El fin de semana del terror (Highlands e Islas 3) Capítulo 16
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Capítulo 16

M acleod observó a Melanie trepar por la escalera de cuerda y entrar por la trampilla del techo.

La escalera se balanceaba de un lado a otro, y a él no le apetecía nada subir detrás.

Volvió al gran boquete del suelo y avisó a gritos a quienes seguían en la biblioteca de que tardaría un rato: habían encontrado algo más que investigar.

—Pandie, señor Smith, vigilen a los demás y, si hace falta, vayan a otra habitación, pero no se separen. Les diría que vinieran con nosotros, pero, a juzgar por dónde vamos a meternos, no sería fácil.

—Hay un pequeño cuarto privado que usa el señor… que usaba, perdón —dijo el señor Smith—. Tiene una chimenea pequeña y debería estar caliente. Quizá también sea más seguro si quien esté detrás de esto no espera que lo use nadie.

—De acuerdo —dijo Macleod—, pero tengan cuidado y no se separen. Volveremos lo antes posible.

Macleod agarró la escalera oscilante y subió con cautela hasta la abertura del techo. Al asomar la cabeza, se encontró cara a cara con Melanie.

—Seoras, hay un túnel, o algún tipo de pasadizo, pero tendremos que arrastrarnos por él. Parece lo bastante alto para avanzar de rodillas, aunque está bastante oscuro. No te separes de mí.

La voz de Melanie ya no sonaba tan entusiasmada con la tarea, y Macleod la comprendía.

Dudaba que estuviera acostumbrada a perseguir asesinos.

A él tampoco le hacía ninguna gracia que pudiera estar internándose a gatas en una trampa o en un peligro real.

Pero la persecución ya estaba en marcha, habían encontrado una vía de entrada y Macleod no pensaba echarse atrás. Probablemente ella sentía lo mismo.

—Voy detrás de ti. Pero nada de riesgos —dijo Macleod.

—Esto ya es un riesgo, Seoras. Creo que eso quedó descartado nada más subir aquí.

Tenía razón. Macleod se limitó a esbozar una sonrisa que esperaba que le infundiera confianza.

Resultaba extraño: aunque Melanie era investigadora privada, para él seguía siendo una civil.

Pero Hope había dicho que aquello era cuestión de supervivencia, así que quizá allí dentro estuvieran en pie de igualdad. Ambos querían salir vivos.

Macleod vio a Melanie avanzar a rastras por el estrecho pasadizo sobre el techo y se metió tras ella.

Había tan poca luz que apenas distinguía sus zapatos.

Entonces se encendió una luz verde de baja intensidad, como las de emergencia.

Ahora veía lo suficiente para avanzar con seguridad, pero Melanie seguía siendo una silueta borrosa, como una fotografía desenfocada.

Quizá se debiera en parte a su hipermetropía.

El pasadizo se internaba en la casa hasta llegar a una bifurcación. Melanie se detuvo en seco. Macleod iba justo detrás y pudo ver las dos opciones que tenían delante.

—¿Alguna idea de qué camino seguir? —preguntó ella.

—¿Hay alguna marca, alguna indicación a los lados del pasadizo? ¿Rozaduras de zapatos en el suelo?

—Ninguna, Seoras. Supongo que habrá que escoger al azar.

—Sí, pero pensemos. Si Macaulay se dirigía a una sala de control la noche que murió, lo más probable es que estuviera a la derecha.

—Eso cuadra, Seoras. Iremos por ahí.

—Sí.

Entonces Macleod se dio cuenta de que hablaba con aquella mujer en un tono distinto del que emplearía con Hope o con cualquier otro policía. Debía de parecer un patán condescendiente.

—Melanie, discúlpame si parezco un maestro de escuela dando una lección a su alumna. No pretendo ser machista; solo intento explicarme, y con bastante poco acierto.

—No te preocupes, Seoras. Seguro que eres un capullo pomposo con todo el mundo.

Y perdona por haberte tirado los tejos con tanta insistencia.

Algunos hombres son más fáciles de manejar así cuando necesitas algo.

Ya veo que contigo no funciona. Pero, francamente, eres mi mejor oportunidad de salir viva de aquí, así que necesitaba mantenerme cerca de ti.

—Con halagos llegarás adonde quieras —dijo Macleod.

