la casa que lo había atormentado durante los últimos días.

El temporal había amainado y, bajo el cielo despejado, la casa ofrecía una imagen imponente, rodeada de toda aquella nieve.

Hacía frío y el café que sostenía entre las manos le servía más para calentarse que para beber.

—Lo hizo bien, Macleod. Los dos lo hicieron bien. Menudo desastre, eso sí. La prensa se va a dar un festín con esto.

—Sí, señora. Había unos cuantos nombres importantes en la casa.

Su jefa había llegado al lugar poco después de que lo hicieran los primeros servicios de emergencia.

La señal de socorro que Hope había enviado desde la pequeña embarcación había bastado, pero el temporal había sido demasiado violento para intentar un rescate.

En cuanto empezó a amainar, pudieron acudir, y Macleod hizo señas a un helicóptero que sobrevolaba la zona.

Ahora estaban despejando la carretera de un solo carril que conducía a la casa, y el trasiego de helicópteros pronto cesaría.

—Me cuesta creer que quisieran matarme, Macleod. A algunas de las celebridades, sí, pero ¿por qué a mí? Tampoco es que sea tan conocida.

Su jefa se estremeció, pero Macleod no creyó que fuera por el frío.

—Pero usted simboliza algo, señora. Ha tenido mucho protagonismo en el programa de diversidad que seguimos. Creo que fue eso. Ha pronunciado discursos a favor de personas a las que ese grupo no quiere en la sociedad. Al parecer, les bastó con eso.

—¿Y McGrath está bien? Aún no la he visto.

—No, no lo está. Corre de un lado para otro, intentando ocuparse de todo cuando deberían estar atendiéndola. No creo que nos quitemos esto de encima tan fácilmente —dijo Macleod.

—Debería haber sido yo, Macleod.

—Sí, señora, debería haber sido usted. Pero dudo que su marido opinara lo mismo.

La mirada de su jefa se suavizó con tristeza.

—No, no estaría de acuerdo.

Los dos se quedaron mirando la casa hasta que un agente de menor rango corrió hacia la inspectora jefa y le hizo llegar un mensaje que Macleod no alcanzó a oír.

Estaba lo bastante cerca; sencillamente, ya le daba igual.

Esta vez, que otro se encargara de cerrar aquello.

Lo único que quería era coger un vuelo de vuelta a Glasgow y ver a Jane. Quería otras cosas.

No hacía ni una hora que habían llevado a la señora Johnston hasta un helicóptero.

Había pasado justo por delante de él. La mujer estaba destrozada, sollozando bajo el peso de la culpa por lo que su marido había orquestado.

Y aun así había intentado acercarse a Macleod y darle las gracias por haberles salvado la vida a ella y a los demás.

Pero Macleod seguía oyendo el grito de Jermaine Johnston después de que tropezara con las piernas de Macleod. No podía mirar a aquella mujer.

Macleod oyó que su jefa decía algo. Luego lo repitió. Macleod se volvió y la miró sin expresión.

—Perdón, estaba en otra parte.

—De acuerdo. Decía que, con las conexiones que han dejado al descubierto aquí, deberíamos poder seguirle la pista al grupo y hacernos una idea de quiénes son.

Sabemos que existe un grupo así, pero hasta ahora no habíamos encontrado ninguna vía de entrada.

Tampoco era una prioridad: aún no habían pasado a la acción y creíamos que era uno de esos clubes de niños ricos que difunden propaganda y poco más. Nada hacía pensar en algo así.

Casi sonó a disculpa, pero Macleod no la necesitaba.

—Buscarán a alguien que haya tratado directamente con el grupo para que se incorpore…

—¡No! —dijo Macleod, algo más firme de la cuenta.

—No se lo estaba proponiendo a usted, Seoras. Le necesito justo aquí, donde está. Pero, para McGrath, sería una buena oportunidad. Le permitiría progresar en su carrera.

—Sí, lo sería —dijo Macleod, resignado.

Al decirlo, vio a Hope salir por la puerta principal mientras hablaba con alguien de la policía científica.

Hablaba con energía y, para algunos, habría parecido la de siempre, activa y diligente.

Pero Macleod veía que algo se había apagado en ella.

Pensó en su regreso a una casa vacía. Entonces todo aquello se le vendría encima.

A él le había ocurrido varias veces antes de conocer a Jane, antes de que Hope empezara a trabajar con él, y no se lo deseaba a nadie.

—¿Averiguó mucho más antes de que llegáramos todos? —preguntó su jefa.