Y si no tuviera una mujer tan estupenda en Glasgow, quizá habría funcionado mejor.

—Sigamos, Melanie. Por la derecha.

Siguió a Melanie por el túnel. Más adelante llegaron a otra bifurcación. Esta vez encontraron un ramal corto y ciego. Melanie dejó que Macleod se pusiera a su lado y él palpó el suelo donde acababa.

—Pensaba que habría una trampilla que diera a otra habitación, a ser posible la sala de control. Pero no veo nada.

—Retrocede, Seoras, y déjame mirar bien. En mi trabajo he tenido que vérmelas con muchos pestillos y mecanismos de puertas. Dudo que tú te cueles en muchos sitios.

Macleod atisbó una sonrisa en la penumbra y retrocedió para dejarle espacio. Mientras ella palpaba la superficie, comprendió que aquella destreza era fruto de la práctica. Tardó menos de un minuto en localizar un mecanismo casi imperceptible en la pared.

—Apenas se ve, pero está ahí. Creo que Macaulay quería impedir que cualquiera que llegara al túnel entrara en las demás habitaciones.

—Eso habría arruinado los juegos de Macaulay —dijo Macleod—, y ahora le viene muy bien a quien haya tomado el control. Confirma mis sospechas: el asesino tuvo que participar en la construcción de la casa junto con Macaulay.

Melanie presionó la pared y una trampilla se deslizó ante ella.

—¿Preparado para ver qué hay ahí dentro?

Macleod asintió.

—Despacio y con cuidado. Seguramente será otra trampa, pero manipulada.

Ella asintió y lo miró muy seria, sin el brillo al que él se había acostumbrado.

—Estaré justo detrás de ti, Melanie. Tú tampoco me pierdas de vista.

Melanie se asomó a la estancia. Estaba a oscuras, pero una segunda escalera de cuerda descendía hacia la negrura.

Agarrada a la escalera, se dio la vuelta, le sonrió a Macleod y empezó a bajar.

De rodillas, él escudriñó la sala en busca de trampas o peligros.

Cuando comprobó que Melanie había llegado abajo sana y salva, bajó tras ella.

La habitación no se parecía en nada al resto de la casa. Había un gran escritorio y una mesa de reuniones. La escalera de cuerda colgaba junto a la pared. Macleod pasó las manos por la pared hasta dar con un sencillo interruptor y lo accionó.

Los tubos fluorescentes del techo bañaron la estancia en una luz blanca y cruda. Las paredes estaban cubiertas de diseños y planos técnicos de criaturas horripilantes y mecanismos siniestros. Los detalles técnicos se le escapaban, pero el conjunto parecía obra de toda una vida.

Melanie se acercó con cautela al escritorio, cubierto de papeles. A un lado había un gran diario verde, entre tres teléfonos de épocas distintas: una especie de homenaje a la evolución reciente de las comunicaciones. Cogió varios papeles y los ojeó.

—Correspondencia de Estados Unidos, Japón e Inglaterra. Sobre todo cuestiones técnicas y precios. No veo nada que no tenga que ver con la construcción de estas monstruosidades en la casa.

—¿Hay algo en los cajones, Melanie? No creo que hayan dejado nada importante a la vista, por si entraba alguien.

Aunque no hay puertas… ninguna evidente, al menos.

Pero los muebles tuvieron que entrar por alguna parte.

En la pared hay conductos de ventilación, así que puede que la habitación esté completamente aislada.

Mira la esquina: un ordenador y varias impresoras.

Una oficina sellada. Más secreta, imposible: ni siquiera entra el servicio.

—Seoras —dijo Melanie—, ¿ves la trampilla de la esquina del fondo?

En el extremo más alejado había una trampilla metálica con las palabras «eliminación de residuos».

—Hasta hay una aspiradora al lado. Así que el servicio tampoco se ocupa de este sitio.

—No —dijo Macleod—. Un escondite de verdad. Revisa los cajones.

Macleod empezó a revisar los papeles de la gran mesa maciza de reuniones.

Más planos e instrucciones de uso. Había varios manuales y esquemas de paneles que no estaban en la sala.

Uno de los manuales se titulaba «Overview».

En la primera página aparecía el logotipo de un gnomo con gorro y aire pensativo. Debajo se leía «Gimbel Brothers Ltd».