—No mucho. Tenía a un hijo que había perdido a su madre, a una esposa que había perdido a su marido, a una adolescente cuyo novio había intentado matarla, a una hija que había perdido a su padre y a un hombre que lloraba a su marido.

McGrath y yo éramos los únicos que no habíamos perdido a nadie allí dentro.

Macaulay había querido ofrecer un fin de semana de terror, unos días para dejarse llevar por la locura.

Había que ver lo que construyó: monstruosidades elaboradas con esmero y cubiertas de sangre de cerdo, además de toda clase de efectos.

Pero no vio el horror de aquello de lo que formaba parte hasta que fue demasiado tarde.

—¿Así que solo Brace y Johnston llevaron esto a cabo?

—Una vez construida la casa, Macaulay era inocente. Murió cuando intentaron incorporarlo del todo y él se negó. Al menos, esa es mi interpretación. Pero el ama de llaves, la señora Smith, también estaba en el ajo. Algo que horrorizó a su hijo.

Volvió a hacerse el silencio. Macleod conocía bien aquella sensación: querer gritar ante tanta muerte y tanta locura y, aun así, mantener la compostura del policía, guardárselo todo para encontrar un momento mejor en que soltarlo.

Hope llegó hasta ellos y se detuvo ante sus superiores, adoptando esa misma compostura en la que Macleod era un experto.

—Creo que ya les he contado todo, señora, señor. Voy a tomarme cinco minutos por allí, si les parece bien.

La inspectora jefa asintió. Cuando Hope echó a andar, Macleod se excusó ante su jefa y la siguió.

Ella no miró atrás. Caminó hasta la playa y se detuvo donde la nieve daba paso a la arena.

Macleod se puso a su lado y contempló el pequeño brazo de mar.

Normalmente la zona solo recibía una fina capa de nieve, entre la que asomaban manchas oscuras de brezo y turbera.

Después de aquel temporal, la tierra parecía del todo purificada.

—No creo haber visto nunca Glasgow así, toda blanca. Apenas hay rastro de otro color. Está todo tan impoluto —dijo Hope.

—Esa es la belleza de aquí arriba. El tiempo puede ser duro, pero luego llegan momentos así y ves lo que este lugar ofrece de verdad. Aunque un poco de sol siempre ayuda.

Macleod miró a Hope y vio un amago de sonrisa.

—No estaba segura de llegar a verlo. Pero sigues adelante. Haces tu trabajo. Si no, no sales de esta.

Hope guardó silencio un momento. De pronto, habló:

—Johnston. Aquel grito…

—Sí —dijo Macleod—. Aquel grito. Si te ofrecen ayuda, acéptala. Si no, búscala. No es el primero que oigo y nunca desaparecen.

Los dos permanecieron allí mientras el mar avanzaba suavemente hacia la orilla y luego se retiraba.

Una línea de algas arrojadas por el oleaje se mezclaba con la nieve de la playa.

Macleod no había visto a menudo una imagen así.

Contempló el brazo de mar y luego recorrió el paisaje con la mirada, evitando con cuidado la casa.

—Puede que me vaya de Glasgow si Jane quiere venir.

—¿Irte? —preguntó Hope—. ¿Solo de Glasgow o también del cuerpo?

—Solo de Glasgow. Quizá a Inverness, quizá por aquí. No sé. Quiero volver a casa, a las islas. O al menos a las Tierras Altas, si lo de las islas no puede ser. Aquí arriba es distinto. ¿Lo ves?

—Sí. Es otra cosa.

Macleod la observó de pie, mirando al mar, con el pelo rojo agitado por el viento, y no pudo evitar compadecerla al pensar que volvería a una casa donde no la esperaba nadie. Esta vez iba a necesitar ayuda.

—Comida el domingo.

—¿Perdón? ¿Qué quieres decir, Seoras? —preguntó Hope.

—Ven a comer el domingo. Jane cocina bastante bien. Tendrás planes de los que hablar. Planes profesionales.

—¿Qué planes profesionales? Si el que ha dicho que quiere mudarse eres tú.

—Confía en mí —dijo Macleod—. Comida el domingo. Planes profesionales. Y un poco de compañía para cuando oigas el grito.

Hope asintió y le dedicó una leve sonrisa antes de volver la vista al mar.

Macleod hizo lo mismo y observó el vaivén constante de las olas.

Decían que el mar calmaba los ánimos. Era verdad.

Cada leve golpe de las pequeñas olas al llegar a la orilla.

Cada súbita succión del agua al retirarse entre las rocas.

Con la casa a la espalda y la mente alejándose ya de ella, pensó en cómo convencer a Jane para que se viniera a las islas.