Lo hojeó. Vio dibujos de una estancia llena de paneles y cuadros de control, y términos como «demonio», «bestia alada» y «falso techo». Era el manual general del sistema, aunque no pasaba de una introducción básica. Intentó metérselo en un bolsillo de la chaqueta, pero era demasiado grande.

—He encontrado algo, Melanie —anunció—. Son instrucciones de funcionamiento. O, al menos, una introducción general. ¿Tú tienes algo?

—Estoy con el tercer cajón, Seoras. Parece…

Melanie se tambaleó hacia atrás y cayó al suelo.

Macleod corrió hasta el otro lado del escritorio.

Ella yacía boca arriba, desmadejada. Le tomó el pulso: fuerte.

El pecho subía y bajaba. Le abrió los ojos, pero no encontró en ellos el menor indicio de reconocimiento.

Entonces vio el pequeño dardo que le sobresalía del hombro.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo. ¿Cómo iba a conseguir ayuda?

No había puertas: solo la escalera de cuerda y un tramo a gatas por pasadizos estrechos.

¿Podría subirla por la escalera cargándola a la espalda?

Lo dudaba. ¿Qué contenía el dardo? ¿Veneno?

¿Una simple dosis para dejarla inconsciente?

Con cuidado, Macleod puso a Melanie de lado e intentó colocarla en posición lateral de seguridad.

Por lo que podía apreciar, solo estaba inconsciente; todo lo demás parecía normal.

No tenía la temperatura elevada, no sudaba ni presentaba escalofríos.

Las extremidades se movían con normalidad cuando él las manipulaba y respiraba con regularidad.

Salvo por la falta de respuesta, su estado parecía estable.

Macleod miró el maldito cajón. El tercero desde arriba, había dicho ella. Se colocó a un lado y volvió a tirar. Un segundo dardo salió disparado del escritorio y se clavó en la pared del fondo. Al tirar por tercera vez, no ocurrió nada, pero el cajón no se abrió.

¿Qué demonios habrá ahí dentro para protegerlo así en una habitación que, para el resto del mundo, ni siquiera existe?

Quería abrir el cajón, pero no tenía ninguna herramienta con la que forzarlo.

Se sentó en una silla y sopesó el siguiente paso.

No quería dejar sola a Melanie, pero tampoco podía llevársela a menos que recobrara el conocimiento.

Esperar retrasaría la investigación, y quién sabía quién podía acabar herido o muerto para entonces.

Pero dejarla sola entrañaba un grave riesgo.

Volvería enseguida con los demás y dividiría el grupo: dejaría a algunos con Melanie y se llevaría a otros. Macleod le echó un último vistazo antes de trepar por la escalera hasta el estrecho pasadizo. Desanduvo el camino y no tardó en regresar al boquete del techo abierto sobre la biblioteca.

—¿Queda alguien ahí? —gritó Macleod.

No obtuvo respuesta y bajó a la biblioteca, que estaba desierta.

El señor Smith debía de haber trasladado al grupo a otra habitación, tal como había sugerido.

Macleod salió de la biblioteca y se internó en un pasillo nuevo.

Era lógico que se hubieran movido, pero no sabía adónde.

¿Lo había dicho alguien? No lo recordaba.

Todo resultaba confuso. Se obligó a concentrarse en lo que tenía delante.

La casa era peligrosa y no podía bajar la guardia.

Probó la primera puerta y encontró un guardarropa con abrigos y botas de agua.

La segunda daba a un pequeño cuarto de baño.

Más allá había otras dos puertas. Macleod abrió la primera.

Una tenue luz roja le permitía distinguir las sombras de varias figuras erguidas.

Mientras entraba oyó voces. Pandie gritaba, pero la voz parecía lejana; no procedía de aquella habitación.

Había dado dos pasos cuando la puerta se cerró de golpe tras él.

Macleod intentó orientarse, pero había tan poca luz que solo distinguía las figuras frente a él.

Eran más o menos de su tamaño, aunque tenían cabezas elípticas y ojos saltones.

Avanzó despacio. Un silbido rasgó el aire y la figura del fondo salió despedida.

Otro silbido. La segunda se desplomó. Con el tercero, otra figura pareció perder la cabeza.

—¡Macleod! ¿Eres tú? —gritó alguien.

Un nuevo silbido cortó el aire justo a su lado.